InicioSalud BienestarEl acoso moral 4: la violencia perversa en las familias
La violencia del perverso acosador puede ser:

a) indirecta:
"En la mayoría de los casos, la violencia se ejerce sobre el cónyuge al que se intenta destruir. Sin embargo, también afecta a los niños... Por otra parte, el progenitor herido, como no consigue expresarse ante su agresor, vuelca también sobre sus hijos toda la agresividad que no ha podido exteriorizar en su momento. Frente al vituperio permanente de uno de los progenitores por parte del otro, los niños no tienen otra salida que la de aislarse, con lo que pierden cualquier posibilidad de individuación o de pensamiento propio.
En lo sucesivo, si no encuentran una solución en sí mismos, los niños llevarán consigo una parte de sufrimiento que reproducirán en otros lugares. Se trata de un desplazamiento del odio y de la destrucción".

"La manipulación perversa genera trastornos graves tanto en los niños como en los adultos. Cómo pensar saludablemente, cuando un padre dice que hay que pensar de una manera y la madre dice exactamente todo lo contrario. Si otro adulto no anula con palabras sensatas la consiguiente confusión, ésta puede conducir al niño o al adolescente hacia una autodestrucción fatal. En los adultos que de niños fueron víctimas de la perversión de un progenitor —como, por ejemplo, los que sufrieron un incesto—, se advierte a menudo la alternancia de anorexia y bulimia, u otros comportamientos adictivos.

Las alusiones y las observaciones perversas son un condicionamiento negativo, un lavado de cerebro. Los niños no se quejan de los malos tratos que padecen, pero, por contra, están permanentemente a la espera de un reconocimiento por parte del progenitor que los rechaza. Y es improbable que este reconocimiento llegue algún día. Los niños interiorizan una imagen negativa de sí mismos —«¡Soy una nulidad!»— y la aceptan como merecida".

Sigo las citas de Marie-France Hirigoyen, que pone aquí el ejemplo de Stéphane:
"Hasta la pubertad, Stéphane era un niño parlanchín, dinámico y alegre al que le gustaba bromear; y era un buen estudiante. Tras el divorcio de sus padres, cuando tenía diez años, perdió su espontaneidad. En ese momento, tuvo la sensación de que no lo aceptaban en ninguno de sus dos hogares. Como su hermano decidió quedarse con su madre, él se sintió obligado a vivir con su padre. Se convirtió así en el rehén del divorcio". Su padre es un hombre frío, que nunca está contento y lo machaca, como no disfruta de la vida procura amargarle. De adulto, se siente liberado, pero Stéphane todavía teme la ira de su padre, y aún le influye: "Reconoce que, en general, se somete demasiado fácilmente a la autoridad de los demás, pues no soporta los conflictos. Sabe que dejar de someterse a su padre, incluso a su edad, significaría una ruptura, y una ruptura violenta. Por el momento, todavía no se siente en condiciones de afrontarlo".

Un padre así es un peligro: "Cualquier alegría de su hijo le resulta insoportable. Haga lo que haga y diga lo que diga, le inflige una vejación. Tiene una especie de necesidad de hacerle pagar el sufrimiento que él mismo vivió". Otro ejemplo: "La madre de Daniel no soporta que sus hijos parezcan felices cuando ella no lo es en su pareja. Repite para quien quiera oírla: «¡La vida es una tostada con m... de la que hay que comer un poco cada día!». Explica que tener hijos impide vivir, y que es algo que no le interesa pero que está obligada a sacrificarse por ellos"... esto marca, y de mayor "Daniel todavía teme las palabras que su madre pueda llegar a proferir".

Es muy fácil manipular a los niños. Éstos siempre saben excusar a quienes aman. Un ejemplo: "Victoria se queja continuamente de dolores de vientre que constituyen un pretexto para quedarse acostada durante la mayor parte del día, al tiempo que le evitan cualquier sexualidad con su marido. Como explicación de su aislamiento, le dice a su hijo: «¡Eras un bebé muy grande; me destrozaste las entrañas!»".

"El compañero conyugal del agresor, también sometido a su dominio, tan sólo rara vez puede ayudar a sus hijos mediante una escucha de su sufrimiento que no justifique al agresor ni pretenda defenderlo. Los niños perciben muy tempranamente la comunicación perversa, pero, como dependen de sus padres, no pueden nombrarla": "La madre de Agathe tiene la costumbre de responsabilizar a sus hijos de todas sus desgracias. Al mismo tiempo, se justifica ante sí misma y borra cualquier rastro de culpabilidad. Dice las cosas tranquilamente, y consigue que la agresión parezca únicamente un fruto de la imaginación de sus hijos. En este magma familiar, nadie dice nada: «¡Vamos, hombre, pero si no ha pasado nada, eres tú quien dice tonterías!»". Esta presión psicológica les hace dudar de la verdad: "Al quejarse de su marido porque la ha dejado, persuade a sus hijos de que tengan su mismo parecer. Agathe, desestabilizada, tiene dudas al respecto de su propio sentir".

b) La violencia directa
"Bernard Lempert describe muy bien esta repulsa que a veces sufre una víctima inocente: «El desamor es un sistema de destrucción que, en ciertas familias, azota a un niño y quisiera verlo morir; no se trata de una simple ausencia de amor, sino de la organización, en lugar del amor, de una violencia constante que el niño no solamente padece, sino que también interioriza —hasta el punto que se accede a un doble engranaje, pues la víctima termina por tomar el relevo de la violencia que se ejerce sobre ella mediante comportamientos autodestructivos».

Entramos así en una espiral absurda: se riñe al niño porque es torpe o distinto a como debiera ser, y el niño se vuelve cada vez más torpe y se aleja cada vez más del deseo que expresan sus padres. No se desprecia al niño porque sea torpe; el niño se vuelve torpe porque es despreciado. El padre que lo rechaza busca, y forzosamente encuentra (un pipí en la cama, o una mala nota escolar), una justificación de la violencia que siente, pero es la existencia del niño, y no su comportamiento, lo que desencadena esa violencia.

Una manera muy trivial de expresar esta violencia de una forma perversa consiste en apodar al niño con un mote ridículo. Quince años más tarde, Sarah no puede olvidar que, cuando era pequeña, sus padres la llamaban «basurera» porque tenía mucho apetito y siempre se comía todo lo que le ponían en el plato. Por su peso excesivo, no se correspondía con la niña que sus padres habían soñado. En lugar de ayudarla a dominar su apetito, sus padres intentaron ponerle más dificultades.

También puede ocurrir que un niño tenga un exceso de algo en relación con su padre o su madre: que sea demasiado dotado, demasiado sensible, o demasiado curioso. Los padres suprimen lo mejor de su hijo para no ver en él sus propias carencias. Las afirmaciones adoptan la forma de los predicados: «¡No sirves para nada!». El niño termina por volverse insoportable, idiota o caracterial, con lo cual sus padres tienen una buena razón para maltratarlo. Con el pretexto de la educación, apagan en su propio hijo la chispa de vida de la que carecen. Así, rompen la voluntad del niño, quebrantan su espíritu crítico y procuran que no les pueda juzgar.

En todos los casos, lo que los niños notan muy claramente es que no satisfacen los deseos de sus padres o, más sencillamente, que no han sido deseados. Se sienten culpables de decepcionarlos, de producirles vergüenza y de no ser suficientemente buenos para ellos. Por ello, piden excusas, pues quisieran reparar el narcisismo de sus padres. Lo hacen en vano".


La perversión desgasta a las familias; las convierte en un infierno, y engaña durante un tiempo, porque perversos falsifican tan bien la verdad que su violencia parece amor, pero esa aparente rectitud acaba por provocar repugnancia, es inhumana... "El proceso de descalificación se puede llevar a cabo de un modo aún más perverso, al hacer intervenir a una tercera persona que, generalmente, es el otro progenitor. Este último, que se encuentra también sometido al dominio de su cónyuge, no se da cuenta de ello".

Pone un ejemplo: "...en otra ocasión, mientras Chantal cambia a Arthur cantándole una canción y besándole el vientre, Vincent, desde el umbral de la puerta, le explica que muchas madres tienen un comportamiento incestuoso con sus hijos y que los excitan desde que son bebés. Chantal contesta bromeando que esta observación es inadecuada, pero, desde ese día, pierde un poco de espontaneidad en los contactos con su hijo cuando sabe que Vincent está cerca".

«Cuando la tiranía es doméstica y la desesperación es individual, la muerte alcanza su objetivo: el sentimiento de no ser. Puesto que, socialmente, no se puede matar al niño corporalmente, y puesto que es necesaria una cobertura legal —con la finalidad de mantener una buena imagen de uno mismo, que es el colmo de la hipocresía—, se organiza un asesinato psíquico: procurar que el niño no sea nadie. Encontramos aquí una constante: no hay rastro, no hay sangre y no hay cadáver. El muerto está vivo y todo es normal» (B. Lempert).

Pero pienso que al final prevalece la verdad, el agresor se autodestruye...

Llucià Pou Sabaté
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