Leemos y escuchamos que todos llevamos un niño por dentro. Diversas corrientes psicológicas postulan que dentro de nosotros cohabita el niño que una vez fuimos y que se resiste a crecer, con otras facetas de nuestro yo, más maduras, responsables y cargadas.
Sí es un hecho que el niño feliz, despreocupado y juguetón debe aflorar en nuestras vidas cotidianas y permitir que muchos de nuestros afanes y dolores se diluyan por esa vía.
¿Pero, es siempre así ese niño que aflora a la superficie?
Muchos de nosotros, la mayoría, podemos recordar el temor al abandono, la carencia afectiva y la inseguridad que nos proporcionaron unos padres abusivos, incomprensivos o irresponsables. Y el terrible dolor de la indiferencia. O un maestro exigente y agresor. O largos días de soledad y angustia mientras nuestros padres trabajaban horas extra. O el dolor de los complejos. O la creciente vanidad que nos dio el excesivo mimo y la complacencia inmediata de todos nuestros caprichos. Y la burla y los apodos de nuestros crueles compañeritos de la clase. Y más…
No quiero en modo alguno desvalorar la inocencia y la belleza de la época de la infancia. Pero detrás de ese velo de idealización se esconden la realidad, de que son muchos los efectos de la infancia en nuestra vida y de que se manifestarán de una u otra manera en diversas circunstancias.
Demás está por decir que es muy doloroso para una madre o un padre cuando tiene un niño, que por algún defecto congénito o lesión cerebral se tiene la certeza de que jamás crecerá. Lo ví muchas veces en los hospitales en donde trabajé. Todo padre o madre anhela ver crecer e independizarse a sus hijos para desarrollar su propio proyecto de vida en una forma feliz y eficaz.
Sin embargo, aún en condiciones de salud y “normalidad”, crecer cuesta mucho. Conlleva tiempo y experiencia, y a veces, ni aún así.
Analicemos algunas de los síntomas de que un niño inmaduro y temeroso se niega a crecer y lo llevamos con nosotros:
1-Impaciencia: nos cuesta posponer la satisfacción de nuestros deseos y gustos.
2-Rebeldía injustificada: nos oponemos a las normas, los jefes y las autoridades sólo para rescatar aquella tentación infantil de probar “hasta donde puedo llegar”. Esto era necesario en la infancia, cuando necesitamos conocer los límites seguros. Pero en la edad adulta sólo es un signo de inmadurez.
3-Rabietas: llorando, gritando y pateando buscamos llamar la atención. De seguro nos sirvió de mucho en nuestra primera infancia y no queremos deshacernos de ese recurso tan valioso. Claro, funcionó con nuestros padres, pero de seguro sus amistades y compañeros de labor lo verán ridículo y descompasado.
4- Inspirando lástima: la imagen de enfermo y desvalido es un recurso muy eficaz en la infancia para asegurarse de conseguir atención y compañía. No hay nada que conmueva más la razón y la voluntad que un niño en esta s condiciones. Pero cuando un adulto apela a estos recursos continuamente para lograr sus propósitos, de seguro se quedará solo muy pronto, porque se torna agotador en una relación No quiere decir esto que no se merezca atención cuando se encuentre en una situación de enfermedad e invalidez. Pero de allí a usarlo como recurso para manipular es diferente.
5-Desviando la atención de lo importante o urgente de encarar: toda vez que nos sentimos compelidos a confrontar nuestra inmadurez, o solucionar una situación que nos incomoda o requiere de cambios y de esfuerzo, es más fácil enfrascarse en un juego, contar un chiste o simplemente cambiar de tema, ignorando la situación que nos incomoda, como si por este artilugio no fuera a pasar nada.
Muchos niños juegan para esconder o soslayar lo que les duele. Los psicólogos infantiles lo saben y usan estos juegos como un medio de información diagnóstica. El problema es que en un adulto que usa este recurso para desviar la atención de lo que no desea encarar, por temor o lo que sea, el juego se convierte en una adicción dañina, que no soluciona sus problemas, sino que permite que avancen y causen más daño.
Estimado lector: la Palabra de Dios nos invita a iniciar el proceso de nuestra vida en una segunda oportunidad, y con la guía experta de Dios por medio de Su Santo Espíritu. A esto se le llama en La Biblia: “nacer de nuevo” (Juan 3:3-8). Es un evento espiritual que implica poner en acción el Poder de Dios en nuestra naturaleza, para que toda ella sea sanada, intervenida y reconstruida. Posteriormente, nos invita a ser de nuevo “un niño”, para que estemos dispuestos a aprender, evaluar, decidir , disfrutar y crecer.
Hay que crecer, de eso no hay duda. Dios no desea el dolor de vernos niños dependientes y desvalidos para siempre. Seríamos una carga difícil de soportar, si fuéramos niños eternamente. Es por esta razón que en Su Palabra encontramos todos los recursos para pasar por todas las etapas del crecimiento y llegar a la completa madurez. En una forma plena y perfecta, a semejanza de Jesucristo. Es un proceso que no terminará mientras estemos en esta vida terrenal, pero se completará en la vida eterna que está a nuestro alcance por medio de Jesucristo.
“Cuando yo era niño, hablaba como niño sentía como niño, razonaba como niño. Pero cuando me hice hombre, dejé las cosas de niño.”(I de Corintios 13: )
Ministerio Menorah. 21 de marzo del 2009
Sí es un hecho que el niño feliz, despreocupado y juguetón debe aflorar en nuestras vidas cotidianas y permitir que muchos de nuestros afanes y dolores se diluyan por esa vía.
¿Pero, es siempre así ese niño que aflora a la superficie?
Muchos de nosotros, la mayoría, podemos recordar el temor al abandono, la carencia afectiva y la inseguridad que nos proporcionaron unos padres abusivos, incomprensivos o irresponsables. Y el terrible dolor de la indiferencia. O un maestro exigente y agresor. O largos días de soledad y angustia mientras nuestros padres trabajaban horas extra. O el dolor de los complejos. O la creciente vanidad que nos dio el excesivo mimo y la complacencia inmediata de todos nuestros caprichos. Y la burla y los apodos de nuestros crueles compañeritos de la clase. Y más…
No quiero en modo alguno desvalorar la inocencia y la belleza de la época de la infancia. Pero detrás de ese velo de idealización se esconden la realidad, de que son muchos los efectos de la infancia en nuestra vida y de que se manifestarán de una u otra manera en diversas circunstancias.
Demás está por decir que es muy doloroso para una madre o un padre cuando tiene un niño, que por algún defecto congénito o lesión cerebral se tiene la certeza de que jamás crecerá. Lo ví muchas veces en los hospitales en donde trabajé. Todo padre o madre anhela ver crecer e independizarse a sus hijos para desarrollar su propio proyecto de vida en una forma feliz y eficaz.
Sin embargo, aún en condiciones de salud y “normalidad”, crecer cuesta mucho. Conlleva tiempo y experiencia, y a veces, ni aún así.
Analicemos algunas de los síntomas de que un niño inmaduro y temeroso se niega a crecer y lo llevamos con nosotros:
1-Impaciencia: nos cuesta posponer la satisfacción de nuestros deseos y gustos.
2-Rebeldía injustificada: nos oponemos a las normas, los jefes y las autoridades sólo para rescatar aquella tentación infantil de probar “hasta donde puedo llegar”. Esto era necesario en la infancia, cuando necesitamos conocer los límites seguros. Pero en la edad adulta sólo es un signo de inmadurez.
3-Rabietas: llorando, gritando y pateando buscamos llamar la atención. De seguro nos sirvió de mucho en nuestra primera infancia y no queremos deshacernos de ese recurso tan valioso. Claro, funcionó con nuestros padres, pero de seguro sus amistades y compañeros de labor lo verán ridículo y descompasado.
4- Inspirando lástima: la imagen de enfermo y desvalido es un recurso muy eficaz en la infancia para asegurarse de conseguir atención y compañía. No hay nada que conmueva más la razón y la voluntad que un niño en esta s condiciones. Pero cuando un adulto apela a estos recursos continuamente para lograr sus propósitos, de seguro se quedará solo muy pronto, porque se torna agotador en una relación No quiere decir esto que no se merezca atención cuando se encuentre en una situación de enfermedad e invalidez. Pero de allí a usarlo como recurso para manipular es diferente.
5-Desviando la atención de lo importante o urgente de encarar: toda vez que nos sentimos compelidos a confrontar nuestra inmadurez, o solucionar una situación que nos incomoda o requiere de cambios y de esfuerzo, es más fácil enfrascarse en un juego, contar un chiste o simplemente cambiar de tema, ignorando la situación que nos incomoda, como si por este artilugio no fuera a pasar nada.
Muchos niños juegan para esconder o soslayar lo que les duele. Los psicólogos infantiles lo saben y usan estos juegos como un medio de información diagnóstica. El problema es que en un adulto que usa este recurso para desviar la atención de lo que no desea encarar, por temor o lo que sea, el juego se convierte en una adicción dañina, que no soluciona sus problemas, sino que permite que avancen y causen más daño.
Estimado lector: la Palabra de Dios nos invita a iniciar el proceso de nuestra vida en una segunda oportunidad, y con la guía experta de Dios por medio de Su Santo Espíritu. A esto se le llama en La Biblia: “nacer de nuevo” (Juan 3:3-8). Es un evento espiritual que implica poner en acción el Poder de Dios en nuestra naturaleza, para que toda ella sea sanada, intervenida y reconstruida. Posteriormente, nos invita a ser de nuevo “un niño”, para que estemos dispuestos a aprender, evaluar, decidir , disfrutar y crecer.
Hay que crecer, de eso no hay duda. Dios no desea el dolor de vernos niños dependientes y desvalidos para siempre. Seríamos una carga difícil de soportar, si fuéramos niños eternamente. Es por esta razón que en Su Palabra encontramos todos los recursos para pasar por todas las etapas del crecimiento y llegar a la completa madurez. En una forma plena y perfecta, a semejanza de Jesucristo. Es un proceso que no terminará mientras estemos en esta vida terrenal, pero se completará en la vida eterna que está a nuestro alcance por medio de Jesucristo.
“Cuando yo era niño, hablaba como niño sentía como niño, razonaba como niño. Pero cuando me hice hombre, dejé las cosas de niño.”(I de Corintios 13: )
Ministerio Menorah. 21 de marzo del 2009