La historia que están a punto de leer es un cuento corto de terror, o al menos, de suspenso. La escribí yo mismo y no está copiada o plagiada (conscientemente) de ningún lado. Sepan que no soy escritor ni nada parecido, así que su calidad no es la de un cuento de King o Poe, pero igualmente quería compartirla. Espero que la disfruten y, si les gustó, pueden dejar unos puntos.
Seguramente, quienes lean esto, pueden llegar a pensar en la posibilidad de que todo lo que yo diga no es lógico, sensato o legal. Pero poco importa, porque ella ya murió y puedo enorgullecerme en el hecho de que mis acciones fueron concretas y efectivas.
Las causa poco importan, o al menos para mi. Me basta con decir que fue la persona más repugnante que vi en mi vida. Todo el tiempo que estuvo frente a mi fue una agonía que parecía ser eterna. Desconozco otras cualidades de su ser, solo se que, a mi entender, merecía completamente lo que le sucedió, aunque todos los demás piensen diferente. Y aunque actué fuera de los marcos de la legalidad (la razón y la cordura aún son cualidades mías, por lo tanto lo se), creo que mis derechos como persona y los derechos del resto de la sociedad me habilitan para hacer lo que hice. Por eso no tuve miedo, por eso no huí de todos aquellos, ignorantes, que me repudiaron cuando vieron su cuerpo sin vida.
Y puedo recordar cada detalle, cada momento de ese crimen. Jamás creí que fuese tan fácil asesinar a otra persona, no ofreció resistencia, no hubo nada que esconder, ni siquiera remordimiento. Porque estaba bien. Juro que todo lo que hice estaba bien, y no estoy loco. Locos están aquellos que no quieren entender el favor que le hice a mi persona y a la humanidad al terminar con su vida.
Desde el momento en que la vi supe que debía hacerlo. Me molestaba todo de ella. ¡Absolutamente todo! ¿Por que tenía que mover así sus pies? Llevándolos tan altos después de cada paso... Y la manera en que sus pantorrillas se contraían y se aflojaban a cada paso, el contorno de sus piernas tan suave... Tan tierno... ¡Era una maldición! ¡Hubiesen visto que maquiavélica postura! Su cadera... perfectamente adosada a su espalda, parecía haber sido creada por ángeles. ¿Pero que clase de ángeles podrían haber creado un ser tan perfecto y horrendo a la vez?
Su piel parecía tan exquisitamente suave que me daba una asquerosa necesidad de acariciarla...
Y sus manos... Sus uñas... El resplandor de su anillo de plata... Todo me enceguecía más y más hasta el punto de detestar al destino que la puso frente a mi. Su pelo parecía no ser de este mundo: pude olerlo a la distancia, y más aún cuando estuvo frente a mi. Esa exquisita fragancia impregnada en las suaves y delicadas ondas que sus cabellos formaban a partir de la altura del cuello hasta llegar casi a su cintura...
Sus ojos eran negros como la nada misma, oscuros y profundos, como escondiendo mil secretos que jamás nadie podrá conocer. Parecieron expandirse al verme y se movieron rápidamente de un lugar al otro. Su nariz era perfecta, como si hubiese sido el modelo que utilizó Dios para crear a los humanos. Su boca, seguramente, fue la carne más tierna y suave que un ser puede poseer. Los labios, de un tono rojizo suave, casi rosado, estaban inquietos. Se movían de arriba a abajo creando decenas de lineas verticales entre ellos a cada movimiento. ¿Que era eso? ¿estaba hablando? ¿me estaba hablando a mi? Pero no escuchaba. Sus palabras no salían de su boca. O tal vez no llegaban a mis oídos... Ahora, pensándolo bien, si hablaba. Pero sus palabras habían perdido todo tipo de significado para mi. Como si la codificación del mensajes desapareciera al llegar el sonido de su dulce pero grave voz a mis oídos. ¡Y cada vez más rápido! ¡Sus labios se movían más y más! ¡¿Por qué no paraba de hablar?! ¿Acaso sabía, en su interior, que este era el fin de sus días?
El peso del hacha no fue un gran problema, apenas me molestó el reflejo del sol al levantarla. La fuerza ejercida por mi brazo derecho, ayudada por el peso del instrumento facilitaron la tarea. Pude ver como caía, centímetro a centímetro, desde arriba de mi cabeza hasta la suya. La velocidad de mi accionar evitó que la maldita víctima escapara. Incluso evitó que emitiera cualquier tipo de movimiento o sonido. El filo golpeó primero su frente en un perfecto ángulo de 45 grados y se incrustó desde el comienzo de su pelo, atravesando la parte frontal de su cráneo, hasta la mitad de su nariz, entre ambos ojos. Casi no hubo sonidos, más que los huesos quebrándose instantáneamente. Su voz cesó con un leve e imperceptible quejido mudo. Sus ojos se abrieron como con horror y la sangre roja manchó mis piernas y mi pecho desnudos.
Acto seguido, solté el mango de madera y su cuerpo cayó al suelo con un golpe seco y sin eco. El hacha aún seguía clavada en su cara que cada vez emanaba más sangre... Me quede de pie frente al cadáver inmóvil, sonriendo, feliz y satisfecho por mi acto.
Ya no me molestaría más su perfecta figura, su perfecta sonrisa, su perfecta mirada... ¡Ya no molestaría a nadie! Y juro, que durante los veinte segundos que conocí a aquella anónima mujer, pude comprender que ella era la causa de todos los males de este mundo. Y de mi mundo.
Seguramente, quienes lean esto, pueden llegar a pensar en la posibilidad de que todo lo que yo diga no es lógico, sensato o legal. Pero poco importa, porque ella ya murió y puedo enorgullecerme en el hecho de que mis acciones fueron concretas y efectivas.
Las causa poco importan, o al menos para mi. Me basta con decir que fue la persona más repugnante que vi en mi vida. Todo el tiempo que estuvo frente a mi fue una agonía que parecía ser eterna. Desconozco otras cualidades de su ser, solo se que, a mi entender, merecía completamente lo que le sucedió, aunque todos los demás piensen diferente. Y aunque actué fuera de los marcos de la legalidad (la razón y la cordura aún son cualidades mías, por lo tanto lo se), creo que mis derechos como persona y los derechos del resto de la sociedad me habilitan para hacer lo que hice. Por eso no tuve miedo, por eso no huí de todos aquellos, ignorantes, que me repudiaron cuando vieron su cuerpo sin vida.
Y puedo recordar cada detalle, cada momento de ese crimen. Jamás creí que fuese tan fácil asesinar a otra persona, no ofreció resistencia, no hubo nada que esconder, ni siquiera remordimiento. Porque estaba bien. Juro que todo lo que hice estaba bien, y no estoy loco. Locos están aquellos que no quieren entender el favor que le hice a mi persona y a la humanidad al terminar con su vida.
Desde el momento en que la vi supe que debía hacerlo. Me molestaba todo de ella. ¡Absolutamente todo! ¿Por que tenía que mover así sus pies? Llevándolos tan altos después de cada paso... Y la manera en que sus pantorrillas se contraían y se aflojaban a cada paso, el contorno de sus piernas tan suave... Tan tierno... ¡Era una maldición! ¡Hubiesen visto que maquiavélica postura! Su cadera... perfectamente adosada a su espalda, parecía haber sido creada por ángeles. ¿Pero que clase de ángeles podrían haber creado un ser tan perfecto y horrendo a la vez?
Su piel parecía tan exquisitamente suave que me daba una asquerosa necesidad de acariciarla...
Y sus manos... Sus uñas... El resplandor de su anillo de plata... Todo me enceguecía más y más hasta el punto de detestar al destino que la puso frente a mi. Su pelo parecía no ser de este mundo: pude olerlo a la distancia, y más aún cuando estuvo frente a mi. Esa exquisita fragancia impregnada en las suaves y delicadas ondas que sus cabellos formaban a partir de la altura del cuello hasta llegar casi a su cintura...
Sus ojos eran negros como la nada misma, oscuros y profundos, como escondiendo mil secretos que jamás nadie podrá conocer. Parecieron expandirse al verme y se movieron rápidamente de un lugar al otro. Su nariz era perfecta, como si hubiese sido el modelo que utilizó Dios para crear a los humanos. Su boca, seguramente, fue la carne más tierna y suave que un ser puede poseer. Los labios, de un tono rojizo suave, casi rosado, estaban inquietos. Se movían de arriba a abajo creando decenas de lineas verticales entre ellos a cada movimiento. ¿Que era eso? ¿estaba hablando? ¿me estaba hablando a mi? Pero no escuchaba. Sus palabras no salían de su boca. O tal vez no llegaban a mis oídos... Ahora, pensándolo bien, si hablaba. Pero sus palabras habían perdido todo tipo de significado para mi. Como si la codificación del mensajes desapareciera al llegar el sonido de su dulce pero grave voz a mis oídos. ¡Y cada vez más rápido! ¡Sus labios se movían más y más! ¡¿Por qué no paraba de hablar?! ¿Acaso sabía, en su interior, que este era el fin de sus días?
El peso del hacha no fue un gran problema, apenas me molestó el reflejo del sol al levantarla. La fuerza ejercida por mi brazo derecho, ayudada por el peso del instrumento facilitaron la tarea. Pude ver como caía, centímetro a centímetro, desde arriba de mi cabeza hasta la suya. La velocidad de mi accionar evitó que la maldita víctima escapara. Incluso evitó que emitiera cualquier tipo de movimiento o sonido. El filo golpeó primero su frente en un perfecto ángulo de 45 grados y se incrustó desde el comienzo de su pelo, atravesando la parte frontal de su cráneo, hasta la mitad de su nariz, entre ambos ojos. Casi no hubo sonidos, más que los huesos quebrándose instantáneamente. Su voz cesó con un leve e imperceptible quejido mudo. Sus ojos se abrieron como con horror y la sangre roja manchó mis piernas y mi pecho desnudos.
Acto seguido, solté el mango de madera y su cuerpo cayó al suelo con un golpe seco y sin eco. El hacha aún seguía clavada en su cara que cada vez emanaba más sangre... Me quede de pie frente al cadáver inmóvil, sonriendo, feliz y satisfecho por mi acto.
Ya no me molestaría más su perfecta figura, su perfecta sonrisa, su perfecta mirada... ¡Ya no molestaría a nadie! Y juro, que durante los veinte segundos que conocí a aquella anónima mujer, pude comprender que ella era la causa de todos los males de este mundo. Y de mi mundo.