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Muy interesante Extracto de Caballo de Troya 7 (de J.J. B.)

Info5/11/2011

INTERESANTES EXTRACTOS DE
CABALLO DE TROYA 7



Para los que no han leído Caballo de Troya, y sienten curiosidad, acá les dejo unos interesantes extractos:
En el Primero hablan de cómo era el Mesías que los Judíos esperaban, y en el Segundo se pone en evidencia que Jehováh, el "Dios" de los judíos, el "Dios" del Antiguo Testamento NO ES DIOS Padre todopoderoso, Padre nuestro y de Jesús.

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—¿Sabes cuál es la traducción de msyh (mesías en ara-meo) o hmsyh (en hebreo)?
El ingeniero, adiestrado como yo en hebreo y arameo, conocía la respuesta. Pero insistí, intentando aclarar su error.
—«Mesías», para los judíos, significa «Ungido», siempre con mayúsculas. El «Ungido de Dios», aquel sobre el que Yavé derramará su aceite y su bendición. Alguien que está por llegar. Alguien sagrado...
—¡El Maestro, evidentemente!
—No —repliqué con la misma firmeza—. Si estudias los escritos judíos, observarás que ese msyh tiene otras características y propósitos. El «mesías» histórico y tradicional de Israel, cantado en más de quinientas profecías y textos bíblicos, nada tiene que ver con tu amigo...

Eliseo me animó a proseguir.

—Refréscame la memoria...
—En este pueblo existen tantas interpretaciones mesiánicas como individuos. Cada judío tiene su Mesías ideal. Y lo mismo sucede con cada secta o movimiento social o religioso

Hay, sin embargo, un denominador común, aceptado por la mayoría: el Mesías significará la restauración de Israel como nación líder y soberana del mundo.
El Mesías judío es eso: el «camino» para la definitiva hegemonía de Israel. La cólera de Yavé —dicen los videntes— ha llegado al límite. Dios enviará al Mesías para restablecer el orden y el reino. Será un intermedia¬rio, un rey de la casa de David que derrotará a los impíos, especialmente a Roma, y devolverá al «pueblo elegido» sus derechos y su prestancia. El mesías judío será un guerrero, un rey sabio y justiciero, un sacerdote, un super-humano, un destructor e, incluso, un hijo de Dios, según los grupos...

—¡La gloria de Israel! —resumió el ingeniero con precisión—. Todo consiste en eso: poder, dominio, dinero y superioridad racial...

—¡Exacto! Ése es el concepto tradicional judío sobre el Mesías, al menos el más extendido. Al principio, hace siglos, con los primeros profetas, la hegemonía, de la mano del Mesías, se limitaba a Israel. Una vez destruidos los impíos, Yavé, gracias al Ungido, restablecería la ley y el culto. Sería un Reino de paz y alegría. Ahora, ese concepto ha trascendido las fronteras. El Mesías será el libertador de Israel y el rey y el juez que controlará el mundo entero. Israel será el centro del universo. Todo pasará por sus manos. La creación será removida. Un gran desastre precederá la llegada de ese rey-juez. Y surgirá una nueva tierra, más hermosa y pacífica, siempre bajo el control de Israel. Ése es el «reino de Dios» del que tanto hablan y que, posteriormente, con el paso del tiempo, será tan pésimamente interpretado como el propio concepto de Mesías...

—Entonces, el «reino de Dios» no será un invento del Maestro...

—«Reino de Dios» o los «días del Mesías» son conceptos muy antiguos. Los judíos dicen que Yavé ha entregado a su pueblo a los gentiles, temporalmente, a causa de sus pecados. Pero llegará el día —muy próximo, según Yeho-hanan— en que los impíos serán derrotados por ese Mesías y Dios mismo tomará el mando y gobernará de nue¬vo el mundo. De ahí el nombre de «reino de Dios». En otras palabras: «reino de Dios» es igual a reinado de Israel sobre todo lo creado. Y cuanto más penosa sea la situa¬ción de los judíos como pueblo, más grande es la esperanza en la llegada de ese personaje. Tu «amigo», como sabes, hablará de un «reino» muy distinto. Ésa será otra de sus geniales innovaciones.
Kesil, con los ojos muy abiertos, no disimulaba su interés, en especial por aquel enigmático Maestro. Pero, discreto, no abrió la boca.

—¡Están locos! —clamó Eliseo—. ¿Una nueva creación?
—Así es. En ese «reino» todos vivirán mil años. Nadie trabajará. Mejor dicho, los «no judíos» trabajarán para los judíos. Y así será durante seis mil años, período estimado por los rabinos para ese tiempo de «paz».

—¿Mil años? ¡Y sin trabajar!...

—Los profetas aseguran que esos mil años serán en realidad como mil días. No habrá viejos, sino niños. To¬dos disfrutarán de salud. Según Filón, «el segador traba¬jará sin esfuerzo y los partos se producirán sin dolor».
La incredulidad en los rostros de Eliseo y de Kesil fue creciendo.

—Están locos...

—No, Eliseo, ellos lo creen. En su opinión, el mundo actual (wlnt hzh) está controlado por el Mal y sus ánge¬les, con el permiso de Yavé. Eso tiene que cambiar nece¬sariamente. El nuevo «reino», el mundo futuro (wlm hb), será lo contrario: bien y justicia. Pero, para que llegue el «reino de Dios», el mundo de hoy tendrá que ser demolido. Recuerda: «El hacha está ya en la base del árbol...» Yehohanan está gritando lo que fue escrito y lo que ha hecho suspirar a generaciones enteras. Lo que ahora ves es el reverso de lo divino. Será Dios —dicen— quien destruya este viejo orden y restablezca el «reino» desde lo alto. El Mesías será su heraldo y la mano de hierro que sacudirá la Tierra.

—¿Y cuándo dejaremos de trabajar? —manifestó el ingeniero con sorna—. Porque nosotros, después de todo, estamos con ellos...

Supuse que se refería a Estados Unidos y a su relación con el Estado de Israel. No le hice el menor caso.

—La llegada del «reino» —según las Escrituras (Os. 13 y Dt. 12)— estará precedida por el llanto y la calamidad. Serán los célebres «dolores de parto del Mesías», anunciados por los profetas. Esa aflicción mundial tam¬bién estará precedida por señales de todo tipo: el sol y la luna se oscurecerán, aparecerán jinetes entre las nubes y espadas brillantes en los cielos, los árboles destilarán sangre, las rocas gritarán, el sol alumbrará en la noche, los graneros quedarán vacíos, las aguas dulces se con¬vertirán en saladas, el mar arrasará la tierra, el hombre se levantará contra el hombre, el padre contra el hijo y el hermano contra el hermano...
Kesil, atemorizado, se tapó los oídos, negándose a escuchar.

—Tienes mucha imaginación...

—No lo digo yo. Lo dicen los escritos rabínicos, el segundo libro de los Macabeos, los rollos esenios, Flavio Josefo y Tácito, entre otros. Las referencias y alusiones a ese desastre son más de trescientas, según los judíos. Pero antes, como otra importante señal, deberá aparecer el profeta Elias.


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Ahora, un diálogo donde María, Madre de Jesús, se enoja, porque ella cree que Yavé/Jehováh es Dios!! y para su Hijo, Jesús, no.
Jesús dice que su Padre no es el "Dios" del Antiguo Testamento.

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—Somos los hombres los que hacemos a Dios a nuestra imagen y semejanza. No al revés...
Aquellas palabras de Eliseo fueron pronunciadas por el Maestro en las nieves del Hermón.
Jesús, al escucharlas, sonrió levemente, con dulzura.
—Dios, querida Ruth —prosiguió mi compañero tomando una de las copas entre las manos—, no es como dicen o como deseamos. Dios no es ira o venganza. Ni siquiera es poder...

Y Eliseo situó la copa en el centro del círculo que formaban los atentos oyentes.
—¿Qué ves en el interior?
Todos, instintivamente, nos inclinamos.
—Vino —confirmó Ruth, intrigada—, ¿qué otra cosa debo ver?
—Exacto. Pero, mientras observas el vino, ¿puedes ver lo que hay a tu espalda?
—No, claro que no...
—Pues bien, Dios sí puede.

Jesús asintió con la cabeza.

—No entiendo —intervino Santiago, sin disimular su confusión—, ¿qué quieres decir?
—Que ése es el problema: no podemos comprender a Dios... Nuestra mente es como el vino que contiene esta copa. Dios sería la ciudad de Nahum. ¿Crees que podrías introducir el pueblo entero en esta pequeña copa?
Los ojos de Ruth brillaron. Y durante un tiempo se posaron en los del ingeniero.
—Mucho más que Nahum...

El Maestro, al fin, intervino en la conversación. Y precisó, rotundo:
—El Padre es mucho más que Nahum...
—¿Dios no es poder? —cortó la Señora, que no había olvidado las afirmaciones de Eliseo—. ¡Eso es blasfemia!
Fue mi hermano quien replicó con idéntica firmeza.
—Me he explicado mal. El Padre sí es poder, pero no lo utiliza. No lo necesita. Él es amor. Y tú, como mujer, sabes muy bien que el amor no precisa de la palanca del poder o de la fuerza...

Eliseo dejó que rodaran los pensamientos. Después, con entusiasmo, clavando los ojos en Jesús, matizó:
—Una caricia tiene más eficacia que un ejército. Pue¬de mover la voluntad...

El Maestro (Jesús) hizo un guiño a mi hermano (Eliseo).

—¿Eso es Dios? ¿Ése es tu Dios? —preguntó la Señora (María), claramente a la defensiva
—. ¿Tu Dios es como una mujer?

Eliseo no respondió de inmediato. Comprendió que María no podía asimilar sus palabras. ¿Cómo explicarle que sí, que Dios, probablemente, tiene más de mujer que de hombre? Y optó por lo sensato. Se limitó a reafirmarse en lo ya dicho.

—Mi Dios, nuestro Dios, es un Padre, incapaz de la cólera, de la venganza o de la injusta muerte de un hombre que recogía leña en sábado...
—El Eterno, bendito sea su nombre, nos ha elegido entre todas las naciones de la Tierra. Somos sus hijos. Él es nuestro Padre, pero nos conduce con vara firme...

Era inútil. La Señora, como el resto de la comunidad judía de aquel tiempo, aceptaba el concepto de Padre, pero en un sentido puramente colectivo. Los profetas se habían encargado de insistir en ello. «Tu prole heredará naciones», gritaba Isaías. También el Libro de la Sabiduría «se vanagloria de tener a Dios por padre».
El problema es que ese «Ab-bá» o Padre que defendía el Maestro nada tenía que ver con el «ojo que ve, el oído que escucha y el libro en el que son registradas todas las obras del hombre», según afirmaba el rabí Yehudá, uno de los compiladores de la Misná.
Para los israelitas, Abbá era juez y fiscal. Ésta sería una de las grandes y revolucio¬narias innovaciones de Jesús: un Dios, más que Padre, «papá»...


—Te equivocas, mamá María...

Jesús tomó la palabra. El tono fue inflexible.



—... El Padre jamás —e insistió en el término—, ja¬más, ha utilizado una vara... El Padre no es el ser enfurecido del que tú hablas.
Y deletreó «enfurecido» (za'ep) para que no quedara duda.

La Señora (María, madre de Jesús) se encrespó.

—¡Ya empezamos con tus locuras!... ¡Quiera el Santo que no te oigan esos fanáticos de Jerusalén!
Quien no pareció escuchar fue el Maestro.

... Si el Padre condujera a sus hijos con una vara, sería un dios menor... Sería Yavé.

—Entonces, según tú, ¿cómo nos guía?

El Galileo extendió el brazo izquierdo, mostró la pal¬ma de la mano y sentenció:

—Pas! (literalmente, «palma de la mano»).
—¿Estamos en la palma de su mano? —terció Ruth con una sonrisa.
—En todo momento. En la oscuridad y en la alegría. En el error y en el acierto. En el amor y en el desamor. Al principio y al final...
—Eso es imposible —lo interrumpió su hermano—. Los malvados no tienen sitio en la mano del Santo, bendito sea su nombre...

Jesús se limitó a esbozar una enigmática sonrisa. Y Ruth (hermana de Jesús) presionó.

—¿Qué ocurre con los malvados y los impíos?
Era la misma cuestión que le había planteado en el kan de Assi. Y el Maestro respondió en términos parecidos:

—Raz!... ¡Misterio!... ¡Todo a su debido tiempo!

Así finalizaron la conversación y la cena del shabbat en la «casa de las flores».
Y la realidad siguió imponiéndose...

El distanciamiento ideológico entre el Maestro y los suyos, en especial con la Señora, iba en aumento. Ellos creían firmemente en un mesías político y libertador social y religioso del pueblo de Israel.
Un enviado —«rompedor de dientes»— que inauguraría el «reino de Dios»: la hegemonía de la nación judía sobre el resto del mundo. Y todos quedarían rendidos ante la espada y la gloria del vastago de David. Él, sin embargo, hablaba de otra clase de «enviado». Él hablaría —llegada su hora— de un Dios «papá»...
Pero lo peor estaba por llegar. Nunca imaginé que aquella diferencia en las ideas podría alcanzar extremos tan dolorosos. Yo mismo fui testigo.

Y regresamos a la Ínsula con nuevas dudas.
¿Por qué Jesús comparó a Yavé con un «dios menor»?
¿Quién era realmente el Dios (?) del Sinaí?
Tenía que hablar a solas con el Maestro y preguntarle sin rodeos.
También el asunto de los malvados y de la maldad químicamente pura me intrigaba.
En el kan del lago Hule no quedó claro, y tampoco ahora, cuando Ruth planteó el oscuro asunto. ¿Por qué Jesús justificaba el mal? ¿O no era así? Quizá no había sabido interpretar sus palabras adecuadamente.
En cuanto a la bella Ruth, ¿qué podía pensar? El acertado discurso de Eliseo parecía haberla deslumhrado. Sólo tenía ojos para él. ¿Qué debía hacer?
La Señora (María), además, no demostró excesiva satisfacción al observar que mis dedos rozaban los de su hija...


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