Historias de vida, pensamientos para enfrentar problemas, fortalecer el alma y el espíritu, un dulce maná de reflexiones para hacer de la realidad un sueño.
El Conserje y el Presidente
Había una vez un conserje que trabajó para la misma empresa durante cuarenta años. Jamás ascendió de puesto. Siempre fue el conserje y nunca tuvo a nadie a sus órdenes. Nunca pudo comprar un automóvil, ni una casa para su familia.
Era un buen conserje. Se esmeraba por mantener en perfectas condiciones la entrada del edificio. Los objetos de metal relucían, las ventanas estaban impecables, las alfombras nunca se veían sucias. Además siempre tenía una sonrisa y palabras alentadoras para sus compañeros de trabajo. Durante todos los años que trabajó en esa empresa, nadie lo oyó quejarse.
Las personas le preguntaban: ¿Por qué trabajas tanto? A lo que el conserje respondía: Mira mi trabajo, no sólo lo hago para los demás, lo hago como si lo hiciera para Jesús. Él es mi mejor amigo, lo amo y quiero hacer lo mejor para Él. Es lo menos que puedo hacer por alguien que dio su vida por mí.
Algunos se reían y seguían su camino. Otros le preguntaban, extrañados: ¿Jesús, tu amigo? ¿Cómo puede ser Él tu amigo? Si ni siquiera se lo ve.
El conserje, sin mediar palabra, respondía con una sonrisa, todos percibían un gran amor que se reflejaba a través de sus ojos cuando les contaba a sus compañeros como era su relación con Jesús. Nunca estaba demasiado ocupado o cansado para hablar del amor del Señor en su vida.
En la misma empresa comenzó a trabajar al mismo tiempo que el conserje, otro hombre. Era un prestigioso profesional que fue ascendiendo, hasta llegar a ser vendedor, llegó a ser el mejor de su departamento. En un tiempo récord se convirtió en gerente de ventas, luego en gerente regional, después vicepresidente y finalmente, en el más joven presidente que había tenido la compañía.
Estando a su cargo la empresa se expandió hasta llegar a ser líder internacional y bajo su dirección la compañía adquirió otras empresas que prosperaron muy rápidamente.
En vista de sus evidentes aptitudes, talento y éxitos, con frecuencia le pedían que diera conferencias. Incluso lo visitaban ejecutivos y directivos de otras empresas para preguntarle el motivo de su éxito. Siempre daba la misma respuesta: En este país las oportunidades son ilimitadas, he puesto mucho esfuerzo, empeño y sobre todo he trabajado muchísimo. Lo que yo logré, ustedes también pueden hacerlo si lo creen posible.
Al cabo de los años lo eligieron miembro del consejo rector de su antigua universidad y era un respetado miembro en la iglesia a la que asistía los domingos con su familia.
Pero cada lunes, cuando su actividad comenzaba, se olvidaba de los sermones, que lo inspiraban a estar más cerca de Dios y de su familia, que del trabajo y los negocios y con el tiempo los negocios, las conferencias y toda actividad relacionada con su profesión, llegaron a ser su prioridad.
Cuando llegó el momento, tras una larga y exitosa trayectoria y en medio de la admiración de las personas que lo conocían y rodeaban en sus negocios, se retiró.
Curiosamente, los dos hombres, el conserje y el ejecutivo fallecieron el mismo día y cada uno compareció ante Dios para dar cuenta de lo realizado en sus vidas.
El ejecutivo fue el primero. Dios le puso la mano en el hombro y le dijo: Has empleado bien tu vida. Te di inteligencia y oportunidades. Has trabajado mucho y aprovechado cuanto te puse delante. Tus logros son muchos. Sin embargo, debes dejar atrás todo lo que construiste. Tus casas y automóviles, tus empresas y tus actividades eran algo bueno, pero no son parte de mi Reino. Aquí no hace falta tu dinero. Has trabajado mucho, pero de forma imprudente, porque ganaste lo material, pero dejaste de lado muchas cosas importantes.
El conserje estaba a corta distancia, observaba con humildad, temor y asombro. Si el Señor no elogiaba a todo un prestigioso profesional, ¿qué podría esperar un simple conserje? Estaba cabizbajo y por sus mejillas rodaban algunas lágrimas.
De pronto, Jesús le puso una mano sobre el hombro y le dijo: Levanta tu cabeza y mírame a los ojos. El conserje obedeció y así por primera vez pudo ver el rostro de la persona que más amaba en el mundo.
Con una sonrisa Jesús le dijo: Date la vuelta y mira. No podía entender lo que veía, una multitud se le acercaba y sus rostros reflejaban un amor y un gozo que jamás había visto. Miró a Jesús, y le dijo: Señor, sólo reconozco a unos pocos ¿Quiénes son los otros?
Jesús le dijo: Los que reconoces son personas a las que les hablaste de mi amor. Los otros son personas que escucharon hablar de mi amor, pero no a través de ti, sino a través de las palabras de aquellos a quienes tú habías hablado. Todos ellos han venido a darte las gracias. Ve junto a ellos y disfruta del gozo que he preparado para todos aquellos que obedecieron mi palabra.
A poca distancia, un coro de ángeles cantaba mientras el conserje y sus amigos, con una alegría inexplicable, disfrutaban de las maravillas que les había preparado el Señor.
Los dos hombres tuvieron las mismas oportunidades. Uno dedicó su vida a los negocios, con el fin de ser millonario; el otro, puso su vista en las cosas del Señor, vivió sin importarle lo material. Su amor a Dios y al prójimo, fue su prioridad, por lo que se hizo rico y almacenó su fortuna en el banco de Dios. La fortuna del ejecutivo fue temporal, la del conserje fue eterna.
¿A cuál de los dos hombres quieres imitar? La decisión es tuya.
Latif
Latif era el hombre más pobre de la aldea. Cada noche dormía donde podía, bajo un improvisado techo o bien frente a la plaza del pueblo.
Cada día se recostaba debajo de un árbol, con la mano extendida y la mirada perdida esperando que algún transeúnte le dejara una minima limosna y solo comía de lo que la gente del pueblo le traían.
Sin embargo, a pesar de su aspecto y de su forma de vida, Latif por ser anciano era considerado como el hombre más sabio del pueblo.
Una mañana el rey rodeado por sus guardias apareció en la plaza, caminaba entre los puestos con el deseo de hacer algunas compras y de repente tropezó con Latif, que dormía a la sombra de una encina.
Alguien le dijo al Rey que Latif era el hombre más pobre del pueblo, pero que era muy respetado por su sabiduría.
El rey se acercó al mendigo y le dijo: -Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.
Latif lo miró, despectivamente, y le dijo: - No hace falta, puedes quedarte con tu moneda, para qué la querría yo. Dime, ¿cuál es tu pregunta?
Había un problema que el rey no podía solucionar y hacía varios días que lo angustiaba. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar.
La repuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió dejó la moneda de oro a sus pies y se fue meditando sobre lo sucedido.
Al día siguiente el rey volvió a ver a Lafit, este como de costumbre descansaba, debajo de un árbol.
Otra vez el rey hizo otra pregunta, a lo que Latif la respondió sabiamente.
El soberano volvió a sorprenderse de tanta sabiduría. Se sentó en el suelo frente a Latif, y le dijo:
-Querido amigo te necesito a mi lado, estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, y serás respetado.
Después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.
Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos metros de la alcoba real. En la habitación, una tina llena de agua tibia con esencias lo esperaba.
Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales.
Todos los días y a cualquier hora, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida o sobre sus dudas espirituales.
Latif siempre contestaba con claridad y precisión.
El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey.
En poco tiempo ya no había decisión o asunto que el monarca no consultara con su preciado asesor.
Esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses.
Un día todos los demás asesores pidieron audiencia al rey.
-Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte, dijo uno de ellos.
-No puede ser, dijo el rey. No lo creo.
-Puedes confirmarlo tu mismo, dijeron otros. Todos los días a las cinco de la tarde, Latif se escabulle del palacio hasta llegar a un cuarto donde se reúne a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.
El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones. Esa tarde en el horario previsto, lo aguardaba oculto en el recodo de una escalera.
Desde allí vio cómo, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados, asegurándose de que nadie lo viera, abría la puerta y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.
Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.
-¿Quién es? Dijo Latif.
-Soy yo, el rey, dijo el soberano. Ábreme la puerta.
Latif abrió la puerta. No había nadie allí. Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien.
Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.
-¿Estás conspirando contra mi Latif? Pregunto el rey.
-¿Cómo se le ocurre, majestad? Contesto Latif. De ninguna manera, ¿Por qué lo haría?
-Vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que haces aquí? ¿Para qué vienes a este deplorable cuarto en secreto?
Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa y mal oliente que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey: -Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera. Ahora me siento tan cómodo con la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado, que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de quién soy y de dónde vine.
“Nunca debemos olvidar quienes somos y de donde venimos, en cierto aspecto la vida se puede transformar en un bumerang podemos regresar siempre al mismo lugar”
El Tazón del Abuelo
El abuelo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de cuatro años. Sus manos temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban. El abuelo y su familia se reunían todos los días para comer; pero sus manos temblorosas y la vista enferma le causaban dificultades para alimentarse. La comida caía de su cuchara al suelo y, cuando intentaba tomar el vaso, derramaba el contenido sobre el mantel.
El hijo y su esposa se cansaron de la situación. "Tenemos que hacer algo con el abuelo", dijo el hijo. "Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo". Así que el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba a la hora de comer. Como el abuelo había roto varios platos, su comida se la servían en un tazón de madera. De vez en cuando, miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver algunas lágrimas sobre su rostro triste, mientras intentaba alimentarse solo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía eran fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.
El niño de cuatro años observaba todo en silencio.
Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con unos trozos de madera en el suelo. Le preguntó: "¿Qué estás haciendo, hijo?" Con la misma dulzura el niño le contestó: "Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que cuando sean como el abuelo, yo les pueda servir la comida en ellos. Sonrió y siguió con su tarea.
Las palabras del pequeño golpearon muy fuerte a sus padres, quebrantando sus corazones de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y a pesar de que ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.
Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa junto a ellos. Y, por alguna razón, el matrimonio no se molestaba más cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.
Los niños son altamente perceptivos. Sus ojos observan, sus oídos siempre escuchan y sus mentes procesan todos los mensajes. Si ven que proveemos un hogar feliz para todos los miembros de la familia, ellos imitarán esa actitud por el resto de sus vidas. Los padres y madres deben escucharlos, ya que muchas veces Dios nos quiere llamar la atención o decirnos algo a través de ellos, no seamos orgullosos pensando que sólo son niños, tengamos la suficiente sabiduría para analizar y meditar el mensaje que un niño nos puede dar. Seamos constructores sabios y modelos a seguir.
He aprendido que la actitud y las palabras de un niño, pueden cambiar una vida. He aprendido que aún tengo mucho que aprender.
"Cuando derramas amor, las personas que lo reciben jamás olvidarán lo que les hiciste sentir” y habrás logrado lo más hermoso: la sonrisa y la aprobación de Dios”
La bailarina
Una joven había tomado clases de ballet durante toda su infancia, y había llegado el momento en que se sentía lista para convertir su afición en profesión. Deseaba llegar a ser una primera bailarina y quería comprobar si poseía las cualidades necesarias, de manera que, cuando llegó a su ciudad, una gran compañía de danza fue al teatro y habló con el director.
-Quisiera llegar a ser una gran bailarina-, le dijo, -pero no sé si tengo el talento necesario o qué me hace falta para conseguirlo-.
-Hazme una demostración, le dijo el director. Pero apenas había bailado unos segundos, la interrumpió, moviendo la cabeza en señal de desaprobación-.
-No, usted no tiene las condiciones necesarias-, le dijo.
La joven llegó a su casa con el corazón desgarrado, arrojó las zapatillas de baile en lo más profundo de un armario y no volvió a calzarlas nunca más. Se casó, tuvo hijos y cuando se hicieron un poco mayores, empezó a trabajar como cajera en un supermercado.
Años después asistió a una función de ballet y a la salida se topó con el viejo director, ella lo saludó y le recordó la charla que habían tenido años antes, le mostró fotografías de sus hijos y le comentó de su trabajo en el supermercado, pero al final, antes de despedirse, le preguntó.
-¿Cómo pudo usted saber tan rápido que yo no tenía condiciones de bailarina?
-¡Ahhh! apenas la miré cuando usted bailó delante de mí, simplemente le dije lo que siempre le digo a todas, le contestó.
-¡Pero eso es imperdonable! exclamó ella, ¡usted arruinó mi vida, pude haber llegado a ser primera bailarina! -No lo creo, repuso el viejo maestro. Si hubieras tenido las dotes necesarias y una verdadera vocación para bailar, no habrías prestado ninguna atención a mi comentario.
“Sin duda, si te crees perdido, estás perdido y si crees que no puedes, no podrás. Si quieres hacer algo pero lo crees imposible, no creo que triunfes jamás. En la vida no sólo el valiente o el veloz triunfa, al final el que vence es el que cree que es posible”
“¿Puedes confiar en Dios? Para el que confía en Él, todo es posible” Marcos 9:23
“Cristo me da fuerzas para enfrentarme a toda clase de situaciones” Filipenses 4:13
Un mal día
Su esposa se lo había dicho antes de salir de casa, tenía un extraño presentimiento. Querido, hoy no va a ser un buen día, sería mejor que te quedaras en la cama descansando. Su esposo convivía con el peligro y la muerte, cualquier día podía ser el último que lo viera con vida.
Y a sí fue, ese día detuvieron a su esposo.
-"No debiste haberte casado con él, nunca fue un buen hombre", le dijo su madre, hoy estás pagando las consecuencias de una mala elección.
Ella ya lo sabía, pero eso no impedía ni disminuía el amor que sentía por él. Su esposo era un ladrón y lo acababan de apresar. No la asustaba que estuviese preso, ya había pasado por esa situación antes. Lo dramático era que esta vez no habría misericordia del juez y la sentencia era inapelable. La condena que solicitaba el fiscal a un tribunal con sed de justicia, era de muerte y no una muerte cualquiera, sino muerte de cruz.
La mujer que tanto amaba a su esposo no dejaba de darle vueltas en su cabeza. Tal vez lo perdieron las malas compañías, reflexionó mientras recorría la calle principal, porque su socio en las andadas, también sería crucificado junto con él. De todos modos ya no importa buscar culpables, lo cierto es que su esposo iba a terminar como ella había soñado y temido tantas veces. Iba a morir de la peor de las muertes, la más humillante, la más cruel y atroz. La mujer no pudo despedirse de su amado, para los ladrones no hay privilegios, ni concesiones. No hay piedad, ni un último deseo para los condenados al madero.
En el horizonte se divisan tres cruces, la de su esposo, la de su compañero y la de un desconocido. Ella reconoce a su marido y al otro ladrón, pero le resta importancia al tercero; quizás sea otro que deje a otra viuda en el olvido y la desgracia.
El cuadro es estremecedor. No la culpen a ella por no llorar, ya había gastado todas sus lágrimas en una vida miserable junto a quien le prometió amor eterno y ahora cuelga de una cruz. No quiere mirar a su esposo, está allí, prefiere recordarlo de otra manera.
El otro de los ladrones insulta al desconocido de la cruz que estaba entre los dos. Y una voz conocida, pero imperceptible, pronuncia algunas débiles palabras. "Acuérdate de mi, cuando vengas en tu reino" Era la inconfundible voz de su esposo, sin duda, hablándole al desconocido. "Hoy estarás conmigo en el paraíso", le responde, como si en su condición pudiese prometer algo.
La mujer levanta la vista por primera vez. Tal vez para mirar a los ojos de su esposo una última vez o tal vez para entender el diálogo tan extraño que acaba de oír. El socio de su esposo acaba de morir. El desconocido parece realmente un inocente que paga por algo que jamás cometió y su esposo sonríe. No tendría porqué hacerlo, no hay razones. Hizo de su vida un mundo miserable y está colgando de una cruz frente a miles de ciudadanos que claman justicia. Pero el ladrón se encuentra con la mirada de su esposa y le sonríe. Es como un último gesto queriéndole decir que todo estará bien, a pesar de todo.
La mujer no entendió bien el diálogo de los condenados, pero presiente que algo había cambiado. Algo debe haber ocurrido allí en lo alto de aquellas cruces, porque de pronto empieza a pensar que su esposo finalmente encontró algo distinto.
Su esposo cuelga de un madero, pero inexplicablemente, irracionalmente, sonríe. Ella le devuelve el gesto en silencio, ese que sólo pueden interpretar los que se han amado de verdad. Sabe que no puede implorar justicia y mucho menos misericordia y que su esposo está pagando por robos y crímenes cometidos durante muchos años. Pero ahora, la última sonrisa de su esposo le devuelve la calma. Por la sonrisa que se dibuja en su rostro no parece estar sufriendo en una cruz, al contrario, parece estar lleno de gozo y felicidad.
Por la vida que llevó durante tantos años, no merecía ningún tipo de contemplación, ni de perdón, ni siquiera una digna sepultura. Pero alguien, tan condenado como él, le prometió el paraíso. Su esposo se había encontrado con la gracia en el minuto final, segundos antes de la muerte.
Ese, no iba a ser un buen día y evidentemente no existía la posibilidad de que terminara bien. Su esposo ha dejado de respirar, pero nadie se explica por qué sonríe y ella sólo puede reflexionar: Si para llegar al paraíso tenía que pasar por la cruz, valió la pena haberse levantado.
Jesucristo a través de su gracia y misericordia, espera tu decisión hasta tu último suspiro. Es posible que hayas tenido una vida llena de pecado, quizás has robado, asesinado, no importa. La Ley siempre te condenará, entre otras cosas, porque eres culpable, pero Jesucristo te está esperando para que puedas experimentar Su perdón, misericordia y amor incondicional.
“Te aconsejo que no esperes a estar en una situación tan comprometida como el protagonista de esta historia”
Texto sacado de los libros reflexiones para el alma de Jose Luis Pietro
El Conserje y el Presidente
Había una vez un conserje que trabajó para la misma empresa durante cuarenta años. Jamás ascendió de puesto. Siempre fue el conserje y nunca tuvo a nadie a sus órdenes. Nunca pudo comprar un automóvil, ni una casa para su familia.
Era un buen conserje. Se esmeraba por mantener en perfectas condiciones la entrada del edificio. Los objetos de metal relucían, las ventanas estaban impecables, las alfombras nunca se veían sucias. Además siempre tenía una sonrisa y palabras alentadoras para sus compañeros de trabajo. Durante todos los años que trabajó en esa empresa, nadie lo oyó quejarse.
Las personas le preguntaban: ¿Por qué trabajas tanto? A lo que el conserje respondía: Mira mi trabajo, no sólo lo hago para los demás, lo hago como si lo hiciera para Jesús. Él es mi mejor amigo, lo amo y quiero hacer lo mejor para Él. Es lo menos que puedo hacer por alguien que dio su vida por mí.
Algunos se reían y seguían su camino. Otros le preguntaban, extrañados: ¿Jesús, tu amigo? ¿Cómo puede ser Él tu amigo? Si ni siquiera se lo ve.
El conserje, sin mediar palabra, respondía con una sonrisa, todos percibían un gran amor que se reflejaba a través de sus ojos cuando les contaba a sus compañeros como era su relación con Jesús. Nunca estaba demasiado ocupado o cansado para hablar del amor del Señor en su vida.
En la misma empresa comenzó a trabajar al mismo tiempo que el conserje, otro hombre. Era un prestigioso profesional que fue ascendiendo, hasta llegar a ser vendedor, llegó a ser el mejor de su departamento. En un tiempo récord se convirtió en gerente de ventas, luego en gerente regional, después vicepresidente y finalmente, en el más joven presidente que había tenido la compañía.
Estando a su cargo la empresa se expandió hasta llegar a ser líder internacional y bajo su dirección la compañía adquirió otras empresas que prosperaron muy rápidamente.
En vista de sus evidentes aptitudes, talento y éxitos, con frecuencia le pedían que diera conferencias. Incluso lo visitaban ejecutivos y directivos de otras empresas para preguntarle el motivo de su éxito. Siempre daba la misma respuesta: En este país las oportunidades son ilimitadas, he puesto mucho esfuerzo, empeño y sobre todo he trabajado muchísimo. Lo que yo logré, ustedes también pueden hacerlo si lo creen posible.
Al cabo de los años lo eligieron miembro del consejo rector de su antigua universidad y era un respetado miembro en la iglesia a la que asistía los domingos con su familia.
Pero cada lunes, cuando su actividad comenzaba, se olvidaba de los sermones, que lo inspiraban a estar más cerca de Dios y de su familia, que del trabajo y los negocios y con el tiempo los negocios, las conferencias y toda actividad relacionada con su profesión, llegaron a ser su prioridad.
Cuando llegó el momento, tras una larga y exitosa trayectoria y en medio de la admiración de las personas que lo conocían y rodeaban en sus negocios, se retiró.
Curiosamente, los dos hombres, el conserje y el ejecutivo fallecieron el mismo día y cada uno compareció ante Dios para dar cuenta de lo realizado en sus vidas.
El ejecutivo fue el primero. Dios le puso la mano en el hombro y le dijo: Has empleado bien tu vida. Te di inteligencia y oportunidades. Has trabajado mucho y aprovechado cuanto te puse delante. Tus logros son muchos. Sin embargo, debes dejar atrás todo lo que construiste. Tus casas y automóviles, tus empresas y tus actividades eran algo bueno, pero no son parte de mi Reino. Aquí no hace falta tu dinero. Has trabajado mucho, pero de forma imprudente, porque ganaste lo material, pero dejaste de lado muchas cosas importantes.
El conserje estaba a corta distancia, observaba con humildad, temor y asombro. Si el Señor no elogiaba a todo un prestigioso profesional, ¿qué podría esperar un simple conserje? Estaba cabizbajo y por sus mejillas rodaban algunas lágrimas.
De pronto, Jesús le puso una mano sobre el hombro y le dijo: Levanta tu cabeza y mírame a los ojos. El conserje obedeció y así por primera vez pudo ver el rostro de la persona que más amaba en el mundo.
Con una sonrisa Jesús le dijo: Date la vuelta y mira. No podía entender lo que veía, una multitud se le acercaba y sus rostros reflejaban un amor y un gozo que jamás había visto. Miró a Jesús, y le dijo: Señor, sólo reconozco a unos pocos ¿Quiénes son los otros?
Jesús le dijo: Los que reconoces son personas a las que les hablaste de mi amor. Los otros son personas que escucharon hablar de mi amor, pero no a través de ti, sino a través de las palabras de aquellos a quienes tú habías hablado. Todos ellos han venido a darte las gracias. Ve junto a ellos y disfruta del gozo que he preparado para todos aquellos que obedecieron mi palabra.
A poca distancia, un coro de ángeles cantaba mientras el conserje y sus amigos, con una alegría inexplicable, disfrutaban de las maravillas que les había preparado el Señor.
Los dos hombres tuvieron las mismas oportunidades. Uno dedicó su vida a los negocios, con el fin de ser millonario; el otro, puso su vista en las cosas del Señor, vivió sin importarle lo material. Su amor a Dios y al prójimo, fue su prioridad, por lo que se hizo rico y almacenó su fortuna en el banco de Dios. La fortuna del ejecutivo fue temporal, la del conserje fue eterna.
¿A cuál de los dos hombres quieres imitar? La decisión es tuya.
Latif
Latif era el hombre más pobre de la aldea. Cada noche dormía donde podía, bajo un improvisado techo o bien frente a la plaza del pueblo.
Cada día se recostaba debajo de un árbol, con la mano extendida y la mirada perdida esperando que algún transeúnte le dejara una minima limosna y solo comía de lo que la gente del pueblo le traían.
Sin embargo, a pesar de su aspecto y de su forma de vida, Latif por ser anciano era considerado como el hombre más sabio del pueblo.
Una mañana el rey rodeado por sus guardias apareció en la plaza, caminaba entre los puestos con el deseo de hacer algunas compras y de repente tropezó con Latif, que dormía a la sombra de una encina.
Alguien le dijo al Rey que Latif era el hombre más pobre del pueblo, pero que era muy respetado por su sabiduría.
El rey se acercó al mendigo y le dijo: -Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.
Latif lo miró, despectivamente, y le dijo: - No hace falta, puedes quedarte con tu moneda, para qué la querría yo. Dime, ¿cuál es tu pregunta?
Había un problema que el rey no podía solucionar y hacía varios días que lo angustiaba. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar.
La repuesta de Latif fue justa y creativa. El rey se sorprendió dejó la moneda de oro a sus pies y se fue meditando sobre lo sucedido.
Al día siguiente el rey volvió a ver a Lafit, este como de costumbre descansaba, debajo de un árbol.
Otra vez el rey hizo otra pregunta, a lo que Latif la respondió sabiamente.
El soberano volvió a sorprenderse de tanta sabiduría. Se sentó en el suelo frente a Latif, y le dijo:
-Querido amigo te necesito a mi lado, estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, y serás respetado.
Después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.
Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos metros de la alcoba real. En la habitación, una tina llena de agua tibia con esencias lo esperaba.
Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales.
Todos los días y a cualquier hora, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida o sobre sus dudas espirituales.
Latif siempre contestaba con claridad y precisión.
El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey.
En poco tiempo ya no había decisión o asunto que el monarca no consultara con su preciado asesor.
Esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses.
Un día todos los demás asesores pidieron audiencia al rey.
-Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte, dijo uno de ellos.
-No puede ser, dijo el rey. No lo creo.
-Puedes confirmarlo tu mismo, dijeron otros. Todos los días a las cinco de la tarde, Latif se escabulle del palacio hasta llegar a un cuarto donde se reúne a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.
El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones. Esa tarde en el horario previsto, lo aguardaba oculto en el recodo de una escalera.
Desde allí vio cómo, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados, asegurándose de que nadie lo viera, abría la puerta y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.
Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.
-¿Quién es? Dijo Latif.
-Soy yo, el rey, dijo el soberano. Ábreme la puerta.
Latif abrió la puerta. No había nadie allí. Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien.
Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.
-¿Estás conspirando contra mi Latif? Pregunto el rey.
-¿Cómo se le ocurre, majestad? Contesto Latif. De ninguna manera, ¿Por qué lo haría?
-Vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que haces aquí? ¿Para qué vienes a este deplorable cuarto en secreto?
Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa y mal oliente que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey: -Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera. Ahora me siento tan cómodo con la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado, que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de quién soy y de dónde vine.
“Nunca debemos olvidar quienes somos y de donde venimos, en cierto aspecto la vida se puede transformar en un bumerang podemos regresar siempre al mismo lugar”
El Tazón del Abuelo
El abuelo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de cuatro años. Sus manos temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban. El abuelo y su familia se reunían todos los días para comer; pero sus manos temblorosas y la vista enferma le causaban dificultades para alimentarse. La comida caía de su cuchara al suelo y, cuando intentaba tomar el vaso, derramaba el contenido sobre el mantel.
El hijo y su esposa se cansaron de la situación. "Tenemos que hacer algo con el abuelo", dijo el hijo. "Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo". Así que el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba a la hora de comer. Como el abuelo había roto varios platos, su comida se la servían en un tazón de madera. De vez en cuando, miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver algunas lágrimas sobre su rostro triste, mientras intentaba alimentarse solo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía eran fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.
El niño de cuatro años observaba todo en silencio.
Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con unos trozos de madera en el suelo. Le preguntó: "¿Qué estás haciendo, hijo?" Con la misma dulzura el niño le contestó: "Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que cuando sean como el abuelo, yo les pueda servir la comida en ellos. Sonrió y siguió con su tarea.
Las palabras del pequeño golpearon muy fuerte a sus padres, quebrantando sus corazones de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y a pesar de que ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.
Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa junto a ellos. Y, por alguna razón, el matrimonio no se molestaba más cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.
Los niños son altamente perceptivos. Sus ojos observan, sus oídos siempre escuchan y sus mentes procesan todos los mensajes. Si ven que proveemos un hogar feliz para todos los miembros de la familia, ellos imitarán esa actitud por el resto de sus vidas. Los padres y madres deben escucharlos, ya que muchas veces Dios nos quiere llamar la atención o decirnos algo a través de ellos, no seamos orgullosos pensando que sólo son niños, tengamos la suficiente sabiduría para analizar y meditar el mensaje que un niño nos puede dar. Seamos constructores sabios y modelos a seguir.
He aprendido que la actitud y las palabras de un niño, pueden cambiar una vida. He aprendido que aún tengo mucho que aprender.
"Cuando derramas amor, las personas que lo reciben jamás olvidarán lo que les hiciste sentir” y habrás logrado lo más hermoso: la sonrisa y la aprobación de Dios”
La bailarina
Una joven había tomado clases de ballet durante toda su infancia, y había llegado el momento en que se sentía lista para convertir su afición en profesión. Deseaba llegar a ser una primera bailarina y quería comprobar si poseía las cualidades necesarias, de manera que, cuando llegó a su ciudad, una gran compañía de danza fue al teatro y habló con el director.
-Quisiera llegar a ser una gran bailarina-, le dijo, -pero no sé si tengo el talento necesario o qué me hace falta para conseguirlo-.
-Hazme una demostración, le dijo el director. Pero apenas había bailado unos segundos, la interrumpió, moviendo la cabeza en señal de desaprobación-.
-No, usted no tiene las condiciones necesarias-, le dijo.
La joven llegó a su casa con el corazón desgarrado, arrojó las zapatillas de baile en lo más profundo de un armario y no volvió a calzarlas nunca más. Se casó, tuvo hijos y cuando se hicieron un poco mayores, empezó a trabajar como cajera en un supermercado.
Años después asistió a una función de ballet y a la salida se topó con el viejo director, ella lo saludó y le recordó la charla que habían tenido años antes, le mostró fotografías de sus hijos y le comentó de su trabajo en el supermercado, pero al final, antes de despedirse, le preguntó.
-¿Cómo pudo usted saber tan rápido que yo no tenía condiciones de bailarina?
-¡Ahhh! apenas la miré cuando usted bailó delante de mí, simplemente le dije lo que siempre le digo a todas, le contestó.
-¡Pero eso es imperdonable! exclamó ella, ¡usted arruinó mi vida, pude haber llegado a ser primera bailarina! -No lo creo, repuso el viejo maestro. Si hubieras tenido las dotes necesarias y una verdadera vocación para bailar, no habrías prestado ninguna atención a mi comentario.
“Sin duda, si te crees perdido, estás perdido y si crees que no puedes, no podrás. Si quieres hacer algo pero lo crees imposible, no creo que triunfes jamás. En la vida no sólo el valiente o el veloz triunfa, al final el que vence es el que cree que es posible”
“¿Puedes confiar en Dios? Para el que confía en Él, todo es posible” Marcos 9:23
“Cristo me da fuerzas para enfrentarme a toda clase de situaciones” Filipenses 4:13
Un mal día
Su esposa se lo había dicho antes de salir de casa, tenía un extraño presentimiento. Querido, hoy no va a ser un buen día, sería mejor que te quedaras en la cama descansando. Su esposo convivía con el peligro y la muerte, cualquier día podía ser el último que lo viera con vida.
Y a sí fue, ese día detuvieron a su esposo.
-"No debiste haberte casado con él, nunca fue un buen hombre", le dijo su madre, hoy estás pagando las consecuencias de una mala elección.
Ella ya lo sabía, pero eso no impedía ni disminuía el amor que sentía por él. Su esposo era un ladrón y lo acababan de apresar. No la asustaba que estuviese preso, ya había pasado por esa situación antes. Lo dramático era que esta vez no habría misericordia del juez y la sentencia era inapelable. La condena que solicitaba el fiscal a un tribunal con sed de justicia, era de muerte y no una muerte cualquiera, sino muerte de cruz.
La mujer que tanto amaba a su esposo no dejaba de darle vueltas en su cabeza. Tal vez lo perdieron las malas compañías, reflexionó mientras recorría la calle principal, porque su socio en las andadas, también sería crucificado junto con él. De todos modos ya no importa buscar culpables, lo cierto es que su esposo iba a terminar como ella había soñado y temido tantas veces. Iba a morir de la peor de las muertes, la más humillante, la más cruel y atroz. La mujer no pudo despedirse de su amado, para los ladrones no hay privilegios, ni concesiones. No hay piedad, ni un último deseo para los condenados al madero.
En el horizonte se divisan tres cruces, la de su esposo, la de su compañero y la de un desconocido. Ella reconoce a su marido y al otro ladrón, pero le resta importancia al tercero; quizás sea otro que deje a otra viuda en el olvido y la desgracia.
El cuadro es estremecedor. No la culpen a ella por no llorar, ya había gastado todas sus lágrimas en una vida miserable junto a quien le prometió amor eterno y ahora cuelga de una cruz. No quiere mirar a su esposo, está allí, prefiere recordarlo de otra manera.
El otro de los ladrones insulta al desconocido de la cruz que estaba entre los dos. Y una voz conocida, pero imperceptible, pronuncia algunas débiles palabras. "Acuérdate de mi, cuando vengas en tu reino" Era la inconfundible voz de su esposo, sin duda, hablándole al desconocido. "Hoy estarás conmigo en el paraíso", le responde, como si en su condición pudiese prometer algo.
La mujer levanta la vista por primera vez. Tal vez para mirar a los ojos de su esposo una última vez o tal vez para entender el diálogo tan extraño que acaba de oír. El socio de su esposo acaba de morir. El desconocido parece realmente un inocente que paga por algo que jamás cometió y su esposo sonríe. No tendría porqué hacerlo, no hay razones. Hizo de su vida un mundo miserable y está colgando de una cruz frente a miles de ciudadanos que claman justicia. Pero el ladrón se encuentra con la mirada de su esposa y le sonríe. Es como un último gesto queriéndole decir que todo estará bien, a pesar de todo.
La mujer no entendió bien el diálogo de los condenados, pero presiente que algo había cambiado. Algo debe haber ocurrido allí en lo alto de aquellas cruces, porque de pronto empieza a pensar que su esposo finalmente encontró algo distinto.
Su esposo cuelga de un madero, pero inexplicablemente, irracionalmente, sonríe. Ella le devuelve el gesto en silencio, ese que sólo pueden interpretar los que se han amado de verdad. Sabe que no puede implorar justicia y mucho menos misericordia y que su esposo está pagando por robos y crímenes cometidos durante muchos años. Pero ahora, la última sonrisa de su esposo le devuelve la calma. Por la sonrisa que se dibuja en su rostro no parece estar sufriendo en una cruz, al contrario, parece estar lleno de gozo y felicidad.
Por la vida que llevó durante tantos años, no merecía ningún tipo de contemplación, ni de perdón, ni siquiera una digna sepultura. Pero alguien, tan condenado como él, le prometió el paraíso. Su esposo se había encontrado con la gracia en el minuto final, segundos antes de la muerte.
Ese, no iba a ser un buen día y evidentemente no existía la posibilidad de que terminara bien. Su esposo ha dejado de respirar, pero nadie se explica por qué sonríe y ella sólo puede reflexionar: Si para llegar al paraíso tenía que pasar por la cruz, valió la pena haberse levantado.
Jesucristo a través de su gracia y misericordia, espera tu decisión hasta tu último suspiro. Es posible que hayas tenido una vida llena de pecado, quizás has robado, asesinado, no importa. La Ley siempre te condenará, entre otras cosas, porque eres culpable, pero Jesucristo te está esperando para que puedas experimentar Su perdón, misericordia y amor incondicional.
“Te aconsejo que no esperes a estar en una situación tan comprometida como el protagonista de esta historia”
Texto sacado de los libros reflexiones para el alma de Jose Luis Pietro