Pintemos. De relieve una plaza y sus alrededores, la escuela, un bar, la iglesia, el establecimiento municipal, el kiosco que vende diarios y revistas… Sobre el marco, a modo de título, escribimos Argentina. En las calles y veredas, además de vehículos y peatones, deambulan estereotipos disfrazados de ideas, como espectros transparentes que se acoplan a las mentes sumisas. Decimos estereotipos que llevan disfraz, subráyese esta palabra, de ideas, porque en realidad no alcanzan la pureza, la profundidad de estas; son, en síntesis, convenciones que despiden los labios de lengua endemoniada, tautologías corrientes de gente corriente.
En una esquina camina un joven cuya virtud es, justamente, la juventud, porque todavía no conoce aquellas frases eco que pregonan verdad, sino que busca la suya a fuerza de razón, razón que todavía, por unos años, es amiga e intercede hasta en las contingencias más mundanas. Los estereotipos disfrazados no logran llegar a él, por eso se desvían para acoplarse a una mente más idónea, por idónea queremos decir sumisa. Y encuentran cobijo en un hombre que apoya el codo en un auto amarillo, un hombre que fuma y tose flema amarilla que luego escupe en la vereda. Ve al joven y se obliga a hablar porque así lo demanda el estereotipo disfrazado de idea.
-Tenés suerte, pibe.
El joven lo mira. Detiene el paso.
-Tenés suerte porque vivís en esta época. ¿Sabes lo que era cuando yo tenía tu edad, pibe? ¿Vos te pensás que podíamos andar por la calle como vos, con las manitos en los bolsillos? No, pibe. Nos cagaban a bastonazos los milicos. Éramos machos, verdaderos machos, ¿sabés? Hoy se fue todo a la mierda. Yo a tu edad llevaba una faca conmigo a todos lados, y si tenía que usarla apretaba los dientes y la clavaba donde sea. Yo a tu edad tenía varias guerras ganadas. Andá. Seguí, pibe. Se fue todo a la mierda. Si volvieran los milicos… si volvieran, esto no pasaría.
El joven sigue caminando. Avergonzado, saca las manos de los bolsillos. En eso otro hombre, este vestido de traje, que articula movimientos como si viviera en la urgencia, extiende su brazo y lo detiene poniendo la mano contra su pecho.
-¿Qué hacés acá, caminando, mirando los pajaritos? ¡Tenés que estar estudiando! ¡Perdés el tiempo! ¿Ves esto?- mostró su maletín, su saco y el reloj suizo-. ¿Cómo creés que lo conseguí? ¡Estudiando! ¡Estudiando!- y no dejaba de mover la quijada, los brazos y la cadera, como si le caminaran hormigas por dentro.- Yo a tu edad estudiaba, mínimo, treinta horas por día, ¡sino más! Y vos acá, haciendo nada. ¡Te debería dar vergüenza! Las personas como vos son las que retrasan el país. Los vagos, los subvencionados. ¡Asco, me dan asco todos!- y se va, porque miró su reloj y se dio cuenta que llega tarde, entonces corre, corre y los zapatos suenan como el tranco de un caballo al que azotan.
El joven apura el paso porque le da la razón al hombre de traje, y ya piensa con qué libros quemarse los ojos. Dijimos que la razón sería amiga suya por unos años todavía pero, dadas las circunstancias, no podemos ahora sostener esa afirmación. Y son los estereotipos disfrazados de ideas lo que ahora pululan a su alrededor, porque intuyen que aquel joven está pronto a ser fértil. Sin embargo, su paso apurado es detenido por otro hombre, uno mayor de edad que se apoya sobre un bastón para equilibrar la encorvada espalda.
-Mirá, hijo- le dice. Del otro lado de la calle, dos policías sujetaban a un adolescente entre insultos y puños a los riñones.- Mirá bien. ¿Lo ves? Con eso hay que terminar- decía señalando con el bastón-, con esa gente. Eliminarlos, eliminarlos a todos. ¿Roban? ¿Matan? ¿Golpean? ¿Mienten? ¿Esconden? ¿Torturan? ¿Lastiman? ¿Piensan? A todos, a todos- el último “todos” lo dijo estirando la última “o”-, a todos hay que juntarlos, ubicarlos contra un paredón, vendarles los ojos, atarles la manos, juntar unos cuantos verdugos y a la cuenta de tres, dos uno, ¡fusilarlos!, ¡arrancarlos de esta tierra a la que no supieron adaptarse! Es la única solución, hijo. En este país faltan horcas, faltan verdugos, sillas con un millón de voltios. ¿No te parece?
El joven no contesta. Llora. Y es momento de admitir que nos equivocamos en nuestra aseveración, su amistad con la razón no duró años porque, no bien alcanzó la otra esquina de la plaza, el joven la olvida y se deja subyugar por los estereotipos disfrazados de ideas, es decir, deja de ser joven.
En una esquina camina un joven cuya virtud es, justamente, la juventud, porque todavía no conoce aquellas frases eco que pregonan verdad, sino que busca la suya a fuerza de razón, razón que todavía, por unos años, es amiga e intercede hasta en las contingencias más mundanas. Los estereotipos disfrazados no logran llegar a él, por eso se desvían para acoplarse a una mente más idónea, por idónea queremos decir sumisa. Y encuentran cobijo en un hombre que apoya el codo en un auto amarillo, un hombre que fuma y tose flema amarilla que luego escupe en la vereda. Ve al joven y se obliga a hablar porque así lo demanda el estereotipo disfrazado de idea.
-Tenés suerte, pibe.
El joven lo mira. Detiene el paso.
-Tenés suerte porque vivís en esta época. ¿Sabes lo que era cuando yo tenía tu edad, pibe? ¿Vos te pensás que podíamos andar por la calle como vos, con las manitos en los bolsillos? No, pibe. Nos cagaban a bastonazos los milicos. Éramos machos, verdaderos machos, ¿sabés? Hoy se fue todo a la mierda. Yo a tu edad llevaba una faca conmigo a todos lados, y si tenía que usarla apretaba los dientes y la clavaba donde sea. Yo a tu edad tenía varias guerras ganadas. Andá. Seguí, pibe. Se fue todo a la mierda. Si volvieran los milicos… si volvieran, esto no pasaría.
El joven sigue caminando. Avergonzado, saca las manos de los bolsillos. En eso otro hombre, este vestido de traje, que articula movimientos como si viviera en la urgencia, extiende su brazo y lo detiene poniendo la mano contra su pecho.
-¿Qué hacés acá, caminando, mirando los pajaritos? ¡Tenés que estar estudiando! ¡Perdés el tiempo! ¿Ves esto?- mostró su maletín, su saco y el reloj suizo-. ¿Cómo creés que lo conseguí? ¡Estudiando! ¡Estudiando!- y no dejaba de mover la quijada, los brazos y la cadera, como si le caminaran hormigas por dentro.- Yo a tu edad estudiaba, mínimo, treinta horas por día, ¡sino más! Y vos acá, haciendo nada. ¡Te debería dar vergüenza! Las personas como vos son las que retrasan el país. Los vagos, los subvencionados. ¡Asco, me dan asco todos!- y se va, porque miró su reloj y se dio cuenta que llega tarde, entonces corre, corre y los zapatos suenan como el tranco de un caballo al que azotan.
El joven apura el paso porque le da la razón al hombre de traje, y ya piensa con qué libros quemarse los ojos. Dijimos que la razón sería amiga suya por unos años todavía pero, dadas las circunstancias, no podemos ahora sostener esa afirmación. Y son los estereotipos disfrazados de ideas lo que ahora pululan a su alrededor, porque intuyen que aquel joven está pronto a ser fértil. Sin embargo, su paso apurado es detenido por otro hombre, uno mayor de edad que se apoya sobre un bastón para equilibrar la encorvada espalda.
-Mirá, hijo- le dice. Del otro lado de la calle, dos policías sujetaban a un adolescente entre insultos y puños a los riñones.- Mirá bien. ¿Lo ves? Con eso hay que terminar- decía señalando con el bastón-, con esa gente. Eliminarlos, eliminarlos a todos. ¿Roban? ¿Matan? ¿Golpean? ¿Mienten? ¿Esconden? ¿Torturan? ¿Lastiman? ¿Piensan? A todos, a todos- el último “todos” lo dijo estirando la última “o”-, a todos hay que juntarlos, ubicarlos contra un paredón, vendarles los ojos, atarles la manos, juntar unos cuantos verdugos y a la cuenta de tres, dos uno, ¡fusilarlos!, ¡arrancarlos de esta tierra a la que no supieron adaptarse! Es la única solución, hijo. En este país faltan horcas, faltan verdugos, sillas con un millón de voltios. ¿No te parece?
El joven no contesta. Llora. Y es momento de admitir que nos equivocamos en nuestra aseveración, su amistad con la razón no duró años porque, no bien alcanzó la otra esquina de la plaza, el joven la olvida y se deja subyugar por los estereotipos disfrazados de ideas, es decir, deja de ser joven.