COLUMNAS SEBASTIÁN WANRAICH
Revista OHLALA!
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Yo quiero ser igual
Para comprender a las mujeres, Sebastián Wainraich desea ser capaz de experimentar las típicas sensaciones femeninas; opiná
Me voy a morir sin saber lo que es estar indispuesto. Qué bronca. Cómo me gustaría saber cómo es, cómo se siente, qué te pasa los días antes, qué te pasa durante y qué te pasa después. No concibo la idea de pasar por este mundo y no saber realmente si es cierto que este asunto puede afectar tanto una vida como acusan las mujeres. Me hubiera gustado que me feliciten por ser señorito y que me hagan un regalo y salir con mi papá a comprar toallitas o tampones. Me gustaría sentirme sensible, al borde del llanto todo el tiempo, inestable física y emocionalmente. Cómo me gustaría hablar del tema con total impunidad, cómo me gustaría que se me hincharan las tetas, que me doliera la panza, sentirme gordo, feo, sucio y peludo. Qué satisfacción gritar de repente y ante la nada, porque sí, qué lindo decir: "¿no te das cuenta que estoy indispuesto?" o "perdoname si estoy nervioso, me vino y no sé lo que hago". O lo máximo: "chicos, hoy no voy a jugar al fútbol, me está por venir y me siento pésimo". Me intriga conocer la angustia del atraso, vivir con plenitud esa incertidumbre solitaria.
Qué lástima. Dejaré la vida sin conocer todo ese universo. Disfrutar de esa complicidad única que tienen las mujeres cuando hablan del tema. Pero no, no me va a pasar. Cuesta resignarse y aceptar, por ejemplo, que nunca voy a ir al baño con la cartera, que nunca voy a saber por qué algunas usan toallas y otras usan tampones y que jamás me voy a atrever a preguntarlo para evitar el tema escatológico. ¿Existe algo entre nosotros, los hombres, que equivalga a un momento semejante?
Las noches en las que me reúno con mis amigos a comer, exageramos en el pedido y me voy a acostar pesado, incómodo, deshecho, pero al otro día ya me siento bien. ¿Qué más? Soy hincha de Atlanta. Atlanta juega en la tercera categoría, muchos niños lo ignoran, descendió, quebró y le clausuraron la cancha, entre otras desgracias. No es poco sufrimiento. Pero hay más. De vez en cuando las erecciones aparecen cuando uno no las desea: en una sala de espera, en un locutorio, en un transporte público, en una reunión, en el trabajo, en una fiesta familiar, en un asado, en el teatro, en una pileta, en una playa, en una playa de estacionamiento, frente a una playera de una estación de servicio, mientras se escribe la columna para una excelente revista femenina. Y es incómodo. La erección inoportuna es incómoda y rebelde. Uno no sabe si lo descubrieron, hace poses para ocultarla, mira a la pared, intenta pensar en los titanes de 100% Lucha para que se pase rápido. Es un momento traumático. ¿Alcanza? Suena a que no. Nada iguala al hecho de estar indispuestas. Me parece que no hay punto de comparación. No hay igualdad entre los sexos y nunca lo habrá por culpa de este impuesto mensual que termina en una jubilación extraña y vengativa llamada menopausia. La menstruación debería ser por débito automático y ya: saber que les viene, pero no lo sienten. Es una idea que se me ocurre. Es de la única manera que tengo para ayudarlas. Si les pregunto qué les pasa, dicen que nada. Si no les pregunto, soy un egoísta. Si intento ayudar, no voy a saber cómo hacerlo porque no vivo algo así ni nunca lo voy a vivir. Y sí, tienen razón. Nunca voy a vivir algo así. Pero cómo me hubiera gustado. Para probar al menos.
http://www.revistaohlala.com/nota.asp?nota_id=1027400

¿Cómo es ser papá?
Sebastián Wanraich desentraña aquellas preguntas que nunca se imaginó responder antes de la llegada de su hija Kiara, de 5 meses.
Voy a pasar el primer Día del Padre como padre. No sé qué deberían regalarme. ¿Una afeitadora? ¿Una caja de herramientas? ¿Elementos para hacer un asado? Parece mentira. Me miro al espejo y no lo creo. Si viera a un tipo como yo en la calle, diría que no es padre. Pensé que sería más alto, más serio, me pondría la remera adentro del pantalón. Pensé que tendría una carpeta para los impuestos, que hablaría del riesgo país. Pensé tantas cosas. Lo que jamás habría imaginado es que podría responderme algunas preguntas:
¿Tenés sexo pensando en que estás buscando un bebé?
Sí, lo pensás. Se mezcla todo. El embarazo debería llegar de otra manera: un abrazo profundo de 25 minutos. Es más romántico, más tierno. Y no corremos riesgos de embarazos no deseados: ¿por qué otro motivo dos personas se van a abrazar durante 25 minutos? De la manera actual, ¡uno se acuesta con la madre de su hijo/a!
¿Tengo que acompañar a mi mujer a lo del ginecólogo?
Sí. Por más que lo que hace uno lo podría hacer un remisero. Es llevarla, entrar al consultorio y escuchar. El ginecólogo te ignora. No existís. Ni siquiera te pregunta si sos el padre. Si hacés un comentario, te mira mal. Cuando revisan a tu mujer, no sabés qué hacer. Yo me quedaba cuidando su cartera. ¿Quién se la iba a robar? Estábamos en el consultorio. El doctor y mi mujer en lo de ellos; y yo, solo.
¿Emociona el embarazo?
Sí. La noticia de que vas a ser papá moviliza. De repente, mirás cochecitos para bebés, mirás mujeres embarazadas con ternura, alzás otros bebés para practicar, pensás por fin en otra persona más importante que vos. El embarazo también te deja rehén de tu mujer. Toda discusión me encontró como un resignado perdedor. ¡¿Quién es capaz de negarle algo a una mujer embarazada, y encima de uno?!
¿Emociona la ecografía 3D, 4D?
No. Más que la carita de un bebé, parecía E.T. Muchas personas sí se emocionan ante esta foto, la pasan a DVD y lo miran toda una noche como si fuera una película... E.T., por ejemplo. Ponen esa fotito en el celular. Para mí, da más miedo que ternura. Yo prefería escuchar las pataditas, hablarle a la panza, tener el bolso listo y el número de la partera en un pizarrón que estaba arriba de mi cama.
¿Emociona el parto?
Sí. El parto conmueve. Perdón si me vuelvo cursi, pero lo más lindo de llorar es no saber por qué. Sé que es lógico, pero a la vez es increíble. Una persona estaba dentro de otra, de repente sale y es mi hija. ¿Estamos todos locos?
¿Desde cuándo lo querés a tu hijo/a?
Esta pregunta me martillaba la cabeza. Ante las frases "es lo mejor que te puede pasar", "te va a cambiar la vida", me entraba un miedo de no sentir todo eso y ser una mala persona sin sentimientos. Me preguntaba: "¿Cómo querés a una persona que no conocés?", "¡¿cómo querés a alguien que te vomita, que se hace encima arriba tuyo, que te interrumpe el sueño?!". Querés a tu hijo apenas nace y el amor va creciendo: las primeras miradas, las sonrisitas, los balbuceos. Estamos atentos a cualquier movimiento: "¡La mano, la mano, movió la mano!, ¡tenemos a una genia!", "tiene una mirada profunda, es una beba sensible, ¿te diste cuenta de que a las siete de la tarde le agarra cierta melancolía?".
¿Cómo es ser papá?
En la película El cómico de la familia, Billy Cristal dice que el lugar más seguro del mundo era entre los brazos de su madre. Yo no sé si mi hija sentirá que los brazos de su madre o de su padre son el lugar más seguro del mundo, pero el otro día, un amigo la tuvo en brazos y se largó a llorar; me la pasó a mí y se tranquilizó. Me sentí papá, feliz, completo... el tipo más seguro del mundo. Al ratito, se hizo encima, tuve que cambiarla al tiempo que se movía de un lado para el otro y tardé más de quince minutos en vestirla. Me sentí cansado, transpirado y con millones de dudas acerca de si le había puesto bien el pañal y si la había abrigado bien.
http://www.revistaohlala.com/nota.asp?nota_id=1019020

Wanraich y los misterios femeninos
El conductor sigue intentando develar los enigmas que hacen al vasto mundo de la mujer; esta vez, pretende desentrañar el problema del orgasmo femenino.
“No sé cuándo acaban las mujeres...
Debería sonar una alarma.
Deberían levantar la mano.
Tengamos una palabra clave: digan “idiosincrasia” y sabremos que es entonces.
Los hombres, cuando acabamos, damos una señal más clara, más concreta: prendemos el televisor.”
Perdón por la vanidad de autocitarme. Este párrafo pertenece al monólogo que hacía en Cómico 3. Era una de las partes que más disfrutaba y tal vez una de las partes en que la gente más se reía. El mundo femenino, complejo y misterioso. El mundo masculino, simple y a la vista. Los extremos, las diferencias. Dos mundos distintos y dos idiomas distintos, y parece que ni hombres ni mujeres somos bilingües.
Me reencuentro con una amiga de la adolescencia:
–Yo estaba muerta con vos, pero no te diste cuenta –me dice.
–Pero si ni me mirabas. Y cuando te hablaba, me contestabas mal.
–¿Y eso nunca te llamó la atención?
–Sí, pensé que me odiabas.
–Estaba loca por vos, no supiste darte cuenta.
No entiendo
Sin querer, tomé a una compañera de trabajo del brazo. La tomé con fuerza.
–Me encanta que me agarren así –me dijo.
Me sentí hombre, realizado. A la semana, la vi y no dudé en hacer lo mismo.
–Soltame, bruto –se quejó.
–Pero si me dijiste que te gustaba.
–En ese momento me gustaba.
No entiendo.
Le pasó a un amigo. La mujer le propuso ir de compras un domingo. El se negó. A ella le encantó: “Me gusta que me digas ‘no’. Que no siempre aceptes lo que te pida”.
No entiendo
Escuché muchas veces a mujeres decir: “Me gusta, me parece lindo, pero no le ‘daría’”. Para un hombre es inexplicable esta idea. El hombre le “daría” incluso a la que no le gusta.
No son pocas las veces que somos acusados de ser todos iguales y de manual. Pienso que es probable; habrá algunas diferencias, pero es posible que todos tengamos el mismo objetivo. Somos de manual, es cierto. Uno de diez páginas con fotos enormes y letras grandes. A veces pienso que las mujeres también son de manual, de uno de quinientas páginas. Un manual que en la primera parte dice una cosa, en la segunda dice todo lo contrario y en la tercera dice “continuará”, pero no se sabe cuándo, dónde y mucho menos cómo. Qué aburrido sería que lo supiéramos.
http://www.revistaohlala.com/nota.asp?nota_id=1013032

Los ratones de Wanraich
La mucamita, el jumper, la lucha en el barro: el conductor se confiesa y se anima a desmitificar algunas de las fantasías masculinas más comunes.
“No me gusta la pelea de mujeres en el barro”. Se ensucian, se agreden, se estropean. Disfruto cuando están limpias, se tratan bien y son dulces.
“El jumper no tiene nada de especial”. Existe una apología de esta simple pollera como si fuera lo mejor que nos pasó, cuando en realidad es una vestimenta que utilizan mujeres jóvenes. En el código masculino es casi obligatorio excitarse con mujeres jóvenes. Por lo tanto, es forzada esta excitación. Habrá que ver quién usa el jumper, cómo le queda, cómo lo lleva y si quien lo lleva es tu sobrina.
“Sacate ese disfraz, por favor.” ¿Hay algo que deserotice más que una mujer en la intimidad vestida de mucamita, maestra, bombero, obrera de construcción o batichica? No quiero reírme cuando tengo sexo. Es como cuando juego al fútbol: no hay risas, ni carcajadas, pero muchas veces la paso bien. Recuerdo a Woody Allen, que decía que el sexo era una de las cosas más divertidas que hacía sin reírse.
“¿Podés parar de gritar, que hay vecinos?” Una multitud de hombres se cuelgan una medalla imaginaria después de decir frente a sus amigos: “No sabés cómo la hice gritar”. Es hermoso que ella la pase bien. Pero el grito exagerado me humilla; me hace sentir el nene que dibujó un árbol y la maestra le dice: “Sos el nuevo Picasso”. Si ante un mínimo roce, ella despliega una comparsa de alaridos, estamos más cerca de un programa de humor que de una noche apasionada.
“Para tener sexo, nada mejor que una cama.” Hay gente que ya no sabe qué posición inventar. Como, por ejemplo, quien te dice: “Lo hicimos en el arco de La Bombonera que está de espaldas al Riachuelo”. Bueno, a lo mejor es la pareja que tenés que no te gusta. Un ratito en una calle oscura, puede ser. Alguna vez en un auto estacionado, bienvenido. Una noche de locura en una fiesta, lo acepto e incluso lo celebro. Pero lo mejor es un colchón grande.
http://www.revistaohlala.com/nota.asp?nota_id=1000191
