Con 200 caballos y poco menos de 1.300 kilos, tiene casi la misma relación peso/potencia de la Toyota 86, pero su comportamiento es muy distinto.
Por empezar, los 200 burros del Clio no vienen de un motor aspirado, sino de un 1.6 turbo con inyección directa e intercooler. Por eso también tiene más torque: 255 Nm contra 204. En aceleración, el Clio apabulló (6,7 contra 8,5 segundos) y en velocidad máxima se impuso con holgura con 230 km/h, versus apenas 208 de la Hachi Roku automática.
Esta paridad en los papeles, no se sienten de ninguna manera en la pista. Por empezar, el Clio es tracción delantera y se comporta como tal. Pero es un autito muy dócil y fácil de llevar a buena velocidad.
Tal como delatan las pinzas de frenos rojas, la unidad de pruebas estaba equipada con el Chasis Cup, un opcional en Europa, que probablemente venga de serie cuando se comercialice en la Argentina: tiene una puesta a punto de la suspensión más firme, pensada para los que vayan a usarlo en circuito.
Pero la verdad es que, al menos en la pista, no me pareció un auto duro (como sí lo es el Mercedes o la Toyota), aunque viaja muy bien apoyado contra el piso. En las curvas más lentas tiende a irse un poco de trompa, pero corrige la trayectoria enseguida, sin tener que levantar del todo el pie del acelerador. Los frenos son excelentes y fueron los que menos se fatigaron en este #FastDrive.
El R-Monitor es un show aparte, con muchísima información para el conductor, varias opciones de personalización para el sonido del motor (mitad natural, mitad artificial).