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Kris_Durden

Usuario (México)

Primer post: 17 nov 2011Último post: 31 dic 2015
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Los gays - Kris Durden
HumorporAnónimo11/17/2011

link: http://www.youtube.com/watch?v=xoEJrTyjDr8Este es uno de los video que estoy haciendo en un proyecto que se llama cabinaenvivoEspero les gusten, estoy subiendo uno por semana. este es uno de los primeros videos que hice !!!Posdata: es mi primer post

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Demo para Realizador de TV - Kris Durden
HumorporAnónimo1/17/2012

link: http://www.youtube.com/watch?v=GCx6sulBOng Este es un video que mande junto con mi curriculum a una productora. Espero les guste, aunque solo sea el resumen de un video anterior. Gracias

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Música de sobremesa
Música de sobremesa
ParanormalporAnónimo9/18/2014

Juancer el Bastardo era el chico encargado de deshacerse de los cuerpos de alguna mafia en la que ni siquiera él tenía ni idea quién era el jefe, pero la paga era tan buena, y ellos eran tan discretos, que no le interesaba saber quiénes eran o qué habían hecho esos infelices antes de llegar a él convertidos en carnes frías. Comenzó con este negocio, y ahora mal hábito, cuando era joven y necesitaba un poco de dinero para salir de las deudas que se había echado encima por maquilar en grande su primer disco de RAP; un éxito en el norte y centro del país, pero Juancer no había sabido administrar las ganancias y estaba en quiebra. Por esa época, Black Leeroy se había acercado a él durante una borrachera en camerinos y de alguna forma, Juancer terminó acompañándolo al sitio más oscuro y aterrador que hasta entonces había visitado, para arrojar a uno de los cuerpos en una de las múltiples fosas comunes que habituaba Leeroy. Ese fin de semana de alcohol, mujeres, drogas y RAP lo pagó Leeroy con el dinero de ese trabajito. Cuando el fin de semana terminó, Juancer no estaba tan convencido, pero vio la posibilidad de hacer un poco de dinero fácil, por un periodo corto de tiempo. Trabajaría para Leeroy y no tendría que involucrarse con nadie más, era muy seguro. Leeroy aceptó. Juancer pensó que sólo sería mientras pagaba las deudas que venía arrastrando e incrementando durante 5 meses. Terminó de pagar sus deudas mucho antes de lo que había planeado y decidió que quería armar un estudio en casa, tal vez un par de trabajos más, tal vez un par de borracheras más. Las pequeñas borracheras se hicieron grandes borracheras y entre más grandes, más costosas. Entre más frecuentes, más difíciles de dejar. Habían pasado 8 o tal vez 10 años, no estaba muy seguro. Ya no hacía los tratos con Leeroy, sino con el jefe y llevaba un estilo de vida que el RAP aún no podía costear. Había un vaso old fashion con una bola de hielo y whiskey sobre la mesa, sudaba un poco y eso lo hacía una delicia al tacto. Miró por la ventana y ahí estaba, imponente y llena de vida. La ciudad de México, sumergida en un show de luces que no pararían hasta el amanecer. Aún no llegaba ya típico Tsuru blanco. Caminó tambaleándose hasta la mesa, tomó el trago y partió a paso torpe rumbo a la habitación. Las vio tiradas en la cama, una tenía un liguero negro y la otra unas pantis blancas, joviales, muy naturales. Sonrío y luego bailó un poco consigo mismo. Colocó el vaso vacío en la mesa con el afán de llenarlo una vez más, pero una llamada lo interrumpió. – Ya llegó su taxi señor – dijo una voz sin tacto y colgó el teléfono. Juancer regresó a la ventana y miró una vez más, vio que el Tsuru ya estaba aparcado en la oscuridad, justo bajo la tétrica y seca jacaranda. Tomó sus pantalones, que de alguna forma habían llegado al sofá, trató de ponérselos, pero cayó un par de veces, rio a carcajadas y luego se levantó, sacudió un poco su gorra y con un movimiento, que Juancer recordaba hacía a Frank Sinatra, se la puso. Regresó a su paso de vals con rumbo a la salida, tras la puerta lo esperaba una sudadera negra de capucha amplia. Se la puso hábilmente. Salió del departamento y cerró la puerta. Casi de inmediato volvió a entrar, fue a la nevera y tomó un seis de Jack Daniel´s, sonrió y cerró la puerta de la nevera con el pie. Abrió la puerta del carro, se sentó y buscó las llaves, sonrío de nuevo y bajó del carro, metió la mano bajo la salpicadera delantera izquierda, ahí estaban, como siempre. Subió al Tsuru y una vez más algo lo perturbó, miró fijamente hacia la guantera, acercó la mano y al abrirla encontró una Colt M1911 semi-automática de acción simple, alimentada por cargador y operada por retroceso directo de calibre 45 ACP, Juancer la conocía como “escuadra 45”. Una ligera sonrisa se dibujó con calma en su rostro. Surcó la ciudad mientras degustaba otra Jack Daniel’s. Luces, carros y rostros, por todos lados veía personas y pensaba que tal vez algún día llevaría a alguno de ellos en la cajuela del Tsuru., como lo hacía ahora. Al fin llego a un lugar muy alejado y de poco alumbrado, aparcó el carro cerca de la bodega. Anteriormente enterraba los cuerpos en lugares muy apartados y despoblados, en el estado de México, pero perdía muchas horas en el camino y se fastidiaba llegando sobrio al lugar, así que decidió rentar una bodega solitaria en una zona industrial. Cada fábrica, en cualquier dirección, estaba por lo menos a un kilómetro y medio de distancia. Esto incluía un matadero al Oeste, así que era perfecto para disimular los olores. Abrió la cajuela y miró el habitual bulto blanco, pero esta vez había algo raro, algo que lo perturbó profundamente. El bulto dejaba ver unos nike Air Force One de bota, color blanco. Tuvo la impresión de que la persona bajo la sabana era uno de sus conocidos. Le vino a la mente Black Leeroy. Recordó la última vez que intercambiaron servicios por dinero, charlaron un poco, se sirvieron unos tragos y mientras brindaban, bastardo derramó un poco de alcohol sobre el costoso tenis de Leeroy, los miró con detenimiento y admiración. Juancer había soñado con esos tenis desde que era niño y ahora que tenía el dinero para comprarlos, ya había olvidado que los quería. Se disculpó, pero Leeroy no le dio importancia y la fiesta continuó. Ahora tenía miedo de que Leeroy fuera el pobre infeliz bajo la sábana y de ser así, él podría ser el siguiente. Acercó su mano empalidecida y sudorosa, tomó una punta de la sábana y pensó que tal vez debería de hacerlo como las mujeres depilaban sus piernas. En un movimiento rápido lo descubrió. El rostro que encontró en su vida lo había visto. Una carcajada sonó por todo el lugar, movió la cabeza negándolo todo. Regresó al carro y tomó un Jack Daniel’s. Con mucho esfuerzo sacó la mitad del cuerpo de la cajuela, tiró una vez más y la cabeza del infeliz azotó dura y seca contra el concreto. Lo arrastró con indiferencia desgarrando la oscuridad con una linterna de mano. Llegó hasta una tapa en el suelo, parecía la de una cisterna, quitó el candado, se puso un pañuelo en la cara, y levantó la tapa oxidada. Retrocedió un poco ante la peste que provenía del hoyo. Apuntó la luz dentro y vio que sus nenas corrían de un lado a otro deseosas de alimento, algunas eran tan grandes que parecían conejos, ya no quedaba nada del último sujeto que arrojó ahí, las ratas lo habían devorado por completo. Quitó la sabana del cuerpo y la dejó a un lado, colocó el cuerpo en la orilla y bailó un poco más para ellas. Con el talón rodó el cuerpo dentro y las ratas chillaron casi de una manera eufórica. Juancer siguió bailando; izquierda y derecha, una y otra vez, pero cuando pasó por encima de la sábana, sus pies se enredaron en ella y perdió el equilibrio. Cayó de cara en el oscuro agujero y por un momento no supo en dónde estaba, o quiso negarse a lo que en realidad sabía, pero entonces sintió un agudo y penetrante dolor en la mano, levantó el brazo y lo vio cubierto de ratas, se incorporó, se sacudió todo el cuerpo y saltó lo más alto que pudo hacia el único lugar por donde entraba la luz. Estaba demasiado alto. Tras un grito prolongado y furioso reinó el silencio. Juancer no dejó de sentirse orgulloso de sus nenas y dedicó sus últimos pensamientos a desear haber caído muerto ahí dentro. ---- Por Kris Durden

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A quien corresponda
A quien corresponda
ParanormalporAnónimo10/22/2014

A quien corresponda. Ahí estaba de nuevo ese ruido. Eran las 3 de la mañana y parecía que en la habitación de junto una cadena se arrastraba de un lado a otro. Lila abrió los ojos de golpe y miró que la puerta siguiera atrancada. El ruido cesó. Las noches anteriores habían estado llenas de acontecimientos similares, pero aunque no fuera así, tampoco habría podido haber dormido mejor. La muerte de su marido no la habría dejado. Después de un rato con la mirada perdida en el techo se quedó dormida. A la mañana siguiente, cualquiera habría pensado que se había pasado toda la noche llorando y en velo. Los ojos los tenía muy hinchados y las bolsas bajo ellos le sumaban a sus 28 primaveras, por lo menos 10 más. Ella no lo sabía, pero mientras dormía sollozaba y la almohada no se había llenado de saliva, sino de lágrimas. Se sentó en la cama con su holgada pijama que se componía de un viejo pants verde, que pertenecía a su abuelo, y una arrugada blusa gris con el logo de VANS en ella. Miraba el pequeño rayo de luz que se filtraba de entre las cortinas y que dejaba ver las diminutas partículas de polvo en una danza sin orden ni propósito. Bastaron 15 minutos en la misma posición para llegar a la resolución de que el mundo continuaba girando y que tenía que hacer algo. Después de eso le vino a la mente el viejo proverbio chino “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu casa” Se hizo una cola de caballo, cogió sus tenis DC y se propuso terminar con los deberes del hogar. Comenzó por la pared ensangrentada que daba a las habitaciones y después de oscurecer con sudor la parte baja de su playera, no dejó rastro alguno de dicha mancha. Logró sacudir los tristes y mudos muebles, e incluso, cuando pasaba el trapo por las fotografías de su boda, no se había detenido a sostenerlas y mirarlas por horas. Había barrido y trapeado con éxito, y ahora se disponía a lavar los trastes, pero tomó el tarro de Fer y se dio cuenta de que la última noche que se vieron no pudo terminar su cerveza. La noche que conoció a Fer, se encontraban en un bar de la calle de Regina, en el centro histórico. Fer había quedado de verse con un posible cliente para la inmobiliaria: no era gran cosa, pero si las negociaciones salían bien, podría ahorrar hasta 40 mil pesos por año en canceles de aluminio. Se encontraba sentado mirando a la puerta esperando a que apareciera el susodicho y fue cuando la vio entrar a ella. Supo en el acto que ella era mucho más importante que los 40 mil y la siguió con la mirada hasta que se sentó en la barra. Miraba su celular contantemente y lo hizo pensar que espera a alguien. Pidió una cerveza y antes de que el bar-tender pudiera ponerla sobre la barra, él ya la había cogido y con toda la seguridad y naturalidad del mundo, se la hizo llegar. Sus dedos se tocaron en un momento mágico para ambos. A los pocos minutos Fer miró sobre el hombro de Lila y vio entrar al sujeto que le podría ahorrar 40 mil anuales a la empresa, pero decidió que era más importante comenzar un aspecto de su vida que llevaba tiempo en el olvido. Fer y Lila estaban destinados desde el día en que Dios los creó. La noche en la que vio por última vez a Fer, habían estado sobre el sofá. No encendieron el televisor ni la radio, sino que pusieron en el estéreo un disco de Damien Rice. Se dieron un beso largo y lento. Embriagador. Y cuando se separaron un poco para mirarse y decirse cuánto se amaban, una serie de golpes violentos se escucharon en le puerta. Se miraron a los ojos y luego Fer se levantó indicándole con una mano que esperara en el sofá. Un golpe seco sobre una de las puertas de las habitaciones la trajo de regreso a la realidad. Miró las cerraduras de la puerta de la entrada, pero todas seguían en modo guardián. El pánico casi se apoderaba de ella, pero se controló. Tiró el contenido del tarro, lo puso en alto con mano amenazante y se encaminó sigilosamente hasta las habitaciones. La de su recamara estaba abierta. Por lo que dedujo que el golpe debía de haber venido de la puerta contigua. Estando ahí parada, con el tarro en una mano, Lila no pudo evitar continuar pensando en su difunto marido. Aquella noche salieron al cine y se maravillaron al ver que a los dos les gustaban el mismo tipo de películas pachecas. Cuando se terminó la película, Fer aún no estaba dispuesto a que la noche terminara, así que le dijo que tenía ganas de bailar y ya en la pista de baile de un lugar de música salsa, murieron de risa cuando descubrieron que ambos tenían dos pies izquierdos. La noche terminó con los dos sentados en la azotea del imponente edificio donde se encontraba la inmobiliaria de Fer. Lila no recordaba haber visto un amanecer en compañía de ninguna otra persona. La siguiente semana fueron al estadio a ver un partido de futbol, pero cada quién llevaba la camisa de su equipo. Habían apostado y al final ganó el equipo de ella. Él cumplió y tuvo que disfrazarse de árbol y ayudarla a pintar su casa con el traje puesto. El siguiente fin de semana lo terminaron desnudos. Ella dejó a sus roomies y él dejó el departamento que rentaba. Los dos buscaron un lugar para vivir juntos y encontraron esa hermosa casa con dos habitaciones, cosa que los hizo pensar que tal vez pronto se animarían a dar el siguiente paso. Mientras eso sucedía la habitación sobrante se convirtió en el cuarto de los triques. Con objetos del apartamento de soltero de Fer como guitarras eléctricas y acústicas, cuadros de Darth Vader o figuras de Mario Bros, y también un mar de ropa y zapatos que Lila recibía con frecuencia de los tíos para los que era como una hija. Ahora todo eso se había convertido. Ahora se encontraba parada frente a esa puerta. El mausoleo de Fer. Sostenía con mano temblorosa un tarro vacío y no encontraba el valor para atreverse a entrar. Una enorme tabla atravesaba el marco de la puerta y se posaba sobre la chapa dándole la apariencia de una vieja puerta medieval. Se puso de cuclillas y pegó la cabeza al piso para ver si podía ver algo. Divisó la luz que entraba por la ventana e iluminaba perfectamente la blanca habitación. Pasó la vista de un lado a otro y movió la cabeza de sitio un par de veces para ver desde diferentes ángulos. Antes de levantarse resignada, un pesado mueble de madera fue a dar de un extremo al otro, dentro de la habitación. Lila se aventó de espaldas y contuvo un grito. Comenzó a dar vueltas por toda la casa, con el tarro en mano que la hacía ver como una mujer ebria a la cual se le ha pinchado una llanta y que no sabe qué hacer o a quién llamar. Caminó hacia la ventana y se detuvo antes de abrir la cortina. Con el movimiento más sutil de su dedo índice recorrió lo suficiente la cortina como para mirar el exterior con un solo ojo. La regresó a su posición inicial y bajó la cabeza desanimada. Al cabo de unos minutos, ya estaba terminando de lavar los trastes. Cuatro horas más tarde ya no había qué limpiar. Se tiró al sofá con la mirada perdida y tratando de no pensar en qué seguía. Soñó con la última noche que pasó junto a Fer. Lila estaba en el sofá y él preguntaba en voz alta -¿Quién es? La inconfundible y nasal voz de Roger, el vecino, fue la que respondió. Fer se asomó por la mirilla de la puerta y vio que venía solo. Lo dejó pasar y tras él cerró la puerta a prisa. -Vecino –Dijo Roger agitado y dirigiéndose a Fer -. Usted sabe que los disturbios de los últimos días han sido fuertes. Las colonias vecinas están en pánico. Nosotros tenemos suerte ser una unidad que cuenta con muro en rededor y sólo dos accesos. El del Este y del Oeste. Pero hace unas horas nos enteramos de que la unidad de junto ya fue tomada. El Jefe de unidad está convocando a todos los hombres para que acudan a proteger alguna de las entradas. Parece que somos los siguientes. Fer y Lila se miraron a los ojos y supieron al instante lo que pensaba el otro. -¿En cuánto tiempo crees que lleguen a las puertas? –Preguntó Fer. -Tal vez una hora; a lo mucho. -Entonces ya deberíamos de estar listos y coordinados -Dijo Fer mientras se humedecía los labios. -Yo también puedo ayudar –Repuso Lila. -Imposible, amor. Te necesito aquí. Yo puedo proteger una de las puertas de la unidad, pero alguien tiene que proteger la casa. Si todo falla, debemos de tener por lo menos este lugar para refugiarnos. - Tiene razón su marido, vecina –Dijo Roger con su graciosa voz -. Será mejor que conserve la calma y espere a que los hombres nos hagamos cargo. Fer la tomo por las manos y la miró a los ojos dibujando una sonrisa que pretendía reconfortarla, pero que sólo la inquietó más. -Bueno Vecinos –Intervino Roger en un tono que los hizo imaginarlo estrujando un sombrero y moviendo el talón de su pierna derecha de un lado a otro -. Será mejor que los deje para que lo platiquen, pero vecino, yo estaré en la puerta Este. Con permisito. Roger salió a prisa y cerró la puerta tras de sí. Fer y Lila se quedaron en silencio. El sonido de un cristal al reventarse la despertó. No había sido estruendoso como para pertenecer a una de las ventanas de la casa. Sabía que provenía de la habitación de los triques. Escuchó que los muebles se comenzaban a mover de un lado a otro y luego el ruido cesó para darle paso a las tétricas cadenas que arrastraban de un lado a otro. Casi al mismo tiempo, las cuerdas de una guitarra acústica comenzaron a ser rasgadas en una melodía sin sentido. El pánico en su rostro lo decía todo. Estaba a punto de enloquecer. Se llevó las manos a los oídos, cerró los ojos con fuerza y apretó la mandíbula. -¡Basta! –Gritó furiosa Lila. Los sonidos cesaron. Lila no resistía más. Regresó a su habitación y sacó del closet una mochila de buena calidad que había pertenecido a Fer. Mientras la llenaba con las prendas más indispensables, agua embotellada y comida en lata, recordaba a Fer regresando aquella noche, con la cara y la camisa teñidas por la sangre. No se pudo explicar cómo era que el cabello, que siempre llevaba corto y varonil, se encontraba empastado y cubriéndole una oreja; hasta que miró con más atención y se dio cuenta de que el cuero cabelludo se le había desprendido del lado izquierdo y dejaba ver parte de su blanco cráneo. Lila sintió que se desmayaba y comenzó a pedirle perdón una y otra vez, sin saber por qué. Afuera mucha gente gritaba y dado que no venía nadie más con Fer, este se apresuró a decirle a Lila que cerrara la puerta. Lila obedeció y Fer se recargó en una de las paredes para avanzar hacia las habitaciones. Lila corrió para ayudarlo, pero le dijo que no lo tocara y Lila nuevamente obedeció. Entró en la habitación de los triques y se derrumbó junto a la entrada. -Nena. Alcánzame las pastillas que están en el cajón azul. Lila abrió el cajón azul y miró con angustia que se encontraba repleto de medicamento. -¿Cuál de todas? -Dame todo el cajón. Lila sacó el cajón y se lo dio. Fer lo tomó con las manos batidas en sangre y dio rápidamente con las que buscaba. Se metió un par a la boca y Lila le dijo que llamaría al doctor García. -No tiene caso –Se adelantó Fer -. Yo mismo lo he visto morir. El pobre no tuvo oportunidad. Esos malditos mataron a la mayoría. Parecen torpes, pero sólo parecen. -Amor, No te puedo dejar así –Dijo Lila -. No me puedes dejar sola. -Basta nena. Todo estará bien. Sólo no salgas. Son una maldita plaga que destruirá lo que les estorbe y luego seguirán con su camino. Cuando hayan pasado podrás ir en busca de ayuda, pero creo que eso tardará un poco. Fer necesitó un poco de aire antes de continuar. Sabía que en cualquier momento la iba dejar sola. -Nena. No olvides que te amo y que te estaré cuidando siempre. Lila se soltó a llorar y lo tomó de la mano. Fer intentó soltarse, pero ya no tenía fuerza. Comenzó a sentirse muy relajado, no cansado, sino relajado. Lila lo besó y a Fer se le vino a la mente una canción de las que ponía su mamá cuando era niño y que según recordaba era de José Alfredo Jiménez. * Yo me volví a meter, entre tus brazos, tú me querías decir, no sé qué cosas, pero calle tu boca, con mis besos y así pasaron muchas, muchas horas... Y así, Fer murió pensando en las dos mujeres que más había amado. Lila había terminado de empacar y la mochila la esperaba sobre el sofá, pero aún no estaba lista para abandonar lo que podría haber sido el hogar de sus hijos. Estaba contemplando el tanque de gas y planeaba comenzar un incendio cerca de él, pero tenía miedo de que el fuego se corriera a otras casas y que si aún quedaba alguien con vida, lo envira de regreso al cielo o al infierno, según como se hubiera portado en vida. Decidió que lo mejor sería reforzar la seguridad de la habitación de los triques. Buscó un poco de papel y un bolígrafo. Meditó unos instantes y escribió unas cuantas líneas. Dejó la nota sobre la mesa y se marchó. En ella se leía: * A quien corresponda: En el refrigerador hay agua embotellada, comida que tal vez no dure mucho y un refrescante seis de cervezas. En la alacena hay sólo nueces, latas de atún y chiles en vinagre. Aún queda un poco de gas en los tanques, pero he cerrado la llave; tanto el boiler como la estufa funcionan bien. En la habitación que no está bloqueada hay ropa para hombre y mujer. Toda está limpia. En la habitación bloqueada sólo hay objetos sin valor, un cajón azul con medicamentos y el cadáver de mi marido, del cual me gustaría decir “que descanse en paz”, pero lo triste es que lo ha adquirido y ahora sólo se la pasa agusanándose y moviendo cosas de un lado a otro. Mucha suerte. Liliana Morales. ---- Por KrisDurden Twitter: @KrisDurden Facebook: KrisDurdenOficial Más narraciones en http://www.krisdurden.com/

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El Coronet
El Coronet
ParanormalporAnónimo3/9/2015

Se repetía que tal vez debió de ser menos impulsivo y después de todo, su manager tenía uno que otro punto valido, pero estaba demasiados kilómetros metido en medio de la nada como para pensar en regresar. Había caminado por dos días y en la última noche, gran parte de la madrugada se la pasó pensando que moriría en el frío glacial de las 5am. Aún le provocaba un irracional miedo a morir congelado. Se imaginaba sentado y convertido en paleta como Jack Nicholson en el Resplandor. Ahora la situación era completamente opuesta. El sol brillaba en lo alto. Ya le había tostado el lado izquierdo del rostro, la nuca y comenzaba a sonrojarle la mejilla derecha. En el horizonte podía ver aquél charco falso. Ilusión óptica provocada por el calentamiento de la carpeta asfáltica, que a su vez calentaba el aire; cuando los rayos solares atravesaban esa capa de aire caliente, estos salían desviados a todas partes, reflejando todo menos el suelo. ¡Voilá! Un océano de esperanza, imposible de alcanzar. Johan se desplomó en el polvo y con él cayó toda esperanza de salir vivo de ahí. Había visto suficientes películas macabras como para pensar que en cualquier momento pasaría un zopilote y le sacaría los ojos, pero en cambio se presentó la visión de una cruz. Le pareció irónico que un ateo como él estuviera teniendo visiones de Jesús en su lecho de muerte. En ningún momento le pasó por la cabeza orar por su vida, pero ahí estaba, alzándose imponente la figura de un Cristo crucificado que moría para y por los pecados del hombre. Al enfocar con detenimiento se percató de que no era más que una cruz cualquiera de carretera con un vaso polvoso y seco debajo. En la cruz se podía leer un gastado nombre: Michelle Dupeyron. Y una fecha ya ilegible. Ahora tendrían que colocar una cruz lado con su nombre a un y tal vez alguien que vinera a dejarle flores a Johan se apiadaría de Michel y pondría unas pocas flores frescas en aquél vaso polvoso. Cerró los ojos sin poder imaginar nada más. Ya se mecía en la oscuridad con la idea de que dormir un poco le daría la fuerza para salir de ahí o le haría más rápida e indolora la llegada al inframundo. Rápida. Escuchó un zumbido que atribuyó a las moscas que ya viajaban en busca de su putrefacta carne, pero el zumbido se acrecentó hasta convertirse en un rugido y se dio cuenta de que ese sonido no era una alucinación. Se incorporó precipitadamente y abrió los ojos grandes como platos. A lo lejos, sobre la carretera, se veía aproximarse un potente carro antiguo, no sabría con exactitud qué modelo era sino hasta que lo tuviera en frente. Su color azul como las aguas del caribe lo hizo sentir la esperanza de ver un millón de amaneceres más y con seguridad, cantaría en un escenario, con una nueva melodía macabra en tan sólo un par de semanas. No dejaría que la persona que manejaba aquélla belleza se fuera y lo dejara a su suerte. Se plantó en medio del camino y extendió los brazos. O se detenía y lo sacaba de ese infierno o le ahorraba el trabajo al abrazante sol y de una buena vez, lo mandaba directo al verdadero infierno. El carro no parecía estar disminuyendo la velocidad y eso lo ponía un poco nervioso, pero no era suficiente para hacerlo desistir. La situación no se puso tan tensa, pues el vehículo al fin aminoró la velocidad. Johan al fin miró con claridad el modelo. Un coronet. Se detuvo peligrosamente cerca de sus rodillas. El reflejo del sol contra el parabrisas no le permitió ver quién era el piloto de esa maravilla de la mecánica automotriz y tuvo que acercarse con sigilo al lugar del copiloto, esperando que no se arrancara y lo dejara ahí varado. Su sorpresa fue grata cuando miró a una rubia al volante. Sus ojos zafiro eran seductores y denotaban inteligencia. Después de eso miró sus pechos. Se encontraban cubiertos solamente por una playera de tirantes. No traía sostén y eso incentivaba su imaginación. -Gracias –Dijo Johan en tono cansado y un poco jubiloso -. Déjame ir contigo, a donde sea, pero lejos de este infierno. Ella soltó una carcajada, mostrando su perlada y delineada sonrisa. -A donde sea, ¿dijiste? -A donde sea que vallas, pero lejos de aquí. -Sube La puerta estaba abierta y en cuanto posó su rockero trasero sobre el asiento del copiloto, el carro aceleró con violencia. Las ventanas estaban bajas y aunque el aire afuera era caliente a Johan se le figuró como un balde de agua helada. -Te ves algo deshidratado –Dijo ella al tiempo que sonaba el familiar sonido de una cerveza al destaparse. La llevaba entre las piernas y se precipitó un enorme trago para después mirarlo con una sonrisa seductora -. Hay más en la parte de atrás. Toma una, porque esta es mía. Tenía una pequeña hielera tras el asiento del conductor y en ella había más de 12 cervezas de lata sumergidas en agua y hielo. Sintió que algo pasaba en su boca y se dio cuenta de que ésta intentaba salivar, pero ya no tenía mucho con qué hacerlo. Se destapó una y la bebió toda de un solo trago. -Tranquilo vaquero. No quiero que te de una torsión gástrica como a mi perro. Johan tragó a tiempo la cerveza, pues estuvo a punto de escupirla por una carcajada. -No me gustaría que suene como un cliché, pero en verdad tengo la duda. ¿Qué hace una chica tan linda como tú, viajando sola en un costoso auto como éste? Y no es que sea mal agradecido, pero ir por ahí recogiendo vagos en medio de la nada, no es la mejor idea. -¿Sabes? Hace mucho que me ronda una idea en la cabeza. Eres la primera persona que recojo y tal vez se deba a que eres el primer autoestopista que veo que me hace la parada. La verdad llevo bastante tiempo recorriendo la carretera sola y un poco de compañía no me vendría mal. -Te lo dije antes, a donde sea, pero lejos de aquí –Dijo Johan sin poder evitar mirarle los pechos a la rubia y percatándose de las placas de identificación que colgaban de su cuello hasta sus senos. -Ya veremos si eso es verdad –Dijo ella en tono desafiante, para rematar pisando un poco más el acelerador. Miraba por la ventanilla con una sonrisa, pensando que recorrer todo lo que habían recorrido en 10 minutos le habría tomado a él horas. Echó un vistazo al velocímetro e iban a 120k/h. Dividió mentalmente y llegó a la conclusión de que ya habían recorrido unos 20 o 22 kilómetros en tan sólo 10 minutos. Se maravilló por el ingenio humano y bendijo a todos los dinosaurios que murieron sólo para convertirse en petróleo y salvarlo de… El tacto de una mano suave que subía desde su rodilla hasta su muslo lo sacó del trance. No había pensado en tener tanta suerte en tan poco tiempo. Tal vez cuando llegara la noche, pero no tan pronto. La pequeña sonrisa que llevaba se alargó hasta doler. Bajó la mirada y lo que vio sobre su muslo fue una mano despedazada. Tenía una fractura expuesta en el dorso. Huesos astillados le brotaban por todos lados y toda la sangre se veía gelatinosa y negra. Sangre coagulada. Le faltaba la uña al dedo pulgar. Johan pegó un brinco en su asiento y le apartó la mano con violencia. -Creo que te tomé por sorpresa –Dijo con toda la normalidad del mundo y frunciendo un poco el ceño -. O quizás no te gustan las mujeres –Soltó una carcajada enfermiza. -Sí, digo, no… Sí me has tomado por sorpresa y no; claro me encantan las mujeres. De hecho pensaba que más tarde… digo… -Suspiró esperando que eso lo relajara -. Creo que el sol me afectó demasiado. Llevo dos días caminando a la orilla de la carretera y no había bebido nada. Tal vez se me ha subido la cerveza y creí ver… Bueno, no importa. -Tranquilo vaquero. Estás en buenas manos. Se sonrieron, pero la sonrisa de Johan era nerviosa. Pensó que lo mejor sería seguir mirando por la ventana y olvidarse un poco de lo que creía haber visto, quizás así le regresarían las ganas de mirarle los pechos, tomar más cerveza, llegar borrachos al anochecer y hacer el amor. Antes de que pudiera seguir con su erótica historia, lo asaltó la idea de que la siguiente vez que le mirara los senos, se encontraría con dos putrefactas glándulas mamarias, saturadas de cortes y sangre o un prominente corte en forma de “Y” sobre su pecho y rematado con suturas descuidadas, como las que veía en la tele cuando le practicaban a una persona una necropsia. No soportó el estrés de la visión y se dio vuelta para acabar con las especulaciones. Ahí estaban. Un par de los senos más hermosos que había visto en toda su vida y eso incluía su carrera como vocalista de una popular banda de rock. Las pequeñas placas militares que reposaban sobre su pecho le llamaron la atención. Inclinó la cabeza de manera poco discreta e hizo uso de esa codiciada vista perfecta. Ruiz Dupeyron Michelle CI: 01GC00124 FN: 08/04/1956 GS: 0+ -Me gustaría pensar que miras mis placas de identificación y no mis senos –Dijo ella con humor -. Aunque aquí entre nos, no me molestaría que fuera lo contrario. -¿Tu nombre es Michelle? –Dijo pasando de largo de su comentario. -Sí que tienes buena vista, vaquero. -Sí –Contestó ensimismado y pensando por qué le parecía tan familiar ese nombre. Si sería la novia o hermana de algún productor. O tal vez una de esas chicas que le escribían todo el tiempo a su fanpage de Facebook. Recordar a todas las chicas extremadamente atractivas que le escribían a diario lo hacía pensar en que no era una idea tan descabellada, aunque, en el mejor de los casos, muchas de ellas se habían tomado su mejor foto y en el mundo real no eran nada de lo que aparentaban o muchas otras se valoraban tan poco que preferían robarse la foto de algún sitio con un nombre como “modelos adolescentes” o “colegialas bien”. Sería una locura pensar en ella como la admiradora psicópata que se enteró de su pelea con el manager y posterior desaparición, para luego salir en busca de su amado. Todo eso explicaba la osadía con la que le había acariciado la entrepierna sin siquiera saber su nombre… -Vamos Johan, haz memoria –Dijo despreocupada como si hubiera estado escuchando sus pensamientos, cosas que le heló la sangre a Johan. -¿A qué te refieres? –Decía al tiempo que volteaba y se encontraba con una figura ensangrentada y de carne expuesta. Sobre la frente le colgaban grandes trozos de cuero cabelludo que a su vez dejaban expuesto un blanco y astillado cráneo. El lado izquierdo de su rostro parecía haber sido rebanado con un serrucho. Un corte tosco que exponía sus muelas rotas, pero no era tan impactante como ver lo que quedaba de su ojo pendiendo del nervio óptico hasta la altura de su pómulo. El otro ojo estaba de un azul casi blanco y cubierto por una película lechosa. La el brazo izquierdo sólo se veía salpicado por virios y sangre, pero a la altura de la muñeca, se encontraba en una posición antinatural. Era evidente que estaba dislocada. El brazo derecho, que reposaba sobre la palanca de velocidades parecía colgar por pellejos y la mano era la misma que había visto antes. Johan quedó paralizado ante tal visión y pudo haber seguido así de no ser porque ella estiró de nuevo la mano para cogerle la pierna. Salió del trance con un respingo y replegándose contra la puerta -. ¡Dios! -Creí que no creías en él –Dijo ella con una voz tranquila que contrastaba con su apariencia. -¡Oh Dios, por favor! Ella soltó el volante sin apartar la mira de su único ojo lechoso, de la de él. El coronet aceleró de golpe y el velocímetro ahora estaba a tope. Comenzaba a parecer un metrónomo poseído. EL coronet ahora chillaba y lo hacía por medio de fierros que se retorcían. Miró la pintura del cofre burbujear, como si estuviera hirviendo y después retorcerse lastimosamente. -Tienes que recordar, Johan La respuesta le vino a la cabeza tan de golpe, que se sintió, por medio segundo, feliz de poder hacer conjeturas bajo esas extraordinarias circunstancias. -¡Michelle Dupeyron¡ -Gritó Johan -. Tu nombre estaba en la cruz y yo no te conozco. ¡Déjame ir! -Vamos vaquero, no seas gallina. Dijiste que me acompañarías a donde fuera y la verdad es que llevo demasiado tiempo sola. El vehículo comenzaba a irse de lado. Johan se armó de valor e intentó coger el volante, pero no lo consiguió, pues ella le atenazó el brazo con la mano destrozada. Para tener los huesos y ligamentos destrozados y expuestos, apretaba bastante bien. Intentó zafarse, pero tampoco lo consiguió. Pensó que el impacto sería inminente y que el auto se volcaría. Rebotaría por todas partes y su cuerpo resistiría tanto como un huevo en el bolsillo de un jugador de americano en pleno super-bowll. Ahí se dio cuenta de que no llevaba puesto el cinturón de seguridad. El auto salió del asfalto y tomó una duna como rampa. Giró y giró en el aire, pero jamás golpeó contra el suelo ni contra ningún otro objeto. Johan tenía los ojos fuertemente cerrados y aunque no se había dado cuenta, de ellos salían lágrimas. El corazón le palpitaba tan fuerte que no sólo lo sentía brincar en su pecho, sino también en su garganta y oídos. No supo cuánto tiempo pasó, pero el sentimiento de angustia se diluyó paulatinamente. Cuando se atrevió a mirar en rededor se encontró con una Michelle hermosa y fresca, conduciendo un coronet sumamente cómodo. -Anda Vaquero, no ha sido tan malo ¿O sí? -¿Qué ha pasado? -La vida; eso pasó. A pesar de todo, Johan se sentía a salvo y sin duda ella también. El coronet siguió su camino por esa misma carretera. Jamás se agotaría su combustible ni volvería a recoger a ningún otro autoestopista. Dos semanas más tarde, un par de turistas de la tercera edad, que utilizaban la vieja carretera hacia las pirámides, encontraron al desaparecido Johan. Estaba al borde de la momificación con una mano seca aferrada a una vieja cruz de carretera. No pasó mucho antes de que hubiera dos cruces y muchas flores para ambos. Fue una suerte, pues pocos saben lo que le pasa a un fallecido cuando los vivos se olvidan el él o ella. - Por: Kris Durden Facebook: Kris Durden Oficial Twitter:@KrisDurden Website: www.krisdurden.com

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Humo y Pelo
Humo y Pelo
ParanormalporAnónimo9/4/2014

Abrí los ojos al tiempo que respiraba desesperado y me di cuenta de que me había quedado dormido en la sala y que había teniendo pesadillas durante toda la noche.  No recordaba con exactitud lo que había soñado, pues aún estaba medio dormido, pero tenía la sensación de que eran situaciones de angustia. Problemas en la escuela, la muerte de alguno de mis padres o el rechazo hacia la vida mediocre que había llevado. Intenté moverme un poco y no lo conseguí. La tristeza comenzó a invadirme y me sentí pequeño, con ganas de llorar. Cerré los ojos e intenté dormir de nuevo, pues siempre había sido de sueño muy pesado y podía dormir sin dificultad, pero la angustia era tanta que no lo conseguí. No pasó mucho antes de que derramara una lagrima. Tenía ganas de girarme, poner las rodillas junto a mi pecho y llorar sin importar nada, pero una vez más, no pude moverme. Abrí los ojos que ahora ya estaban bien adaptados a la oscuridad y fue entonces cuando me tomó por sorpresa ver algo se movía cerca del techo. No sabía qué demonios era esa cosa, pero no había desaparecido como pasaba en las películas de terror. Se quedó justo donde la encontré. Era del tamaño de un gato adulto, muy parecido a una bola de humo y pelo que se movían lentamente sobre sí, como si tuviera tentáculos que palpaban con impaciencia su entorno. No emitía ningún sonido y menos un aroma. El blanco techo hacían que esa cosa se viera aún más negra. No tardé en darme cuenta de que eso me estaba provocando las pesadillas y que además me mantenía angustiado y triste, así que me llené de ira hacia esa cosa. La odie como no había odiado nada antes y busque gritarle  « Aquí estoy, maldito. ¿Por qué no me sueltas y te muestro lo que yo tengo para ti? »  Tenía ganas de levantarme sobre el sofá y brincar para estrangularla y meterle barios puñetazos, pero no conseguí ni alzar un dedo.  Esa cosa se comenzó a hacerse grande y pequeña una y otra vez, y a una velocidad increíble.  La tristeza me invadió de nuevo junto con unas ganas de gritar y pedir ayuda o sólo gritar y llorar, pero no conseguí ni una ni la otra. A pesar de todo, no le quite la vista de encima en ningún momento y me pasó por la cabeza pensar que aún estaba dormido y que todo era una pesadilla, pero para ese momento ya estaba bien despierto y convencido de que no era un sueño. Pensé en palabras hirientes recordando los rumores de que puedes ahuyentar a los malos espíritus con groserías, pero la situación no cambió. Ya estaba desesperado y fue cuando escuché algo esperanzador. Los pájaros cantaban cerca de la ventana. La habitación comenzaba a iluminarse poco a poco. Estaba amaneciendo y esa cosa comenzó a moverse entre el techo y la pared de un lado a otro, pero yo no podía dejar de sentirme inferior y triste. Con ganas de rendirme.  En aquél tiempo yo no creía en Dios, pero ya no tenía otra opción. Comencé a rezar un padre nuestro y entonces al fin percibí un cambio en su actitud. Se hizo pequeña y pasó de tener el tamaño de un gato al de una rata. Yo seguí rezando y vi cómo esa cosa salía disparada hacia la cocina al tiempo que movía las cortinas cercanas a ella. Atravesó el vidrio de la puerta de la cocina y tan pequeña hasta desaparecer por un diminuto agujero en la pared de la zotehuela.  Pude moverme de nuevo y lo primero que hice fue levantarme del sofá y buscar una explicación lógica a todo. Comencé por lo que estaba seguro que había visto; Las cortinas moverse cuando esa cosa huyó. Seguro que había sido una corriente de aire porque alguna de las ventanas de la casa se había quedado abierta, pero me llevé una decepción al descubrir que no era así. Medité un poco y vi salir el sol a los pocos minutos. La explicación más lógica que se me ocurría era que aún estaba soñando, pero no podía haber soñado eso por más de 10 o 15 minutos, tiempo que duró todo, pues había pasado de la completa oscuridad a ver la habitación iluminarse poco a poco por la luz de la mañana. No tardé en contarle la experiencia a mis amigos de confianza, pero lo que más les interesó fue la parte en la que el escéptico de mí, rezaba por su vida. Nunca supe y hoy no creo estar más cerca de saber, qué demonios era esa bola de humo y pelo. No ha vuelto a pasarme algo así y a pesar de haber visto durante mi infancia algunas cosas moviéndose por si solas, no se compara en nada con esa sensación de no poder moverse, de sentirse perdido y de desear la muerte antes que seguir existiendo dentro de tanta angustia y tanto sufrimiento. Creo que si cualquier persona estuviera expuesto por un tiempo prolongado a esas cosas, terminaría demente  y quitándose la vida.  Tal vez el infierno está lleno de seres así. ——- La fotografía fue tomada en el departamento y en la edad en la que ocurrió la historia que acabo de narrar. Comienzo a escribir en este blog con esta historia, que es mi primer encuentro real con algo que no puedo explicar. Por: Christopher Heredia / Kris Durden

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El psicólogo
ParanormalporAnónimo5/22/2015

Que absurdo eratodo ahora. Ernesto, el psicólogo, se estaba haciendo las preguntas finales: - ¿Porqué pasé tanto tiempo analizando la vida de las personas y tan poco analizandoy corrigiendo mi propia vida? ¿Por qué no tuve otra relación formal después deella? ¿Por qué no pasé más tiempo relacionándome con más mujeres en lugar dever tanta pornografía en “xvideos”?... Bueno, de eso no me arrepiento, pero sidebí de pagar por más sexo. Eliot entró en lahabitación e interrumpió su pequeño y patético soliloquio. Era un hombre joven,moreno y apuesto. Su mirada era felina y al mismo tiempo inocente. Como sifuera dos personas. - ¿Porqué no lo canalicé con Beltrán? –Pensó para sí mismo al verlo entrar con una maletadeportiva que sonaba a metales pesados chocando dentro -. ¡Ah! Ya recuerdo. Porquequería ser el ídolo en la asamblea de noviembre. Les contaría cómo salvé a unode mis pacientes con mis novedosas técnicas basadas en el conductismo radicalde Skinner. Sería parte de los libros de psicología de todos los países. Talvez la portada de la Journal ofpsychology Gold Collection en el número Decembrino. Pobre iluso. La maletadeportiva era pesada, pero para los tensos músculos de Eliot parecían no tenerdificultad. Miraba con incredulidad a Ernesto, su doc. Por momentos se pintabaen su rostro una sonrisa de oreja a oreja. Muy seductora. Después la misma carade incredulidad se hacía presente. - No sécómo lo hizo, pero de verdad estoy curado. - Gracias–Dijo Ernesto realmente alagado por el comentario de su ultimo paciente. Nibajo esas circunstancias, su ego podría dejar pasar un cumplido a su talentocomo psicólogo -. Tal vez podrías agradecerme dejándome ir, Eliot. - ¡Dios!Había intentado todo –Dijo el paciente dejando pasar del lado el comentario desu doctor -. Estuve a punto de quitarme la vida. Realmente me salvó. - Eliot.Ahora que estás curado me imagino que no vas a cometer ninguna estupidez…¿Verdad? - ¡Oh,no doc! Esta es una oportunidad que no pienso dejar pasar. Le aseguro que nocometeré la estupidez de dejarlo ir. Una mente como la suya sólo se ve un parde veces en la vida. Caminó rumbo alescritorio sobre el que el doc, se sentó tantas veces a escuchar los problemasde sus pacientes y sobre el que siempre quiso tener una aventura con una sexyasistente. Fantasía que jamás cumplió. Comenzó a sacardiversos artículos de cocina de la maleta; Un cucharón, una pala miserable, unsacabolas de helado y cubiertos. Nada de eso era atemorizante. Luegoaparecieron los ingredientes; un litro de helado, mermelada de fresa yframbuesa, cajeta, galletas dulces y azúcar glas. Ernesto comenzó a pensar queno lo mataría, sino que le haría cumplir una perversión sexual que terminaríacon panditas en lugares donde casi nunca da el sol. Cuando Eliot parecióterminar de sacar todo de esa primera bolsa, Ernesto no pudo contener unsuspiro. No había nada que temer. Pero entonces abrió una bolsa lateral de lamaleta deportiva y extrajo una extraña serie de tubos de metal. Todos estabanunidos, pero aun no estaban fijos. Comenzó a apretar algunas tuercas de formamanual y luego sacó de la maleta una pequeña llave inglesa ajustable, paraterminar el trabajo. Parecía una pequeña jaula. - Doctor–Comenzó por decir Eliot -. Me habría quitado la vida desde antes, pero notoleraba la idea de dejar sola Tania. La sola idea de ver llorar a mi hermanitame devastaba completamente. No sabe lo que usted ha hecho por mí. No más dolor.No más miedo. No más voces. No más freno… Soy libre. - Eliot…No sigas con esto… Si te atrapan, vas a lastimar mucho a Tania. Te podríancondenar a muerte y… - No seengañe doc. Esto es México. Esto es Ecatepec. Aquí no podrían atrapar ni a unperezoso prófugo del zoológico. Además en este país no existe la pena de muertey lo sabe. Eliot se apresuróa poner sobre los hombros de Ernesto la jaula de metal. Ernesto se resistió unpoco, pero sabía que era imposible salir de ahí. Sabía que Eliot tenía razón.Jamás lo atraparían. Eliot comenzó adar vuelta a unos tornillos enormes que fijaron su cabeza por los cuatro puntoscardinales al aparato, después aseguró una vara de acero a su espalda y con esoconcluyó aquél ritual. Eliot regresó ala maleta deportiva y extrajo algo, que debido a la posición que habíaadquirido, no pudo saber qué era, hasta que la sintió pinchándole el cráneo.Anestesia local. Le puso la carne de gallina. Eliot permanecióen donde el doc no lo podía ver. Lo escuchó ponerse algo encima. Imaginó unoverol. Demoró un poco más y esta vez fue para ponerse las gafas, pero Ernestolo imaginó contemplando unas bolas chinas. Le colocó una mordaza en la boca,sacó de la maleta una extensión eléctrica y luego el artículo con el quefinalmente dejaría vacía la maleta deportiva: Una sierra circular neumáticapara despiece de bovino. Una hermosa y cromada sierra modelo 1.000F, con una profundidadde corte de 76mm, equivalente a 3 pulgadas. No sólo era ligera y flexible, sinoque también estaba fabricada con materiales resistentes a la corrosión. Era lamás higiénica del mercado y de las más utilizadas en el rastro. Eso la hacíafácil de adquirir en Ecatepec. Eliot fue tandiestro en la tarea que el doc a penas lo sintió. Sin duda, la peor parte fuela de ver la tapa de sus sesos puesta sobre la meza. Eliot estaba fascinado.Contemplaba como a un ídolo aquél cerebro que lo había librado de las malditasvoces que lo hacían desistir de su empresa como asesino serial y ahora queríaver cómo funcionaba. Quería extraer todas las partes que pudiera mientrasmiraba la expresión en el rostro de Ernesto. Ver a Eliot empuñar el sacabolasde helado lo hizo olvidarse de entrar corriendo en la sala de urgencias con sumollera en mano y gritando por ayuda. Ver el sacabolas lo hizo mojar suspantalones. - ¿Sabíasqué en Asia, gustan de un postre en el que sirven heldo en la cabeza de un monoy lo degustan junto con sus sesos?... En realidad lo vi en una película cuandoera niño, pero siempre tuve ganas de probarlo. Lo hundió confuerza en su cerebro y los ojos del doc se pusieron en blanco. Cuando sacó elprimer trozo Ernesto comenzó a actuar indiferente a la situación. Para elsegundo creyó que lo perdía. A la mañanasiguiente un dulzón aroma impregnaba el consultorio del doctor Ernesto. Laasistente penetró en la oficina pensando que tal vez algún día podría cumplir sufantasía de amarrar al doctor Ernesto a ese escritorio y poseerlo como a unsucio y mal portado juguete. Un momento después se encontraba en una ambulanciasin saber cómo había llegado ahí ni en qué momento notificó a las autoridades.Lo único que podía recordar era una clara imagen del doctor Ernesto sin la tapade los sesos y babeando. ---- Por Kris Durden Website: www.krisdurden.com Facebook: KrisDurden Twitter: @KrisDurden

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La criatura de las estrellas
La criatura de las estrellas
ParanormalporAnónimo6/23/2015

Abrió los ojos y se encontró con lahabitación completamente iluminada. Su hermano mayor estaba recostado en laparte superior de la litera (como todo buen hermano mayor) con los ojosabiertos desde hacía un rato. Éste había contemplado el momento en el que laoscuridad se replegó con suavidad en dirección contraria a la ventana. Habíapasado en tan sólo unos segundos. El efecto había sido parecido al del escánerde las fotocopiadoras, pero esta luz realzaba los colores y parecía escurrirsepor cada rincón. Cuando por fin inundó toda la habitación, no parecían ser lascuatro de la mañana, sino las dos de la tarde de un día muy claro. Lo que habíadespertado a Omar era el extraño sonido de un seseo, parecido al “gis” de uncassette que se hubiera quedado reproduciendo el sonido del vacío, pero queparecía provenir de un par de bocinas gigantes colocadas justo afuera de suedificio. - ¿Omar?–Susurró el hermano mayor, con miedo a que la luz se dispersara con el sonidode su voz-. ¿Estás despierto? - Sí…¿Qué es eso? –Respondió en el mismo tono de voz que Hugo. - Esla misma luz del otro día. Son las cuatro de la mañana y lo sé porque estabadespierto cuando la habitación se iluminó, pero mi reloj se ha apagado. La habitación no sólo se veíanotablemente iluminada, había algo más; se podían apreciar todos los detallesde las cosas dentro de ella. Desde los pequeños detalles en las consolas devideojuegos al otro lado de la habitación, pasando por las guitarras repletasde estampitas de sus bandas de metal favoritas, hasta cada pequeño detalle oimperfección en las figuras de colección de Godzilla y Pacific Rim. Lointeresante era que ambos utilizaban lentes con un alto nivel de graduacióndebido a la miopía y al astigmatismo, y aunque hubieran sido las dos de latarde, sin sus lentes, ninguno de los dos hubiera podido apreciar tantosdetalles. - Gustavotambién vio esta luz la otra noche –Continuó Hugo-. Pero no quiso asomarse porla ventana. - Tenemosque ver de dónde viene –Dijo Omar con ese tono que Hugo asociaba a tantasdisparatadas ideas que solían terminar en llamadas de atención, regaños,castigos y hasta en la sala de urgencias esperando su turno para unaradiografía -. Tenemos que tomarle una foto para que todo mundo nos crea. - ¡No,Omar! –Alzó el volumen de sus susurros, pero sin llegar ha gritar -. Yo soy elmayor y tienes que obedecer. Quédate en la cama y espera a que se valla –Pronunciabaesas palabras sabiendo que sólo estaba gastando saliva y que Omar no haríacaso. - ¡No!Tal vez esta sea una oportunidad única y no se vuelva a repetir en la vida.Además estamos en un edificio que parece prisión gracias a los barrotes de cadauna de las puertas y ventanas. Si hubiera algo ahí afuera, jamás podría entrar.Gracias Ecatepec, por tus altos niveles de delincuencia. En eso tenía razón. Era un edificio muyseguro si te encontrabas adentro de él, pero en las calles la historia era muydistinta. En un acto reflejo tomó sus lentes, quedescansaban junto a la figura de colección de Vic Rattlehead, cerca de sualmohada. Cuando se los colocó toda la habitación se tornó borrosa y se diocuenta que no los iba a necesitar mientras la luz siguiera en la habitación.Los colocó de nuevo en su lugar, miró su reloj de pulsera y lo encontró apagado.Estiró la mano hasta su teléfonocelular, pero este tampoco quiso encender. Su hermano no paraba de decirle quepor favor se volviera a recostar, pero Omar hacía caso omiso. Una idea se habíaapoderado de su mente y ahora nada tenía más importancia que llevarla acabo. Seapuró hacia el closet y buscó con voracidad entre las pilas de ropa negra conlos nombres bordados y estampados de una cantidad absurda de bandas dethrashmetal. Hugo lo pudo ver sacando la ropa como desquiciado e intentóponerse en pie para hacerlo desistir, pero notó que algo se movía tras lascortinas, el pensamiento de que algo los estuviera acechando desde fuera hizoque las piernas no le respondieran. Cuando Omar giró con una sonrisa triunfalHugo miró que lo que sostenía en ambas manos era el regalo de la abuela de lanavidad pasada. Una cámara Polaroid en forma del icono de la red socialInstagram. Hugo supo que todo estaba perdido, y que a menos que se levantara yderribara al pequeño Omar, no habría forma de detenerlo. Pero antes de quepudiera hacer acopio de todo su valor, Omar maldijo en voz alta. La cámaratambién era digital y no había encendido. - Siesto no es una señal de que no debes de asomarte por la ventana, entonces no séque sí lo es. Vamos carnal, mejor recuéstate. - ¡No!Debe de haber otra forma. - Nohay otra forma. Ya déjalo. Miró con impotencia la cámara y luego laarrojó contra uno de los muebles que seguramente fue diseñado como librero,pero que ahora albergaba docenas de figuras polvosas. De entre ellas emergió unacámara análoga. Su papá la había traído de Estados Unidos y aunque a Hugo nuncale interesó, a Omar le había fascinado desde el primer momento. Había pasadotiempo con su papá viendo cómo la hacía funcionar para las fiestas decumpleaños. Si no tenías que rebobinar e insertar un rollo nuevo, para despuéstensarlo, en realidad era sumamente simple. Le quitabas el seguro y recorríasel numerador con una pequeña palanca que te indicaba el número de fotografíastomadas. Después de cada disparo recorrías la pequeña palanca que recordabamucho a la palanca de retornador de carro de las antiguas máquinas de escribiry para cuando terminabas el rollo, sólo rebobinabas para llevarlo a revelar. Seintentaron agolpar algunos gratos recuerdos en la mente de Omar, pero la ideade asomarse por la ventana y fotografiar algo impresionante dispersó lasensación. Hugo lo miró avanzar en dirección al mueble, que estaba muy cerca dela ventana. Había pasado cerca de un minuto y sabía que esa luz no duraríamucho más, sólo tenía que retenerlo unos segundos más. Sacó de entre lascobijas su enorme mano larga de hermano mayor y lo pescó por la camisa, peroOmar sólo flexionó un poco las rodillas y se liberó con un hábil movimiento dehermano menor. Llegó hasta el mueble y tomó la cámara. Hugo saltó de la litera,pero Omar ya abría la pesada y gruesa cortina. Una potente luz penetró por ellay cegó a Hugo. - Nolo vas a creer… -Dijo más para si mismo el pequeño Omar, mientras Hugo secubría los ojos para evitar que la potente luz lo lastimara-. Parece de díaallá afuera… Pero no hay ningún lugar de donde provenga esa luz… ni ese sonido. Para Hugo lo siguiente pasó como encámara lenta. Con uno de sus ojos entrecerrados por la luz, pudo ver a Omaralzar la cámara hasta su rostro. Escuchó el sonido del “gis” crecer de golpe yluego miró más allá. No se veía el edificio de enfrente, sino el rostro deformede una enorme criatura verdosa. No era completamente sólida, sino que vibraba.Como dos películas superpuestas en la misma escena, pero con una variación desegundos. Por momentos estaba aquí y luego ya no. Omar debía de haberla visto,porque dejó caer la cámara y retrocedió. La criatura los miró con el único ojoque parecía tener. Más tarde, cuando Hugo reflexionara en ello, pensaría quefue muy parecido a ver por primera vez el ojo del T-rex en la película“Jurassic Park” de 1993. Supo que de ahí venía la luz y desvió la mirada. Setopó con la cámara a los pies de Omar y luego vio los pies de Omar desprendersedel suelo y comenzar a vibrar de la misma forma que la criatura lo hacía. Seelevó lentamente. Tan lentamente como cuando la luz emergió por primera vez.Supo que no volvería a ver a su hermano si no hacía algo, así que sin pensarlose abalanzó sobre él. Por un momento, mientras surcaba la habitación, creyó quelo atravesaría como al humo y no sería capas de sujetarlo, pero no fue así. Enel momento en que lo tocó y lo sujetó con fuerza, la luz se escurrió conviolencia por la ventana. Hugo la miró abandonar el lugar como si tuviera vida.Como si fuera la lengua de un reptil que regresa sin su presa. Luego sólo quedóla oscuridad y el silencio. Omar pasó de mirar la luz escurrirsehasta las estrellas a la incrédula mirada en los ojos de su hermano, y suhermano notó el cambio que se había efectuado en él. Fue a penas mínimo, perolo conocía bastante bien. No fue sino hasta días después que lo corroboraría,pero por el momento se sintió feliz de tenerlo ahí. Hugo encendió la luz y al mismo tiempo sedio cuenta de lo que Omar ya había percibido minutos atrás. Los coloresparecían descompuestos, muy naranjas y además todo se veía borroso. Tomó suslentes y no paró de hablar de lo que había pasado sino hasta que amaneció. Omartambién habló bastante, pero a ratos se notó distante. Eso se convirtió en unaconstante en la vida de Omar. En los siguientes seis meses, ninguno delos dos pudo dormir bien. De hecho Omar no volvió a dormir igual. Hugo intentó contar la historia, peroevidentemente nadie le creyó (tal vez uno que otro borracho después de cadatoquín, pero jamás pasó de ser eso; una historia de borrachos). Por su cuenta,Omar jamás relató nada de lo que pasó aquella noche. Pero tuvo una influencianotable en su vida. Comenzó a devorar libros sobre temas raros que iban desdelos relatos de H. P. Lovecraft hasta búsquedas en internet sobre físicacuántica, y aunque en muchos aspectos parecía un chico normal (aunque no eratan normal antes del incidente), la mayor parte del tiempo parecía estar viendootra realidad. Con el tiempo comenzó a escribirnarraciones fantásticas sobre seres milenarios que residían en otra realidad,la gente en internet se apasionó con sus relatos sobre aquél extraño mundo yaños más tarde se consolidó como el escritor más exitoso (en cuanto a ventas)que había tenido México. Las películas fueron un éxito y a pesar del dinero quele dejaron, jamás paró de escribir. Sabía que las historias de las que tantoescribía Omar, y que le fascinaban al mundo entero, debían su éxito a que hastacierto punto, eran sobrias. Hugo sabía que esas historias no las habíainventado Omar, sino que estaba describiendo algo que la criatura había vivido.Sus memorias. Hugo contempló todo el proceso, perosiempre consiente de que parte de Omar se había ido con la criatura y parte dela criatura se había quedado con Omar. Pensaba mucho en cómo la estaría pasandoaquella parte de Omar que se había ido con la criatura. La cámara apareció muchos años después dela muerte de Omar, con un coleccionista que afortunadamente decidió rebobinarel rollo que contenía y revelarlo. Desafortunadamente este había caducadotiempo atrás. Se había oxidado como un plátano, pero aunque las fotos reveladasno contaban con colores vivos, sí había bastantes formas. Muchas fotografíaseran de un paseo en un zoológico, tal vez el zoológico de Ecatepec. Otras pocaspertenecían a un cumpleaños, pero las últimas dos eran misteriosas. Borrosas yde una forma compleja. Se apreciaba una criatura parecida a un insecto, peroaún más grotesca en cuanto a sus facciones y tal vez no eran colmillos lo queemergía de su boca, sino tentáculos. Al principio el experto creyó que setrataba de un insecto, pero por las cualidades de la cámara (que no contaba conla función de cambio de objetivo), sólo podría haber sido tomada con el lenteoriginal, entonces pasó a analizar con más detalle algunos aspectos del fondo ycomprendió que lo que tenía ahí era una creatura real. Una criatura tal vez másgrande que un edificio de 5 pisos. Tal vez de unos 15 metros de altura. Enrealidad permaneció como un misterio para todos excepto para usted. -- Por Kris Durden Website: http://www.krisdurden.com/ Facebook: https://www.facebook.com/KrisDurdenOficial Twitter: https://twitter.com/KrisDurden

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Tras las salchichas
Tras las salchichas
ParanormalporAnónimo9/30/2014

Tras las salchichas había algo y temía que fuera una araña muy grande o un mono muy pequeño. Geovanni la había visto moverse de un lado a otro por el almacén durante los quince días que llevaba trabajando en el pequeño minisúper. La única arma con la que contaba en ese momento era un mechudo viejo y polvoso, que habría preferido meter en agua para darle más peso, pero la colonia llevaba días sin agua y el mechudo se habría quebrado por el peso en la primera abanicada. El temor que sentía de dar el primer golpe estaba fundamentado en que de ser una araña, se podría meter entre el mechudo, recorrer el palo con tenacidad hasta subir por su brazo con sus asquerosas y peludas patas y que antes de poder agitarlos como si estuvieran en llamas, la maldita araña ya estaría en su nuca, clavándole los colmillos y llenándole de veneno el cráneo. Un escalofrío le nació en la nuca, justo donde el creyó que le rondaría esa cosa y decidió que tal vez no era el mejor momento para averiguar qué era. Estando ahí, con el mechudo en alto, se preguntó cómo un trabajo tan normal había terminado en el detonante de una paranoia. El turno de la madrugada era totalmente diferente al de día. En rededor sólo había oficinas que durante las primeras horas de la mañana exigían café, cigarrillos, donas, yogurt bebible para el tránsito lento e irregularidad intestinal y cualquier otro tipo de producto milagroso que prometiera vitalidad para un mejor desempeño laboral. A la hora de la comida vendían una cantidad absurda de hot-dogs, refrescos de dieta y aguas bajas en sodio. Entre las 13hrs y las 16hrs la fila de oficinistas parecía infinita, pero durante la noche, después de que se cerraban las puertas, no llegaban más de dos o tres personas que necesitaran pan de caja o un galón de leche. Geovanni Ángeles llevaba trabajando ahí apenas dos semanas. Desde el inicio le habían asignado el turno de la noche y a él le venía perfecto, pues lo dejaba con el tiempo para poder completar sus estudios. Se había dado cuenta de inmediato de que en el almacén había dos rayitas de señal de wi-fi sin contraseña, por lo cual comenzó a refugiarse ahí para ver videos en su smartphone. Desde la primera noche, con la nariz metida en IrreverenTV, creyó haber visto con el rabo del ojo algo que se movía con suma cautela y luego a gran velocidad. No tuvo oportunidad de ver qué era o siquiera qué forma tenía, pero desde ese momento comenzó a sospechar que en el lugar algo no andaba bien. De inmediato le hizo el comentario a Paco. -Ese es problema del supervisor –Dijo Paco mientras miraba fastidiado la caducidad de las papitas fritas –En su siguiente visita, si no viene de una discusión de su frustrada vida ideal en pareja, yo mismo le avisaré. Geovanni no concebía la idea de una persona tan poco comprometida con su trabajo. Después de todo, era su segundo empleo. La siguiente noche notó que cada que regresaba al almacén y encendía la luz, una sombra se escabullía en dirección al congelador. Eso parecía imposible, porque la puerta de acero tenía un guardapolvo muy grueso y sólido. Recordó que en alguna ocasión escuchó que las ratas eran tan flexibles que se habían colado en un bunker alemán durante la segunda guerra mundial y habían devorado a casi todos los soldados. Los que salieron para contar la historia, habían muerto al poco tiempo a causa de las infectadas mordidas. Dos noches después, Geovanni se había quedado, por primera vez, solo en la tienda. Pronto descubriría que iba a ser más frecuente de lo que pensaba. Había terminado de recibir el producto de uno de los proveedores de refresco y se disponía a acomodar las rejas. Se inclinó para levantar la primera, pero algo tras la reja le rosó el dorso de la mano. Al principio su mente lo había hecho creer que había sido peludo y áspero, pero cuando se revisó la mano la tenía húmeda y cubierta por un líquido baboso y rosa. Tiró la reja y salió corriendo cerrando la puerta del almacén tras de sí. Cerca del amanecer llegó Paco. Apestaba a cerveza y tenía labial en varias partes del cuello. -Hay algo en el almacén y creo que está dejando crías –Dijo Geovanni recordando con asco lo que había tocado –Te juro que esa cosa ya está pariendo y en menos de lo que te imaginas vas a tener una plaga de ratas aquí. Paco lo miró con una sonrisa de borracho y luego abrió la boca para decir algo, pero no pudo concretar nada. Se fue a lavar la cara y cuando regresó le dijo: -Ya cumpliste Geovas. Deja que yo me encargue. Puedes retirarte. -Pero faltan dos horas para mi salida. Con un ademan le pidió que no hablara más. Con una sonrisa y un movimiento de cabeza lo invitó a que se retirara. Geovanni pensó que después de todo, no era su problema que el lugar se infestara de ratas, sino del encargado y terminó por retirarse sin decir más. Durante las siguientes nueve noches estuvo evitando entrar al almacén. Aún no había notado que se frotaba y rascaba con frecuencia el dorso de la mano, donde había tenido el líquido rosa. Para ese entonces ya había acomodado todo el producto, mejorando cada noche su tiempo. Había movido las máquinas de café y la de las salchichas para limpiar debajo de ellas. Incluso le había pedido a Paco que le enseñara a utilizar la caja y él lo había hecho con gusto, pues a muchos les daba miedo manejar dinero y Paco ya estaba fastidiado de hacerlo. Se limitó a entrar al almacén sólo para lo indispensable y en cada ocasión veía la sombra huir al prenderse la luz. Paco era el que entraba con más frecuencia, muchas veces a tomar una siesta. Cada que lo hacía, Geovanni esperaba escuchar un grito, seguido de una escena de pánico o verlo salir pálido y con los ojos muy abiertos, pero nada de eso ocurrió. Comenzaba a pensar que tal vez todo habían sido ideas suyas. El turno estaba a dos horas de terminar y ya no había nada que hacer en la tienda. Lo único que se le ocurría era ver videos del Morfo, Héctor Leal o del Mox, pero la única manera de hacerlo era dentro del almacén. Acompañado de esa cosa. Si durante tres días Paco no había visto nada, tal vez era porque esa cosa, de haber existido, ya se había ido. Prendió la luz y el lugar quedó bien iluminado. Se encaminó hacia una de las esquinas y se trepó sobre unos cartones de cerveza para encontrar disponible el nuevo video de EnchufeTV. Le dio reproducir, mientras miraba con impaciencia en rededor y se convencía de que definitivamente eran ideas suyas, pero cuando apenas se estaba relajando sintió la fuerza de un dedo índice tocar tres veces su hombro, como invitándolo a voltear. Geovanni pegó un grito y dejando tirado su Smartphone, salió a toda prisa de la habitación. Sorprendió a paco sacándose el moco más colosal de su vida y corrió hacia donde él estaba. -Hay alguien ahí dentro –Dijo con los ojos vidriosos y los labios pálidos. Paco tomó un pequeño bate de baseball que guardaba bajo el mostrador y se encaminó hacia el almacén. -¿Quién anda ahí? –Gritó creyendo que de alguna manera, alguien se había colado dentro. Mientras Paco entraba, Geovanni sólo se limitaba a verlo desde el mostrador y levantar una plegaría para que nada le pasara. Miraba la puerta y se preguntaba dónde estaban las llaves y qué haría si necesitaba salir por ayuda. Paco salió aún asustado y le dijo que no había nadie ahí dentro. -Te juro que sí –Dijo suplicante –Alguien me tocó el hombro. Paco lo miró con la cara más amarga que pudo hacer y meneo la cabeza mientras regresaba a su lugar. -Amigo, te juro que alguien me tocó ahí dentro. -Déjalo así Geovanni. El turno llegó a su fin y Geovanni no paró de pensar que no era una rata lo que había visto, sino un fantasma. Al siguiente día le tocaba descansar y pensó que de no ser porque necesitaba el dinero para su colegiatura, esa misma noche habría renunciado. Definitivamente lo iba a hacer, pero esperaría hasta la quincena para hacerlo. Mientras caminaba de regreso a casa, se buscó el teléfono y recordó que lo había tirado en el almacén. La angustia se apoderó de él. Pensó que no quería regresar esa noche a ese lugar y se convenció de que Paco era flojo, pero estaba seguro de que no era ratero. –Ya vendré por él pasado mañana –Pensó. El día de descanso le vino muy bien. Elena lo había llevado a pasear todo el día al centro histórico de la ciudad de México. Terminaron exhaustos, desnudos y mirando las estrellas recostados en la azotea de la casa de ella. Él no se había dado cuenta de la hinchazón en la mano y ella se lo hizo ver, pero él no tuvo la memoria suficiente para recordar que había comenzado con el líquido rosa. Cuando llegó a la tienda estaba muy fresco. Lo primero que hizo fue preguntar a Paco por su teléfono celular. Paco le dijo que en el almacén no había encontrado ningún teléfono aquella noche. Le aseguró que si no lo había recogido él, seguro lo tendría el encargado de la mañana. Geovanni le pidió que le prestara su teléfono para marcarse a ver si alguien contestaba y Paco se lo dio. Al marcar el número recibió tono, escuchó claramente “suerte” de Paty Cantúsonando desde el almacén. La angustia se apoderó del él al reconocer su ringtone. Miró a Paco y le pidió que entrara a buscar su teléfono, pero Paco se mofó de él y casi le arrebató su celular de las manos. -Suficiente tienes con estar mal gastando el crédito de mi celular y todavía quieres que lo busque por ti. Geovanni aceptó que tenía razón. -Geovanni, voy a salir a tomar un poco de aire –Dijo Paco mientras miraba con impaciencia su reloj –Te dejo el celular para que busques tu teléfono. No tardo nada. A Geovanni se le hizo un hueco en la boca del estómago. Tenía ganas de gritar y rogarle para que no lo dejara solo, pero sabía que a sus 20 primaveras ya no se podía dar esos lujos. -No tardes –Le dijo mientras fingía una sonrisa. Decidió que iba a hacer tiempo en lo que llegaba Paco, pero le pegaba en el ego tenerle tanto miedo al almacén de un minisúper. Había pasado media hora y pensó que lo mejor sería actuar sin pensar. Se colocó el celular en la oreja y comenzó a fingir que llamaba a alguien más mientras entraba casual al almacén. Al prender la luz no vio una silueta escabullirse, sino a una cosa del tamaño del “mumi”, su perro. Era muy peluda, con seis y ocho patas y negra con marrón. Estaba estática en el centro de la habitación como diciendo, “yo tengo tu celular, qué vas a hacer chico valiente”. Geovanni abrió muy grandes los ojos y esta vez sin tirar el celular, salió corriendo del almacén, apresurándose a cerrar la puerta. Cuando Paco llegó le contó lo que había visto ahí dentro. -¿Crees que en el almacén habría una tarántula del tamaño de tu perro y que nadie, excepto tú, la haya visto antes? Déjate de payasadas y mejor dime que no quieres acomodar la cámara. Geovanni se ruborizó y a pesar de que quería insistir en su historia, lo que había dicho Paco sonaba muy sensato. Aquella noche no pisó ni de chiste el almacén y no se habló de nuevo de la araña del tamaño de un perro. Esperó a los del siguiente turno y cuando Paco ya se había ido, les pidió que lo ayudaran a buscar el celular. Todos eran mucho más amables que Paco y ninguno se opuso. -Nadie ha notado nada raro aquí dentro –Dijo Geovanni mientras buscaba cerca de las cervezas. -Sí –Dijo uno de ellos y Geovanni se paralizó. –La cámara ya no enfría como antes. -Me refiero a algo como telarañas o arañas del tamaño de un french poodl. Todos rieron al unísono. -Hace poco vimos una araña así –Dijo una de ellos –Pero resultó ser la hermana del Félix. Y volvieron a reír, pero esta vez sin Geovanni. -Por qué no me das tu número y te marco –Intervino el más alto de todos. Geovanni le dio el número y esperó a que sonara, pero el teléfono estaba apagado y lo mandó al buzón de voz. -Me manda al buzón. Tal vez se quedó sin pila. Mala suerte amigo. Todos comenzaron a incorporarse poco a poco a sus actividades y Geovanni no quiso quedarse solo, así que prefirió buscar la siguiente noche. Ese día de camino a la escuela, en el camión, se había dormido un rato y mientras le daban a su cabeza recargada sobre el vidrio, los primeros rayos de sol, soñó que alguien le marcaba a su teléfono celular y que el identificador decía mamá, pero la voz que escuchó al contestar era la de Elena, que pedía ayuda. Geovanni se angustiaba y cuando quería retirarse el teléfono del rostro no podía, pues se había transformado en una tarántula que lo sostenía con fuerza con sus patas rodeándole la cabeza. Comenzó a meterse poco a poco en su boca y sintió sus peludas patas introducirse en su garganta. En su sueño ya lloraba cuando el chofer se voló un tope y lo despertó brusca, pero satisfactoriamente. La siguiente noche llegó Paco aún no estaba ahí. Le entregaron las llaves y le pidieron que cerrara. Geovanni pensó que tal vez ese sería el último día que trabajaría ahí no puso pero alguno. Traía consigo un celular barato que sólo usaban cuando alguno había perdido su teléfono. Antes de intentar entrar al almacén a buscar lo que le pertenecía, decidió que sería buena idea marcar para comprobar si en realidad estaba apagado el Smatphone. El teléfono dio tono y escuchó de nuevo sonar desde el interior del almacén “suerte” de Paty Cantú. No había de otra, tenía que entrar. Buscó el pequeño bate de baseball de Paco, pero no lo encontró. Tomó un mechudo polvoso que se encontraba junto a los cigarrillos y marcó de nuevo a su antiguo teléfono. Al entrar al almacén, descubrió que el teléfono sonaba tras la puerta de la cámara. Geovanni calculaba que la cámara estaría a unos 3 grados o menos y según sabía, eso no era bueno para las tarántulas. Las bajas temperaturas las podían matar. Al entrar a la cámara, se percató de que su celular sonaba y brillaba tras las cajas de las salchichas gigantes que se utilizaban para los hot-dogs. Colgó el teléfono y lo guardó en la bolsa de su pantalón. La cámara estaba muy oscura. Apenas la alumbraban las puertas que daban hacia su interior y que no servían para acceder sino para mostrar sus productos. Caminó despacio, con el corazón palpitándole hasta la garganta y con el mechudo en alto. Le tiró tres golpes rápidos a las salchichas y no pasó nada. Se inclinó para meter la mano enrojecida, palpitante y que ahora albergaba algo. Se detuvo un momento antes de alcanzar el teléfono, pues había creído escuchar un ruido diferente al de los incansables motores de refrigeración. -Esa cosa no podría sobrevivir a esta temperatura. Seguro es mi imaginación. -Pensó. En el momento en que cogía el celular y comenzaba a levantarse, algo muy peludo le saltó a la mano, le subió por el brazo y se aferró a su garganta. Geovanni entró en pánico y trató de quitársela con ambas manos, pero sólo consiguió que la cosa se le aferrara con más fuerza. La criatura comenzó a avanzar lentamente hacia su rostro hasta que se posó sobre su barbilla. Introdujo una especie de pata dura como un hueso que al llegar a su garganta se detuvo. No segregó veneno alguno o cualquier otro líquido, sólo se quedó ahí estrujándole el cuello e impidiéndole respirar. Geovanni pensó en Elena y en Dios, pero ni Elena ni Dios se encontraban pensando en Geovanni en ese momento. Paco llegó casi a las 5 de la mañana y no hubo quien le abriera la tienda. No fue sino hasta las 6 de la mañana que llegó el otro encargado con su juego de llaves, que pudieron entrar. Los dos encontraron el cuerpo de Geovanni, en la cámara de refrigeración. En la cara tenía un petrificado rostro de angustia, con los ojos saltones y la lengua de fuera. Lo más raro fue ver que le hacía falta el dorso de la mano derecha. Como si se la hubieran rascado hasta el hueso. Como en cualquier situación similar, el incidente se mantuvo con extrema discreción. Nadie compraba en un lugar donde había muerto alguien. Una semana después, en la madrugada, apareció un equipo de cinco hombres de la compañía de salchichas y se llevó todas las cajas de salchichas gigantes de esa tienda y todas las de la franquicia. Dos meses después. Quien fuera que buscara algún rastro de dicha empresa, no encontraría nada. ---- Otra narración que tal vez sea de tu agrado, aquí: http://www.taringa.net/posts/paranormal/18135887/Musica-de-sobremesa.html ---- Por Kris Durden Twitter:@KrisDurden Facebook: KrisDurdenOficial Blogger: http://krisdurden.blogspot.mx/

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Pirómana
ParanormalporAnónimo8/10/2015

La enfermera había puesto a hervir agua para té y de regreso a la sala dejó la cajita de cerillos sobre la mesa, olvidándose de una de las tantas reglas de la casa; “No dejar encendedores o cerillos cerca de Doña tita”. Regla implementada hacía dos años, cuando Doña Teresa casi le prendió fuego a su antigua residencia. Ahora no podía apartar aquella inocente mirada plagada de arrugas, de la hermosa y diminuta cajita que contenía 50 oportunidades para pintar el mundo entero de rojo, naranja y blanco. *** A esa misma hora, el Talos, líder de uno de los carteles más poderosos del Sur de la república mexicana, se encontraba en el Estado de México para poder apoderarse de uno de los mercados más grandes de todo el centro del país. Sin duda Ecatepec era un punto clave para poder introducir su material en el Distrito Federal y no iba a ser posible sin antes convenir con el gobernador y su esposa cuáles serían los porcentajes que recibirían por dejarlo trabajar en el municipio con fama de tener más adictos a la marihuana y cocaína que al propio tabaco y alcohol. María se había encargado de los preparativos para la cena, pues si todo salía bien, ella y su marido (el gobernador), estarían recibiendo cerca de 3 mil millones de pesos por año, asegurando a sus hijos un futuro en las mejores escuelas no sólo del país, sino del mundo. María no había reparado en gastos a la hora de comprar alcohol, tabaco, cocaína y damas de compañía. La cena sería un éxito. *** Daniela, la enfermera, la había dejado a solas pensando que si le encendían el televisor y le retiraban el bastón, la amable viejecita de 85 años no podría siquiera pararse del sofá. Tenía un ligero problema de sobrepeso, las articulaciones deshechas, ceguera avanzada en un ojo y problemas de oído. Además hacia tiempo no que no podía reconocer siquiera a su propia hija y mucho menos a cualquier otra persona con su misma sangre. Hablaba sola todo el tiempo y cada día despertaba en una época diferente de su vida. Un día creía tener 30 años y al siguiente 60. A veces despertaba en una pequeña choza a la orilla del mar de Acapulco, luego dormía una siesta y despertaba en la casa de su hermano en la Ciudad de México. De un momento a otro creía estar en su propia casa con el endiente de tener la comida lista para cuando llegaran sus hijos de la escuela, y después ya estaba en casa de su comadre, esperando a que alguien llegara para relevarla de su responsabilidad de cuidar a los niños, aunque la casa tenía 20 años sin niños. Había olvidado bastantes cosas, como el día en que falleció su esposo, el nombre del perro, el rostro de su nieta y hasta su propio cumpleaños, pero lo que jamás habría de olvidar era lo que sentía antes, durante y después de prenderle fuego a cualquier objeto. Sabía perfectamente que entre más grande el incendio, más prolongado sería el placer. Recordaba a la perfección los últimos incendios que había provocado y sobre todo que nunca la había atrapado. *** José Manuel Ávila Hernandez, esposo de María, estaba terminado de comer con Godinez, su contador de confianza, y Lopez, su abogado privado. El tema central era a dónde iría a parar todo el dinero que estaba por recibir. Pues para el final de la cena tenía contemplado recibir el primer pago correspondiente al primer mes de labores. A partir de ahí él quería disponer del dinero las 24 horas del día, pero sin tener que rendirle cuentas a nadie. Se convino un presta-nombre y múltiples cuentas en el extranjero. El abogado fue muy entusiasta durante toda la noche. Parecía saber cómo proceder ante cualquier inconveniente que pudiera surgir, pero Godinez, el contador, se limitaba a responder las preguntas que le hacía el gobernador. Godinez lo miraba y pensaba que ya no era más ese pequeño niño intrépido con el que creció. Ahora era un hombre poderoso que sólo vivía en busca de más poder. Buscando la presidencia del país con la misma tenacidad con la que un gato caza a un ratón. Ya no jugaban más a las canicas, como en la primaria, ya no jugaban “burro 16” como en la secundaria y tampoco buscaban acostarse con chicas de las otras licenciaturas como en la Universidad. Manolo había dejado de existir hace tiempo y en su cuerpo se había quedado la parte más oscura de él. Un ser despreciable que se hacía llamar Licenciado José Manuel Ávila, gobernador del estado. Un ser que tenía que abusar de su posición para probar su poder. Un ser que buscaba humillar a los trabajadores por ser morenos, chaparros o una combinación de ambas. Un ser que huía de la gente de escasos recursos, como si la pobreza fuera contagiosa. Lo que más perturbaba a Godinez, era la cantidad de personas que iban a morir cuando este trato se cerrara. La cantidad de jóvenes que perderían la vida en busca del narco-sueño. Ellos ni siquiera eran de Ecatepec y ya lo estaban vendiendo. ¿Cómo podían sentirse con ese derecho? Brindaron con el vino más costoso de la casa y antes de beber. Godinez imagino que la copa estaba llena de sangre y aún así, la acercó a su boca y bebió de ella. *** El movimiento con el que alcanzó la caja de cerillos fue felino. Incluso sobrenatural. A pesar de que el piso era viejo y de madera, éste no tronó o rechinó una sola vez. Cuando sacó de la caja el primer cerillo, la adrenalina y la ansiedad comenzaron a invadir ese viejo cuerpo. Al encender el primer cerillo, sus pupilas se dilataron y una serie de recuerdos provenientes de su infancia se agolparon en su cabeza y un momento de lucidez la embargó. Recordó su primer incendio como si lo estuviera viviendo en ese mismo momento. El aire era frío y a veces llegaba el lejano aroma de un anafre encendido con madera rojiza de ocote y carbón. Era época decembrina y todos los vecinos se habían puesto de acuerdo para la tradicional posada. Estaban en camino al zaguán de los Hernández entonando el cantico respectivo de las posadas. A Teresa Díaz todavía le restaban 70 años de “lucidez”, pero una de sus más intensas pasiones estaba por comenzar. El tío Alberto había estado pendiente de cómo miraba la flama de la vela de las personas más próximas a ella. Confundía su mirada de pirómana con la de una pequeña deseando ser lo suficientemente mayor como para sostener una vela encendida. El tío Alberto sacó una vela de su chamarra de piel y le dedicó una mirada de empatía. A sus 10 años, le habían dado por primera vez una vela para que peregrinara como una niña mayor. Cuando la tuvo en sus manos una sensación completamente nueva la invadió y de su boca dejaron de emerger los canticos y comenzaron los delirios. El tío Alberto acercó su vela y encendió la de la pequeña Teresa. Supo de inmediato qué quería hacer con ella. Se perdió rápidamente entre los adultos y los chicos mayores, sosteniendo la vela con una mano y con la otra cubriéndola del viento para que esta no se esfumara, buscando a la hermosa morena de melena larga y china llamada Eulalia. Cuando la divisó, con su bello vestido folclórico y su radiante cabello suelto, no lo pensó dos veces. Acercó la flama a su espalda y la miró trepar por su cabello para convertirla en una hermosa llamarada. Después sintió la mayor de las satisfacciones y todo dejó de importar. La ansiedad con la que había llegado la vela, se fue con el cabello de Eulalia. Todos los gritos y regaños, todos los golpes que su alcohólico y machista padre le propició, desaparecieron. Todos sus problemas se resolvieron. Nadie se enteró jamás que ella había sido quien dejó a Eulalia usando un reboso sobre la cabeza por el resto de su vida. Su corazón dio un vuelco al recordar esa primera vez y todos sus desgastados sentidos se aguzaron. Una serie de pasos se escucharon en una de las habitaciones y supo que hasta ahí había llegado su odisea. Sopló al cerillo que ya estaba quemándole la punta de las uñas. La puerta de la habitación se abrió y escuchó con toda claridad cómo se acercaban hacia ella. *** El acuerdo que Talos haría por la noche con el gobernador era una cosa, pero tomar el territorio que los narco-menudistas sería una tarea aparte. Talos, le había pedido a el Sangres, su hombre de confianza, que trajera a los principales vendedores y distribuidores a una reunión donde hablarían de la nueva forma de operar. Por su puesto hubo quienes se resistieron un poco, pero al final accedieron tras compartir información detallada y fotos de la rutina de sus familiares. Ya estando en el lugar les quitaron sus armas y se encontraron con que el Talos no asistiría, pero el Sangressería quien les explicara que tendrían que cooperar y se quedarían con el 50% de lo que vendieran. Todos los distribuidores se negaron, por lo que se les pidió esperaran de manera obligatoria en otra habitación. En este lugar se encontraron con sus armas, decomisadas minutos antes, vino, cigarros, una baraja, un dominó y un paquete de aproximadamente un kilo de cocaína. Se les invitó a ponerse cómodos mientras terminaban la negociación con los vendedores que se habían quedado meditando la oferta. La puerta se cerró y nunca más se abrió. Nadie lo notó hasta que ya era demasiado tarde. Del otro lado, los vendedores accedieron a quedarse con el 50%, gracias a que uno de los chicos argumentó que tal vez comenzarían a vender 3 o 4 veces más de lo que actualmente vendían, pues si el cartel del Talos se quedaba con toda la zona, ellos terminarían heredando todo Ecatepec. Los despidieron con la promesa de ponerse en contacto para comenzar a llevarles nueva mercancía. A todos se les regresó una serie de fotografías con sus familiares, amigos y parejas capturados infraganti en momentos diversos del día. En la habitación se comenzaron a emborrachar, esperando la nueva oferta de la gente del Talos, pero esta llegó en forma de humo y fuego. Por orden del Talos, los habían encerrado y le habían prendido fuego a todo el lugar, esperando que las autoridades encontraran las armas, la droga y que pensaran que todo había sido un fortuito accidente. Mientras todo eso ocurría, el Talos prendía una veladora en la basílica de Guadalupe y le pedía que lo cuidara, lo perdonara y le diera a él y a toda su gente lo que se merecía. Ni más, ni menos. *** Cuando Daniela se asomó se encontró con que la anciana hablaba de nuevo con la televisión, como si se tratara de una video-llamada. Seguía en la misma posición en la que la había dejado. Quitarle el bastón y encenderle la TV era algo que hacía a menudo para ganar un par de minutos y continuar haciendo otras tareas que tenía como enfermera. Apagó la TV, le regresó el bastón y se sentó con ella a conversar. Percibió un aroma de azufre en el aire y miró en dirección a la cocina. Apagó el agua para el té, le sirvió una tasa a la anciana y se sirvió también a ella misma. Daniela, terminó sorprendida de todo lo que platicaron aquella tarde. Nunca la había notado tan lúcida. La anciana no dejó de acariciar la caja de cerillos que escondió entre su vientre y su blusa, mientras le contaba la historia de su vida que una vez más cobraba forma al recordar todos los incendios que una vez provocó. Tenía tanto que no se sentía tan viva y lúcida. *** Por la noche, cuando llegó María, su hija, Daniela ya tenía todas las cosas de la anciana listas para salir a la cena con el gobernador. Le habían dicho a Daniela que por la naturaleza del evento, esta vez no podría acompañarlos, pero mandaría a la anciana, temprano con el chofer, así que tenía que estar en la casa para recibirla. Ella no objetó, aunque sabía que en ese tipo de salidas siempre terminaban olvidándose de Doña Teresa. La subieron a la camioneta y se perdieron en la noche. Daniela tenía sentimientos encontrados. Estaba feliz, por haber visto a Doña Teresa regresar del limbo en el que se encontraba de manera permanente, pero al mismo tiempo tenía un mal presentimiento. De niña había ido a la playa con sus papás. Tenía unos 7 años. Estaba jugando con un balde a recolectar conchitas de mar. Las olas iban y venían de manera que sólo mojaban su pequeños tobillos, a veces un poco más, a veces un poco menos. Su papá se encontraba cerca, negociando con un sujeto unas pulseras con el nombre de su esposa y su hija, y mirando que su niña no fuera más allá de lo que él consideraba una distancia prudente. Daniela se inclinó por una concha muy brillante que parecía contener todos los colores del arcoíris, se sintió afortunada. Mientras se asombraba con aquella obra de arte de la naturaleza, miraba de reojo cómo el mar se alejaba más y más. No había regresado a salpicarle los tobillos, sino que cobró fuerza y como si estuviera furioso, se precipitó sobre ella. La derribó y la revolcó. La arrastró y la soltó lo suficiente como para dejarla gritar “¡PAPÁ!”. Luego regresó deseoso de terminar su trabajo. La revolcó una vez más, la arena se le metió en la nariz y el agua salada le ardió en los ojos. Sintió que moría. Que no volvería a ver a sus papás. Quiso respirar y el agua salada y la arena le llenaron los pulmones. Algo la tomó por uno de sus tobillos y la sacó del mar. Papá había llegado, pero ella jamás volvió a disfrutar la playa y mucho menos del mar. Esa misma sensación sentía en el fondo respecto al momento de lucidez que había presentado Doña Teresa. Como si la demencia se alejara lo suficiente, para regresar con más fuerza y arrasar con todo. *** La cena se llevó a cabo en una de las propiedades más retiradas y exclusivas del gobernador. A puerta cerrada. Desde el momento en que Doña Teresa entró a la preciosa glorieta de la residencia de su yerno, una ansiedad casi convulsiva la asedió. No dejó de frotar con las yemas de sus dedos la caja de cerillos que aún mantenía oculta entre sus ropas. Imaginaba aquel hermoso palacio brillar en la noche como la más grande de todas las estrellas y ella la iba a hacer brillar. Estaría en primera fila. María no se percató de que tan lucida estaba su madre, pues en el camino había estado gestionando su popular cuenta de instagram. Las dos bajaron del carro y María atrajo de inmediato las miradas de todos los hombres del Talos. Sabía que era una mujer muy atractiva y debía de serlo si quería ser la siguiente primera dama. A paso elegante se internó en la elegante residencia. Ahí ya estaban el comandante de la policía junto con un grupo de policías corruptos que ya conocía muy bien, otro grupo de hombres armados que sin duda eran la gente del Talos y el gobernador estrechando la mano de su acaudalado invitado. De principio se decepcionó y pensó que se trataba de uno más de los hombres delTalos, pues la persona que se encontraba bebiendo con él no medía más de 1:60 m. Tenía la piel muy tostada por el sol y sus facciones eran indígenas. Más que un poderoso narcotraficante, parecía un campesino, pero antes de cometer cualquier error, el gobernador la miro de la misma forma que miraba a sus hijos y a su costoso gran danés cuando debían de comportarse. En ese instante supo que él era el Talos. Godinez hubiera muerto de riza de haber presenciado la escena. A unos metros, Doña Teresa tenía una vez más esa sensación de saber exactamente a qué acercar la flama. La imponente residencia había pertenecido a una familia desde hace más de 200 años. Desafortunadamente se habían endeudado bastante al poner una serie de restaurantes que de haber surgido 10 años más tarde, con la llegada del zoológico, habrían sido todo un éxito, pero quebraron. El banco terminó por retirarles la propiedad y la remató en un precio tan absurdo que a penas los dejó recuperar el dinero del préstamo. El comprador, había sido el gobernador. Constaba de una serie de de muros altos y pesadas puertas de madera, muy del estilo colonial del siglo XIX. También poseía una caballeriza y su propio pozo. Además se encontraba en una de las partes más altas de la zona, por lo cual tenía una hermosa vista de todo Ecatepec. Ahora que pertenecía al gobernador éste la había mandado restaurar y adornar con sutiles toque de iluminación por todos lados, cosa que le daba un aire moderno, sin ser así. Por fuera ostentaba una serie de arcos que adornaban la abundante cantidad de puertas altas que se encontraban bien aseguradas por barrotes, también de un estilo colonial. Esto hacía que no perdiera la estética y que al mismo tiempo se encontrara bien asegurada. Todas esas puertas fungían como ventanas, y por dentro estaban adornadas exquisitamente con preciosas cortinas rojas de algodón, que se extendían desde lo alto de los techos hasta rosar con delicadeza el suelo de madera de jatoba recién pulido. Ahí era donde tenía posada la mirada Doña Teresa. Aquellas enormes cortinas prenderían como lo había hecho el cabello de Eulalia tantos años atrás. Por la cantidad de barrotes, en todo el lugar sólo tres puertas permitían el acceso a la residencia: la de la entrada principal, la que daba la jardín posterior de la residencia y la de proveedores, ubicada en el sótano. Por la naturaleza de la reunión se aseguraron las puertas tanto de proveedores, como la que daba al jardín trasero. Una vez que todos los invitados se encontraban dentro, la puerta principal también se cerró. La cena se llevaría acabo en la sala principal, donde ya los esperaba el tradicional caldo de indianilla junto con los famosos “moscos” un licor dulzón hecho a base de frutas que solía ser el favorito del gobernador para cerrar negocios. Todos los que se tenían que sentar a la mesa lo hicieron. La gente del Talos que tenía que hacer guardia fue invitada a conocer el lugar y posteriormente se les invitó a pasar a otra habitación donde también ya estaba listos una serie de platillos y bebidas alcohólicas tradicionales del Estado de México. La cena y las formalidades iban viento en popa. No se hablaría de negocios hasta que el gobernador y el Talosestuvieran entonados y por supuesto en un lugar más privado. Hasta ese momento, María se había olvidado de su madre, que ya rondaba silenciosa como alma en pena, los pasillos de le lujosa residencia. Para la gente del Talos no representaba mayor amenaza que la de una mosquita de fruta rondando por ahí. De hecho, cualquiera que la hubiera visto observando las cortinas, habría pensado que se trataba de una solemne mujer de paso cansado y dependiente del bastón, cuidando que su dinero estuviera bien gastado. Después de unos minutos dejaron de observarla y se pusieron a charlar de cosas tan cotidianas como la familia y las amantes. Fueron conducidos a la sala contigua donde comenzaron a llenarse la barriga. Sólo el Sangres titubeó y le pasó por la cabeza ponerle marca personal a aquella dulce mujer, pero luego pensó que podría perjudicar los negocios del patrón. Cuando ya no vio a nadie, Doña Teresa actuó como si tuviera 60 años menos. Se encaminó a las cortinas que había visto en la entrada principal y sacó de entre sus ropas la cajita de cerillos “Clásicos de Lujo”, con la imagen compuesta de un templo griego a lo lejos, la amputada Venus del Milo y un ferrocarril atravesando un inclemente desierto, de la marca “La Central”. De ella extrajo la perfecta, pero agresiva mezcla de fósforo y azufre, y lo frotó contra la diminuta lija que reposaba al costado de la caja. Las cortinas ardieron como sólo el algodón podía arder. Las pupilas se le dilataron y la luz entró con más fuerza en su memoria. Recordó haber entrado de noche a la iglesia para empujar con un dedo una de las veladoras. Esta cayó y rodó hasta los pies de un enorme santo donde encendió su habito. Vio las llamas trepar por él y saltar a los cansados cuadros que adornaban aquella sección. Miró las llamaradas crecer y lengüetear la bóveda, y borrar las dos primeras series de paneles al fresco mandados pintar para la visita del Obispo. Vio la iglesia de su pueblo arder hasta los cimientos. El incendio se le atribuyó a una veladora caída. Un accidente. Teresa salió del trance y supo que tal vez este sería su ultimo incendio. Corrió rumbo a las cortinas más próximas y luego a las siguientes y a las siguientes en un estado de ensimismamiento y euforia. En sus ojos brilló una vez más la luz de la vida y por supuesto, de la muerte. Terminó con aquel enorme pasillo y dio vuelta sobre sus talones, corriendo de regreso para prenderle fuego a las cortinas del ala este. Corría como un espíritu desquiciado de cabellos blancos y sonrisa enferma. Con la punta de sus dedos tocaba las cortinas en llamas mientras regresaba sobre sus pasos y no paró sino hasta que topó con las cortinas a las que no les había prendido fuego. Ahí se percató de que la madera de las ventanas había comenzado a encender y también que las flamas se estaban tratando de aferrar a la gruesa madera de la puerta de la entrada principal. Los techos altos estaban haciendo de cómplices soportando las grandes cantidades de humo que exhalaban las cortinas, pero no tardaría en darse cuenta la gente del Talos, así que tenía que actuar aún más rápido. Ahora se dirigió a los pasillos donde sabía que nadie la vería. Cuando los hombres del Talos se dieron cuenta de que no se les había quemado algo en la cocina, ya era demasiado tarde. Todos habían quedado encerrados y no había manera de salir. El gobernador no tuvo tiempo ni de comprender por qué el Talos había desenfundado su arma y le apuntaba justo en medio de los ojos y entonces le metió un tiro en la frente. Talos tenía un pequeño dispositivo en la oreja por la cual estaba en contacto con el Sangres y pudo escuchar sus gritos y los de los hombres que lo acompañaban en el momento en que el fuego los alcanzaba y cocinaba vivos. Su gente no esperó la indicación y comenzaron a disparar contra el comandante y los policías corruptos ahí presentes. Ningún policía desenfundó a tiempo. Le pidió a su gente que le dieran sus chamarras y abrigos. Se las puso encima y salió corriendo. No pudo recorrer ni 10 metros cuando se paró en seco, estaba viendo la virgen formada por las llamas de una de las puertas chamuscadas. Quiso arrepentirse, pero antes encontró su muerte bajo una enorme viga de madera que le partió la cabeza como si fuera un huevo. El hedor dulzón de su carne inundó aquella habitación. Los demás se replegaron ante las llamas e intentaron en vano quitar los barrotes de las ventanas. Ardieron hasta los huesos. Doña Teresa murió de una manera más reveladora. Toda su vida pasó frente a sus ojos y tuvo la dicha de morir sabiendo todo lo que quemó: una iglesia, una primaria, una gasolinera, un orfanato una Eulalia. Nunca nadie la atrapó. Doña Teresa con su último gusto culposo se convirtió en una heroína involuntaria. Sólo Dios sabe cuántas vidas salvó con esa pequeña cajita de cerillos. --- Por: Kris Durden Website: http://www.krisdurden.com/ Facebook: https://www.facebook.com/KrisDurdenOficial Twitter: https://twitter.com/KrisDurden

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