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Leyendo la revista Soho, una revista para hombres (los hombres ya lo saben, pero las mujeres capaz que no) de repente un salvaje artículo apareció... GRAN DEBATE POR EL SI O POR EL NO DEL VELLO PUBICO EN LAS MUJERES. Y decidí compartirlo con Uds.
Además ya que estaba agregué la historia de la depilación y dos buenos monólogos escritos: uno a favor del vello púbico, y otro en contra... y finalmente una encuesta..
Además ya que estaba agregué la historia de la depilación y dos buenos monólogos escritos: uno a favor del vello púbico, y otro en contra... y finalmente una encuesta..

GRAN DEBATE MUNDIAL SOBRE EL VELLO PÚBICO
Nunca antes el mundo se había visto envuelto en una discusión de tanta trascendencia como la de saber si el vello púbico debe erradicarse o no, y por eso decidimos abrir este espacio de confrontación púbica. ¿Y usted de qué lado está?
A FAVOR
“El pelo es lo vegetal en el hombre”, escribió Lezama Lima, pero en el caso del pubis femenino parece haber cumplido también otro papel, y es el de cubrir aquello que para muchas culturas fue inquietante durante siglos: la vulva, el sexo sin representación.
Santiago Gamboa, columnista de Soho
"Definiendo los rastrojos maduros, mientras más maduro el rastrojo, más fuerza tiene el colono"
Alfredo Molano, columnista de El Espectador
"A favor, pero sin exceso. Recuerdo un caso en una playa que era lo más parecido que he visto a una peluca. A una de mis hijas le correspondió dar algunos consejos de estética femenina"
Jean- Claude Bessudo, presidente de Aviatur
"Despejar el camino hace más excitante la meta"
Carlos Gaviria, excandidato presidencial
"Aunque yo no me lo dejo, me parece que la parte de la mujer se ve bonita con algo de vello si este está bien desbastado y tiene algo de forma. El hombre prefiero que no tenga"
Endry Cardeño (Laisa Reyes), actriz
EN CONTRA

El pelo es sinónimo de barbarie, las vikingas en vez de vagina tenían empalizadas. Para los vikingos era más fácil arrasar civilizaciones y masacrar inocentes que penetrar a sus mujeres. El mundo vivió en las tinieblas de la dictadura del pelo en la cuca hasta que una bella egipcia se razó la vagina para iluminarlo.
por Efraim Medina
"El vello púbico femenino es como las suegras: puede ser bonito y necesario, pero es mejor que no exista"
César Augusto Londoño, periodista
"No más selva. En este caso repito la zona de despeje, total o de a poquito, ¡pero nunca más la selva del Cagúan!"
Camilo Gómez, excomisionado de paz
"Mientras más corto el pasto, más grande se ve el castillo"
Diego Cadavid, actor y fotógrafo
"En la época de las cavernas, donde se andaba con poca o ninguna ropa, el vello púbico era de gran utilidad. Pero hoy, que caminamos con ropa interior y ropa exterior, pensaría yo que la utilidad del vello púbico está en entredicho"
Jorge Alberto García, ginecólogo

LA HISTORIA DE LA DEPILACIÓN
El sacarse los pelos en ciertas partes del cuerpo es una técnica que tiene más de tres mil años de antigüedad, y que con el paso del tiempo se han ido modernizando los métodos y también ha ido mutando el sentido que se le da a esta práctica. Desde la sangre de animales hasta el láser, es un largo trecho que ha vivido esta técnica.

PREHISTORIA
Época de las cavernas
Los primeros indicios de esta costumbre datan de la época de las cavernas, donde se han encontrado algunas piedras y caparazones de tortuga afilados especialmente para cortar un poco el vello de la cara. En esta época, los hombres se afeitaban el rostro seguramente por comodidad al momento de realizar otras actividades como la caza o incluso por combatir los parásitos externos, como los piojos y liendres.

EDAD ANTIGUA
En el Antiguo Egipto
La depilación, tal cual la conocemos hoy en día, se originó en el antiguo Egipto, donde esta civilización daba gran importancia a la higiene y la salud, siendo esta última un derecho gratuito, por lo que la depilación era símbolo de pulcritud y vitalidad.
Tanto hombres como mujeres se depilaban por un tema de higiene debido al caluroso clima de Egipto, pero con el tiempo también se vinculó esta práctica a la estética personal, la cual era muy valorada en la antigua civilización. De esta forma, los grabados hechos en los muros de templos y palacios describen distintos métodos para sacar el vello del cuerpo.
Según el Papiro Ebers, un tratado de medicina del año 1500 a.C., las mujeres utilizaban gusanos, grasa de hipopótamo, caparazones de tortugas y hasta sangre de animales para depilarse todos los pelos del cuerpo. Tambien usaban ceras que se hacían con azúcar, agua, limón, aceite y miel ó sicomoro (árbol sagrado), goma y pepino.
En la Grecia Antigua
Los griegos consideraban que un cuerpo depilado era el ideal de belleza, juventud e inocencia. Las esculturas de la época muestran cuerpos femeninos depilados y sin vello púbico. A los hombres griegos les gustaban las damas depiladas. Estas, lo tenían muy difícil para complacer a los galanes, ya que por naturaleza eran muy peludas.
La depilación era un suplicio para ellas. Para depilarse el monte de Venus, las piernas, los brazos y las axilas, utilizaban diferentes métodos; aplicaban abrasivos como la piedra pómez, ceras hechas con sangre de animal, resinas, cenizas y minerales; socarraban el vello con la llama de una lámpara, mitigando las quemaduras con una esponja húmeda y, las más finas arrancaban los pelos con unas pinzas.
No obstante, la mayoría utilizaba una navaja de afeitar, una pieza de tocador exclusiva para las mujeres, que también usaban los homosexuales pasivos, que se depilaban la región del ano.
En el Imperio romano
Las Romanas también lo hacían para estar bellas y comenzaban a depilarse el vello púbico en la adolescencia cuando empezaba a aparecer. Usaban pinzas, llamadas “volsella”, “dropax” y ceras a base de resinas y brea llamada “philotrum”. En los baños públicos había cuartos para la depilación.
Existían esclavos especializados, “alipilarius” que depilaban en los prostíbulos el vello púbico de las cortesanas.
En época de las Cruzadas
En el islam, el fitrah es una doctrina que, entre otras cosas, les exige a los hombres y las mujeres afeitarse el vello púbico para mantener su cuerpo limpio. Las mujeres musulmanas se depilaban el pubis y las axilas, y usaban la técnica del hilo. Esta práctica se extendió a la India, África y a otras regiones bajo influencia del Islam.
Los caballeros templarios no solo regresaron de las Cruzadas (1095 -1291) con el ajedrez y el álgebra, también llevaron a los reinos europeos esta práctica.
En el imperio otomano
Los Turcos consideraban pecaminoso que una mujer dejara crecer el vello en sus partes privadas. Los baños públicos tenían cuartos especiales, llamados “hamams”, donde las damas se depilaban, hoy todavía existen.
Las mujeres Judias
Las mujeres judías se depilaban con el hilo. La depiladora lo sostenía con los dientes, y formaba un triángulo, tomando cada extremo con sus pulgares; luego pasaba el hilo por la zona pilosa, arrancando los vellos de raíz. La técnica del hilo se sigue practicando y se ha puesto de moda en occidente
En la India
En la India se usaron navajas de cobre y la técnica del hilo. La depilación del vello púbico tenía un significado erótico sexual. Era un acto afrodisíaco.
En China
En China, la depilación era un signo de higiene y pureza; y las religiosas para ordenarse debían pasar por el ritual de la tonsura, se les afeitaba toda la cabeza porque creian que era un medio de purificacion, como se ve en los frescos de las Cuevas de Mongao en DunHuang China .

EDAD MEDIA
Final de la Edad Media
Las mujeres usaban una pasta que contenía cal viva y arsénico para depilarse las cejas
En muchos castillos europeos construidos entre 1200 y 1600 d.C. tenían un cuarto para que las señoras se depilaran. En 1450, la gente no se caracterizaba por su higiene y las ladillas eran un problema de salud pública. Algunas mujeres optaron por rasurarse y cubrir su intimidad con una especie de peluca llamada ‘merkin’.
En el Renacimiento
Se usaban vendas impregnadas en vinagres y aceites, y se comenzó nuevamente a depilarse algunas partes del cuerpo con pinzas y navajas. Los artistas retrataron a mujeres con poco o nada de vello púbico. como se ve en los cuadros: “Tres Gracias” de Rubens y “Nacimiento de Venus” de Boticcelli.
La moda de depilarse empezó a decaer por cuenta de la mojigatería de Catalina de Médici, reina consorte de Francia a mediados del siglo XVI, quien les prohibió esa práctica “inmoral” a las mujeres de su corte.
En la América aborigen
En las Americas muchos pueblos practicaban el afeitado de distintas partes de su cuerpo.
Los Aborígenes Argentinos que se depilaban eran los Puelches, Guenaken, Tehuelches, Araucanos y los Avipones. Estos últimos fueron llamados “frentones” por los españoles porque se depilaban el vello del rostro hasta la mitad de la cabeza, incluidas las cejas y pestañas.
Utilizaban pinzas que las fabricaban con conchas de moluscos, tijeras con quijadas de las palometas y navajas con valvas de moluscos afiladas

EDAD MODERNA
SIGLO XVIII
En 1762, Jean Jacques Perret, barbero francés crea la primera Maquinilla de afeitar con un borde de metal sobre la cuchilla para prevenir los cortes de la piel.

EDAD CONTEMPORANEA
A principios del siglo XX
La ropa de las mujeres se volvió más reveladora después de 1900. En 1903 King Gillette aprovechó esto y sacó al mercado una máquina de afeitar con hojas intercambiables exclusivamente para que ellas se despojaran de todos esos pelos “indeseables”.
En 1920, se comienza a utilizarse la Cera preparada a base de cera de abejas, resina y parafina.
En 1931, primera maquina de afeitar eléctrica de Jacob Schick.
La moda impone las faldas cortas, los escotes y los brazos descubiertos, entonces la depilación es ya una necesidad para las mujeres de la mayor parte del mundo. Aparecen las Cremas depilatorias, que destruye químicamente el pelo, atacando la queratina y modificando en parte su crecimiento.
En 1940, primera maquina de afeitar con dos cabezales inventada por Remington y causó sensación cuando anunció una afeitadora eléctrica diseñada expresamente para las mujeres.
Se populariza la Depilacion Eléctrica, termólisis y electrólisis.
Mediados del siglo XX
Playboy, creada en 1953, se negaba al principio a publicar “obscenidades”. Después del lanzamiento en 1969 de Penthouse, que sí mostraba vellos púbicos, empezó una guerra mediática que Hugh Hefner llamó la ‘guerra púbica’.
En 1960, Harold Maiman desarrolla y patenta el Laser Rubí el primero en usarse en aplicaciones dermatológicas.
En los años ochenta
Las revistas eróticas de esta época empezaron a prescindir cada vez más de los vellos púbicos en las modelos. Entonces se empezaron a desarrollar nuevos estilos como ‘el triángulo de las bermudas’ o ‘el bigote de Hitler’.
En el siglo XXI
Hoy, las mujeres depiladas pueden utilizar lo último en la moda: unos cristales de colores que también pueden usarse en los pezones.
Una mujer más natural siempre va a poder usar los tintes especiales para el vello púbico.
En la última decada, la tecnología del Laser y Luz Pulsada Intensa ha tenido y tiene un desarrollo vertiginoso.

FUTURO
Los humanos estamos destinados a perder el vello porque el recalentamiento del planeta llevará al Homo Sapiens a prescindir de esta capa aislante de frío. Esto sucederá dentro de millones de años, mientras tanto se seguirá depilándo como desde los inicios de la humanidad.

MONOLOGOS
EN CONTRA DEL VELLO PÚBICO
El pelo es sinónimo de barbarie, las vikingas en vez de vagina tenían empalizadas. Para los vikingos era más fácil arrasar civilizaciones y masacrar inocentes que penetrar a sus mujeres. El mundo vivió en las tinieblas de la dictadura del pelo en la cuca hasta que una bella egipcia se rasuró la vagina para iluminarlo.
La vagina, que los cachacos suelen llamar ‘cuca’ y los costeños ‘chocho’, es una cavidad o recipiente que comunica el aparato sexual femenino con el exterior y cuya función, entre otras cosas, es hospedar al pene durante el coito. Dicho de otro modo, la vagina es la cadena de hoteles para penes más grande e importante del mundo y como cualquier multinacional tiene ofertas para todos los gustos. Desde aquellos con jardines perfectamente podados como mesas de billar hasta hostales hippies en endémicos pantanos.
A mí, que nací en el Caribe, me cuesta trabajo llamar ‘cuca’ a la vagina, me suena ya algo peludo y peliagudo. ‘Chocho’ es más dulce, más rítmico, pelado y gozón, así que si eres un lector cachaco y en vez de una gran verga tienes un humilde pipí simplemente piensa que cuando hablo del chocho me refiero a la cuca y que estoy escribiendo estas líneas para declarar mi amor incondicional por los chochos fragantes y depilados y la compasión que me produce una cuca enmarañada, confusa e indefinida. Los pelos en la cuca son pura digresión, un escondite para pipís cobardes.
El chocho pelado es el reto, a cielo abierto, que toda gran verga ansía acometer. Una cuca peluda es más o menos una asquerosa barba con una rajita en medio y algo muy raro deben tener los tipos que en vez de un chocho pelado quieren lamer una frondosa barba. El choco pelado es la más exquisita fruta, la lengua se desplaza allí como por una brillante avenida sabiendo que ningún maldito pelo va a quedar atorado entre los dientes. Los únicos lugares donde acepto ver una cuca tapada de ásperos pelos son los libros de prehistoria. El pelo hiede e infecta, el pelo deforma, atraganta, el pelo deprime.
El mundo ha evolucionado para que los pelos desaparezcan. Si el mejor amigo del hombre es el perro, el de la mujer es Gillette Venus. Cuando hago el amor quiero que mi verga se desplace y atraviese la carne caliente de mi chica y no el Mato Grosso, y que ella se moje formando un exquisito lago de claras orillas y no un intrincado charco lleno de matorrales. Quiero nadar, no chapotear. Quiero labios mayores y menores, no una gorda axila.
El pelo es sinónimo de barbarie, las vikingas en vez de vagina tenían empalizadas. Para los vikingos era más fácil arrasar civilizaciones y masacrar inocentes que penetrar a sus mujeres. El mundo vivió en las tinieblas de la dictadura del pelo en la cuca hasta que una bella egipcia se razó la vagina para iluminarlo. No es casualidad sino infinita coherencia que una misma cultura haya inventado la cerveza y el inodoro, el papel y la escritura, la cama y el chocho calvo. Los egipcios, a diferencia de los bárbaros, entendieron que uno busca entre las piernas de una mujer el alivio a sus penas y no un nido de gallinazas; busca una mogolla recién horneada y no un gastado oso de peluche.
J. Corolla afirma que no hay ética sin estética y qué de estético puede haber en una peluda cuca. Si Corolla tiene razón, y creo que la tiene, depilarse el chocho es un acto de honestidad suprema. Y no voy a aceptar ambigüedades, de un lado estamos los que defendemos el chocho depilado y del otro los que no quieren que les toquen un pelo. Por supuesto, la depilación puede tener diversos matices y niveles hasta llegar a las turgentes y lisas planicies. Obviamente, un chocho pelado es más higiénico y los que aún aducen que el pelo protege de las bacterias olvidan que eso era posible con los chochos al aire libre, pero que dentro de la ropa interior los pelos se convierten en un horno donde las bacterias se multiplican a su antojo.
Tampoco es válida la teoría de que el pelo amortigua y facilita el roce, el efecto de los pelos es fatídico, el pelo hiere. ¿O acaso te lavarías la verga con un esponjilla Bon Bril? Mi deseo es chocar una y otra vez contra la abultada carne del chocho, resbalar por su ardiente superficie y naufragar en su oscuro fondo sin enredarme en un absurdo e inútil follaje.
La cuca peluda tiene un aspecto enfermo e indigente, parece más un sucio vagabundo que la quintaesencia del deseo y el placer. Quien ama la cuca peluda revela un temor inconsciente, es como si se negara a ver lo que es en realidad el chocho, como si odiara ese laberinto de carne y evitara ver y explorar sus pliegues. Quien ama la cuca peluda quiere gato por liebre, su miedo al abismo lo lleva a replegarse tras la barricada de pelos. Quien ama la cuca peluda quiere irse por las ramas. El chocho pelado no admite coartadas, se abre ante tus ojos en toda su plenitud. No quiere el relleno sanitario de unos pelos y un pipí, el chocho pelado exige ser colmado de verga.
Leyendo sobre el origen o la utilidad del vello púbico me enteré de que antiguamente las parteras no se preocupaban por depilar a la mujer que estaba por parir y debido a esto muchos bebés morían ahorcados o asfixiados por los maternales pelos asesinos. En consecuencia, nadie sabe con certeza de dónde proviene esa selva palúdica que, aparte de matar bebés, causar infecciones y ser guarida de piojos, no sirve para nada.
En mis tiempos de universidad las feministas se negaban a depilarse axilas y entrepiernas, para ellas era un símbolo de autodeterminación y para el resto de la universidad, una emergencia ambiental. Como es natural, a las feministas no les bastaba con ser feas (todas parecían la hermana gemela de Carles Puyol), querían llevar las cosas al extremo e hicieron un happening en el que desfilaron desnudas. En algunas, las lianas que pendían de sus vaginas rozaban el piso, ellas al pasar se rascaban la crica y reivindicaban su derecho a ser peludas. Las chicas bellas reían y ellas, las feas feministas cucas peludas, las acusaban de sometimiento al poder y a la cuchilla. Me he preguntado y me pregunto a esta altura de mi vida qué carajos tienen que ver la lozanía y eterna juventud de un chocho pelado con la revolución y demás pendejadas por el estilo.
Me parece estupendo que la mujer alcance sus metas y gane espacio en el mundo masculino, me parece perfecto que logre cosas que antes fueron exclusividad de los hombres, que juegue golf, fútbol, etcétera. Pero sería terrible que en su afán de dominar el mundo olvidara podar el jardín de las delicias y lo dejara abandonado a la insidia sin gracia de los pelos, cancelando de este modo el paisaje favorito de mis sueños e insomnios.

A FAVOR DEL VELLO PÚBICO
“El pelo es lo vegetal en el hombre”, escribió Lezama Lima, pero en el caso del pubis femenino parece haber cumplido también otro papel, y es el de cubrir aquello que para muchas culturas fue inquietante durante siglos: la vulva, el sexo sin representación
Pertenezco a la generación que, en términos de cierto cronista de fútbol, abrió hostilidades en la aventura del sexo a fines de los setenta y principios de los ochenta, y por eso las parejas con las que aprendí el ABC amatorio, mi primer y modesto Kamasutra, tenían el típico pubis de la pubertad, es decir recubierto de vellos, un Monte de Venus con vegetación amazónica y en estado salvaje. Nadie se hacía preguntas, el vello púbico simplemente estaba ahí. Así era la vida, el mundo, así éramos.
Y no podía ser de otro modo: toda la cultura erótica de la que disponíamos lo incluía, desde las imágenes de Egon Schiele, con sus adolescentes anoréxicas, hasta las rellenitas de Modigliani, e incluso estaba en expresiones que intentaban ser poéticas (hoy muy cursis) con frases como “sombra del pubis”, o aquella de “rubia original”, refiriéndose a que el color de su pelo íntimo confirmaba el de su cabeza.
Ese vello arremolinado, con tendencia a hacer motas, que discurría agradablemente entre los dedos al estar húmedo o, al revés, ser muy cortante en estado de reposo, también formó parte de la contracultura del porno, del porno intelectual, se entiende (aunque también del otro). Su máximo icono fue Garganta profunda, donde todos vimos, conteniendo la respiración, cómo una Linda Lovelace hermosamente pilosa presentaba la extraña anomalía de tener el clítoris en la garganta.
“El pelo es lo vegetal en el hombre”, escribió Lezama Lima, pero en el caso del pubis femenino parece haber cumplido también otro papel, y es el de cubrir aquello que para muchas culturas fue inquietante durante siglos: la vulva, el sexo sin representación. O incluso, como lo vio el propio Freud, el vacío del sexo. Pensemos que el médico Galeno, el primero, teorizó que la vulva era un pene invertido, un inquietante espacio que creció hacia el interior de la fémina, y exactamente de ese modo la representó uno de los primeros anatomistas, Andrea Vesalius, en un célebre tratado sobre el cuerpo. ¿Qué era esa misteriosa cavidad en el vértice del cuerpo femenino? ¿Una fosa? ¿Una grieta? Dios santo, ¿un abismo? El vello cubría esa anomalía, esa inquietante pregunta, esa entrada al infierno que, como si fuera poco, en las pesadillas de algunos tenía dientes, la horripilante vagina dentata.
La cultura occidental fue siempre falocrática, y por eso el sexo de la mujer se definió no por sí mismo, sino por la ausencia de un pene, de ahí el misterio y las leyendas: que la exhibición de la vulva tenía el poder de resucitar a los muertos, que poseía facultades apotropaicas (combatía el mal), alejaba al diablo y podía salvar a la humanidad. En la mitología griega, según la historiadora Mihtu Sanyal, “las mujeres de la ciudad de Xantos repelen al invencible Belerofonte con una exhibición colectiva de sus vulvas”, y ciertas tribus del norte de África aseguran que ante la visión de un sexo femenino los leones se dan vuelta y huyen.
Sigmund Freud equiparó la cabeza de la Medusa con la vulva y afirmó que quien la contemplara se convertiría en piedra, tal era la fuerza de ese misterio que permanecía oculto debajo del vello. Y ese misterio, como decía antes, se transfirió al lenguaje: ¿cómo referirse a él? Hay acepciones médicas o palabras vulgares, pero las jóvenes o las niñas no sabían cómo referirse a su propio sexo y decían cosas como “ahí abajo” y aún hoy circulan eufemismos como, “botón”, “concha”, “preciosa dama”.
Por eso el pelo cobertor, esa suave y tersa vegetación, no solo protege una parte sensible del cuerpo sino que, para la psiquis, oculta algo perturbador. Tanto que el arte grecolatino, lo mismo que el del Medioevo y el Renacimiento, se olvidaron por completo de la vulva: un pubis plano y neonato o un cruce de piernas o una mano o una hoja lo ocultan, mientras que el pene es el gran protagonista. ¡Su majestad el pene!
Los museos, iglesias y plazas de Europa están repletos de penes cuidadosamente esculpidos en mármoles y bronces, delineados sobre lienzos o en frescos, a veces ocultos con una pudibunda hoja de parra. Zeus, Poseidón, las diversas representaciones de Príapo o de Hércules, el David de Miguel Ángel, el Plutón de Pinturicchio que rapta a Perséfone y va corriendo con el pene al aire. Solo en la Plaza de la Signoria de Florencia hay tres gigantescas estatuas que exhiben sus penes a tutiplén: Neptuno, David y el Perseo de Cellini. ¡Y ni una sola vulva!
Solo en la prehistoria hay imagen del sexo femenino con sus diferentes atributos: las Venus esteatopígicas de las culturas prehispánicas, esas piezas de cerámica o talladas en piedra con la hendidura del sexo bien marcada, por lo general sin pelo, pues es la hendidura la que representa la fertilidad. En la India es diferente: en Kajurao, los templos dedicados al matrimonio de Shiva con la diosa Kali contienen penes y vulvas por doquier, muchas de ellas con vello púbico. Pero es que los indostánicos nos llevan varias leguas en este tema. Entre nosotros hubo que esperar hasta 1886 para que Gustave Courbet pintara El origen del mundo y le diera a la vulva, por fin, ese primer plano que el arte occidental le había negado durante siglos y que ya clamaba al cielo. ¡Y con todo su pelo!
En mi época cada mujer era diferente por lo abultado o escaso de su vello, por su extensión al muslo y el modo en que iba disminuyendo y trepaba por el vientre. En las heroicas clases de gimnasia del Refous, mi colegio, ante el ombligo de alguna compañera, viendo esa pelusilla que se perdía por debajo de la línea de la pantaloneta, exclamábamos: “Si así es la carrilera, ¡cómo será la estación!”.
Ese fue nuestro canon, así crecimos, y por eso cuando comenzaron a aparecer las depilaciones, primero en revistas para adultos a fines de los ochenta, y luego, al llegar internet, con la gran revolución y socialización del porno on line, la depilación se masificó en un proceso que fue reduciendo cada vez más la parte pilosa con formas divertidas (triángulo, V, ticket, moustache, islote, ficha de lego) hasta llegar a la desnudez completa de la vulva, algo que para los nacidos en los años sesenta, créanme, no deja de ser inquietante, esos tonos rosados en la carne, como los pliegues del pollo en las neveras del supermercado o la imposible (y monstruosa) idea de un bebé gigante y lúbrico.
Y la ciencia no se pone de acuerdo: que la depilación es más higiénica al evitar la formación de grumos con segregaciones y flujos. Que el pelo es una barrera antivirus, una jaula que protege a la princesa de todo lo malo que hay en piscinas, baños, duchas y gimnasios.
Me gusta el estilo natural, insisto, pero ese espacio es propiedad privada y son ellas las que deciden. De hecho ya hay otra moda que amenaza con cambiarlo todo y que consiste en adherir cristales de colores en el pubis después de la depilación, para darle a la zona sagrada un aire discotequero o kitsch. Se llama vajazzling. Todo lo veremos, todo lo aceptaremos. Lo único es agradecer a dios, al dios de los desesperados o de los idólatras, por el hecho de que, con vegetación selvática o suelo desértico, con ecosistema de tundra o roca volcánica, con spots y luces de Swarovski, ese Monte de Venus siga abriendo de vez en cuando sus puertas, y los peregrinos podamos acampar en él por un tiempo y encontrar alivio.

ENCUESTA
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FUENTES
http://www.soho.com.co/vida-soho/articulo/una-historia-pelos/26099
http://www.letramedia.cl/?p=1718
http://www.soho.com.co/opinion/articulo/en-contra-del-vello-pubico/26097

