
Por Paula Halperin
Magdalena no puede estar sola. Ya va por el cuarto novio desde que se separó de su marido. Que haya tenido cuatro no es lo que me sorprende, lo llamativo es que a cada hombre que conoce, enseguida, lo presenta en su casa. Sus niños ya están tan acostumbrados y se adaptan sin chistar.
Recuerdo que la primera pareja, Daniel, no tenía hijos y deseaba mucho ser padre. A Magdalena le pareció que podía ser una buena opción para no criar sola a los chicos y, aunque sólo hacía tres meses que se habían conocido, le propuso irse a vivir juntos. Él aceptó gustoso porque congenió de maravillas con ellos ni bien los vio.
Hasta ese momento todo iba fantástico. Comenzaron a comportarse como una verdadera familia, se fueron juntos de vacaciones y hasta compraron un perro entre todos. Los chicos estaban felices y lo querían mucho. Pero aunque como familia iban muy bien, como pareja comenzaron a tener problemas; él era extremadamente celoso. Peligrosamente celoso.
Mi amiga se dió cuenta de que ya no quería convivir con Daniel pero no le resultaba nada fácil plantearlo. Sería una nueva frustración para la familia. Hasta que un día no aguantó más, porque la relación se estaba volviendo violenta, y le dijo que se fuera. Él así lo hizo, empacó todas sus cosas y se marchó. Para los chicos fue muy triste, lo padecieron casi tanto como la separación la anterior.
Al poco tiempo apareció Alberto. Era un solterón muy atractivo que no quería saber nada de hijos. Sin embargo, el flechazo entre ambos fue tal que unos meses después, a causa de la insistencia de ella, él aceptó conocerlos. No le cayeron nada mal porque, a decir la verdad, los hijos de mi amiga son adorables.
Si bien no llegaron a vivir juntos, fin de semana de por medio compartían la casa los cuatro. De todos modos, a Alberto le costaba mucho la vida familiar, cada vez que aparecían los niños se encerraba en un cuarto. Esos desaires molestaban bastante a Magdalena pero no se animaba a volver a quedar sola; y a pesar de que todas sus amigas le aconsejábamos que se alejara de él, ella no lo hizo. Como si supiera, Alberto le facilitó la tarea: Un día fue a la tienda a comprar cigarros y no volvió más.
El tercero fue un caso único. Era un sudafricano grandote que ni siquiera sabía hablar español. Se comunicaban en inglés, aunque tampoco era precisamente lo que se dice comunicativo. El atractivo principal, según Magdalena, eran las noches de lujuria y pasión que le hacía vivir. Ike era misterioso y no develaba nada de su intimidad, lo que lo volvía más deseable. Sin embargo, Magdalena, que suele ser todo lo contrario, abrió rápidamente las puertas de su corazón y, otra vez, de su casa.
Ante los niños era sólo un amigo. "¿Un amigo que se queda a dormir en el cuarto de mamá?", bromeaban ellos cuando alguien les preguntaba acerca del tema. Son chicos pero no tontos, le decíamos a Magdalena sus conocidas. Ella se sentía criticada y prefería hacer oídos sordos. No toleraba la idea de estar sin pareja.
Muchas cosas extrañas pasaron durante el tiempo que estuvieron juntos. Llamadas a medianoche en las que se iba sin dar explicaciones, un viaje de improviso a San Pablo, Brasil, sin avisar (ella se enteró cuando volvió), cambios constantes de celulares y negativas día tras día para salir a pasear.
Ike también se esfumó un día, sin dejar ningún tipo de rastro. Poco tiempo después, apareció la policía en el hogar de Magdalena preguntando datos acerca de él. Allí, mi amiga se enteró de que su novio era un contrabandista; lo habían arrestado y estaban por deportarlo a su país. Fue un momento muy desagradable para ella y los niños. Se llevaron el susto de su vida.
Luego de eso, finalmente estuvo sola unos meses. Y nos aseguró de que había aprendido la lección: "Nunca más llevo un novio a casa".
Pero el tiempo cierra las heridas y a veces nos hace perder la memoria. Hace quince días Hernán llegó a la vida de Magda. Todo va viento en popa y ella ya tiene ganas de presentárselo a sus hijos. La historia vuelve a comenzar, por eso nos reunimos todas sus amigas y le dimos estos consejos.
- Espera un tiempo para conocerlo bien.
- Preserva a tus hijos de una nueva separación. Si se encariñan se desilusionarán nuevamente en el caso de que no dure la relación.
- Debes asegurarte de que sea un hombre al que le gusten los niños. Si tiene los suyos, mejor.
- No lo metas en tu casa. Primero debes conocer la suya.
- Fíjate que no tenga actitudes egoístas. Por ejemplo, siempre están primero sus problemas y no puede comprender que tienes una familia que atender.
- Si las cosas marchan bien, comienza a integrarlo de a poco a la familia. Primero salidas en lugares neutrales y paulatinamente lo invitas a casa cuando están los niños.
FUENTE.
Hasta la proxima

Recuerdo que la primera pareja, Daniel, no tenía hijos y deseaba mucho ser padre. A Magdalena le pareció que podía ser una buena opción para no criar sola a los chicos y, aunque sólo hacía tres meses que se habían conocido, le propuso irse a vivir juntos. Él aceptó gustoso porque congenió de maravillas con ellos ni bien los vio.
Hasta ese momento todo iba fantástico. Comenzaron a comportarse como una verdadera familia, se fueron juntos de vacaciones y hasta compraron un perro entre todos. Los chicos estaban felices y lo querían mucho. Pero aunque como familia iban muy bien, como pareja comenzaron a tener problemas; él era extremadamente celoso. Peligrosamente celoso.
Mi amiga se dió cuenta de que ya no quería convivir con Daniel pero no le resultaba nada fácil plantearlo. Sería una nueva frustración para la familia. Hasta que un día no aguantó más, porque la relación se estaba volviendo violenta, y le dijo que se fuera. Él así lo hizo, empacó todas sus cosas y se marchó. Para los chicos fue muy triste, lo padecieron casi tanto como la separación la anterior.
Al poco tiempo apareció Alberto. Era un solterón muy atractivo que no quería saber nada de hijos. Sin embargo, el flechazo entre ambos fue tal que unos meses después, a causa de la insistencia de ella, él aceptó conocerlos. No le cayeron nada mal porque, a decir la verdad, los hijos de mi amiga son adorables.
Si bien no llegaron a vivir juntos, fin de semana de por medio compartían la casa los cuatro. De todos modos, a Alberto le costaba mucho la vida familiar, cada vez que aparecían los niños se encerraba en un cuarto. Esos desaires molestaban bastante a Magdalena pero no se animaba a volver a quedar sola; y a pesar de que todas sus amigas le aconsejábamos que se alejara de él, ella no lo hizo. Como si supiera, Alberto le facilitó la tarea: Un día fue a la tienda a comprar cigarros y no volvió más.
El tercero fue un caso único. Era un sudafricano grandote que ni siquiera sabía hablar español. Se comunicaban en inglés, aunque tampoco era precisamente lo que se dice comunicativo. El atractivo principal, según Magdalena, eran las noches de lujuria y pasión que le hacía vivir. Ike era misterioso y no develaba nada de su intimidad, lo que lo volvía más deseable. Sin embargo, Magdalena, que suele ser todo lo contrario, abrió rápidamente las puertas de su corazón y, otra vez, de su casa.
Ante los niños era sólo un amigo. "¿Un amigo que se queda a dormir en el cuarto de mamá?", bromeaban ellos cuando alguien les preguntaba acerca del tema. Son chicos pero no tontos, le decíamos a Magdalena sus conocidas. Ella se sentía criticada y prefería hacer oídos sordos. No toleraba la idea de estar sin pareja.
Muchas cosas extrañas pasaron durante el tiempo que estuvieron juntos. Llamadas a medianoche en las que se iba sin dar explicaciones, un viaje de improviso a San Pablo, Brasil, sin avisar (ella se enteró cuando volvió), cambios constantes de celulares y negativas día tras día para salir a pasear.
Ike también se esfumó un día, sin dejar ningún tipo de rastro. Poco tiempo después, apareció la policía en el hogar de Magdalena preguntando datos acerca de él. Allí, mi amiga se enteró de que su novio era un contrabandista; lo habían arrestado y estaban por deportarlo a su país. Fue un momento muy desagradable para ella y los niños. Se llevaron el susto de su vida.
Luego de eso, finalmente estuvo sola unos meses. Y nos aseguró de que había aprendido la lección: "Nunca más llevo un novio a casa".
Pero el tiempo cierra las heridas y a veces nos hace perder la memoria. Hace quince días Hernán llegó a la vida de Magda. Todo va viento en popa y ella ya tiene ganas de presentárselo a sus hijos. La historia vuelve a comenzar, por eso nos reunimos todas sus amigas y le dimos estos consejos.
- Espera un tiempo para conocerlo bien.
- Preserva a tus hijos de una nueva separación. Si se encariñan se desilusionarán nuevamente en el caso de que no dure la relación.
- Debes asegurarte de que sea un hombre al que le gusten los niños. Si tiene los suyos, mejor.
- No lo metas en tu casa. Primero debes conocer la suya.
- Fíjate que no tenga actitudes egoístas. Por ejemplo, siempre están primero sus problemas y no puede comprender que tienes una familia que atender.
- Si las cosas marchan bien, comienza a integrarlo de a poco a la familia. Primero salidas en lugares neutrales y paulatinamente lo invitas a casa cuando están los niños.
FUENTE.
Hasta la proxima
