Más gordos
SIN ACTIVIDAD. Las nuevas costumbres vuelven a las personas más sedentarias.
Por efecto de la comida rápida y del sedentarismo; perezosos para caminar, pero no para mover los dedos de la mano al pulsar el celular o el teclado de la compu; olvidados de la cultura del barrio y del vínculo con el vecino y ganados por la vida impersonal del edificio en alturas; enfermos por consecuencia del cambio climático. Ese es, a grandes rasgos, el perfil del hombre que, sin pausa, se ha ido desplazando del campo - cada vez más despoblado -a la ciudad, cada vez más furiosa en su discurrir. Con el dato de que la mitad de la población mundial vive en ciudades (el porcentaje trepa al 80 % en América Latina) la Federación de la Cruz Roja Internacional acaba de lanzar una advertencia sobre cómo impacta en la vida de las personas la urbanización creciente. Expertos consultados concuerdan con esa preocupación; advierten que es imposible la vuelta al Paraíso original, pero afirman que se puede negociar con la gran ciudad, en procura de una mejor calidad de vida.
La ciudad le sumó al cuerpo peso y debilidad
Más de la mitad de la población mundial vive en urbes. Las metrópolis moldean las personas, sus estilos de vida y sus formas de pensar. Hoy somos más gordos y altos que nuestros antepasados, tenemos menos fuerza en los huesos y disminuyó nuestra masa muscular. La comida rápida, la vida sedentaria, la computadora y los autos están dejando marcas en la anatomía.
Si la ciudad fuera un cuerpo los médicos ya le habrían diagnosticado sobrepeso y estrés. Los estudiosos habrían descubierto en ella que es más alta y más gorda que sus antepasados, pero a la vez más débil. Si la ciudad fuera un cuerpo se diría que está agobiada, saturada. Si se mirara al espejo, seríamos nosotros los sorprendidos. Estamos ahí, en su reflejo. Y nos pasa los mismo. La vida moderna nos cambió no sólo la forma de pensar; también la anatomía y la salud.
La ciudad no es sólo un espacio físico; su estructura modela los cuerpos de las personas, sus maneras de habitar y de sentir, aseguran los arqueólogos urbanos. Sólo por vivir urbanizados tenemos una anatomía diferente a la de nuestros antepasados, de acuerdo con las investigaciones.
Huesos más débiles, cerebros más pequeños y menor masa muscular son sólo algunas de las características que hemos adquirido en los últimos cientos de años por haber modernizado nuestras vidas. Hoy entrenamos más nuestros dedos (especialmente los pulgares) que nuestras piernas, caminamos menos pero comemos más y tenemos un cerebro sobrecargado, que está a merced de continuos bombardeos de estímulos externos, pero que no necesariamente por ello funciona mejor. Y la mirada se ha convertido en el más entrenado de los sentidos para la comunicación.
Como todos sabemos, una buena dieta debe ser balanceada y completa, que contenga todos los nutrientes y minerales que el cuerpo necesita para toda actividad diaria.
Más del 50% de la población mundial vive en ciudades y se calcula que en las próximas décadas la urbanidad será la forma de vida para la gran mayoría. En Latinoamérica el proceso se aceleró: el 80% ya está residiendo en metrópolis.
La Federación Internacional de la Cruz Roja hizo su advertencia. Entre los riesgos de la rápida urbanización del planeta señalaron el consumo de comida rápida, el cambio climático, la asistencia sanitaria deficiente y la creciente violencia urbana.
Los científicos plantean que si bien los seres humanos hemos ido evolucionando constantemente, la vida moderna ha apresurado el ritmo con el que se producen las modificaciones. Las nuevas generaciones van dibujando así nuevos estereotipos más regordetes y con unos centímetros más de altura. Los cambios siguen evaluándose día a día. Por ahora, nadie se arriesga a asegurar que todo tiempo pasado fue mejor.
Tenemos más fuerza en las manos que en los pies
La ciudad le ha dado algunas seguridades a nuestro estilo de vida: ya no tenemos que gastar demasiada energía para conseguir alimento.
Ahora hasta los servimotos y servicios de comidas fastfood a domicilio se encargan de eso, destacó el traumatólogo Héctor Piedrabuena.
Los automóviles también redujeron el esfuerzo físico de la gente en la urbe, al igual que las computadoras y la televisión. Sin ánimo de bromear, el médico cuenta que hoy ejercitamos más las manos que las piernas y le hemos dado funcionalidad a una porción de nuestro cuerpo impensada: el pulgar.
Todo esto ha impactado en nuestros cuerpos. Según Piedrabuena, tenemos huesos más débiles y menos volumen de masa muscular. Los problemas en los huesos aparecen antes de tiempo y la causa es siempre la misma: el sedentarismo.
Esta realidad ha sido probada por el investigador Christopher Ruff, de la Escuela de Medicina de la Universidad John Hopkins. Según su trabajo, en los últimos 4.000 años se produjo una disminución de un 15% de la fuerza ósea en los humanos. Para su estudio, el científico viajó por el mundo realizando exámenes de rayos X a huesos de piernas fosilizadas, llegando a una muestra que abarca ejemplares desde hasta tres millones de años, según publicaron varios sitios web especializados en ciencia.
Otro resultado de las investigaciones demuestra que, además de tener huesos más delgados, disminuyó la masa muscular, lo cual ha determinado que, pese a que los humanos actuales son más altos, cuentan con una contextura más delicada.
La sobrecarga informativa y sus efectos en el cerebro
La vida urbana no sólo impacta en la estructura más visible. También ha ido trastocando nuestra forma de ver y entender el mundo y n
nuestro cerebro ha sufrido las consecuencias.
Estudios publicados en la revista "Psychological Science", realizados por un equipo de investigadores de la Universidad de Michigan, sugieren que un cerebro más relajado, que no está continuamente bombardeado por estímulos externos, funciona mejor. La sobrecarga de información que sufrimos en las ciudades afecta y hasta puede bloquear las funciones cognitivas.
Otra investigación, esta vez realizada por el antropólogo de la Universidad de Wisconsin John Hawks sostiene que el cerebro humano ha perdido una porción de materia gris equivalente a una pelota de tenis en tan sólo 200 siglos, a pesar de que sus funciones neuroquímicas han mejorado y eso nos ha afectado positivamente. El trabajo mostró que este cambio está determinado por los niveles de aglomeración propios de la urbe. Los expertos sostienen que cuando un gran número de personas convive en una determinada área geográfica, alcanzan mayor especialización del trabajo y una variada conexión social con otras personas. Ya no se precisa de tantas habilidades de nuestra inteligencia para sobrevivir.
La antropóloga Patricia Arenas apuntó que no es adecuado pensar en términos evolutivos que a mayor capacidad craneana mayor inteligencia. Según dijo, la historia nos dio una lección: los hombres de neanderthal tenían mayor capacidad craneana que los cromagnones que los sobrevivieron y que se encuentran asociados a productos culturales muy refinados.
Nos gusta el azúcar y la grasa, pero no movernos
La urbanización implica cambios geográficos que nos llevan a desplazarnos menos y también modifica lo que ponemos sobre el plato cada día. Entre los cambios más preocupantes que imprimió la ciudad aparece la comida. En el mundo entero aumentan los niveles de obesidad y ya nadie se sorprende al ver en las fotos de nuestra generación a la gente más gorda.
El fenómeno, según el nutricionista Francisco D’onofrio, tiene sus bases en lo que se dio a llamar transición nutricional, a partir de la cual el hombre cambió su alimentación basada en vegetales, verduras y carnes para pasar a consumir todo procesado. En especial aquellos alimentos ricos en grasa y azúcar, nutrientes ahora considerados culturalmente más apetecibles.
Según el especialista, a los cambios en la alimentación se le suma el sedentarismo y se da otra transición: la prevalencia de enfermedades infecciosas le da paso a los males crónicos como obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, ciertos cánceres, etcétera.
"El estado nutricional de los individuos muestra un incremento de peso, particularmente en mujeres adultas, en un rango que va desde un 30 % al 70 % en Latinoamérica. El sobrepeso y la obesidad infantil también aumentan", destacó D’Onofrio. A su entender, el crecimiento del parque automotor, así como también el aumento de los televisores y computadoras son claves para este fenómeno.
A pesar de los cambios preocupantes, los expertos creen que los crecientes índices de obesidad son reversibles: hay que volver a algunas viejas costumbres alimenticias y moverse un poco más.
Diario La Gaceta - Tucumán - Argentina