Oscar Wilde escribió que los hombres se diferencian entre sí por detalles accesorios: la ropa, los modales, el tono de voz, los gestos, el aspecto, la religión y otras cosas por el estilo. Pero, se podría agregar, son las pequeñas diferencias las que unen o separan a los hombres, en provincias y en grandes ciudades.
Por citar un ejemplo de provincia, Carlos Daniel Ervitti, productor agropecuario de 56 años que vive a unos 20 kilómetros de la estación bonaerense de Egaña, arriesga: "Lo que más diferencia y aleja a los argentinos es el aporteñamiento de los pueblerinos". Descendiente de vascos-navarros y tamberos, Ervitti vive hace décadas en el campo con Elsa Fernández, su mujer, y su hijo Iñaki, y pertenece a la cuarta generación de campesinos.
"Soy buen recibidor de amigos. A veces, como durante la gran inundación, a mediados de la década del 80, no tuvimos más remedio que montar en la camioneta y andar por encima del terraplén porque no había caminos accesibles y las 4 x 4 no existían. Vivo feliz aquí, con mi familia y diez perros, y prefiero luchar con la naturaleza y no contra la naturaleza humana, como hacen los que viven en las grandes ciudades", afirma, mientras se cala la boina negra. "Acá todos sabemos el valor de las grandes cosas, aunque ignoramos el precio de muchas otras", agrega.
Por su parte, el economista porteño Mario Torres, de 57 años, tiene algunas críticas sobre los que viven en la provincia: "Se ríen de nosotros y dicen que andamos como locos, pero ellos se olvidan de que somos los de la Capital los que producimos gran parte del PBI mientras ellos duermen la siesta o ven crecer el cereal tomando mate. Nos critican, pero nos copian en muchos aspectos. Hasta incorporan palabras y gestos porteños. Son chusmas, porque tienen más tiempo que nosotros, y aunque los capitalinos vivamos protegidos por el anonimato que nos da la ciudad, ellos -los provincianos- quieren saber todo sobre el otro de una manera enfermiza. Cuando dos provincianos se juntan en un boliche, después de hablar del tiempo y de las cosechas, se dedican a sacarle el cuero a un tercero".
Nada que ver con lo que piensa el productor rural Coco Bordagaray: el hombre asume con humildad que los provincianos son más discretos que los porteños. "Cuando viene uno de la Capital, enseguida nos pregunta el valor de la tierra y cuánto nos dio la cosecha... miden todo por la rentabilidad. Se olvidan de que tenemos años malos y gobiernos que nos han dado la espalda durante mucho tiempo. Aprendemos de la soledad. Somos gente simple y creemos todavía en el valor de la gauchada, disfrutamos de la amistad y sabemos reírnos de nosotros mismos", refiere Bordagaray, que hace muchos años vive solo en el campo, en la zona bonaerense de Iraola, y, ya de 84 años, no lo tientan las luces de las grandes ciudades.
Otro productor, Carlos Bustos, tiene 52 años y está afincado en la ciudad de Buenos Aires, pero cada tanto va al campo y vuelve. Comenta que esa lucha sempiterna entre provincianos y porteños se da, sobre todo, en pequeños detalles: "Estaba esperando en la ruta a que pasara el colectivo que me llevaría al pueblo. Como el sol estaba bravo, tenía puesto un sombrero de paja. En eso vi que entraba una camioneta en un campo cerca de donde yo estaba parado, pero luego siguió viaje. Al rato volvió, su conductor se ofreció a llevarme. Subí y empezamos a conversar. Me preguntó de dónde era yo y qué hacía. Al confirmarle que era vecino de él, me confesó sonriente que al verme con ese sombrero pensó que yo era uno de esos porteños tilingos y que casi no me había levantado por ese motivo"

Por citar un ejemplo de provincia, Carlos Daniel Ervitti, productor agropecuario de 56 años que vive a unos 20 kilómetros de la estación bonaerense de Egaña, arriesga: "Lo que más diferencia y aleja a los argentinos es el aporteñamiento de los pueblerinos". Descendiente de vascos-navarros y tamberos, Ervitti vive hace décadas en el campo con Elsa Fernández, su mujer, y su hijo Iñaki, y pertenece a la cuarta generación de campesinos.
"Soy buen recibidor de amigos. A veces, como durante la gran inundación, a mediados de la década del 80, no tuvimos más remedio que montar en la camioneta y andar por encima del terraplén porque no había caminos accesibles y las 4 x 4 no existían. Vivo feliz aquí, con mi familia y diez perros, y prefiero luchar con la naturaleza y no contra la naturaleza humana, como hacen los que viven en las grandes ciudades", afirma, mientras se cala la boina negra. "Acá todos sabemos el valor de las grandes cosas, aunque ignoramos el precio de muchas otras", agrega.

Por su parte, el economista porteño Mario Torres, de 57 años, tiene algunas críticas sobre los que viven en la provincia: "Se ríen de nosotros y dicen que andamos como locos, pero ellos se olvidan de que somos los de la Capital los que producimos gran parte del PBI mientras ellos duermen la siesta o ven crecer el cereal tomando mate. Nos critican, pero nos copian en muchos aspectos. Hasta incorporan palabras y gestos porteños. Son chusmas, porque tienen más tiempo que nosotros, y aunque los capitalinos vivamos protegidos por el anonimato que nos da la ciudad, ellos -los provincianos- quieren saber todo sobre el otro de una manera enfermiza. Cuando dos provincianos se juntan en un boliche, después de hablar del tiempo y de las cosechas, se dedican a sacarle el cuero a un tercero".
Nada que ver con lo que piensa el productor rural Coco Bordagaray: el hombre asume con humildad que los provincianos son más discretos que los porteños. "Cuando viene uno de la Capital, enseguida nos pregunta el valor de la tierra y cuánto nos dio la cosecha... miden todo por la rentabilidad. Se olvidan de que tenemos años malos y gobiernos que nos han dado la espalda durante mucho tiempo. Aprendemos de la soledad. Somos gente simple y creemos todavía en el valor de la gauchada, disfrutamos de la amistad y sabemos reírnos de nosotros mismos", refiere Bordagaray, que hace muchos años vive solo en el campo, en la zona bonaerense de Iraola, y, ya de 84 años, no lo tientan las luces de las grandes ciudades.

Otro productor, Carlos Bustos, tiene 52 años y está afincado en la ciudad de Buenos Aires, pero cada tanto va al campo y vuelve. Comenta que esa lucha sempiterna entre provincianos y porteños se da, sobre todo, en pequeños detalles: "Estaba esperando en la ruta a que pasara el colectivo que me llevaría al pueblo. Como el sol estaba bravo, tenía puesto un sombrero de paja. En eso vi que entraba una camioneta en un campo cerca de donde yo estaba parado, pero luego siguió viaje. Al rato volvió, su conductor se ofreció a llevarme. Subí y empezamos a conversar. Me preguntó de dónde era yo y qué hacía. Al confirmarle que era vecino de él, me confesó sonriente que al verme con ese sombrero pensó que yo era uno de esos porteños tilingos y que casi no me había levantado por ese motivo"