Muchos peligros acechan la supervivencia de la Amazonía, el pulmón verde de la tierra, su más grande selva.
Entre tantos males, el cultivo de la palma aceitera merece una evaluación detenida de riesgos, y un balance que establezca si su cultivo merece la destrucción de la milenaria jungla sudamericana.
La industria del aceite obtenido a partir del fruto de la palma, posee un imbatible rendimiento por héctarea, que es sólo superado por la soja, por lo que se ha convertido en el cultivo por excelencia dentro de los climas tropicales en los cuales se desarrolla.
La creciente demanda de aceite, ocasionada principalmente por el mercado del biodiésel, ha catapultado a este cultivo que goza de una gran tecnificación industrial. Actualmente el aceite obtenido de la palma, es el segundo más comercializado del mundo.
Hace ya décadas que esta oleaginosa demostró su presencia en las Islas de Sumatra y Borneo, siendo su cultivo por el hombre, responsable de graves daños ambientales en tales latitudes.
Con los años, esta agroindustria se ha transformado en un monocultivo de alta tecnología, el cual no sólo hace uso de agrotóxicos peligrosos para la salud, y libera gases contaminantes durante su procesamiento, sino que también ha devastado literalmente las junglas vírgenes de varios de éstos países del sudeste asiático, hasta el punto que se están encontrando límites en la disponibilidad de tierras.
El candidato perfecto para continuar esta expansión por sus capacidades biofísicas, es como no podría ser de otra manera, la Amazonía, en particular la fracción peruana de la selva.
Si bien actualmente se trata de un cultivo meramente marginal, comparado con el café, cacao, o arroz, los últimos 5 años han sido testigos de un crecimiento jamás visto, en donde existe la seria posibilidad que la palma aceitera abarque en un período relativamente breve, la mayor superficie cultivada del bosque tropical sudamericano.
Ante la imparable demanda del material, encontramos en los gobiernos descentralizados de países de Sudamérica, una gran aceptación hacia las inversiones, que desde empresas extranjeras han comenzado a multiplicarse por la región.
Concretamente, si en la actualidad existen 50 mil hectáreas sembradas en la Amazonía, la cantidad de proyectos por ser aprobados, rondaría actualmente un volumen de nada menos que 100 mil hectáreas.
No se conoce con extactitud el origen de las trasnacionales involucradas, pero se cree serían de origen malayo, y tal vez se trate de un reducido número de corporaciones de gran poder de persuasión para con los gobiernos, situación que de seguro implica una tolerancia cero para con la naturaleza y quienes habitan en ella.
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