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De Luis Chiozza

Se suele decir “esto no es vida”, como si la mala vida no formara parte de la vida, o como si la vida tuviera, por contrato, que ser buena.
El sentimiento de que la verdadera vida se encuentra en otra parte nace muchas veces, como la envidia, de proyectar sobre los otros un goce imaginario que es el producto de un deseo. Cuando construimos nuestra idea de la satisfacción ajena vemos allí, realizado, lo contrario de nuestro sufrimiento actual. La felicidad se piensa de ese modo, como una especie de holograma esquivo, inaferrable, que se dibuja con la proyección invertida de nuestro malestar.
Una parte de la vida, a veces para mal, y otras veces para bien, se realiza siempre de un modo distinto a como la habíamos pensado. Cuando el resultado no nos gusta, lo último que cuestionamos son las ilusiones que nos habíamos forjado. Es cierto que “de ilusión también se vive”, pero esto funciona cuando somos capaces de aceptar, al mismo tiempo, la cuota de desilusión que acompaña siempre a las satisfacciones reales.
Algunos ideales pueden ayudarnos a mejorar la vida, pero es necesario distinguirlos de las ilusiones empecinadas que nos alejan de la realidad y la empeoran. En ese sentido se puede decir que la idea frecuente de que “soñar no cuesta nada” es errónea. Creemos, en primera instancia, que la posibilidad de gozar depende del obtener lo deseado. Sin embargo, depende mucho más de la capacidad de tolerar la diferencia entre lo esperado y lo obtenido.
Aunque solemos decir que la felicidad no existe, nos gusta pensar que, por lo menos, vivir sin sufrir será posible. Hay, sin duda, maneras peores y mejores de vivir, porque el dolor, la impotencia, la renuncia, la carencia y el fracaso, que ocurren en la vida, pueden ser mayores o menores. También pueden durar más o durar menos. Aunque el sufrimiento y el malestar se atribuyen casi siempre a recuerdos del pasado y a percepciones del entorno presente, son sentimientos que se constituyen, como todos los sentimientos, con sensaciones de distintas cualidades que se sienten en el cuerpo, que son actuales, y que oscilan entre topes de intensidad mínimos y máximos.
Así ocurre que hay días en que repentinamente nos sentimos mejor aunque las penosas circunstancias por las cuales ayer sufríamos no han cambiado en lo más mínimo. No hay duda de que los sufrimientos pueden o no valer la pena, y que en esta valoración podemos acertar o equivocarnos. Cuando creemos, por ejemplo, que cada sufrimiento nos otorga frente al destino una cuota de derecho al bienestar, corremos el riesgo de aumentar nuestra penuria acumulando sufrimientos evitables con la ilusión de acumular derechos.
Pero hay también buenos motivos, motivos que valen la pena, para afrontar el dolor o para postergar el placer.
Si pensamos que una ruina es una parte que conserva la capacidad de mostrarnos lo que el conjunto fue, o lo que podría haber sido en la plenitud de su forma, vemos que hay una manera de vivir que arruina la vida, y un vivir “en forma”, como dice Ortega, en el cual esa plenitud se realiza. Nos encontramos entonces, en la vida, con dos oposiciones.
Por un lado, el sufrimiento o el goce; por el otro, la ruina o la realización plena de nuestra propia forma. Hay pesares y placeres que son efímeros, y otros, como el sufrimiento que acompaña a la ruina o como el placer del estar en forma, que son más duraderos. Esta experiencia es la que nos da el buen motivo, el motivo sano, que vale la pena, para afrontar el dolor o para postergar el placer. Cuando sentimos que, paso a paso, nuestra vida empeora, se nos aparece la pregunta: ¿cómo vivir la vida? No existe ningún mapa para recorrer el futuro, pero hay situaciones típicas, que siempre se repiten. La experiencia nos deja, a veces, una enseñanza que puede funcionar, automáticamente, como una manera de ser o puede vivir dentro de nosotros como un conjunto de normas que procuramos seguir.
También es cierto que cuando no podemos realizar nuestros deseos, recaemos muchas veces en los mismos errores porque rechazamos lo que nos dicen el juicio, la percepción o la memoria. No es posible construir un sistema para alcanzar la plenitud de la vida. No existe un manual de procedimientos o un mapa que nos señale el camino para vivir la vida.
Apenas podremos compaginar algunas de las normas y lemas que surgen de las situaciones, repetidas, en las cuales solemos caer en la tentación de las soluciones erróneas.
El hombre ha utilizado desde antiguo su relación con el mar para representar las vicisitudes de su vida. Palabras tales como “aventura”, que por su origen significa entregar la vida al azar de los vientos, o “derrota”, que señala la magnitud del ángulo que separa el rumbo al cual se apunta la proa, de la ruta efectivamente realizada, sólo son dos muestras elocuentes de la utilización abundante, muchas veces inconsciente, de la metáfora náutica. Es un tipo de metáfora que conserva, en la zona de penumbra de la conciencia, una riqueza de matices vivenciales que se prestan especialmente para representar, bajo la forma de un decálogo para el marino, un conjunto de lemas que pretenden acercarnos a la siempre inalcanzable manera “completamente buena” de vivir la vida. Al escribir así, en el modo de un decálogo para el marino, las experiencias que hemos adquirido, mediante los procesos de pensamiento, durante el ejercicio de la psicoterapia, gozamos de una ventaja y sufrimos una dificultad. La ventaja consiste en el carácter concreto, sucinto y ordenador, propio de un decálogo, posible en este caso gracias a la riqueza simbólica de la metáfora náutica. Las resonancias de esa metáfora, al modo de los armónicos de un piano, amplían la significación con redundancias inconscientes. La dificultad radica en que es muy difícil evitar en un decálogo que el discurso, inclinándose sin cesar hacia el lado del deber, adquiera indeseadamente el tono grandilocuente, y la simplificación de la ética, que encontramos en las máximas de calendario.
Espero que el lector pueda pasar por alto la parte de ese defecto que no pude evitar, y disfrute de este decálogo que hace ya algunos años nació bajo la forma traviesa de un juego placentero.

1. Es necesario aligerar la carga para realizar un buen camino
Cada objeto que se adquiere constituye una carga que debemos mantener, cuidar y transportar. Por este motivo es necesario saber lo que uno quiere y valorar también las ventajas de cada renuncia. La impedimenta que traba los movimientos del soldado se constituye precisamente con los pertrechos que transporta. En el terreno de la vida, como señala Bateson, el óptimo no coincide con el máximo, aunque se trate de agua, azúcar o dinero. El óptimo surge del equilibrio entre la capacidad de encontrar, adquirir y mantener, por un lado, y la capacidad de utilizar, dese char y regalar, por el otro.
Algo análogo ocurre con los vínculos que se dan entre personas. Cada uno de ellos, desde que se establece, evoluciona hacia una forma creativa o destructiva. Hay vínculos que se buscan como una fuente ilusoria de una seguridad que no existe, o como el paliativo de una soledad que se experimenta como desolación, porque se confunde con el desamparo.
También se buscan a veces como una manera de sostener la autoestima que en otros terrenos se ha perdido o, por el contrario, porque los usamos para atribuirles la causa de nuestros fracasos. Hay vínculos que se mantienen por el peso de una obligación ficticia que hunde sus raíces en motivos inconscientes que no podemos contrariar sin sufrir. Otros se mantienen porque sentimos que algunas personas pueden otorgarnos la benevolencia del destino, o como una forma de acumular, frente al futuro y mediante nuestro sacrificio, un crédito exigible, pensando que el porvenir deberá pagar la deuda tratándonos “como es debido”.
Existen, para bien, situaciones en las cuales se elige en la libertad de un deseo genuino, que no sólo admite las condiciones del encuentro, sino que también vive en el presente, más allá de la queja, el reproche y la culpa, sin pre-ocuparse por la posible separación de los destinos. Cuando una convivencia íntima y estrecha se da en esas circunstancias, engendra un espacio, intuido y anhelado, pero a la vez inesperadamente novedoso, donde se potencian las virtudes y las semillas germinan. La experiencia muestra, sin embargo, que el acoplamiento de las vidas, sea breve o prolongado, no es gratuito, ya que genera, como la vida misma, sus propias y nuevas impurezas que es necesario purgar. El campo de toda relación tiende a saturarse con creencias y juicios lapidarios que no podrán removerse sin violencia, porque en el pasado fueron sepultados bajo una capa de dolor.
Cuando las vidas se acoplan, aunque sea por un corto tiempo, modifican siempre sus primitivas trayectorias, y el impulso que las mueve se transfiere de una a otra de manera muchas veces desigual. Es necesario entonces enfrentar la sorpresa y realizar un duelo, que se presenta como añoranza de los antiguos y acostumbrados caminos, por el encuentro con una nueva distribución de las fuerzas.

2. Hay que estimar la derrota y volver a trazar el rumbo cada día
Dado que la confianza en el porvenir surge del bienestar actual, se nos impone como conclusión que sólo si estamos dispuestos a ocuparnos ahora del futuro, sin demorarnos con preocupaciones, y a responder hoy sobre el pasado, sin escudarnos en arrepentimientos que nada reparan, podemos vivir plenamente el presente, atrapando, entre la nostalgia y el anhelo, la magia del instante. La utilidad material, cuantificable, racionalmente concebida en la teoría o en la práctica, no es el único valor. Al bienestar también nos acercan otros desarrollos que son afectivos o espirituales. El equilibrio de nuestra salud no sólo depende, por lo tanto, de la lucidez de nuestro cerebro o de la capacidad de nuestro hígado, sino también de la sensibilidad de nuestro corazón.
Probablemente el panorama de mañana será tan distinto del que hoy prevemos como difiere el mundo de hoy del que imaginábamos ayer. Sabemos que nada permanece igual, y que los valores que adquieren consenso cambian según el signo de los tiempos. Nos asombra, sin embargo, no encontrar lo que hoy buscamos en el lugar donde estaba ayer. Aprendimos que en un mundo complejo que rápidamente se transforma los proyectos lineales son inadecuados, y que aquello que nos proponemos “entre ceja y ceja” cobrará de nuestra vida un alto precio. El curso de una vida no se presenta como un camino recto; se parece más a un laberinto con calles sin salida y senderos que sólo se abren al pasar por ellos. Sólo podemos encontrarnos en algún punto deseado si adquirimos la capacidad de recorrer trayectorias curvas, quebradas y complejas, buscándole las vueltas al camino.
Comprobamos, una y otra vez, que no llegamos a la meta que apuntamos y que la vida nos impone siempre un cierto grado de derrota. Aunque esta inevitable imposición no en todos los casos es penosa, porque a veces llegamos a lugares mejores que los que habíamos soñado, la experiencia nos enseña que debemos apuntar nuestro propósito calculando el “ángulo de la deriva”, el desvío que la realidad impone a nuestro rumbo.
Es necesario, entonces, replantear continuamente nuestros fines y adaptar nuestros intentos a conjeturas siempre actualizadas. Así vemos crecer a la rama en el lugar que le permite el muro, sin resignar totalmente sus proyectos y sin mantenerlos, a todo trance, con absurda terquedad, fracasadamente invariantes.

3. Cuando se debe cambiar de rumbo, cada oportunidad es la última

Decálogo del marino


Nada se puede vivir en borrador para, en otra ocasión, pasarlo en limpio.
Cada uno de nuestros días transcurre de una vez para siempre. Preferimos ignorar, sin embargo, que una oportunidad que se repite es siempre otra, y que los resultados de lo que hoy hacemos nunca serán aquellos que hubiéramos tenido ayer.
Interrumpir, prematura e impacientemente, acciones o pensamientos que llevan su tiempo, como si fueran fracasos, es una torpe precipitación.
No se debe cambiar de amura cuando se está realizando un buen camino. Pensar que todo se puede mejorar es peligroso cuando ese pensamiento nace de la permanente pretensión de tener más. La perpetua insatisfacción con lo que la vida nos ofrece surge de una incapacidad para gozar el presente, que no puede mejorarse obteniendo nuevos bienes. Si esperamos, para sentirnos bien, a que llegue todo el bien que deseamos, nunca podremos
“estar bien”. Pero también es cierto que hay carencias que acumulan sufrimiento en nuestra vida, y que muchas veces aquello que nos falta demanda de nosotros acciones que preferimos postergar, porque implican un esfuerzo o un sacrificio que tememos. Regirse entonces por la idea de que “todavía hay tiempo” y creer que la oportunidad que hoy desperdiciamos volverá seguramente mañana con una idéntica oferta, es un engaño, ya que es siempre más tarde de lo que se prefiere creer. Si nos escapamos así de nuestra responsabilidad presente, ingresamos en un porvenir hipotecado con el peso de una falta. Mañana, frente al próximo cruce de caminos, necesitaremos, más que hoy, recurrir a la ilusión de un plazo inexistente que nos autorice a la permanente espera de una oportunidad “tan buena” como la que ya desechamos una vez.

4. Es necesario renunciar rápidamente a lo que ya se ha perdido
Sabemos que la ingenuidad de la niñez y la confianza excesiva de la juventud no desaparecen totalmente con los años, y que sostienen una parte, casi siempre injustificada, de nuestra propia estima. Cuando, frente a los reveses del camino, esas ilusiones se pierden, muchas veces procuramos, equivocadamente, negociar otras pérdidas. Vendemos entonces valores para comprar apariencias, en un intento inútil de sostener la autoestima sobre bases falsas. Aumentamos así los riesgos y el perjuicio, en el intento de mantener la ilusión de poseer algo que nunca, en la realidad, pudimos alcanzar. Cuando se pierde, en cambio, algo que realmente se tuvo, la renuncia es más fácil. No sólo porque el sentimiento de haber sabido lograrlo nos otorga confianza, sino también porque aquello que se ha vivido realmente dirige nuestros afanes hacia logros distintos.
Contar con lo que no tenemos nos expone al fracaso. Es necesario, por lo tanto, renunciar rápidamente a lo que ya se ha perdido. La tristeza que se experimenta frente a la realidad no puede ser tan mala como solemos creer, ya que la realidad, el único lugar en donde se obtienen las satisfacciones reales, es siempre un buen negocio.

5. No hay que olvidar la luz del sol en la oscuridad de la tormenta, ni olvidar el temporal cuando el mar está en calma

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Si agitamos al azar dentro de un frasco cincuenta bolillas blancas y otras tantas negras, obtendremos una muestra estadística de lo que la experiencia nos enseña. Los acontecimientos buenos y los malos no se suceden, alternativamente, uno por uno, sino que se presentan en series que denominamos “rachas”, más allá de la benevolencia o de la malevolencia del destino. Es evidente que hay momentos para reír, y otros para llorar, y que es importante distinguirlos, pero es más importante, sin embargo, comprender que en los momentos de infortunio, en los cuales el daño se está realizando todavía, la risa pretende inventar una realidad que no existe, y el llanto surge como un intento absurdo de ablandar al destino. Cuando, sin tiempo para lágrimas ni risas, es necesario luchar para vivir, importa recordar que detrás de la tormenta oscura el sol no ha dejado de existir.
La salud, sostiene Weizsaecker, proviene de la resignación, que en un sentido pleno no sólo es renuncia, sino también resignificación del futuro.
El llanto, entonces, como la lluvia que fertiliza el suelo, será un proceso saludable en la tranquilidad del tiempo bueno, donde es posible inventariar los daños, lamentar las pérdidas, reagrupar las fuerzas y reorientar la vida.
Cuando, superado el infortunio, subsiste ese resto de inquietud que genera desde la memoria la comicidad y el humor, podemos aceptar que ha llegado el momento de reír. Porque hemos aprendido que ese modo de reír es una forma saludable de mantener presente y a distancia la posibilidad de la pena, y la prudencia aconseja no olvidar la oscuridad de la tormenta cuando se navega, con el mar en calma, bajo la luz del sol.

6. Cuando la mar es muy dura, el objetivo es flotar. Pero es necesario conservar la estropada para gobernar el timón

decálogo


Comprobamos a menudo que lo que subsiste posee una consistencia que resiste y puja contra lo que se opone a su existir. La delicia de insistir, afirma el proverbio, es el premio del vencido. Pero sabemos que es inútil resistirse a aceptar la geografía. Es necesario, entonces, distinguir entre la insistencia torpe, que repite de manera monótona y terca un reclamo imposible, y la tenacidad que cede, elásticamente, para volver a pugnar en la oportunidad propicia. La importancia que asignamos a nuestros propósitos, y la magnitud con que los sentimos vivir dentro de nosotros, constituyen un motivo suficiente para capear una tormenta “contra viento y marea”, enfrentando con decisión la adversidad, sin esperar hasta que amaine. Sólo se puede correr, frente a un temporal, en un espacio abierto, sin escollos, cuando el precio de la huida no supera con creces el dolor del enfrentamiento. No sufrir constituye una utopía. Precisamente por ello es importante distinguir los sufrimientos inútiles de aquellos otros cuyo producto vale la pena que ocasionan.
Hay épocas apacibles en las cuales es más fácil conjeturar el futuro y edificar proyectos para un plazo largo. Hay otras en que todo se vuelve contingente y la inseguridad aumenta. No sólo el pronóstico se acorta hasta alcanzar apenas el futuro inmediato, sino que al mismo tiempo se pierde, o se confunde, la significación del pasado, hasta el extremo de desdibujar los rasgos de nuestra identidad. Cuando en la oscuridad de la tormenta el horizonte se cierra, el objetivo es flotar. Es inútil entonces apurar la marcha y pretender que la seguridad retorne bajo la forma de un proyecto forzado en el cual se vuelca, con terquedad, la vida. Es necesario, en cambio, mantener el impulso hacia adelante en el mínimo imprescindible para conservar el gobierno, y aferrarse al timón. Experimentamos la necesidad de proporcionarle un sentido a nuestra vida apuntándola en alguna dirección. Navegar es lo contrario de flotar al garete, abandonados a los caprichos del destino.
Navegar es elegir un rumbo y encaminar la proa, realizando cada día la tarea imprescindible para mantener el curso. Esa tarea implica el esfuerzo de un trabajo y una responsabilidad, pero cuando el temporal amaina hace falta también un lugar para el ocio, porque el ocio, que abre un espacio creativo, no se opone al trabajo, sino al negocio. Al trabajo se opone la molicie, que es la blandura irresponsable del pusilánime que se deja estar y vive “al garete”, sin conservar el impulso necesario para gobernar el timón.

7. El puerto de destino es una conjetura
Cuando alguien levanta su brazo para arrojarnos una piedra podemos agacharnos. También podemos, hasta cierto punto, proyectar las trayectorias de los actores de una escena, para estimar hacia dónde los conducen sus actos, y saber, de manera previsora, lo que debemos hacer en el presente.
Nuestra capacidad para adelantarnos al futuro no alcanza, sin embargo, para justificar el que nos pre-ocupemos con aquello de lo que todavía no podemos ocuparnos. Nuestros deseos y temores son recuerdos, pero es verdad que nunca se vuelve al lugar de donde se ha salido, porque lo que “vuelve” no es igual a lo que fue. La mayor parte de lo que deseamos o tememos no ocurre del modo en que lo habíamos imaginado. Posible, dirá Weizsaecker, es lo no realizado, lo que ya se ha realizado es ahora imposible.
No se puede ir dos veces a París por vez primera. Un puerto de destino otorga sentido y dirección a nuestra vida, pero si reflexionamos en lo que el pasado nos ha dado, vemos que el logro se acumula en la ruta, no se obtiene “todo junto” en la meta; y en algo difiere, además, del propósito inicial. Aprendemos muy pronto que los logros que obtenemos, al llegar ya no son fines, sino medios necesarios para alcanzar otro fi n. Una razón más para sostener que el fi n no siempre puede justificar los medios.
Permanecer sin cambiar es también imposible. La experiencia nos muestra que lo que no avanza retrocede y que lo que no progresa se arruina. Podemos comprobar que cuando el descanso se prolonga más allá de restaurar las fuerzas se pierde agilidad. Si aceptamos que cumplido un período de tiempo es necesario nacer, debemos también admitir que el cambio que hoy tememos es un proceso que se ha iniciado ayer. Si es cierto que, como dijimos antes, una vez que se ha partido es imposible volver, no es menos cierto que una vez que se ha llegado es necesario partir. La importancia no reside entonces en llegar, sino en la manera como se recorre el camino.

8. El canto de las sirenas debe escucharse atado
Si no encontramos la manera de realizar nuestros deseos y renunciamos a la acción, nuestro ánimo se puebla de sueños. Pero es imprescindible distinguir entre los sueños, como afi rma el Prometeo de Esquilo, aquellos que han de convertirse en realidad. Cuando el que espera desespera frente al esfuerzo que lo separa de la meta, corre el riesgo de ser subyugado por un canto de sirenas que lo aparta de su rumbo ofreciéndole la tentación engañosa de los caminos fáciles.
Fuimos concebidos como producto de un deseo que no se agotó en ese acto, sino que continúa, en cada uno de nosotros, como tendencia hacia una nueva concepción. Nuestros padres también han querido ser abuelos, y nuestros deseos de procrear incluyen a los suyos. Nuestros propósitos se prolongan, sin duda, más allá de los límites de nuestra propia vida. La vida de uno mismo es, en defnitiva, demasiado poco como para dedicarle, por entero, nuestra vida. No es posible ser primero “para uno” y luego convivir.
Uno se constituye como uno en el encuentro con los otros. La única forma de ser es ser con otro. La única forma verdadera del placer es complacer.
El significado de una vida se establece siempre en el vínculo con alguien que le otorga su sentido. Vivimos “para” alguien que es, a la vez, destinatario de nuestros actos y juez del “expediente” que relata lo esencial de nuestra vida. En el ejercicio de esa ofrenda que suele adquirir la manera de un imperativo moral que funciona entre la inocencia y la culpa, o entre la absolución y la condena, podemos realizarnos en la plenitud de nuestra propia forma o hundirnos en la ruina.
Detrás del deseo (trivial) de la inmortalidad, se oculta la necesidad de vivir, con suficiente magnitud de ánimo, de un modo que trascienda, más allá del egoísmo o del altruismo, más allá de la paternidad, de la maternidad o de la familia, el entorno inmediato de lo que llamamos “yo”. Contrariar esa necesidad real de trascendencia, que puede ser adecuadamente satisfecha mediante los actos concretos del vivir cotidiano, impide que la vida se desarrolle en la plenitud de su forma. El deseo que no se satisface, sostiene William Blake, engendra pestilencias. Todo lo que nos arruina nos conduce a ser ruines.

9. En la nave se afirma la rémora. Luego de haber aparejado es necesario zarpar

vida


Genio y figura nos acompañarán toda la vida. Lo mismo ocurrirá probablemente con algunas de nuestras buenas o malas compañías. Solemos rechazar lo bueno, a veces con una temeridad irresponsable, a veces con noble valentía, porque anhelamos lo mejor. Pero también solemos quedarnos con lo malo, a veces por cobardía, a veces con prudencia, porque tememos lo peor. Es inútil soñar con mares sin escollos o imaginar que se navega con un distinto navío. Vivir como si el mundo que recorremos fuera otro, o intentar ser otra cosa que uno mismo, es apurar el fracaso. Pero también es cierto que todo lo que puede arruinarnos está allí, como el éxito, en el lugar en que habitamos y consustanciado en lo que somos. Todo navío se abruma cuando se demora en el puerto, cuando ha llegado la hora es necesario zarpar. Es imposible saber cuán profundos serán nuestros cambios, pero no todos los que nos aprecian nos aman ni todos los que nos desprecian nos odian.
Muchas veces el que aprecia vende y el que desprecia compra. Es necesario distinguir la bondad de la maldad tanto en las críticas como en los elogios.
Debemos resignarnos a que nuestra vida se realice entre el odio y el amor, porque ninguno de ellos se dará sin el otro. Ambos existen también dentro de nosotros y las aguas navegables de nuestra existencia cotidiana transcurren, con apacible inocencia, entre dos filosos escollos: el odio a lo bueno, por querer lo mejor, y el amor a lo malo, por miedo a lo peor.

10. Navegar es necesario, vivir no
Como ya lo hemos dicho, experimentamos la necesidad de navegar, es decir, de proporcionarle un sentido a nuestra vida apuntándola en alguna dirección. Vivir, en cambio, nunca puede ser una necesidad, porque para experimentar la necesidad de la vida deberíamos, al mismo tiempo, estar vivos y carecer de la vida. Si comprendemos que es imposible sufrir “en la muerte” la penuria de carecer de la vida, comprendemos también que, frente a la posibilidad de la muerte, navegar es más importante que intentar mantener, a todo trance, la perduración de la vida. Expresémoslo con un poema, escrito en 1979, que lleva el mismo título que este apartado.

navegación


Hoy, en las horas de la esperanza trunca,
cuando los sueños dejan ver por vez primera
el resorte interior que forma su quimera,
he perdido el temor a lo que significa “nunca”.
Ignoro dónde estoy, qué mares voy surcando.
El puerto familiar, en el que ayer soñaba,
ha quedado ya lejos, como el regazo blando
que ha seguido el destino de todo lo que acaba.
No me importa vagar, perdido entre la bruma
de un mar que no es azul, que es gris, como la muerte.
Son las olas y el viento como la vida, fuertes,
y mi barco las corta, en un torrente de espuma.
No necesito ver, como otrora creyera,
el decurso completo de la ruta futura.
Me basta con saber la concreta manera
de aferrarme al timón, cuando la mar es dura.
Un día llegará en que mi barco, deshecho,
se fundirá con el mar para el que fue creado.
Una hora fatal, en que todo lo hecho
unirá su destino con lo apenas soñado.
Ayer, contra la ola más alta,
en el corazón de mi nave un madero crujió.
Navegar... ¡Eso sí que me hace falta!
–me dije– pero la vida no.


Obras completas de Luis Chiozza “En la búsqueda de los principios de vivir en forma”
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