Estimados y estimadas
Pongo a continuación el último capítulo de JON Nieve del libro Danza con Dragones de George R.R. Martin.
Advertencia : Si no has leido los capítulos previos no sigas leyendo, pues habrá información del final del libro (spoilers).
Este es el capítulo 69 del libro, luego le siguen La mano de la reina, con Ser Barristan como protagonista, posteriormente la aparación de Daenerys con su dragon, y finalmente con el epílogo que cuenta las últimas horas de Ser Kevan Lannister, regente del rey Tommen.
Dejo este texto porque creo que es el más fuerte de los últimos, sin perjuicio que comentemos todo el libro y sus finales.
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69. JON (13)
–Dejadlos morir– dijo la reina Selyse.
Era la respuesta que esperaba Jon Nieve. «Esta reina nunca te decepciona». Sin
embargo, eso no suavizó el golpe. –Su Alteza– insistió tercamente, –se están muriendo
de hambre a miles en Casa Austera. Muchos son mujeres
–y niños, sí. Muy triste– La reina acercó hacia sí a su hija y le besó la mejilla. «La
mejilla que no estaba manchada por la psoriagrís», Jon hizo como si no lo notase. –Lo
sentimos por los pequeños, por supuesto, pero tenemos que ser sensatos. No tenemos
comida para ellos y son muy pequeños para ayudar a mi esposo, el rey, en sus guerras.
Será mejor para ellos renacer en la luz.
Esa era una forma más suave de decir dejadlos morir.
La estancia estaba llena de gente. La princesa Shireen se mantuvo junto al asiento de su
madre, mientras Caramanchada estaba sentado con las piernas cruzadas a sus pies. Ser
Axell Florent surgió de detrás de la reina. Melisandre de Asshai se mantenía cerca del
fuego y el rubí en su garganta latía con cada respiración. La mujer roja también tenía
sus guardias – el escudero Devan Seaworth y dos de los centinelas que el rey le había
dejado.
Los protectores de la reina Selyse estaban situados en torno a los muros, caballeros
brillantes en fila: Ser Malegorn, Ser Benethon, Ser Narbert, Ser Patrek, Ser Dorden, Ser
Brus. Con tantos salvajes sedientos de sangre infestando el Castillo Negro, Selyse
mantenía a sus espadas juramentadas cerca noche y día. Tormund Matagigantes le
había rugido –Tiene miedo de que se la lleven por delante1, ¿verdad? Espero que no le
hayas dicho lo grande que es mi polla, Jon Nieve, eso asustaría a cualquier mujer.
Siempre quise una para mí con bigote– . Después rió y rió.
«Ahora no se reiría».
Jon ya había perdido demasiado tiempo allí. –Siento haberos importunado, Alteza. La
Guardia de la Noche se hará cargo de este asunto.
A la reina le palpitaban las2 aletas de la nariz. –Así que aún pensáis cabalgar hasta Casa
Austera. Lo veo en vuestra cara. Dejadlos morir, dije. Y aun así persistís en esta
locura. No lo neguéis.
–Debo hacer lo que crea conveniente. Con todo respeto, su Alteza, el Muro es mío y la
decisión también.
–Lo es– concedió Selyse, –y responderéis por ello cuando vuelva el rey. Y por otras
decisiones que habéis tomado, me temo. Pero veo que sois sordo ante la sensatez.
Haced lo que debáis.
Ser Malegorn levantó la voz. –Lord Nieve, ¿quién va a liderar la exploración?
–¿Os estáis ofreciendo, ser?
–¿Tengo pinta de estar loco?
Caramanchada dio un salto. –Yo la lideraré– Sus cascabeles sonaron alegremente. –
Marcharemos hasta el mar y volveremos. Bajo las olas cabalgaremos caballos de mar y
las sirenas soplaran conchas marinas anunciando nuestra llegada, oh, oh, oh.
Todos rieron. Incluso la reina Selyse se permitió esbozar una pequeña sonrisa. Jon se
divertía menos. –No pediré a mis hombres que hagan lo que yo no haría. Pienso liderar
yo la expedición.
–Qué audaz por vuestra parte– dijo la reina. –Lo aprobamos. Después algún bardo hará
una canción conmovedora sobre vos, sin duda, y tendremos un Lord Comandante más
prudente– Tomó un sorbo de vino. –Hablemos de otros temas. Axell, traed al rey
salvaje, si sois tan amable.
–Ahora mismo, su Alteza.– Ser Axell atravesó la puerta y volvió un momento después
con Gerrik Kingsblood. –Gerrick de la casa Barbarroja3– anunció, –Rey de los
Salvajes.
Gerrick Kingsblood era un hombre alto, de largas piernas y ancho de hombros. Al
parecer, la reina lo había vestido con algunas de las prendas viejas del rey. Lavado y
cepillado, envuelto en terciopelos verdes y una capa corta de armiño, con su largo pelo
rojo limpio y su fiera barba afeitada y recortada, el salvaje parecía un señor sureño.
«Podría entrar en el salón del trono en Desembarco del Rey y nadie ni pestañaría»,
pensó Jon.
–Gerrick es el único y verdadero rey de los salvajes– dijo la reina, –descendiente de
una línea (dinástica) masculina continua desde el gran rey Raymun Barbarroja, mientras
que el usurpador Mance Rayder nació de una mujer cualquiera y su padre era uno de
vosotros, hermanos negros.
«No», podría haber dicho Jon, «Gerrick desciende de un hermano menor de Raymun
Barbarroja». Para el Pueblo Libre eso contaba tanto como ser descendiente del caballo
de Raymun Barbarroja. «No saben nada, Ygritte. Y lo que es peor, no aprenderán».
–Gerrick ha tenido la deferencia de dar la mano de su hija mayor a mi querido Axell,
para ser unidos por el Señor de la Luz en sagrado matrimonio– dijo la reina Selyse. –
Sus otras hijas se casarán al mismo tiempo, la segunda hija con Ser Brus Buckler y la
pequeña con Ser Malegorn de Redpool.
–Señores– Jon inclinó la cabeza ante los caballeros en cuestión. –Que encuentren
ustedes la felicidad con sus prometidas.
3No recuerdo si en anteriores libros se traducía o no. En cualquier caso, es Redbeard.
–Bajo el mar, los hombres se casan con los peces– Caramanchada hizo un pequeño paso
de baile, haciendo tintinear sus cascabeles. –Lo hacen, lo hacen, lo hacen.
La reina Selyse estiró la nariz una vez más. –Se pueden celebrar cuatro bodas tan
fácilmente como tres. Ha pasado ya tiempo desde que esta mujer, Val, ha vuelto, Lord
Nieve. He decidido que se casará con mi buen y leal caballero, Ser Patrick de la
Montaña del Rey.
–¿Se le ha comunicado eso a Val, su Alteza?– preguntó Jon. –Para el Pueblo Libre,
cuando un hombre desea a una mujer, la roba, y así da pruebas de su fuerza, su astucia y
su coraje. El pretendiente se arriesga a una paliza salvaje si la familia de la mujer lo
atrapa, y es aún peor si ésta no lo encuentra digno de ella.
–Una costumbre salvaje– dijo Axell Florent.
Ser Patrek sólo rió. –Ningún hombre ha tenido motivos para cuestionar mi coraje.
Ninguna mujer lo hará jamás.
La reina Selyse frunció los labios. –Lord Nieve, como Lady Val no conoce nuestras
costumbres, por favor, enviádmela para que la instruya en las obligaciones de una mujer
noble para con su esposo.
«Eso saldrá de maravilla, seguro». Jon se preguntó si la reina estaría tan entusiasta con
ver a Val casada con uno de sus propios caballeros si supiese los sentimientos de Val
con respecto a la princesa Shireen. –Como deseéis– dijo –pero si pudiese hablar
libremente...
–No, no lo creo. Os podéis retirar.
Jon Nieve dobló la rodilla, hizo una reverencia con la cabeza, se retiró.
Daba los paso de a dos, saludando a los guardias de la reina a la vez que descendía. Su
Alteza había puesto hombres en cada lugar para que la mantuvieran a salvo de los
salvajes asesinos. A medio camino en el descenso, oyó una voz a su espalda. –Jon
Nieve.
Jon se dio la vuelta. –Lady Melisandre.
–Debemos hablar.
–¿Debemos?– «No lo creo». –Mi señora, tengo cosas que hacer.
–Es de esas cosas de las que quiero hablar– Bajó las escaleras, haciendo susurrar el
dobladillo de su falda escarlata con cada paso. Casi parecía que flotaba. –¿Dónde está
vuestro lobo huargo?
–Dormido en mis habitaciones. Su Alteza no permite a Fantasma en su presencia. Dice
que asusta a la princesa. Y mientras Borroq y su jabalí estén por aquí, no me arriesgaré
a tenerlo suelto– El cambiapieles iba a irse con Soren Rompedor-de-Escudos hacia
Puertapiedra una vez que volviesen los wayns que llevaban al clan de Seal-Skinner
hacia Guardiaverde. Hasta entonces, Borroq se había instalado en una de las antiguas
tumbas junto al cementerio del castillo. Al parecer, le gustaba más la compañía de
hombres muertos hacía tiempo que la de los hombres vivos y su jabalí parecía feliz
paseando entre las tumbas, lejos de otros animales. –Esa cosa tiene el tamaño de un
buey, con colmillos largos como espadas. Fantasma iría tras él si estuviese suelto y uno
de los dos, o ambos, no sobreviviría el encuentro.
–Borroq es la última de vuestras preocupaciones. Esta expedición…
–Una palabra vuestra habría persuadido a la reina.
–Selyse tiene razón en este caso, Lord Nieve. Dejadlos morir. No podéis salvaros.
Vuestras naves se han perdido.
–Aún quedan seis. Más de la mitad de la flota.
–Vuestras naves están perdidas. Todas ellas. Ningún hombre volverá. Lo he visto en
mis llamas.
–Se sabe que vuestras llamas mienten.
–He cometido errores, lo he admitido, pero...
–Una niña gris en un caballo moribundo. Puñales en la oscuridad. Un príncipe
prometido, nacido de humo y sal. Me parece que no hacéis más que cometer errores, mi
señora. ¿Dónde está Stannis? ¿Qué pasa con Casaca de Matraca y sus mujeres?
¿Dónde está mi hermana?
–Todas vuestras preguntas serán respondidas. Mirad los cielos, Lord Nieve. Y cuando
tengáis vuestras respuestas, llamadme. El invierno está casi sobre nosotros. Soy
vuestra única esperanza.
–La esperanza de un loco– . Jon se dio la vuelta y la dejó.
Leathers estaba rondando fuera. –Toregg ha vuelto– informó a Jon cuando éste salió. –
Su padre ha instalado a su gente en Escudo de Roble y volverá esta tarde con ochenta
guerreros. ¿Qué dijo la reina barbuda?
–Su Alteza no puede proporcionarnos ayuda.
–Está muy ocupada desplumándose la barbilla, ¿no?– escupió Leathers. –No importa.
Los hombres de Tormund y los nuestros serán suficientes.
«Suficiente para llegar hasta allí, quizás». Era el viaje de vuelta lo que preocupa a Jon
Nieve. Al regreso, se verían retrasados por miles de personas del Pueblo Libre, muchos
enfermos o desnutridos. «Un río humano moviéndose más lentamente que un río de
hielo». Eso los hacía vulnerables. «Cosas muertas en los bosques. Cosas muertas en el
agua». –¿Cuántos hombres son suficientes?– preguntó a Leathers. –¿Cien?
¿Doscientos? ¿Quinientos? ¿Mil?– «¿Debería llevar más o menos hombres?» Una
expedición pequeña llegaría antes a Casa Austera… pero ¿de qué servirían las espadas
sin comida? Madre Topo y su gente ya se comían a sus propios muertos. Para
alimentarlos, Jon necesitaría llevar carretas y carros, y animales preparados para
arrastrarlos – caballos, bueyes, perros. En lugar de volar a través del bosque, estarían
condenados a gatear. –Aún hay mucho que decidir. Que corra la voz. Quiero a todos
los capitanes en el Salón del Escudo cuando comience el turno de guardia de noche.
Tormund ya debería haber regresado para entonces. ¿Dónde puedo encontrar a Toregg?
–Con el pequeño monstruo, cómo no. He oído que le ha tomado cariño a una de sus
amas de leche.
«Le ha tomado cariño a Val. Su hermana era una reina, ¿por qué no ella?» Tormund
había pensado una vez en ser él mismo Rey-Más-Allá-Del-Muro, antes de que Mance lo
depusiese. Toregg el Alto podía tener también el mismo sueño. «Mejor él que Gerrick
Kingsblood». –Déjalos– dijo Jon, –puedo hablar con Toregg más tarde.– Miró más allá
de la Torre del Rey. El Muro estaba de un blanco mate, y el cielo sobre él era aún más
blanco. «Un cielo de nieve». –Sólo recemos para que no venga otra tormenta.
Fuera de la armería, Mully y la Pulga estaban de guardia y tiritando. –¿No deberíais
estar dentro, a merced del viento?– preguntó Jon.
–Eso sería genial, mi señor– dijo Fulk el Pulga, –pero vuestro lobo no está de humor
para tener compañía hoy.
Mully asintió. –Intentó darme un bocado.
–¿Fantasma?– Jon estaba asombrado. –A menos que su señoría tenga algún otro lobo
blanco, sí. Nunca lo había visto así, mi señor. Quiero decir, asalvajado.
Jon descubrió por sí mismo cuando entró por la puerta que Mully no estaba equivocado.
El gran lobo huargo blanco ya no estaba tumbado. Iba de un lado a otro de la armería,
hasta pasar la forja y de vuelta otra vez. –Tranquilo, Fantasma– lo llamó Jon. –Abajo.
Siéntate, Fantasma. Abajo– Incluso cuando fue a tocarlo, el lobo se erizó y enseñó los
dientes. «Es ese puñetero jabalí. Incluso aquí, Fantasma puede oler su peste».
El cuervo de Mormont parecía estar agitado también. –Nieve– el pájaro seguía gritando.
–Nieve, nieve, nieve– Jon lo espantó y cuando Satin había encendido el fuego lo envió a
buscar a Bowen Marsh y a Othell Yarwyck. –Trae también una jarra de vino caliente.
–¿Tres copas, mi señor?
–Seis. Mully y la Pulga parecen necesitar algo de calor. Y tú también.
Cuando Satin se fue, Jon se sentó y echó otro vistazo a los mapas de las tierras al norte
del Muro. La ruta más rápida hasta Casa Austera era bordeando la costa… desde
Guardiaoriente. Los bosques eran más estrechos cerca del mar; el terreno,
principalmente llanuras, colinas onduladas y marismas salinas. Y cuando las tormentas
de otoño llegaran como un vendaval, en la costa habría aguanieve, granizo y lluvia
helada en lugar de nieve. «Los gigantes están en Guardiaoriente y Leathers dice que
algunos ayudarán». Desde el Castillo Negro la ruta era más difícil, a través del corazón
del bosque encantado. «Si la nieve es profunda en el Muro, ¿cuánto peor no será allí
arriba?»
Marsh entró resoplando, Yarwyck con cara severa. –Otra tormenta– anunció el Primer
Constructor. –¿Cómo vamos a trabajar así? Necesito más albañiles.
–Usa a la gente libre– dijo Jon.
Yarwyck negó con la cabeza. –Dan más problemas de lo que trabajan, eso.
Descuidados, desprolijos, vagos… algunos buenos trabajadores aquí y allá, no lo
negaré, pero difícilmente un albañil entre todos ellos, y menos un herrero. Espaldas
fuertes, puede ser, pero no harán lo que se les diga. Y nosotros tenemos que transformar
esas ruinas en fuertes. No puede hacerse, mi señor. Le digo la verdad. No puede
hacerse.
–Se hará– dijo Jon, –o vivirán en las ruinas.
Un señor necesitaba hombres a su alrededor a los que pedirles consejo honesto. Marsh
y Yarwyck no lo adulaban, y eso era bueno… pero tampoco eran ninguna ayuda. Cada
vez más, se daba cuenta de que sabía lo que diría antes de preguntarles.
Su desaprobación era profunda especialmente en lo que concernía al Pueblo Libre.
Cuando Jon puso a Soren Rompedor-de-Escudos en Puertapiedra, Yarwyck se quejó de
que estaría muy aislado. ¿Cómo podrían saber qué maldades podría llegar a hacer, allá
en aquellas colinas? Cuando concedió Escudo de Roble a Tormund Matagigantes y
Puerta de la Reina a Morna Máscara Blanca, Marsh señaló que el Castillo Negro estaría
ahora con rodeado por ambos lados con gente que podría aislarlo completamente del
resto del Muro. Con respecto a Borroq, Othel Yarwyck señaló que los bosques al norte
de Puertapiedra estaban llenos de jabalíes salvajes. ¿Quién podría asegurar que el
cambiapieles no iba a reclutar su propio ejército de cerdos?
Colina Escarcha y Puertaescarcha aún no tenían fuertes, por lo que Jon les había
preguntado su opinión acerca de cuáles de los jefes salvajes y señores de la guerra que
quedaban deberían enviarse para dirigirlos. –Tenemos a Brogg, Gavin el Comerciante,
la Gran Morsa… Howd Trotamundos va solo, dice Tormund, pero aún están Harle el
Cazahombres, Harle el Apuesto, Doss el Ciego… Ygon Old-father también dirige a
unos cuantos, pero la mayor parte son sus propios hijos y nietos. Tiene dieciocho
mujeres, la mitad de ellas tomadas a la fuerza en saqueos. Cuál de estos…
–Ninguno– había dicho Bowen Marsh. –Conozco a todos esos hombres por sus hechos.
Deberíamos estar asegurándonos de tenerlos bien atados, no dándoles nuestros castillos
–Sí– coincidió Othell Yarwyck. –Un mendigo puede elegir entre lo malo, lo más malo y
lo peor. Mi señor nos regala una manada de lobos y nos pregunta cuál nos gustaría que
nos muerda la garganta.
Sucedía lo mismo ahora con respecto a Casa Austera. Satin les sirvió el vino mientras
Jon les contaba su audiencia con la reina. Marsh escuchaba atentamente, ignorando el
vino caliente, mientras Yarwyck bebía una copa tras otra. Pero tan pronto como Jon
terminó el Lord Mayordomo dijo –Su Alteza es sabia. Dejadlos morir.
Jon se echó hacia atrás. –¿Es ese todo el consejo que podéis darme, mi señor? Tormund
me trae ochenta hombres. ¿Cuántos deberíamos enviar? ¿Deberíamos recurrir a los
gigantes? ¿A las mujeres de Long Barrow? Si llevamos mujeres con nosotros, será más
fácil tratar con la gente de Madre Topo.
–Enviad mujeres, pues. Enviad gigantes. Enviad bebés de pecho. ¿Eso es lo que mi
señor quiere escuchar?– Bowen Marsh se frotó la cicatriz que se había traído de Puente
de Calaveras. –Mandadlos a todos. Cuantos más se vayan, menos bocas tendremos que
alimentar.
Yarwyck no ayudó mucho más. –Si los salvajes de Casa Austera necesitan que los
salven, dejad a los salvajes ir a salvarlos. Tormund conoce el camino hasta Casa
Austera. Por cómo habla, podría salvarlos a todos él solo con su miembro.
«Esto ha sido inútil», pensó Jon. «Inútil, infructuoso, desesperado». –Gracias por
vuestro consejo, mis señores.
Satin los ayudó a ponerse las capas. Mientras atravesaban la armería, Fantasma los
olfateó, con el rabo en alto y el pelo erizado. «Mis hermanos». La Guardia de la Noche
necesitaba líderes con la sabiduría del Maestre Aemon, los conocimientos de Samwell
Tarly, el coraje de Qhorin Mediamano, la fuerza tenaz del Viejo Oso, la compasión de
Donal Noye. En cambio, tenía a estos.
La nieve caía con fuerza fuera. –El viento viene del sur– observó Yarwyck. –Está
soplando la nieve directo contra el Muro. ¿Lo veis?
Tenía razón. Jon vio que la escalera zigzagueante estaba enterrada casi hasta el primer
descansillo y las puertas de madera de las celdas de hielo y los almacenes habían
desaparecido detrás de un muro blanco. –¿Cuántos hombres tenemos en las celdas de
hielo?– le preguntó a Bowen Marsh.
–Cuatro vivos. Dos muertos.
«Los cadáveres». Jon casi los había olvidado. Había tenido la esperanza de aprender
algo de los cuerpos que habían traído de vuelta del bosquecillo de arcianos, pero los
hombres muertos se había mantenido tercamente muertos. –Tenemos que desbloquear
esas celdas.
–Diez albañiles y diez palas lo harán– dijo Marsh.
–Usad también a WunWun.
–Como mandéis.
Diez peones y un gigante poco podían hacer en la ventisca, pero incluso cuando las
puertas estuvieron liberadas, Jon no estaba satisfecho. –Esas celdas están enterradas
una vez más por la mañana. Debemos mover a los prisioneros antes de que se
asfixien– .
–¿Karstark también, mi señor?– preguntó Fulk el Pulga. –¿No podríamos simplemente
dejarlo tiritar hasta la primavera?
–Lo haríamos si pudiéramos– Cregan Karstark se había acostumbrado a aullar por las
noches y a tirar heces congeladas a cualquiera que fuese a llevarle comida. Aquello no
había hecho que los guardias lo quisiesen mucho. –Llevadlo a la torre del Lord
Comandante. Debería caber en la cripta inferior.– A pesar de que estaba parcialmente
derrumbada, la antigua residencia del Viejo Oso sería más caliente que las cedas de
hielo. Sus bodegas bajas estaban prácticamente intactas.
Cregan pateó a los guardias cuando atravesaron la puerta, se revolvió y empujó cuando
lo agarraron, e incluso intentó morderlos. Pero el frío lo había debilitado y los hombres
de Jon eran más grandes, más jóvenes y más fuertes. Lo llevaron fuera, aún
forcejeando, y lo arrastraron a través de la nieve que cubría hasta las rodillas, hasta su
nuevo hogar.
–¿Qué querría el Lord Comandante que hiciéramos con los cadáveres?– preguntó Marsh
cuando ya habían trasladado a los vivos.
–Dejadlos– Si la tormenta los enterraba, perfecto. Necesitaría quemarlos en algún
momento, sin duda, pero por el momento estaban encadenados con grilletes de acero en
sus celdas. Eso, y el hecho de que estuviesen muertos, debía ser suficiente para
mantenerlos inofensivos.
Tormund Matagigantes llegó a la hora calculada, haciendo estruendo con sus guerreros
cuando ya se había terminado de cavar. Parecía que sólo habían acudido cincuenta, en
lugar de los ochenta que Toregg había prometido a Leathers, pero a Tormund no lo
llamaban el Gran Hablador por nada. Los salvajes llegaron con las caras rojas, pidiendo
a gritos un cuerno de cerveza y algo caliente para comer. Tormund tenía hielo en la
barba y una costra en el bigote.
Alguien ya le había hablado al Puño de Trueno acerca de Gerrick Kingsblood y su
nuevo estilo. –¿Rey de los Salvajes?– rugió Tormund. –¡Ja! Rey de mi Ojo del Culo
Peludo, mejor dicho.
–Tiene un aspecto majestuoso– dijo Jon.
–Lo que tiene es una polla pequeñita y roja a juego con todo ese pelo rojo, eso es lo que
tiene. Raymund Barbarroja y sus hijos murieron en Lagolargo, gracias a tus puñeteros
Stark y el Gigante Borracho. No el hermano pequeño. Siempre me pregunto por qué lo
llamarían el Cuervo Rojo– La boca de Tormund se abrió en una sonrisa enseñando los
dientes. –Era el primero en correr a la batalla. Hubo una canción sobre ello, después.
El cantante tenía que encontrar una rima para cuervo, así que…– Se limpió la nariz. –Si
los caballeros de tu reina quieren esas chicas suyas, que se las queden.
–Chicas– graznó el cuervo de Mormont. –Chicas, chicas.
Eso hizo que Tormund empezase a reír otra vez. –Esto sí que es un pájaro con sensatez.
¿Cuánto quieres por él, Nieve? Te di un hijo, lo menos que podrías hacer es darme el
maldito pájaro.
–Lo haría– dijo Jon, –pero lo más probable es que te lo comerías.
Tormund rugió también entonces. –Comer– dijo el cuervo sombríamente, batiendo sus
alas negras. –¿Maíz? ¿Maíz? ¿Maíz?
–Tenemos que hablar de la expedición– dijo Jon. –Quiero que seamos uno solo en el
Salón del Escudo, debemos– Se calló cuando Mully asomó las narices por la puerta, con
la cara lúgubre, para anunciar que Clydas traía una carta.
–Dile que te la dé. La leeré más tarde.
–Como digáis, mi señor, es sólo que… Clydas no parece él mismo… está más blanco
que rosa, si me entendéis… y está temblando.
–Alas negras, palabras negras– murmuró Tormund. –¿No es lo que decís los que os
arrodilláis?
–Decimos sangrar un resfriado pero festejar la fiebre también– le dijo Jon. –Decimos
Nunca bebas con dornienses con la luna llena. Decimos muchas cosas.
Mully añadió sus dos chascarrillos –Mi vieja abuela solía decir los amigos del verano se
derretirán como las nieves del verano, pero los amigos del invierno serán amigos para
siempre.
–Creo que ya hemos tenido suficiente sabiduría por el momento– dijo Jon Nieve. –Deja
entrar a Clydas, si eres tan amable.
Mully no estaba equivocado; el viejo mayordomo estaba temblando, su cara tan pálida
como la nieve fuera. –Estaré siendo estúpido, Lord Comandante, pero… esta carta me
horroriza. ¿La ve?
«Bastardo», era la única palabra escrita por fuera en el rollo. No Lord Nieve o Jon
Nieve o Lord Comandante. Simplemente Bastardo. Y la carta estaba sellada con un
manchón de cera rosa fuerte. –Has hecho bien en venir directamente a mí– dijo Jon.
«Has hecho bien en asustarte». Rompió el sello, estiró el pergamino y leyó.
Tu falso rey está muerto, bastardo. Él y toda su hueste fueron aniquilados en siete días
de batalla. Tengo su espada mágica. Díselo a su puta roja.
Tu falso rey y sus amigos están muertos. Sus cabezas, sobre los muros de Invernalia.
Ven a verlos, bastardo. Tu falso rey mintió y tú también. Le dijiste al mundo que
habías quemado al Rey-más-allá-del-Muro. En lugar de eso lo mandaste a Invernalia
a robarme a mi mujer.
Tendré a mi mujer de vuelta. Si quieres otra vez a Mance Rayder, ven a por él. Lo
tengo en una jaula para que lo vea todo el norte, como prueba de tus mentiras. La
jaula es fría, pero le he hecho una capa calentita con las pieles de las seis putas que
vinieron con él a Invernalia.
Quiero a mi mujer de vuelta. Quiero a la reina del falso rey. Quiero a su hija y a su
bruja roja. Quiero a su princesa salvaje.
Quiero al pequeño príncipe, el bebé salvaje. Y quiero a mi Hediondo. Mándamelos,
bastardo, y no te molestaré ni a ti ni a tus cuervos negros. No lo hagas y te cortaré tu
corazón de bastardo y te lo haré comer.
Estaba firmada,
Ramsay Bolton
Auténtico Señor de Invernalia
–¿Nieve?– dijo Tormund Matagigantes. –Parece como si la cabeza sangrante de tu padre
hubiera salido rodando de ese pergamino.
Jon Nieve no contestó en el momento. –Mully, ayuda a Clydas a volver a sus
habitaciones. La noche es oscura y los senderos estarán resbaladizos con la nieve.
Satin, ve con ellos.– Le tendió la carta a Tormund Matagigantes. –Aquí tienes. Míralo
tú mismo.
El salvaje le echó una mirada dubitativa a la carta y la devolvió. –Sonará mal… pero
Tormund Puño de Trueno tiene cosas mejores que hacer que aprender a que los papeles
le hablen. Nunca tienen nada bueno que decir, ¿verdad?
–Casi nunca– admitió Jon Nieve. «Alas negras, palabras negras». Quizás había más
verdad en aquel dicho antiguo de la que él creía. Fue enviada por Ramsay Nieve. Te
leeré lo que escribió.
Cuando acabó, Tormund silbó. –Es jodido, sin duda. ¿Qué es eso que dice sobre
Mance? ¿Qué lo tiene en una jaula? ¿Cómo, si cientos vieron a la bruja roja quemarlo
vivo?
«Ese era Casaca de Matraca», casi dijo Jon. «Eso era brujería. Un reclamo, lo llamó».
–Melisandre… dijo mira los cielos– Dejó la carta. –Un cuervo en la tormenta. Ella lo
vio venir– «Cuando tengáis vuestras respuestas, llamadme».
–Puede que sea un atajo de mentiras– Tormund se rascó la barba. –Si tuviese una buena
pluma de oca y un caldero de tinta de maestre, podría escribir que mi miembro es largo
y gordo como mi brazo, y no por ello es así.
–Tiene Dueña de Luz. Habla de cabezas sobre los muros de Invernalia. Sabe lo de las
mujeres y cuántas eran– «Sabe lo de Mance Rayder». –No. Esto es verdad.
–No diré que te equivocas. ¿Qué piensas hacer, cuervo?
Jon dobló los dedos de la mano de la espada. «La Guardia de la Noche no toma
partido». Cerró el puño y lo abrió otra vez. «Lo que propones no es menos que
traición». Pensó en Robb, con copos de nieve derritiéndose en su pelo. «Mata al niño y
deja nacer al hombre». Pensó en Bran, trepando por las paredes de una torre, ágil como
un mono. En la risa sin aliento de Rickon. En Sansa, cepillando su capa de señora y
cantando para sí. «No sabes nada, Jon Nieve». Pensó en Arya, con su pelo enredado
como el nido de un pájaro. «Le hice una capa calentita con las pieles de las seis putas
que vinieron con él a Invernalia… Quiero a mi mujer de vuelta… Quiero a mi mujer de
vuelta… Quiero a mi mujer de vuelta…»
–Creo que mejor deberíamos cambiar el plan– dijo Jon Nieve.
Hablaron durante casi dos horas.
Horse y Rory habían reemplazado a Fulk y a Mully en la puerta de la armería con el
cambio de guardia. –Conmigo– les dijo Jon cuando llegó el momento. Fantasma lo
hubiera seguido también, pero cuando el lobo vino sigilosamente tras ellos, Jon lo
agarró por el cuello y lo volvió a meter dentro. Borroq podría estar entre la
concurrencia en el Salón del Escudo. Lo último que necesitaba ahora era que su lobo
atacase al jabalí del cambiapieles.
El Salón del Escudo era una de las partes más antiguas del Castillo Negro, una sala de
fiestas larga y ventilada, de piedra oscura, con las vigas de roble negras por el humo de
los siglos. Antes, cuando la Guardia de la Noche era mucho más numerosa, sus muros
estaban decorados con filas de brillantes escudos de madera coloreada. Entonces, como
ahora, cuando un caballero se vestía de negro, la tradición decretaba que dejase sus
armas antiguas y tomase el escudo negro liso de la hermandad. Los escudos
descartados acababan, así, colgados en el Salón del Escudo.
Cientos de caballeros implicaba cientos de escudos. Halcones y águilas, dragones y
grifos, soles y venados, lobos y wyverns, mantícoras, toros, árboles y flores, arpas,
lanzas, langostas y krakens, leones rojos y leones dorados y leones a cuadros, búhos,
corderos, doncellas y sirenos, sementales, estrellas, cántaros y hebillas, hombres
desollados y hombres colgados y hombres ardiendo, hachas, espadas largas, tortugas,
unicornios, osos, plumas, arañas y serpientes y escorpiones y cien símbolos heráldicos
más habían adornado el Salón del Escudo, blasonado en más colores que cualquier
arcoíris que pudiera soñarse.
Pero cuando un caballero moría, el escudo se descolgaba y debía ir con él a su pira o
tumba. Según pasaron los años, cada vez menos caballeros se vestían de negro. Llegó
un día en que no tuvo más sentido que los caballeros del Castillo Negro cenasen aparte.
El Salón del Escudo fue abandonado. En los últimos cien años, había sido utilizado de
forma poco frecuente. Como sala para cenar dejaba mucho que desear – era oscura,
sucia, tenía corrientes de aire y era difícil de calentar en invierno, sus bodegas estaban
infestadas de ratas, sus enormes vigas de madera, comidas por los gusanos y adornadas
con telarañas.
Pero era lo suficientemente amplia y larga como para que se sentasen doscientos, y la
mitad más si se apretujaban. Cuando Jon y Tormund entraron, un sonido atravesó el
salón, como un avispero en movimiento. Los salvajes sobrepasaban en número a los
cuervos a razón de cinco a uno, a juzgar por el poco negro que vio. Quedaba menos de
una docena de escudos, cosas tristes y grises con pintura descolorida y grietas en la
madera. Pero había teas nuevas ardiendo en las antorchas de hierro de los muros y Jon
había ordenado que se pusiesen mesas y bancos. Los hombres con un asiento cómodo
estaban más inclinados a escuchar, le había dicho una vez el Maestre Aemon; los
hombres de pie estaban más inclinados a gritar.
En la parte alta del salón había una plataforma combada. Jon se subió a ella, con
Tormund Matagigantes a su lado, y levantó las manos pidiendo silencio. Las avispas
zumbaron más fuerte. Entonces Tormund se puso su cuerno de guerra en la boca y dio
un toque. El sonido llenó el salón, haciendo ecos en las vigas sobre las cabezas. Se
hizo el silencio.
–Os he mandado llamar para hacer planes para el auxilio de Casa Austera– , empezó Jon
Nieve. –Miles del Pueblo Libre están allí, atrapados y muriendo de hambre, y hemos
tenido informes de cosas muertas en el bosque.– A la izquierda vio a Marsh y Yarwyck.
Othell estaba rodeado de sus albañiles, mientras que Bowen tenía a Wick Whittlestick,
Lew Manoizquierda y Alf de Runnymudd junto a él. A su derecha, Soren Rompedorde-
Escudos estaba sentado con sus brazos cruzados contra el pecho. Más atrás, Jon vio
a Gavin el Comerciante y a Harle el Apuesto susurrándose entre ellos. Ygon Old-father
estaba sentado entre sus mujeres, Howd Trotamundos solo. Borroq se apoyaba contra el
muro en una esquina oscura. Por suerte, no se veía a su jabalí por ninguna parte. –Los
barcos que envié a Madre Topo y su gente se hundieron por las tormentas. Debemos
enviar cualquier ayuda que podamos por tierra o dejarlos morir– Jon vio que dos de los
caballeros de la reina Selyse también habían ido. Ser Narbert y Ser Benethon se
mantuvieron cerca de la puerta al fondo del Salón. Pero el resto de los hombres de la
reina brillaron por su ausencia. –Tenía la esperanza de liderar la expedición yo mismo y
traer de vuelta a toda la gente que pudiera sobrevivir al viaje– Una ráfaga roja en el
fondo del salón captó la mirada de Jon. Lady Melisandre había llegado. –Pero ahora
veo que no puedo ir al Casa Austera. La expedición irá al mando de Tormund
Matagigantes, conocido por todos vosotros. Le he prometido tantos hombres como
requiera.
–¿Y dónde estarás tú, cuervo?– tronó Borroq. –¿Escondiéndote aquí en el Castillo
Negro con tu perro blanco?
–No. Yo cabalgaré al Sur– Después, Jon les leyó la carta que Ramsay Bolton le había
escrito.
El Salón del Escudo se volvió loco.
Todos los hombres empezaron a gritar a la vez. Se pusieron de un salto de pie, agitando
los puños. «Demasiado para el poder calmante de los cómodos bancos». Se blandieron
espadas, las hachas se golpearon contra los escudos. Jon Nieve miró a Tormund. El
Matagigantes sopló el cuerno una vez más, dos veces más largo y dos veces más fuerte
que la primera vez.
–La Guardia de la Noche no toma partido en las guerras de los Siete Reinos– les recordó
Jon cuando volvió un atisbo de calma. –No es cosa nuestra oponernos al Bastardo de
Bolton, ni vengar a Stannis Baratheon, ni defender a su mujer y a su hija. Esta criatura
que hace capas con la piel de las mujeres ha jurado que cortará mi corazón y mi
intención es hacerlo responder por esas palabras… pero no pediré a mis hermanos que
renuncien a sus votos.
–La Guardia de la Noche se ocupará de Casa Austera. Yo cabalgaré a Invernalia solo, a
menos que…– Jon tomó una pausa. –… ¿Hay algún hombre que cabalgue conmigo?
El rugido fue todo el que podía haber esperado; el tumulto tan alto que dos viejos
escudos se cayeron de las paredes. Soren Rompedor-de-Escudos estaba a sus pies. El
Trotamundos también. Toregg el Alto; Brogg; ambos, Harle el Cazador y Harle el
Apuesto, Ygon Oldfather, Doss el Ciego, incluso el Gran Morsa. «Tengo mis espadas»,
pensó Jon Nieve, «y vamos a por ti, Bastardo».
Vio cómo Yarwyck y Marsh se escabulleron fuera y sus hombres tras ellos. No
importaba. No los necesitaba ahora. «No los quería. Ningún hombre podrá decir que
hice que mis hermanos rompiesen sus votos. Si esto es romper un juramento, el crimen
es mío y sólo mío». Entonces Tormund le palmeó la espalda, con una sonrisa de oreja a
oreja. –Bien dicho, cuervo. ¡Ahora trae el hidromiel! Hazlos tuyos y emborráchalos,
así es cómo se hace. Haremos de ti un salvaje, muchacho. ¡Ja!
–Mandaré por cerveza– dijo Jon distraído. Se había dado cuenta de que Melisandre se
había ido y también los hombres de la reina. «Debería haber ido a hablar con Selyse
primero».
«Ella tiene derecho a saber que su señor ha muerto». –Debéis excusarme. Os dejaré
para que los emborrachéis vos.
–¡Ja! Esa es una tarea para la que estoy muy bien preparado, cuervo. ¡Id!
Horse y Rory lo siguieron cuando dejó el Salón del Escudo. «Debo hablar con
Melisandre después de ver a la reina», pensó. «Si ella pudo ver un cuervo en una
tormenta, puede encontrar a Ramsay Nieve por mí». Después escuchó el grito… y un
rugido tan alto que parecía sacudir el muro. –Viene de la Torre de Hardin, mi señor–
informó Horse. Iba a decir algo más, pero el grito lo interrumpió.
«Val», fue el primer pensamiento de Jon. Pero no era el grito de una mujer. «Es un
hombre agonizando». Empezó a correr. Horse y Rory corrieron tras él. –¿Es un
espectro?– preguntó Rory. Jon dudó. ¿Podrían haberse soltado de sus cadenas los
cadáveres?
Cuando llegaron a la Torre de Hardin los gritos habían terminado, pero Wun Weg Wun
Dar Wun aún estaba rugiendo. El gigante llevaba colgado por una pierna un cadáver
sangrante, de la misma forma que Arya solía hacer con su muñeca cuando era pequeña,
balanceándola como una maza de estrella cuando la amenazaban con vegetales. «Arya
nunca cortó a sus muñecas en pedazos, pens«». El brazo de la espada estaba a unas
yardas, tiñendo de rojo la nieve alrededor de él.
–Déjalo ir– gritó Jon. –Wun Wun, déjalo ir.
Wun Wun no oyó o no entendió. El gigante estaba sangrando también, con cortes de
espada en la barriga y en el brazo. Golpeó al hombre muerto una y otra vez contra la
piedra gris de la torre, y otra vez, y otra vez, y otra vez, hasta que la cabeza del hombre
estaba roja y pulposa como una sandía de verano. La capa del caballero se agitaba en el
aire frío. Había sido de lana blanca, bordada en hilo de plata y decorada con estrellas
azules. Carne y hueso volaban por todas partes.
Los hombres salían de los torreones y torres circundantes. Hombres del Norte, hombres
del Pueblo Libre, hombres del la reina… –Formad en fila– les ordenó Jon Nieve. –
Manteneos atrás. Todos, pero especialmente los hombres de la reina– El hombre muerto
era Ser Patrek de la Montaña del Rey. Su cabeza estaba destrozada, pero su heráldica
era tan distintiva como su cara. Jon no quería arriesgarse a que Ser Malegorn o Ser
Brus o cualquier otro caballero de la reina intentaran vengarse.
Wun Weg Wun Dar Wun aulló otra vez, retorció el otro brazo de Ser Patrek y tiró. El
brazo se separó de su hombro regando todo con brillante sangre roja. «Como un niño
arrancando pétalos de una margarita», pensó Jon. –Leathers, háblale, cálmalo. La Vieja
Lengua. Él entiende la vieja lengua. Manteneos atrás, el resto. Bajad los aceros, lo
estamos asustando– ¿No veían que habían cortado al gigante? Jon tenía que acabar con
esto o morirían más hombres. No tenían ni idea de la fuerza de Wun Wun. «Un cuerno,
necesito un cuerno». Vio el destello del acero y se giró hacia él. –¡No quiero espadas!–
, gritó. –Wick, baja ese cuchillo…
…ahora, quiso decir. Cuando Wick Whittlestick lo apuñaló en la garganta, la palabra se
convirtió en un gruñido. Jon se escurrió del cuchillo, lo suficiente como para que
apenas le raspase la piel. «Me ha cortado». Cuando se puso la mano en el lado del
cuello, la sangre le corrió entre los dedos. –¿Por qué?
–Por la Guardia– Wick intentó apuñalarlo otra vez. Ésta, Jon lo cogió de la muñeca y le
torció el brazo hacia atrás, hasta que soltó la daga. El mayordomo larguirucho se fue
hacia atrás, con las manos alzadas como diciendo «Yo no, no fui yo». Los hombres
estaban gritando. Jon buscó a Garra, pero sus dedos estaban entumecidos y torpes. De
alguna manera, le resultaba imposible liberar la espada de su funda.
Entonces Bowen Marsh se colocó frente a él, con lágrimas corriéndole por las mejillas.
–Por la Guardia– Golpeó a Jon en el estómago. Cuando separó su mano, la daga estaba
donde la había enterrado.
Jon cayó de rodillas. Encontró el puño del arma y se la arrancó. En el aire frío de la
noche la herida humeaba. –Fantasma– susurró. El dolor lo inundó. «Clávala por el
lado afilado». Cuando la tercera daga entró entre sus omóplatos, resopló y cayó con la
cara en la nieve. Nunca sintió el cuarto cuchillo. Sólo el frío…
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Hasta aquí este capítulo, recuerden que el libro completo en español lo pueden descargar desde este post :
http://www.taringa.net/posts/downloads/12500787/Danza-con-dragones-Libro-completo-en-espanol.html
Saludos y espero sus comentarios