El pensar es muy Presiado. Disfruten esta Lectura.
A mediados de Marzo yo llevaba una empanada de tres pares de cojones. Una serie de experiencias habían cambiado mi concepción del mundo sacudiendo el marco en el que yo creía que se desarrollaba mi vida. Había tenido sensaciones y asistido a sucesos para los que no tenía etiquetas. Estaba perdido, y lo único que sabía era que quería sacar de mi vida la mayor parte de lo que había para volver a llenarlo todo de cosas que salieran de mis sueños y no de lo que el mar arrojaba a la orilla. Cada vez lo tenía todo más claro.
Los lectores de ESDLV, por su parte, no entendían nada. De hecho nadie a mi alrededor entendía nada. La mayoría de los comentaristas tenían una opinión clarísima: yo había perdido un tornillo. Gente que no me conocía, que ni siquiera me había enviado jamás un email, declaraba con total familiaridad que yo había perdido el norte y que en breve la tierra se abriría para comerme por los pies. Parecían saberlo todo sobre mí cuando ni siquiera yo mismo era capaz de dibujarme con seguridad.
En aquel mar de opiniones alegres e infundadas me cayó una tabla entre las manos en forma de email. Nada más abrirlo, una bocanada de aire fresco me agitó el flequillo. Se trataba de un tipo que me animaba en mi nuevo camino, y para empedrarlo, y ofrecerme contraste, me copiaba unas líneas del ensayo de José Ingenieros, "El hombre mediocre":
"El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así como el hombre inferior hereda el "alma de la especie", el mediocre adquiere el "alma de la sociedad". Su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios."
A este párrafo seguían muchos otros igualmente brillantes y, para mí, esclarecedores. Esta persona completamente desconocida había sabido leer entre líneas lo que yo sólo era capaz de ver buceando en lo más profundo de mí mismo, y me había lanzado un salvavidas en un momento en el que yo braceaba luchando por lo que parecía ser el último aliento. ¿Cómo era posible que un desconocido me pudiera comprender mejor que todos aquellos que me rodeaban?
Contesté, y me despedí con las siguientes líneas:
"Muchas gracias por tu email. Eres de esa gente que empiezo a encontrar
cada vez mas a menudo y que creía que no existía."
Poco después me escribió de nuevo para recomendarme un libro que le había caído en las manos. Decía que el libro describía lo mismo que estaba yo intentando expresar en ESDLV, y me copiaba algunos de los párrafos que había encontrado más relevantes.
Escribí de vuelta un largo email que comenzaba con las siguientes palabras:
"Tío, tu email me ha impactado. Los párrafos del libro que me has enviado describen cómo me siento ahora mismo y cómo veo el mundo. Ha sido todo un viaje leer lo que has mandado."
No podía dejar de preguntarme quién era mi interlocutor, quién estaba detrás de aquella capacidad de compresión que yo no había visto nunca, quién era capaz de ver tan claro y de expresar sus ideas con un vocabulario tan rico y una sintaxis tan ordenada. Para mí era un placer deslizar los ojos sobre las líneas en cada email que me escribía. Imaginé a una persona culta, algún tipo de erudito encerrado en la clásica biblioteca victoriana de las mansiones que había visto en las películas. Supuse que debía contar al menos cuarenta años, quizá cincuenta.
De piedra me quedé cuando me enteré de que se trataba de un chaval de 22 primaveras.
Empezamos a intercambiar emails casi a diario. Ambos compartíamos un profundo interés por comprender la conciencia y todo lo que en ella está contenido, que no es poco. Mirábamos al mundo como niños, con curiosidad, sabedores de que no podíamos dar nada por sentado si queríamos explicarlo todo.
Por fin nos conocimos personalmente en Barcelona. Un chaval grande, con cara de bueno y voz serena, quizá más tímido incluso que yo. Empezamos a charlar de los temas que nos interesaban y en ese momento me sucedió algo increíble.
Hay momentos en la vida de uno en los que tienen lugar sucesos que te cambian para siempre, experiencias que sabes que van a marcar un antes y un después en tu existencia, golpes en la cabeza que te dejan sentado cavilando durante meses y a partir de los cuales tu vida no vuelve a ser la que era. Momentos en los que a uno le acuden a la imaginación el monolito de 2.001 y los compases de "Also sprach Zaratustra". Puntos de inflexión que cambian la historia.
Comencé a hablar desgranando un argumento, una idea que me gustaba y a la que había dado ya muchas vueltas. Me di cuenta de que, como siempre, estaba hablando atropelladamente, pero debía darme prisa y exponer el nudo de la idea antes de que mi interlocutor me interrumpiera como de costumbre sucedía. De repente me di cuenta de que él seguía escuchando con atención; no parecía querer decir nada antes de que yo hubiera terminado. Me atraganté por un momento, me rehice y continué con mi exposición. Cuando hube acabado de articular mi idea me di cuenta de que me había sorprendido el hecho de que no me hubiera interrumpido antes de terminar, y fui, a la vez, consciente de mi sorpresa, lo que no hizo sino redoblarla. Me quedé entonces mirándole esperando una respuesta inmediata y automática, como las que recibo normalmente.
Los segundos se sucedían y él permanecía en silencio. Me empecé a sentir incómodo. No sentía que aquello fuera normal. Al poco se me hizo obvio lo que estaba ocurriendo: ¡mi interlocutor estaba pensando! Dios mío, ¡era fascinante! No había asistido nunca a nada así. Estaba reflexionando en calma sobre lo que yo le acababa de comunicar, y lo mejor era que yo tenía la sensación de que, terminado aquel fantástico proceso, iba a obtener una respuesta sopesada y ponderada. Buceé en mis archivos mentales pero no fui capaz de encontrar parangón entre mis experiencias pasadas. Absolutamente increíble.
De modo que así era cómo pensaba la gente. Se metía durante algunos segundos en su cabeza y después volvía con el fruto de una reflexión. No había visto nunca nada igual. Sentí que estaba asistiendo a un espectáculo de la naturaleza, algo comparable a los terremotos y a las tormentas que recorren la tierra. Intuía una fuerza enorme. Me preguntaba en qué podría convertirse el planeta si todo el mundo fuera capaz de invocar ese poder que, por definición, debía de encontrarse en el interior de cada ser humano.
Darme cuenta de que me encontraba en verdadero estado de shock por ver a alguien pensar durante una conversación fue una auténtica revelación para mí. De repente me sentí más solo que nunca, como si durante mucho tiempo hubiera sido el único que se hubiera esforzado en pensar en muchos kilómetros a la redonda. Me di cuenta de que gran parte de la comunicación que establecía con la gente que me rodeaba se quedaba en un risible nivel superficial si lo comparaba con aquello. Aquel chico, antes de contestar, con un simple silencio reflexivo, me había cambiado la vida, me había demostrado que no estaba solo, que había otros que eran igualmente capaces de pensar lo que decían, que había personas dispuestas a poner en tela de juicio sus propias ideas sin sentirse necesariamente amenazadas. Sentí un enorme alivio. Sentí una tibia esperanza en el futuro. Pensé que quizá la humanidad no estuviera perdida.
Un rato después, yo intentaba articular un nuevo argumento mientras caminábamos distraídamente por una acera cualquiera de Barcelona. Me interrumpió y me dijo:
—Transmites paz.
Yo le miré perplejo. No estaba seguro de haber entendido correctamente las palabras.
—¿Cómo dices?
—Digo que transmites paz —repitió—. La manera en que te expresas, el tono de voz, el cómo ordenas las ideas.
"Transmites paz", pensé. Me encantaba. "Transmites paz" era lo más bonito que nadie me había dicho nunca, quizá más bonito que "Sólo es una contractura" o incluso que "Quiero que te corras en mi boca". Poesía pura en mis pobres oídos.
El monolito con el que el Universo me mostraba que había estado viviendo en un mundo de comunicación superficial me tuvo cavilando durante meses. Fue como si en vez de haberse revelado pacíficamente me hubiera caído encima. Yo siempre creía haber escuchado detenidamente a todo aquel que tenía a bien acercarse hasta a mí, escuchaba hasta el final, con interés verdadero, tratando de asimilar lo que se me intentaba comunicar, poniendo en tela de juicio mis propias ideas incluso cuando se hablaba contra mí. Sin embargo, ahora me daba cuenta de que no había ninguna reciprocidad a mi alrededor.
La mayor parte de las veces, antes de decir yo algo, ya sabía cuál iba a ser la respuesta. Mis intentos de comunicación resultaban estériles de antemano. Al exponer un argumento controvertido, la gente rara vez me dejaba terminar de hablar, y cuando lo conseguía, la respuesta no se hacía esperar, era automática. Era como si en vez de comunicarme con la otra persona simplemente pulsara una tecla con mi voz. Hablaba con robots que reaccionaban a mis comandos. Este fenómeno hubiera tenido unas posibilidades enormes si hubiera deseado manipular a aquellos que me rodeaban, pero yo sólo quería entenderles y que me comprendieran. La inmensa mayoría de la gente con la que me comunicaba no me escuchaba, simplemente se quedaba con alguna de las palabras que pronunciaba y saltaba como si le hubieran tirado de un cordel en algún lugar de la espalda. Podía incluso ver cuál era el momento exacto en el que la otra persona se metía en su cabeza y preparaba la respuesta automática. Yo aflojaba el ritmo de mi argumentación porque sabía que lo que yo tuviera que decir ya no estaba siendo escuchado. Rara vez tenía sentido terminar mis argumentos.
Dios, qué terrible sensación no sentirse escuchado. Menos mal que parecía existir gente más allá de su propio ego, gente capaz de esperarse a que la otra persona termine de hablar antes de pensar la respuesta. Quizá no estuviera todo perdido.
Releeo esto y me doy cuenta de que parece que describa un mundo de ciencia ficción poblado por autómatas sin cerebro, pero es que ese mundo está ahí fuera. Sólo hace falta salir a la calle para sumergirse en él.
Un par de meses después encontré a una persona parecida. Igual que en la ocasión anterior, pude ver a un ser humano mirar en su interior antes de ofrecer una respuesta de vuelta. Todavía me sobresalto cuando sucede, me resulta extraño. Me siento raro cuando mis palabras hacen que alguien entre en su cabeza para pensar. Pero es algo formidable, un espectáculo de la naturaleza: un ser humano reflexionando. Quiero que se me permita vivir para verlo más veces.
También en esta ocasión, en un momento de la conversación, se me dijo:
—Transmites paz.
Quizá fuera casualidad, quizá no. Exactamente las mismas dos palabras. Sentí que me acariciaban el lomo.
Paz es lo único que tengo. La transmito porque tú lo haces posible. Gracias por ofrecer un lienzo en blanco en el que pueda expresar lo que llevo dentro. Gracias por estar ahí. Gracias por escuchar.
Gracias por pensar.
Gracias por pensar
A mediados de Marzo yo llevaba una empanada de tres pares de cojones. Una serie de experiencias habían cambiado mi concepción del mundo sacudiendo el marco en el que yo creía que se desarrollaba mi vida. Había tenido sensaciones y asistido a sucesos para los que no tenía etiquetas. Estaba perdido, y lo único que sabía era que quería sacar de mi vida la mayor parte de lo que había para volver a llenarlo todo de cosas que salieran de mis sueños y no de lo que el mar arrojaba a la orilla. Cada vez lo tenía todo más claro.
Los lectores de ESDLV, por su parte, no entendían nada. De hecho nadie a mi alrededor entendía nada. La mayoría de los comentaristas tenían una opinión clarísima: yo había perdido un tornillo. Gente que no me conocía, que ni siquiera me había enviado jamás un email, declaraba con total familiaridad que yo había perdido el norte y que en breve la tierra se abriría para comerme por los pies. Parecían saberlo todo sobre mí cuando ni siquiera yo mismo era capaz de dibujarme con seguridad.
En aquel mar de opiniones alegres e infundadas me cayó una tabla entre las manos en forma de email. Nada más abrirlo, una bocanada de aire fresco me agitó el flequillo. Se trataba de un tipo que me animaba en mi nuevo camino, y para empedrarlo, y ofrecerme contraste, me copiaba unas líneas del ensayo de José Ingenieros, "El hombre mediocre":
"El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así como el hombre inferior hereda el "alma de la especie", el mediocre adquiere el "alma de la sociedad". Su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios."
A este párrafo seguían muchos otros igualmente brillantes y, para mí, esclarecedores. Esta persona completamente desconocida había sabido leer entre líneas lo que yo sólo era capaz de ver buceando en lo más profundo de mí mismo, y me había lanzado un salvavidas en un momento en el que yo braceaba luchando por lo que parecía ser el último aliento. ¿Cómo era posible que un desconocido me pudiera comprender mejor que todos aquellos que me rodeaban?
Contesté, y me despedí con las siguientes líneas:
"Muchas gracias por tu email. Eres de esa gente que empiezo a encontrar
cada vez mas a menudo y que creía que no existía."
Poco después me escribió de nuevo para recomendarme un libro que le había caído en las manos. Decía que el libro describía lo mismo que estaba yo intentando expresar en ESDLV, y me copiaba algunos de los párrafos que había encontrado más relevantes.
Escribí de vuelta un largo email que comenzaba con las siguientes palabras:
"Tío, tu email me ha impactado. Los párrafos del libro que me has enviado describen cómo me siento ahora mismo y cómo veo el mundo. Ha sido todo un viaje leer lo que has mandado."
No podía dejar de preguntarme quién era mi interlocutor, quién estaba detrás de aquella capacidad de compresión que yo no había visto nunca, quién era capaz de ver tan claro y de expresar sus ideas con un vocabulario tan rico y una sintaxis tan ordenada. Para mí era un placer deslizar los ojos sobre las líneas en cada email que me escribía. Imaginé a una persona culta, algún tipo de erudito encerrado en la clásica biblioteca victoriana de las mansiones que había visto en las películas. Supuse que debía contar al menos cuarenta años, quizá cincuenta.
De piedra me quedé cuando me enteré de que se trataba de un chaval de 22 primaveras.
Empezamos a intercambiar emails casi a diario. Ambos compartíamos un profundo interés por comprender la conciencia y todo lo que en ella está contenido, que no es poco. Mirábamos al mundo como niños, con curiosidad, sabedores de que no podíamos dar nada por sentado si queríamos explicarlo todo.
Por fin nos conocimos personalmente en Barcelona. Un chaval grande, con cara de bueno y voz serena, quizá más tímido incluso que yo. Empezamos a charlar de los temas que nos interesaban y en ese momento me sucedió algo increíble.
Hay momentos en la vida de uno en los que tienen lugar sucesos que te cambian para siempre, experiencias que sabes que van a marcar un antes y un después en tu existencia, golpes en la cabeza que te dejan sentado cavilando durante meses y a partir de los cuales tu vida no vuelve a ser la que era. Momentos en los que a uno le acuden a la imaginación el monolito de 2.001 y los compases de "Also sprach Zaratustra". Puntos de inflexión que cambian la historia.
Comencé a hablar desgranando un argumento, una idea que me gustaba y a la que había dado ya muchas vueltas. Me di cuenta de que, como siempre, estaba hablando atropelladamente, pero debía darme prisa y exponer el nudo de la idea antes de que mi interlocutor me interrumpiera como de costumbre sucedía. De repente me di cuenta de que él seguía escuchando con atención; no parecía querer decir nada antes de que yo hubiera terminado. Me atraganté por un momento, me rehice y continué con mi exposición. Cuando hube acabado de articular mi idea me di cuenta de que me había sorprendido el hecho de que no me hubiera interrumpido antes de terminar, y fui, a la vez, consciente de mi sorpresa, lo que no hizo sino redoblarla. Me quedé entonces mirándole esperando una respuesta inmediata y automática, como las que recibo normalmente.
Los segundos se sucedían y él permanecía en silencio. Me empecé a sentir incómodo. No sentía que aquello fuera normal. Al poco se me hizo obvio lo que estaba ocurriendo: ¡mi interlocutor estaba pensando! Dios mío, ¡era fascinante! No había asistido nunca a nada así. Estaba reflexionando en calma sobre lo que yo le acababa de comunicar, y lo mejor era que yo tenía la sensación de que, terminado aquel fantástico proceso, iba a obtener una respuesta sopesada y ponderada. Buceé en mis archivos mentales pero no fui capaz de encontrar parangón entre mis experiencias pasadas. Absolutamente increíble.
De modo que así era cómo pensaba la gente. Se metía durante algunos segundos en su cabeza y después volvía con el fruto de una reflexión. No había visto nunca nada igual. Sentí que estaba asistiendo a un espectáculo de la naturaleza, algo comparable a los terremotos y a las tormentas que recorren la tierra. Intuía una fuerza enorme. Me preguntaba en qué podría convertirse el planeta si todo el mundo fuera capaz de invocar ese poder que, por definición, debía de encontrarse en el interior de cada ser humano.
Darme cuenta de que me encontraba en verdadero estado de shock por ver a alguien pensar durante una conversación fue una auténtica revelación para mí. De repente me sentí más solo que nunca, como si durante mucho tiempo hubiera sido el único que se hubiera esforzado en pensar en muchos kilómetros a la redonda. Me di cuenta de que gran parte de la comunicación que establecía con la gente que me rodeaba se quedaba en un risible nivel superficial si lo comparaba con aquello. Aquel chico, antes de contestar, con un simple silencio reflexivo, me había cambiado la vida, me había demostrado que no estaba solo, que había otros que eran igualmente capaces de pensar lo que decían, que había personas dispuestas a poner en tela de juicio sus propias ideas sin sentirse necesariamente amenazadas. Sentí un enorme alivio. Sentí una tibia esperanza en el futuro. Pensé que quizá la humanidad no estuviera perdida.
Un rato después, yo intentaba articular un nuevo argumento mientras caminábamos distraídamente por una acera cualquiera de Barcelona. Me interrumpió y me dijo:
—Transmites paz.
Yo le miré perplejo. No estaba seguro de haber entendido correctamente las palabras.
—¿Cómo dices?
—Digo que transmites paz —repitió—. La manera en que te expresas, el tono de voz, el cómo ordenas las ideas.
"Transmites paz", pensé. Me encantaba. "Transmites paz" era lo más bonito que nadie me había dicho nunca, quizá más bonito que "Sólo es una contractura" o incluso que "Quiero que te corras en mi boca". Poesía pura en mis pobres oídos.
El monolito con el que el Universo me mostraba que había estado viviendo en un mundo de comunicación superficial me tuvo cavilando durante meses. Fue como si en vez de haberse revelado pacíficamente me hubiera caído encima. Yo siempre creía haber escuchado detenidamente a todo aquel que tenía a bien acercarse hasta a mí, escuchaba hasta el final, con interés verdadero, tratando de asimilar lo que se me intentaba comunicar, poniendo en tela de juicio mis propias ideas incluso cuando se hablaba contra mí. Sin embargo, ahora me daba cuenta de que no había ninguna reciprocidad a mi alrededor.
La mayor parte de las veces, antes de decir yo algo, ya sabía cuál iba a ser la respuesta. Mis intentos de comunicación resultaban estériles de antemano. Al exponer un argumento controvertido, la gente rara vez me dejaba terminar de hablar, y cuando lo conseguía, la respuesta no se hacía esperar, era automática. Era como si en vez de comunicarme con la otra persona simplemente pulsara una tecla con mi voz. Hablaba con robots que reaccionaban a mis comandos. Este fenómeno hubiera tenido unas posibilidades enormes si hubiera deseado manipular a aquellos que me rodeaban, pero yo sólo quería entenderles y que me comprendieran. La inmensa mayoría de la gente con la que me comunicaba no me escuchaba, simplemente se quedaba con alguna de las palabras que pronunciaba y saltaba como si le hubieran tirado de un cordel en algún lugar de la espalda. Podía incluso ver cuál era el momento exacto en el que la otra persona se metía en su cabeza y preparaba la respuesta automática. Yo aflojaba el ritmo de mi argumentación porque sabía que lo que yo tuviera que decir ya no estaba siendo escuchado. Rara vez tenía sentido terminar mis argumentos.
Dios, qué terrible sensación no sentirse escuchado. Menos mal que parecía existir gente más allá de su propio ego, gente capaz de esperarse a que la otra persona termine de hablar antes de pensar la respuesta. Quizá no estuviera todo perdido.
Releeo esto y me doy cuenta de que parece que describa un mundo de ciencia ficción poblado por autómatas sin cerebro, pero es que ese mundo está ahí fuera. Sólo hace falta salir a la calle para sumergirse en él.
Un par de meses después encontré a una persona parecida. Igual que en la ocasión anterior, pude ver a un ser humano mirar en su interior antes de ofrecer una respuesta de vuelta. Todavía me sobresalto cuando sucede, me resulta extraño. Me siento raro cuando mis palabras hacen que alguien entre en su cabeza para pensar. Pero es algo formidable, un espectáculo de la naturaleza: un ser humano reflexionando. Quiero que se me permita vivir para verlo más veces.
También en esta ocasión, en un momento de la conversación, se me dijo:
—Transmites paz.
Quizá fuera casualidad, quizá no. Exactamente las mismas dos palabras. Sentí que me acariciaban el lomo.
Paz es lo único que tengo. La transmito porque tú lo haces posible. Gracias por ofrecer un lienzo en blanco en el que pueda expresar lo que llevo dentro. Gracias por estar ahí. Gracias por escuchar.
Gracias por pensar.