Permitidme tomar en mis manos un asunto muy delicado y sagrado y saciar con él toda mi sed de sacrilegio y herejía, puesto que nada hay tan agradable para mí como revelar el fraude de estas causas supuestamente santas.
La base de toda organización de caridad y de defensa de los derechos es normalmente el afán de lucro. En Argentina y en otros países, esto se traduce en obtener donaciones y subsidios.
No me importa nada las causas que puedan alegar, yo hablo desde la realidad que veo y no desde los discursos que puedan tener un grupo de personas o abogados o legisladores. La discriminación es una excusa generalmente y aunque no se puede decir que no exista, en nuestro país no es tan grave como los hechos de violencia que se dan hacia cualquiera, sin importar raza, sexo, religión ni orientación sexual.
Que la gente salga a decir que hay que subsidiar o que se va a subsidiar a travestis cuarentones me parece una aberración, porque habiendo tanta gente en situación de calle, esa plata se debería destinar precisamente a dar una oportunidad a la gente de llevar una vida honrada, no a mantener gente que ha llevado una vida inmoral (por prostituirse). Si la moral es una opinión o algo personal, bien, mi opinión es que no debería existir ese oficio, para empezar. Y por supuesto que la homosexualidad no es un buen argumento para ninguna clase de privilegio.
Por otra parte, también está el colectivo feminista, que se llenan la boca con frases discriminatorias hacia los hombres y hacen grandes campañas publicitarias. Todo esto, por supuesto, con dinero del Estado. Y si hacen este gasto, es porque están seguros de reunir mucho más dinero para sus bolsillos. Es un desperdicio de recursos y encima para una mala causa. Que sepan que los hombres también tenemos problemas pero no culpamos a las mujeres de ellos y exigimos al Estado que nos financie. Si un hombre es violento, metanse con ese hombre, no con todos. Dejen ya esas publicidades horribles y pagadas de videos actuados por ejemplo. Puedo conseguir videos reales de discriminación hacia los hombres fácilmente. Porque la visión que presentan es tendenciosa y hasta puede ser que basada en falsedades, como ya he visto muchas veces en el movimiento feminista. Lo que quieren no es derechos, es dinero para sus fundaciones.
Si quieren más detalles sobre los métodos fraudulentos del feminismo, pueden ver A voice for men y hay abundante material en Youtube, bajo el nombre de masculinismo, incluso hay una comunidad sobre eso, Masculinistas en T.
Cualquier supuesta buena causa que presenten los demás, que no te queden dudas de que hay gente que la cuestiona, y deberíamos escucharlos, así nos ahorraríamos una montaña de recursos y seríamos más justos.
Por supuesto que tampoco me gustan para nada las organizaciones de caridad. Si quiero ayudar a alguien, voy y lo ayudo personalmente. Gente que necesita hay por todos lados. No voy a dar la oportunidad de que un parásito me robe y le robe a los que necesitan.
Ah, y no se olviden de los Legionarios de Cristo, una organización cristiana que usaba el dinero recaudado para el negocio de la venta de armas, también lavaba dinero y no les asombrará que cometieran abusos. Las religiones están metidas en medio de todo esto de la caridad y por eso no escapan a mi ojo avizor y a mi desprecio por quienes se enriquecen defraudando al desprotegido y al que quiere ayudarlo.
Estas organizaciones realmente no quieren ayudar a nadie y en muchos casos comprobarán el daño que causan y que no cumplen las funciones que supuestamente pregonan o que incluso favorecen la discriminación en el sentido contrario y leyes absurdas que los beneficien económicamente, como si el dinero tuviera la obligación de ir con quien no se lo ha ganado.
Eso es todo, colegas. Les dejo un video y una nota para que se entretengan, si les quedó ganas de leer más sobre este tema.
Saludos.
VIDEO DE FEMINISTAS QUERIENDO ESCRACHAR UNA IGLESIA
SALTA, AÑO 2014
El negocio de los Derechos Humanos
“Dinero y gestos, subsidios y leyes, auge económico y presencia mediática, planes conjuntos y abrazos públicos”, la industria oculta bajo el escudo de los Derechos Humanos.
De una forma teórica, “El negocio de los Derechos Humanos” nació desde la convicción de que escribir es escuchar, como decía el genial Rodolfo Walsh y también desde la creencia de que el periodismo es aquello que alguien no quiere que se sepa. Esa cita la revisitaba el Horacio Verbitsky de “Robo para la Corona”, cuando la pasión por los documentos y la investigación eran utilizados con ese propósito y no como método de extorsión política. En octubre del 2010, en la presentación de mi primer libro, “Relaciones Incestuosas. Los grandes medios y las privatizaciones” en el marco de la Feria del Libro Político y Social, propuse una odiosa comparación para los asistentes: Si alguna vez el sentido común de gran parte de la sociedad asoció a la ineficacia con el Estado, con Bernardo Neustadt como símbolo de un juego de influencias con el público, y posibilitamos que el ex presidente Carlos Menem privatizara todas las empresas de servicios públicos, ¿era posible discutir la supuesta grandeza de la política de derechos humanos durante el kirchnerismo?
Pienso que el relato de los derechos humanos es el que se han asentado todos los otros cuentos de estos gobiernos que, discursivamente, hablan de pobreza, inclusión y justicia social pero que, en los hechos, son tan conservadores como los gobiernos de principios de siglo XX. ¿Empezaron los juicios a los genocidas con la llegada de Néstor Kirchner? ¿Fue una política de estado o su accionar se debió al ámbito de la justicia? ¿Qué negocios se realizaron apelando a los derechos humanos del ayer? ¿Qué derechos humanos se dejaron de atender en el presente? ¿Existen ciudadanos de primera y otros de segunda? ¿Cuántas injusticias y persecuciones se produjeron apelando a una supuesta justicia tardía? ¿Los Kirchner fueron originales en su política de cooptación o, tal vez, tomaron las experiencias del breve gobierno de Adolfo Rodríguez Saá y supieron leer los nuevos vientos que soplaban luego del estallido de diciembre del 2001?
Esa emblemática charla en la que dije que la política de derechos humanos, a veces, parecía una cuestión de marketing, una especie de fulbito para la tribuna, Pablo Llonto, autor de “La Noble Ernestina ”, invitado a la presentación, no pudo dejar de mirarme de reojo mientras que Adriana Amado Suárez, pareció interesada por ese desvarío. Faltaban varios meses para que el escándalo Schoklender fuese público.
En enero del 2011, una vieja conocida me llamó al celular consternada por la historia de Tere, una mujer que había perdido un ojo, acababa de ser madre por tercera vez y había sido despedida por esa razón. Teresa trabajaba en una obra de construcción de la Capital y su magro recibo de sueldo, por 1100 pesos, indicaba que su empleador era la Fundación Madres de Plaza de Mayo. Era un tema tabú como, luego del escándalo Schoklender, reconocería hasta los principales periodistas del país: “Todos sabíamos algo pero nadie se quería meter”.
En medio de la investigación, algunos referentes de organismos de derechos humanos, muy críticos de los manejos de Hebe de Bonafini en la Fundación , preferían el silencio para no “hacerle el juego a la derecha”. Pero, ¿acaso usar a los pobres es progre? El clientelismo, como forma de hacer política, alcanzó su súmmum durante el kirchnerismo. Las consecuencias las puede observar todo aquel que se acerque a los obradores de la Fundación Madres de Plaza de Mayo en donde los negocios, truncos por Schoklender, siguen existiendo con otros movimientos sociales, como el Evita, y empresas constructoras cercanos al Ministerio de Planificación de la Nación.
El escándalo más grave de corrupción del kirchnerismo se tapó ante una sobredosis de información y ante el morbo de una relación simbiótica que se quebró entre cámaras, micrófonos y puteadas.
No fuimos los periodistas de investigación quienes ensuciamos la bandera de los derechos humanos ni a tal o cual organismo. Fueron sus referentes quienes arriaron esas velas para transformarlas en banderines del kirchnerismo
2 años pasaron para que este libro sea. Mucha agua pasó debajo del puente y miles de anécdotas e historias sucedieron. Algunas máscaras comenzaron a caer y las arrugas de los protagonistas empezaron a aparecer, a pesar de incontables capas de maquillaje. Sin embargo, aún se animan a creer que el show continúa como si nada, que siguen construyendo casas ficticias o que las víctimas de sus negocios jamás existieron. El libro no es un compendio de ideas, sino una intensa investigación periodística que reúne más de 300 entrevistas, la búsqueda de información en los lugares en que se produjeron los hechos -desde el norte argentino, pasando por el conurbano olvidado hasta el subsuelo del Elefante Blanco, símbolo del olvido y la desidia, a pocos minutos del centro porteño-. Están las palabras de casi todos los protagonistas, no solo los que aparecen a diario en las portadas de los periódicos sino los que aguantaron el bofetón del poder sobre sus rostros, los que no tuvieron voz hasta el día en que esta obra llegue a sus manos. Después nadie será inocente.
“El negocio de los Derechos Humanos” es una historia, o son varias, donde se entrecruza la corrupción en la construcción trucha de obra pública, el narcotráfico, el amiguismo y el clientelismo político, el juego de influencias, el rol de los medios, los aprietes y la muerte, las desapariciones en democracia y la pobreza e injusticia más extrema.