HomeroGuevara
Usuario (Argentina)
Cuando mi novia me dejó, todo comenzó a ser diferente. La extrañaba, no dejaba de recordarla. Ella era en lo último en que pensaba antes de dormir, y su figura era lo primera que aparecía en mi imaginación cuando despertaba. Su ser ocupaba mi mente cada vez que mi cabeza se apoyaba en la almohada, llegando a tener dos sueños diferentes de ella en una noche. ¿El momento en el cual más la extrañaba? Fácil. Cuando despertaba, cuando abría los ojos y me daba cuenta que ella no estaba ahí, a mi lado, y que en vez de haber pasado toda la noche abrazando su cintura, tenía mi brazo apoyado en el espacio del colchón que alguna vez ocupó tu cuerpo. Me costaba concentrarme. Iba a la facultad con la intención de poner mi atención en algo que me hiciera olvidarme de ella, aunque sea por un momento. Pero no podía. La profesora explicaba, y yo la miraba y oía desde mi asiento, pero no estaba ahí. Mis ojos no estaban sobre ella, mis oídos no estaban sobre sus palabras. Yo estaba en otra parte, recordando los momentos en los que fui feliz junto a ella. Cuando caía en cuenta que había volado muy lejos, intentaba volver a pisar tierra, a agarrar mi lapicera y hacer el esfuerzo de tomar apuntes de lo que no había escuchado. Pero ese ímpetu desaparecía al poco tiempo, y sin darme cuenta, volvía a viajar a la nube de los recuerdos. Muchas cosas cambiaron en mí, incluyendo mi forma de caminar. No levantaba los pies y los arrastraba produciendo ese ruido molesto que surge del roce de la suela del calzado con el suelo, que muchas personas no toleran y detestan. Pero mi forma de caminar era una consecuencia de la flaqueza de mi espíritu, que no podía soportar el peso de mi cuerpo. Me costaba llevarme puesto. Disimulaba mi condición manteniendo una sonrisa impostada, con la intención de convencer a la gente que nada pasaba, cuando en realidad me pasaba de todo, porque mi mundo entero acababa se acababa de transformar. No tenía hambre. La montaña rusa de sensaciones que pasaban por mi estómago y el nudo en mi garganta estrangulaban mis ganas de comer. El plato se posaba frente a mí, haciéndose desear con su contenido para cualquier persona, menos para mí. Tenía sueño, mucho sueño. Estaba todo el día cansado. Tal vez pensar en ella tratando de que su recuerdo no me rompiera en mil pedazos hacía que produzca un esfuerzo enorme de espíritu, lo que tenía como consecuencia una baja enorme de mi reserva de energías. No tenía ganas de nada, estaba todo el día echado. Pero no tirado en el sillón viendo televisión, sino recostado en mi cama en posición fetal, con una palma en una de mis sienes, mirando la pared blanca, inmerso en la melancolía, la bronca, el nerviosismo, la ansiedad y la tristeza. No todo fue malo. Me acerqué a quienes siempre estuvieron cerca mío: mi familia, mis amigos. Todos me ayudaron a su manera, algunos motivándome y dando sus palabras de apoyo, y otros simplemente escuchando mi desahogo. Forjé lazos y cree nuevas relaciones, como por ejemplo con mis padres, abriéndome con ellos y teniendo un nivel de comunicación que no había practicado desde que apareció el dolor. Escuché muchos consejos de todo tipo de personas, y descubrí que no hay nada como hablar con alguien que pasó por lo mismo que vos y que te entiende. A veces recibía las palabras de mis amigos que de buen corazón trataban de hacerme sentir mejor, pero ellos no se ponían en mi lugar y hablaban desde una perspectiva que no era la mía. Cuántas veces habré escuchado la frase "quedate tranquilo, ya va a aparecer otra". Yo no quería otra, yo la quería a ella. Una adolescente muy inteligente me hizo comprender que sólo una persona que nunca sufrió por amor puede creer que puede animar a alguien con el corazón roto con la frase "hay muchos peces en el mar". No sólo que no ayuda, sino que hace sentir peor. Hubo un momento en que la necesitaba demasiado. Despegarse tan de pronto de la chica con la que hablabas horas y horas por teléfono; con la que compartiste tus secretos, tus sueños y tus miedos más profundos; con la que viviste días enteros junto a su lado, no es para nada fácil. La fui a buscar, pero no con la intención de recuperar algo que ya se había perdido para siempre. Necesitaba decirle por última vez que la amaba, que la extrañaba y que le deseaba la felicidad más grande del mundo, aunque no sea conmigo a su lado. Ella me deseó lo mismo y me confesó que siempre me va a guardar un gran cariño. Gracias a eso, hoy me siento mucho mejor. Ha pasado tiempo desde que todo terminó y aquella fue la única vez en la que me la volví a encontrar. No puedo asegurar que la haya notado feliz la última vez que hablamos, pero sin lugar a dudas no ha pasado por el mismo proceso emocional ni ha sufrido lo que yo. A veces deseo volver a verla y preguntarle cómo está, cómo le va en sus estudios, cómo se lleva con su familia y qué cosas le han pasado de interesantes. Pero otras veces pienso que lo mejor sería no volver a encontrarla hasta por lo menos haberme olvidado completamente de ella. De hecho, no tengo idea qué le diría si me la encontrara de repente caminando por la calle o en el colectivo de vuelta a mi casa, aunque hay días que sueño con que suceda eso. Si bien ha sanado un poco la herida y paulatinamente me estoy reconstruyendo después de haberme dividido en mil partes, siento que hay algo fundamental que ella se llevó de mí y que todavía no regresó. No he vuelto a tener un momento de euforia absoluta, siento que a cada momento de alegría le falta algo para ser perfecto, y hace que no pueda disfrutar de las cosas completamente. Espero que algún día aparezca otra mujer y me devuelva eso que me falta, eso que ella se llevó.

Aburrida Introducción Los hombres son seres diversos, desiguales. Al crecer, cada uno se va moldeado por el entorno en el que está inserto. Nos interiorizamos acerca de ética, moral, valores, lenguaje, códigos de convivencia y un largo etcétera. Pero yo me quiero detener en algo que es y no es propio de nosotros, algo que se aprehende de otros y que se fabrica en cada uno al mismo tiempo, algo que nace y se desborda de cada individualidad. Estoy hablando de las cosas que nos gustan, nos apasionan, nos llevan a la situación de deseo. La cultura educa el gusto, es la que fronteriza lo que es de "buen" gusto y lo de "mal" gusto. Un ejemplo de esto que se me ocurre ahora, es el caso de las mujeres Padaung, habitantes del sudeste asiático, que son conocidas por adornar su cuello con metales en espiral que lo van estirando hasta llegar a una complexión similar a la de una jirafa. Estas mujeres jirafa, en la pequeña comunidad de Birmania en donde viven, son consideradas como bellas en tanto más cantidad de aros hayan podido colocar en su cuello. Pero... ¿y si a esas minas las traemos para acá? ¿No sería un horror para el criollo común? Aunque en una de esas, quizá, importamos una mujer jirafa de Birmania, la hacemos que se tome un bondi y se cruza con un tipo que la mira y dice 'mirá qué loco', y se termina sintiendo atraído por la forastera de aspecto inusual. Es a este punto en donde quiero llegar después de esta aburridísima introducción: no existe "la" mina perfecta tal como lo indica el título del post. Cada uno, dependiendo de si nació en Kuwait o Surinam, si es tímido o extrovertido, si es melancólico o colérico, si nació en una familia liberal o conservadora, si es ordenado o un despelote; va a tener "su" mina perfecta. O mejor dicho, "su" ideal de mina perfecta. Ella tiene esa increíble facilidad para verse bien sin la necesidad de estar asfixiada por la ropa o el maquillaje, de estar cómoda sin ser una crota, dicho de otra manera. Lleva un peinado simple, una raya al medio y un par de pasadas con el cepillo para alisar su cabello castaño que cae por debajo de sus hombros. No necesita más para salir a la calle y ser considerada, por aquellos que se detuvieran un instante a admirarla, como una chica linda. No usa aritos. Bah, los usa, pero sólo en ocasiones especiales. O cuando ha pasado mucho tiempo desde la última vez que se los puso y cree que se le pueden llegar a cerrar los agujeritos de las orejas. Pero por lejos, el mejor accesorio que tiene lo lleva puesto en su sonrisa: sus metálicos y llamativos brackets. La brillantez de sus aparatos le dan la pincelada perfecta a su carita angelical. Tiene los cachetes bien redondos, las cejas bien arqueadas y una sonrisa marcada por los hoyitos que se figuran en su cara cada vez que estira los labios. Sus pecas se asientan sobre su fina y un toque respingada nariz. Sus ojos marrones hacen la combinación perfecta con el resto de su cara. Sus manchitas oscuras en sus iris hacen de su mirada única y profunda. No hay mejor augurio que verse a uno mismo reflejado en sus ojos, ni puñaladas más filosas que verlos derramar lágrimas. No existe para mí mayor inspiración de cariño como cuando siento que su mirada se cruza con la mía, la ternura que desborda me trasporta a mis épocas de colegio, a cuando era un adolescente tonto que se desesperaba por terminar el día de clases para ir a tocarle el portero de su departamento. Volver a los 17, y ser tan frágil como un segundo. Es una flaca envidiable. Tiene la silueta por las que muchas mujeres invierten tiempo y plata, mientras que ella siendo una pajera que no hace más ejercicio que sacar a pasear a su perro, tiene una cintura por las que cualquier vago mataría por abrazar. Una injusticia de la genética. Tiene los brazos escuálidos y el cuello largo, y debajo de este, los huesitos de la clavícula que se le marcan. Si a todo este le sumamos su abdomen plano, se puede observar que todo hace un increíble juego de curvas con sus pechos. Faaaa... qué pechos tiene. Son las tetas más redondas y firmes que vi en mi vida. Medianas, para estar a proporción con el resto de su cuerpo, sus pezones rosados son lo más excitante que vi y probé alguna vez. Su espalda está dibujada a mano, y tiene un alegre fin en su culito redondo. Sus largas piernas bien formadas armonizan con el torso. Como diría Lenny: unas piernas de aquí hasta allá. Usa el mismo perfume desde que la conozco, es su impronta personal. Y hablando de impronta personal, ella es una mina bastante independiente, no le gusta que hagan por ella lo que sí puede por sí sola. Una de esas cosas, por ejemplo, es pagar las cuentas. Me acuerdo la primera vez que salimos, habíamos ido a comer una pizza y yo de antemano le había explicado que andaba corto de guita, ella me contestó 'no importa, pago yo'. No le gusta que le abran la puerta o le corran la silla para sentarse, se siente inútil. Es encantadoramente insoportable. Suele utilizar la palabra "genio" para corregirte y hacerte saber que dijiste una pelotudez. Y si eso no es suficiente para hacerte caer en cuenta de que estás equivocado (según ella), hace una excelente imitación de tu cara de idiota y repite con voz de paleto la boludez que acabás de pronunciar. Nunca me prohibió salir con mis amigos, ni se puso a interrogarme por teléfono para saber con quién andaba y dónde estaba, al estilo FBI. De hecho, una vez que yo voluntariamente había renunciado a ir a jugar al fútbol con mis compañeros para estar con ella, me lo recriminó. Es una apasionada de lo que hace. Tiene sus objetivos bien claros, y no se va a ir para atrás sólo porque alguien le diga que no puede cumplirlos, ni aunque seas su novio. Tiene gran empatía por los animales y le cuesta liberar sus sentimientos, pero cuando los expresa, sabés que es de verdad. Hay ciertos momentos en los que uno tiene que ser cursi, y cuando te excedés de empalagoso, ella te cambia de tema. Sus enojos son pasajeros, podés hacer algo que la moleste mucho, recibir una puteada y continuar como si nada, con la misma buena onda que al principio. No le gusta cuando uno se esfuerza en hacerle regalos caros, aunque los recibe de todas formas, y si le gusta, te lo va a hacer saber. Cuando le sube la temperatura, no importa si es en la terraza de un edificio, la oscuridad del parque o un callejón mugroso, ella se va a dejar llevar por sus impulsos. Nunca me sentí tan cómodo hablando con una chica como con ella, puedo estar 3 horas seguidas charlando y nunca quedarnos sin tema de conversación. Todo lo contrario al resto de las mujeres a las que encaro, en donde siempre la comunicación está inundada de silencios incómodos, metidas de pata y tartamudeo. Hubo veces en las que pasamos más de 15 horas juntos, y así y todo, lo sentía poco al tiempo, porque todo era divertido con la minita ésta. Desde pelear y reírme de la cara de nena empacada que ponía cuando se enojaba, hasta tener el placer de besar sus labios deliciosos. Con ella puedo sugerir los temas de conversación con los cuales me da hasta pudor charlar con mis amigos. Fue la primera tipa que me dijo que yo era 'sexy'; la primera con la que yo pude llorar en frente suyo y no sentirme avergonzado; y la primera que consiguió influenciarme en gustos musicales, en el cual siempre fui muy cerrado. Con ella puedo ser frágil y seguro, infantil y serio, descolgado y atento, profesor y alumno, relajado y desaforado, cobarde y obstinado, patético y canchero, salvaje y educado, alegre y deprimido, soñador y escéptico, loco y cuerdo, vivo y muerto. Con ella me siento cómodo siendo yo mismo. Ante tanta palabrería, entonces, la pregunta es: ¿he encontrado la mina perfecta? La respuesta es no. Tiene un defecto: no me ama.