cristhian_pompeya
Usuario (Argentina)
El pensar es muy Presiado. Disfruten esta Lectura. Gracias por pensar A mediados de Marzo yo llevaba una empanada de tres pares de cojones. Una serie de experiencias habían cambiado mi concepción del mundo sacudiendo el marco en el que yo creía que se desarrollaba mi vida. Había tenido sensaciones y asistido a sucesos para los que no tenía etiquetas. Estaba perdido, y lo único que sabía era que quería sacar de mi vida la mayor parte de lo que había para volver a llenarlo todo de cosas que salieran de mis sueños y no de lo que el mar arrojaba a la orilla. Cada vez lo tenía todo más claro. Los lectores de ESDLV, por su parte, no entendían nada. De hecho nadie a mi alrededor entendía nada. La mayoría de los comentaristas tenían una opinión clarísima: yo había perdido un tornillo. Gente que no me conocía, que ni siquiera me había enviado jamás un email, declaraba con total familiaridad que yo había perdido el norte y que en breve la tierra se abriría para comerme por los pies. Parecían saberlo todo sobre mí cuando ni siquiera yo mismo era capaz de dibujarme con seguridad. En aquel mar de opiniones alegres e infundadas me cayó una tabla entre las manos en forma de email. Nada más abrirlo, una bocanada de aire fresco me agitó el flequillo. Se trataba de un tipo que me animaba en mi nuevo camino, y para empedrarlo, y ofrecerme contraste, me copiaba unas líneas del ensayo de José Ingenieros, "El hombre mediocre": "El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así como el hombre inferior hereda el "alma de la especie", el mediocre adquiere el "alma de la sociedad". Su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios." A este párrafo seguían muchos otros igualmente brillantes y, para mí, esclarecedores. Esta persona completamente desconocida había sabido leer entre líneas lo que yo sólo era capaz de ver buceando en lo más profundo de mí mismo, y me había lanzado un salvavidas en un momento en el que yo braceaba luchando por lo que parecía ser el último aliento. ¿Cómo era posible que un desconocido me pudiera comprender mejor que todos aquellos que me rodeaban? Contesté, y me despedí con las siguientes líneas: "Muchas gracias por tu email. Eres de esa gente que empiezo a encontrar cada vez mas a menudo y que creía que no existía." Poco después me escribió de nuevo para recomendarme un libro que le había caído en las manos. Decía que el libro describía lo mismo que estaba yo intentando expresar en ESDLV, y me copiaba algunos de los párrafos que había encontrado más relevantes. Escribí de vuelta un largo email que comenzaba con las siguientes palabras: "Tío, tu email me ha impactado. Los párrafos del libro que me has enviado describen cómo me siento ahora mismo y cómo veo el mundo. Ha sido todo un viaje leer lo que has mandado." No podía dejar de preguntarme quién era mi interlocutor, quién estaba detrás de aquella capacidad de compresión que yo no había visto nunca, quién era capaz de ver tan claro y de expresar sus ideas con un vocabulario tan rico y una sintaxis tan ordenada. Para mí era un placer deslizar los ojos sobre las líneas en cada email que me escribía. Imaginé a una persona culta, algún tipo de erudito encerrado en la clásica biblioteca victoriana de las mansiones que había visto en las películas. Supuse que debía contar al menos cuarenta años, quizá cincuenta. De piedra me quedé cuando me enteré de que se trataba de un chaval de 22 primaveras. Empezamos a intercambiar emails casi a diario. Ambos compartíamos un profundo interés por comprender la conciencia y todo lo que en ella está contenido, que no es poco. Mirábamos al mundo como niños, con curiosidad, sabedores de que no podíamos dar nada por sentado si queríamos explicarlo todo. Por fin nos conocimos personalmente en Barcelona. Un chaval grande, con cara de bueno y voz serena, quizá más tímido incluso que yo. Empezamos a charlar de los temas que nos interesaban y en ese momento me sucedió algo increíble. Hay momentos en la vida de uno en los que tienen lugar sucesos que te cambian para siempre, experiencias que sabes que van a marcar un antes y un después en tu existencia, golpes en la cabeza que te dejan sentado cavilando durante meses y a partir de los cuales tu vida no vuelve a ser la que era. Momentos en los que a uno le acuden a la imaginación el monolito de 2.001 y los compases de "Also sprach Zaratustra". Puntos de inflexión que cambian la historia. Comencé a hablar desgranando un argumento, una idea que me gustaba y a la que había dado ya muchas vueltas. Me di cuenta de que, como siempre, estaba hablando atropelladamente, pero debía darme prisa y exponer el nudo de la idea antes de que mi interlocutor me interrumpiera como de costumbre sucedía. De repente me di cuenta de que él seguía escuchando con atención; no parecía querer decir nada antes de que yo hubiera terminado. Me atraganté por un momento, me rehice y continué con mi exposición. Cuando hube acabado de articular mi idea me di cuenta de que me había sorprendido el hecho de que no me hubiera interrumpido antes de terminar, y fui, a la vez, consciente de mi sorpresa, lo que no hizo sino redoblarla. Me quedé entonces mirándole esperando una respuesta inmediata y automática, como las que recibo normalmente. Los segundos se sucedían y él permanecía en silencio. Me empecé a sentir incómodo. No sentía que aquello fuera normal. Al poco se me hizo obvio lo que estaba ocurriendo: ¡mi interlocutor estaba pensando! Dios mío, ¡era fascinante! No había asistido nunca a nada así. Estaba reflexionando en calma sobre lo que yo le acababa de comunicar, y lo mejor era que yo tenía la sensación de que, terminado aquel fantástico proceso, iba a obtener una respuesta sopesada y ponderada. Buceé en mis archivos mentales pero no fui capaz de encontrar parangón entre mis experiencias pasadas. Absolutamente increíble. De modo que así era cómo pensaba la gente. Se metía durante algunos segundos en su cabeza y después volvía con el fruto de una reflexión. No había visto nunca nada igual. Sentí que estaba asistiendo a un espectáculo de la naturaleza, algo comparable a los terremotos y a las tormentas que recorren la tierra. Intuía una fuerza enorme. Me preguntaba en qué podría convertirse el planeta si todo el mundo fuera capaz de invocar ese poder que, por definición, debía de encontrarse en el interior de cada ser humano. Darme cuenta de que me encontraba en verdadero estado de shock por ver a alguien pensar durante una conversación fue una auténtica revelación para mí. De repente me sentí más solo que nunca, como si durante mucho tiempo hubiera sido el único que se hubiera esforzado en pensar en muchos kilómetros a la redonda. Me di cuenta de que gran parte de la comunicación que establecía con la gente que me rodeaba se quedaba en un risible nivel superficial si lo comparaba con aquello. Aquel chico, antes de contestar, con un simple silencio reflexivo, me había cambiado la vida, me había demostrado que no estaba solo, que había otros que eran igualmente capaces de pensar lo que decían, que había personas dispuestas a poner en tela de juicio sus propias ideas sin sentirse necesariamente amenazadas. Sentí un enorme alivio. Sentí una tibia esperanza en el futuro. Pensé que quizá la humanidad no estuviera perdida. Un rato después, yo intentaba articular un nuevo argumento mientras caminábamos distraídamente por una acera cualquiera de Barcelona. Me interrumpió y me dijo: —Transmites paz. Yo le miré perplejo. No estaba seguro de haber entendido correctamente las palabras. —¿Cómo dices? —Digo que transmites paz —repitió—. La manera en que te expresas, el tono de voz, el cómo ordenas las ideas. "Transmites paz", pensé. Me encantaba. "Transmites paz" era lo más bonito que nadie me había dicho nunca, quizá más bonito que "Sólo es una contractura" o incluso que "Quiero que te corras en mi boca". Poesía pura en mis pobres oídos. El monolito con el que el Universo me mostraba que había estado viviendo en un mundo de comunicación superficial me tuvo cavilando durante meses. Fue como si en vez de haberse revelado pacíficamente me hubiera caído encima. Yo siempre creía haber escuchado detenidamente a todo aquel que tenía a bien acercarse hasta a mí, escuchaba hasta el final, con interés verdadero, tratando de asimilar lo que se me intentaba comunicar, poniendo en tela de juicio mis propias ideas incluso cuando se hablaba contra mí. Sin embargo, ahora me daba cuenta de que no había ninguna reciprocidad a mi alrededor. La mayor parte de las veces, antes de decir yo algo, ya sabía cuál iba a ser la respuesta. Mis intentos de comunicación resultaban estériles de antemano. Al exponer un argumento controvertido, la gente rara vez me dejaba terminar de hablar, y cuando lo conseguía, la respuesta no se hacía esperar, era automática. Era como si en vez de comunicarme con la otra persona simplemente pulsara una tecla con mi voz. Hablaba con robots que reaccionaban a mis comandos. Este fenómeno hubiera tenido unas posibilidades enormes si hubiera deseado manipular a aquellos que me rodeaban, pero yo sólo quería entenderles y que me comprendieran. La inmensa mayoría de la gente con la que me comunicaba no me escuchaba, simplemente se quedaba con alguna de las palabras que pronunciaba y saltaba como si le hubieran tirado de un cordel en algún lugar de la espalda. Podía incluso ver cuál era el momento exacto en el que la otra persona se metía en su cabeza y preparaba la respuesta automática. Yo aflojaba el ritmo de mi argumentación porque sabía que lo que yo tuviera que decir ya no estaba siendo escuchado. Rara vez tenía sentido terminar mis argumentos. Dios, qué terrible sensación no sentirse escuchado. Menos mal que parecía existir gente más allá de su propio ego, gente capaz de esperarse a que la otra persona termine de hablar antes de pensar la respuesta. Quizá no estuviera todo perdido. Releeo esto y me doy cuenta de que parece que describa un mundo de ciencia ficción poblado por autómatas sin cerebro, pero es que ese mundo está ahí fuera. Sólo hace falta salir a la calle para sumergirse en él. Un par de meses después encontré a una persona parecida. Igual que en la ocasión anterior, pude ver a un ser humano mirar en su interior antes de ofrecer una respuesta de vuelta. Todavía me sobresalto cuando sucede, me resulta extraño. Me siento raro cuando mis palabras hacen que alguien entre en su cabeza para pensar. Pero es algo formidable, un espectáculo de la naturaleza: un ser humano reflexionando. Quiero que se me permita vivir para verlo más veces. También en esta ocasión, en un momento de la conversación, se me dijo: —Transmites paz. Quizá fuera casualidad, quizá no. Exactamente las mismas dos palabras. Sentí que me acariciaban el lomo. Paz es lo único que tengo. La transmito porque tú lo haces posible. Gracias por ofrecer un lienzo en blanco en el que pueda expresar lo que llevo dentro. Gracias por estar ahí. Gracias por escuchar. Gracias por pensar.
Lo siento, pero alguien te lo tenía que decir Naciste hace ya mucho tiempo en una familia relativamente acomodada. Aunque alguna vez te pudo parecer lo contrario, en realidad nunca te faltó de nada. Eres de los que cuando empiezan a comer piensan que tienen hambre, pero lo cierto es que el hambre es una sensación que no has conocido jamás. Y no es la única. Tu infancia fue relativamente feliz, más que la de la mayoría de tus amigos. Recuerdas los veranos de tu niñez con especial calidez, inmerso en la vida, sin pensar en nada más que en qué sería lo siguiente que ibas a hacer. No te has dado cuenta hasta ahora, pero desde que dejaste la niñez no has hecho sino intentar recuperar esa sensación de sencillamente vivir, ajeno a todas las preocupaciones, uno con el mundo. Cuando terminó la niñez las cosas empezaron a complicarse. Aparecieron los primeros complejos, y con ellos las primeras frustraciones. Quizá fuera al revés. Fue en esta época cuando nacieron y arraigaron todas las malas hierbas que todavía no has sido capaz de arrancar. Trabajas en ello afanosamente, pero la tarea no parece tener un final. Desde esa época siempre has sido demasiado bajo o demasiado alto, demasiado delgado o demasiado gordo, demasiado listo o demasiado tonto. Siempre has sido demasiado algo. A pesar de que crees haber acabado con la mayoría de tus complejos, sigues siendo una persona frustrada. Lo peor es que no sabes por qué. Eres inteligente, eres capaz, la gente puede confiar en ti. Sobre todo eres determinado. Cuando se te mete algo entre ceja y ceja te entregas con una pasión desenfrenada, como si ese algo fuera la solución a todos tus problemas, la clave de tu existencia. Sin embargo, al cabo de un tiempo, pasado el chute inicial, la pasión se disipa y te encuentras de nuevo en el mismo lugar, las manos vacías, la mirada perdida y una sensación de desánimo de la que sólo te conseguirás librar cuando encuentres el próximo chute. Y hasta entonces lo que haces es salir a dar vueltas por tu mundo interior preguntándole a la vida qué te puede vender ahora. La vida siempre te termina vendiendo algo, pero cada vez es más caro y de peor calidad. Y te está dejando hecho una mierda. Te cuesta dormir. Joder, eso sobre todo. Pasas tantas horas en la cama como puedes pero te encuentras siempre agotado. Es una extraña sensación. Si lo piensas, no puedes recordar cuándo fue la última vez que te levantaste verdaderamente entero. Cuando te acuestas por las noches tu mente empieza a traerte imágenes. Son cosas que te gustaría hacer pero no puedes, o cosas que has hecho mal y que ahora tu cabeza trae de vuelta para que sepas lo poco que vales. El tiempo pasa y la función se acelera y al final hace el ruido de una locomotora. Cuando te consigues dormir no es porque tu cuerpo esté cansado, sino porque llega un momento en que el zumbido de tu mente es tan insoportable que terminas por perder la consciencia de puro agotamiento. Horas después, suena la alarma y te preguntas por qué tienes que levantarte y si lo que vas a hacer hoy de verdad tiene algún sentido. La respuesta te instala una desagradable presión en la boca del estómago, esa misma presión que estás sintiendo mientras lees esto. Durante el día haces lo que podrías llamar tus obligaciones. Quizá estudias, quizá trabajas. No sabes muy bien por qué lo haces. En realidad no puedes decir que te apasione. Pasas la mayor parte de tu tiempo así porque no crees que tengas una alternativa, pero si pudieras elegir estarías en cualquier otra parte. De hecho, ya estás en otra parte. Te cuesta horrores concentrarte en lo que se supone que tienes que hacer. A los pocos segundos tu mente se encuentra en otro lugar, pensando y haciendo otras cosas. Tu cuerpo y tu espíritu pasan la mayor parte del día separados, y algo te dice que no debería ser así. Pero es tan difícil salir de donde estás. Miras a tu alrededor y te consuelas. Casi nadie tiene pinta de estar contento, así que por lo menos no estás solo. De hecho, a tu alrededor todo el mundo está bastante más jodido que tú, y este mísero pensamiento es lo único que alegra tu amarga existencia. Eres una persona inteligente. Quizá no la más inteligente de tu entorno pero sí en un lugar destacado. A veces tienes tus momentos brillantes, y te gusta. Pero te has dado cuenta de que en cuanto asomas un poco la cabeza te llevas un martillazo, y es una sensación tan desagradable que has optado por adaptarte a la mediocridad que te rodea. La aceptación es una sensación reconfortante, pero sabes que estás desperdiciando tu potencial y ese pensamiento te come por dentro. En el fondo tampoco lo has hecho tan mal. Siempre tomaste las decisiones acertadas y, cuando no lo hiciste, el destino fue benévolo contigo. Podrías incluso decir que vives en el mejor de los mundos posibles. Hay que joderse. Al llegar a casa lo único que te apetece hacer es rellenar sudokus, o jugar a la consola, o leer libros. O ver la tele, sí. Vivir la vida de los demás, ver a otros haciendo todo lo que a ti te gustaría pero no puedes. Sería perfecto si no fuera por la desagradable sensación que el diccionario define como envidia. En cualquier caso, cualquier cosa es mejor que tener que estar contigo mismo. Mejor eso que tener que escucharte. Ni siquiera puedes estar contigo mismo. Y así pasan los días. No sabes muy bien adónde vas, y por eso sencillamente te dejas llevar. No tomas decisiones. No sabes si tienes miedo o si simplemente no crees que valga la pena. Después de todo, el futuro ya está hecho: te casarás, tendrás hijos, trabajarás para alguien hasta los 70 años y pagarás tu hipoteca como todo el mundo. Luego te jubilarás para darte cuenta de que te has perdido lo mejor de la vida, y más tarde, amargado, te limitarás a esperar una muerte que te inspira un miedo terrible. A lo mejor por eso te gustaría quedarte en la cama todas las mañanas, porque no hay ningún lugar adonde ir, porque el futuro ya está hecho. Y mientras piensas en todo esto la vida te pasa por encima. No tienes ilusiones, no tienes ganas de nada, sólo das tumbos como el canto rodado que baja rebotando por el lecho del río esperando un día llegar al mar y que dejen de darle por culo. Hasta entonces tendrás que vivir con esa sensación en el fondo de tu alma de que hay algo más, de que mereces más, de que quieres más, de que esta vida tiene truco y que nadie sabe cómo funciona. O lo que es peor: que hay alguien que lo sabe y no lo va a contar. Y por todo esto, porque en el fondo te conoces muy bien, sabes que cuando termines de leer estas líneas te quedarás con un inmenso vacío y la cara de tonto de los domingos. Y eso jode. Aunque en esta ocasión, quizá por primera vez, sentirás un regusto de ilusión, una agradable sensación de comunión con todo lo que te rodea. Saboréalo porque, a menos que hoy hagas algo, será la última vez que te sientas vivo.