InicioParanormalQue no se acabe la cerveza




No paró hasta que los gritos de un grupo de hombres borrachos retumbaron, y miró a través del fondo del tarro de cerveza. Un par de enormes manos se posaron a cada lado de su cabeza y la agitaron hasta que todo comenzó a dar vueltas, y las formas se diluyeron, y las luces lo mantuvieron desorientado un buen rato, pero a pesar de todo, tenía bien claro algo:
 -Que no se acabe la cerveza –Pensó con tono eufórico -. Eso es lo único que importa. Que no se acabe.
Sabía que si se terminaba la cerveza comenzaría a pensar de nuevo en ella. En esos hermosos, grandes y expresivos ojos que no volverían a hacerle ese guiño que lo volvía loco. En esos carnosos y sensuales labios que no podría besar jamás. Sabía que si se terminaba la cerveza recordaría todas y cada una de las noches que pasó danzando entre sus largas y delgadas, pero bien torneadas, piernas.
Ahora no recordaba bien cómo era que había llegado al bar, ni quiénes eran todos los tipos que lo abrazaban por la cintura para brincar muy al estilo del «Can-Can» de un lado para otro y con las chicas haciendo fila frente a ellos.
Le llenaban la boca con cerveza michelada, pero sabía que eso era lo que andaba buscando desde el principio. Un pachangón para olvidar.
-¿Olvidarla a ella? –Se preguntó mareado entre destellos y música rítmica, para luego contestarse -. No, en realidad era olvidar algo relacionado con ella… Pero ahora da lo mismo.
Bebió un trago largo y sonrió igual que todos los demás.
No había olvidado que cuando llegó y subió las escaleras del bar (ya un poco ebrio), se sentía perdido. Que literalmente la había orillado a salir de su vida privándola de la suya… o así lo recordaba.
Los hombres gritaron de nuevo y esto lo sacó de su ensimismamiento. Ahora pedían entre golpes de pecho que las nenas que se encontraban bailando entre ellas mismas se acercaran sin temor a ser mordidas. Eran bruscos, pero no hostiles y eso las animó a acercarse con sonrisitas coquetas. Una de ellas (una rubia muy guapa), lo había estado coqueteando desde el principio. Tal vez porque en realidad él era bien parecido o tal vez porque había invitado a todo el bar toda un ronda y por supuesto había pagado antes de que el dueño accediera a servirla.
Bailaron juntos por un buen rato. Los dos se veían igual de desesperados y podían ser una bonita y psicópata pareja tan sólo por una noche.
Al final le susurró al oído que quería salir a dar una vuelta.
Él recordó que había venido en carro y que éste estaba lleno de cerveza. Había parado en algún minisúper y se había creado un copiloto con todo tipo de cerveza. Cartones, latas, botellas y más cartones. Mucha cerveza para no recordar la discusión horas antes en el departamento de Sofi, donde ella le había arrojado un cenicero a matar y él había corrido para sujetarla por los brazos. La sujetaba tan fuerte que ya le habían salido enormes moretones en su avellanada piel.
Mientras caminaba tambaleándose hacia la salida de la mano de una hermosa rubia, los chicos lo volvieron a interceptar. Tantos gritos, sudor y brincos ya empezaba a bajarle la borrachera.
-No por favor –Gritó a los chicos como pidiendo que no lo dejaran ir… No sin antes … -. ¡Que no se acabe la cerveza! –Al fin consiguió gritar.
Gritaron y le empinaron una caguama entera.
-¡Hasta no ver el fondo! –Le gritaron melodiosamente.
Al bajar por las escaleras del brazo de la rubia, lo azotó el recuerdo del rostro de Sofi petrificado en un grito. Él estiraba ambas manos; al principio creyó que era para sujetarla, pero luego se dio cuenta de que en realidad era porque él la estaba empujando. Todo eso parecía estar en cámara lenta, pero después todo se aceleró y la miró rodar violentamente por las escaleras viendo cómo su cabeza golpeaba contra todo a su paso e imaginando que su cerebro reventaba dentro como un huevo en un frasco con agua; como en un recuerdo viejo que tenía de algún experimento de la secundaria.
La rubia tropezó y el se aferró a ella. Como si quisiera enmendarse por haber arrojado a su novia por las escaleras. Se había puesto pálido, pero ella estaba tan ebria que no lo notó.
Buscó llegar con desesperación al carro para poder empinarse otra cerveza y ahí lo asaltaron más recuerdos.
Había envuelto el delgado cuerpo de Sofi en una sábana y la estaba cargando camino al carro. Luego todo era confuso. Imágenes al azar.
Una imagen por aquí con él y ella reconciliados en la parte trasera del carro. Otra por allá de Sofi muerta en la cajuela. Pero todo eso no podía ser real, porque también tenía otro recuerdo donde la cajuela estaba vacía y el miraba confundido a ese vacío… Pero ¿eso era antes o después de algunas cervezas?
Abrió la puerta del lado del chofer y se precipitó a destapar una cerveza y beberla hasta el fondo. La rubia se sentó en sus piernas y el se dio cuenta de que los recuerdos (que esperaba fueran falsos) simplemente no se iban con el alcohol. Destapó otra y desapareció el contenido con la habilidad con la que el mago desaparece a un conejo dentro de su chistera. Tampoco sirvió de nada. Bebió una más y nada.
Se levantó de golpe y tiró a la chica de nalgas fuera del carro. Había llegado a una determinación. Una verdadera resolución del problema. Tenía que abrir la cajuela y ver por si mismo si estaba o no el angelical cuerpo de Sofi (que juraba pintado en su memoria por el mismísimo Velázquez y a la cual ahora bautizaba como las Venus de la cajuela).
La rubia pegó un grito de rabia, se levantó y arremetió contra él a manotazos y arañazos, pero él no se inmutó. Ella desistió y subió amenazando con bajar con sus hermanos.
Él mantenía la llave en la mano y ahora comenzaba a temblar. Comenzaba a darse cuenta de que bebiera cuanto bebiera no podría desaparecer un cuerpo de su cajuela.
Al abrirla quedó boquiabierto y el corazón le comenzó a latir en la garganta y orejas. Perdió su color y luego se llevó las manos al abdomen para salpicar sus zapatos con toda la cerveza que había ingerido en las ultimas horas.
Un par de chicos robustos (y por robustos más bien me refiero a «tan ejercitados que se veían gordos») bajaron corriendo por las escaleras para amedrentar al imbécil que molestó a su hermanita.
Él se incorporó más pálido que un fantasma y señaló dentro de la cajuela. Hizo lo que había estado evitando hacer toda la noche. Gritó de miedo.
Los sujetos se acercaron intrigados para mirar dentro. Se miraron entre sí con malicia y luego lo tomaron por las axilas y las piernas, y de un sopetón lo metieron dentro de la oscura y aparentemente vacía cajuela. La cerraron y subieron de nuevo al bar.
Gritó como pocas veces había gritado en la vida pero el ruidoso bar estaba demasiado cerca y la calle muy sola para que alguien pudiera ir en su auxilio.
Gritaba porque ahora sabía que todo era real. Que sí había tirado a Sofi por las escaleras en una estúpida discusión de faldas. Se había roto el cuello y él la había envuelto en una sábana, para luego meterla en la misma cajuela donde ahora estaba encerrado él. Gritaba porque ahora recordaba que había ido al minisúper para comprar mucha cerveza, embriagarse lo suficiente para desmembrar el bellísimo cuerpo de Sofi y meterlo en bolsas, para después, no esconderlo en la cajuela, sino debajo de los asientos traseros donde ya comenzaba a salir la sangre de las bolsas y manchar sutilmente la cajuela; cosa que lo había hecho recordar todo. Gritaba porque estaban a unos centímetros el uno del otro y no podía hacer nada para escapar de la tumba en la planeaba dejar por siempre el bello y descuartizado cuerpo. Pero sobre todo gritaba porque la cerveza se había acabado y ahora no podría olvidarlo todo; incluyendo el lago en el que habría hundido su carro con el cuerpo de Sofi.



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Por Kris Durden 

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