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Cuando tu novia te dejó

Offtopic•7/30/2015
Cuando mi novia me dejó, todo comenzó a ser diferente.

La extrañaba, no dejaba de recordarla. Ella era en lo último en que pensaba antes de dormir, y su figura era lo primera que aparecía en mi imaginación cuando despertaba. Su ser ocupaba mi mente cada vez que mi cabeza se apoyaba en la almohada, llegando a tener dos sueños diferentes de ella en una noche.

¿El momento en el cual más la extrañaba? Fácil. Cuando despertaba, cuando abría los ojos y me daba cuenta que ella no estaba ahí, a mi lado, y que en vez de haber pasado toda la noche abrazando su cintura, tenía mi brazo apoyado en el espacio del colchón que alguna vez ocupó tu cuerpo.

Me costaba concentrarme. Iba a la facultad con la intención de poner mi atención en algo que me hiciera olvidarme de ella, aunque sea por un momento. Pero no podía. La profesora explicaba, y yo la miraba y oía desde mi asiento, pero no estaba ahí. Mis ojos no estaban sobre ella, mis oídos no estaban sobre sus palabras. Yo estaba en otra parte, recordando los momentos en los que fui feliz junto a ella. Cuando caía en cuenta que había volado muy lejos, intentaba volver a pisar tierra, a agarrar mi lapicera y hacer el esfuerzo de tomar apuntes de lo que no había escuchado. Pero ese ímpetu desaparecía al poco tiempo, y sin darme cuenta, volvía a viajar a la nube de los recuerdos.

Muchas cosas cambiaron en mí, incluyendo mi forma de caminar. No levantaba los pies y los arrastraba produciendo ese ruido molesto que surge del roce de la suela del calzado con el suelo, que muchas personas no toleran y detestan. Pero mi forma de caminar era una consecuencia de la flaqueza de mi espíritu, que no podía soportar el peso de mi cuerpo. Me costaba llevarme puesto.

Disimulaba mi condición manteniendo una sonrisa impostada, con la intención de convencer a la gente que nada pasaba, cuando en realidad me pasaba de todo, porque mi mundo entero acababa se acababa de transformar.

No tenía hambre. La montaña rusa de sensaciones que pasaban por mi estómago y el nudo en mi garganta estrangulaban mis ganas de comer. El plato se posaba frente a mí, haciéndose desear con su contenido para cualquier persona, menos para mí.

Tenía sueño, mucho sueño. Estaba todo el día cansado. Tal vez pensar en ella tratando de que su recuerdo no me rompiera en mil pedazos hacía que produzca un esfuerzo enorme de espíritu, lo que tenía como consecuencia una baja enorme de mi reserva de energías. No tenía ganas de nada, estaba todo el día echado. Pero no tirado en el sillón viendo televisión, sino recostado en mi cama en posición fetal, con una palma en una de mis sienes, mirando la pared blanca, inmerso en la melancolía, la bronca, el nerviosismo, la ansiedad y la tristeza.

No todo fue malo. Me acerqué a quienes siempre estuvieron cerca mío: mi familia, mis amigos. Todos me ayudaron a su manera, algunos motivándome y dando sus palabras de apoyo, y otros simplemente escuchando mi desahogo. Forjé lazos y cree nuevas relaciones, como por ejemplo con mis padres, abriéndome con ellos y teniendo un nivel de comunicación que no había practicado desde que apareció el dolor.

Escuché muchos consejos de todo tipo de personas, y descubrí que no hay nada como hablar con alguien que pasó por lo mismo que vos y que te entiende. A veces recibía las palabras de mis amigos que de buen corazón trataban de hacerme sentir mejor, pero ellos no se ponían en mi lugar y hablaban desde una perspectiva que no era la mía. Cuántas veces habré escuchado la frase "quedate tranquilo, ya va a aparecer otra". Yo no quería otra, yo la quería a ella. Una adolescente muy inteligente me hizo comprender que sólo una persona que nunca sufrió por amor puede creer que puede animar a alguien con el corazón roto con la frase "hay muchos peces en el mar". No sólo que no ayuda, sino que hace sentir peor.

Hubo un momento en que la necesitaba demasiado. Despegarse tan de pronto de la chica con la que hablabas horas y horas por teléfono; con la que compartiste tus secretos, tus sueños y tus miedos más profundos; con la que viviste días enteros junto a su lado, no es para nada fácil. La fui a buscar, pero no con la intención de recuperar algo que ya se había perdido para siempre. Necesitaba decirle por última vez que la amaba, que la extrañaba y que le deseaba la felicidad más grande del mundo, aunque no sea conmigo a su lado. Ella me deseó lo mismo y me confesó que siempre me va a guardar un gran cariño. Gracias a eso, hoy me siento mucho mejor.

Ha pasado tiempo desde que todo terminó y aquella fue la única vez en la que me la volví a encontrar. No puedo asegurar que la haya notado feliz la última vez que hablamos, pero sin lugar a dudas no ha pasado por el mismo proceso emocional ni ha sufrido lo que yo. A veces deseo volver a verla y preguntarle cómo está, cómo le va en sus estudios, cómo se lleva con su familia y qué cosas le han pasado de interesantes. Pero otras veces pienso que lo mejor sería no volver a encontrarla hasta por lo menos haberme olvidado completamente de ella. De hecho, no tengo idea qué le diría si me la encontrara de repente caminando por la calle o en el colectivo de vuelta a mi casa, aunque hay días que sueño con que suceda eso.

Si bien ha sanado un poco la herida y paulatinamente me estoy reconstruyendo después de haberme dividido en mil partes, siento que hay algo fundamental que ella se llevó de mí y que todavía no regresó. No he vuelto a tener un momento de euforia absoluta, siento que a cada momento de alegría le falta algo para ser perfecto, y hace que no pueda disfrutar de las cosas completamente.

Espero que algún día aparezca otra mujer y me devuelva eso que me falta, eso que ella se llevó.

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