InicioOfftopicInmigración alemana a la Argentina Parte II
"El trabajo nos hace libres", Lager de Auschwitz "'Arbeit Macht Frei', esto es, 'El trabajo hace libre' o 'El trabajo nos hace libres', que eran las palabras que se leían sobre la puerta de acceso al Lager de Auschwitz], a lo que parece, debería haber sonado más o menos así: 'El trabajo es humillación y sufrimiento, y no nos corresponde hacerlo a nosotros, Herrenvolk, pueblo de señores y de héroes, sino a vosotros, enemigos del Tercer Reich. La libertad que os espera es la muerte.' (...) pese a algunas apariencias en sentido contrario, el desconocimiento, el menosprecio del valor moral del trabajo era y es consustancial al mito fascista en todas sus formas. Bajo todo militarismo, colonialismo, corporativismo, encontramos la voluntad precisa, por parte de una clase, de aprovecharse del trabajo ajeno y de negarle, al mismo tiempo, todo valor humano." Primo Levi Biografías En Victoria Ocampo, escribe María Esther Vázquez: "Delfina Bunge, a quien Victoria imploraba amistad, era una muchacha muy diferente a ella y quizá la mejor influencia posble que pudo encontrar. Tenía entonces 24 años, había nacido en la Nochebuena de 1881. Su abuelo, Carlos Augusto Bunge, descendía de una larga línea de pastores luteranos enfrascados en arduos problemas ideológicos y ocupó un lugar de relieve dentro de la colonia extranjera en la época de Rosas. Había llegado a la Argentina en 1827 con sólo 23 años. Fue miembro fundador del Club de Residentes Extranjeros, ayudó a levantar la Iglesia Luterana de Buenos Aires y actuó como Cónsul de Prusia y de los Países Bajos. Se casó con Genara Peña Lezica y de este matrimonio nacieron ocho hijos, varios de los cuales se destacaron en la política, el comercio, el campo y en las llamadas profesiones liberales. Una de las tías paternas de Delfina, Sofía Bunge, fundó una orden religiosa femenina, lo que da a su personalidad un rasgo no habitual entre las mujeres de esa clase social de la época. El padre de Delfina, Octavio Bunge, abogado, fue un magistrado con gran vocación y su carrera judicial culminó con el cargo de ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Se casó con María Luisa Arteaga, de origen uruguayo, y se dedicó con verdadero fervor a la educación de sus hijos, transmitiéndoles su amor por la literatura, en especial por la poesía alemana, por la música y por la naturaleza; además de inculcarles un espíritu creativo, tesonero y metódico. En este ambiente de excepcional formación intelectual se criaron Delfina y sus hermanos varones, de los que puede decirse que fueron personas notables: Carlos Octavio, el mayor y por el cual ella sentía particular afecto y admiración, fue jurista, sociólogo y escritor de novelas y cuentos; Augusto, socialista, se dedicó a la medicina de tipo higienista, es decir preventiva; Alejandro fue ingeniero y economista de ideas avanzadas e innovadoras; Jorge, arquitecto y urbanista, fundó el balneario de Pinamar. Delfina, de caracter introspectivo y espiritual por un lado y razonador y artístico por otro, fue alumna de la Santa Union. Allí encontró en algunas religiosas delicadeza, dedicación a la tarea educativa, aspiración a una vida de discreta perfeccion espiritual y estos modelos muy seductores para su forma de ser ofrecían un serio contraste con el de jeune fille que le ofrecia su clase social. Debió abandonar el colegio contra su voluntad; entonces comenzó a escribir un diario, en el que aprendió a dialogar consigo misma y a buscar con coraje su vocación artistica y religiosa. En algun momento de su adolescencia se planteó la posibilidad de entrar en un convento y aunque fue desechada, contribuyo a fortalecer su convicción de que pese a ser mujer y casarse, podría preservar su independencia y su creatividad". Nora Ayala evoca en Mis dos abuelas. 100 años de historias las vidas de Gerónima, su abuela criolla que vivía en Misiones, y la de Christina, su abuela alemana que se estableció en Trelew. Christina es una mujer con estudio que viaja a la Argentina contratada como ama de llaves en casa de un director de un banco de su país. Ya en Adrogué, provincia de Buenos Aires, conoce a un italiano con el que se casa. Habiendo nacido los hijos, el hombre decide que lo mejor es volver a su tierra, para vivir de rentas. No imaginaba que, para ello, debería dejar aquí a una de sus hijas, que no pudo embarcar a causa de una enfermedad. Cuando el hombre, dos años después, vuelve temporariamente a la Argentina, no es a la niña a quien lleva a Italia -como le había pedido su esposa-, sino al padre, deseoso de ver su pueblo. Se avecina la guerra y el italiano hace oídos sordos a su mujer, quien insiste en que deben regresar, aprovechando que los hijos –salvo la menor- son argentinos. Finalmente vuelve Christina, sin marido y con algunos de los hijos, ya que otros quedan trabajando y uno está preso por haberle pegado a un superior, durante una estadía forzada en la milicia. Comienza entonces una vida nueva para la alemana, quien, utilizando los conocimientos que traía de su tierra, además de su ingenio y esfuerzo, pone un negocio que prospera y se sobrepone a las dificultades. Si la abuela criolla era soberbia y dominante, la alemana –con un carácter tan fuerte como el de su consuegra- era afable y comprensiva: “cada una en su tribu gozó de respeto y predicamento. En el caso de Christina, además, de cariño; en el de Gerónima del Rosario, por qué no, de temor”. Ayala narra en qué circunstancias llegó a la Argentina su abuela, en 1891: “Un aviso en el Bremer Zeitung en el que se solicitaba una ama de llaves dispuesta a viajar a Buenos Aires, la había conectado con herr Jantzen y su esposa, que irían a instalarse en un remoto país sudamericano llamado Argentina. El caballero iba como gerente del Deutsche Transatlantik Bank y lo acompañaban su esposa y sus tres pequeños hijos”. Se despide de su familia y de su tierra, a la que tardaría años en regresar: “El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo en la lejanía mientras Christina, con los ojos llenos de lágrimas, abrazaba fuertemente la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su padre le había regalado al despedirse. Ya no se veían las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos”. Otros alemanes también viajaban hacia ese país desconocido. El ingeniero Walter Rathhof, afincado en el litoral, recuerda: “ ‘¿Cómo vine a parar acá? Hace tres meses ni sabía que existía este lugar. ¡Misiones!’ Apenas si había visto el nombre de Argentina en el mapa. En Alemania no conocía a nadie que hubiera andado por esta parte del mundo, pero bastó una propuesta para dejar la familia, el empleo seguro, la patria, los amigos, por la aventura. (...) Allá era un ingeniero más, sin mucha experiencia entre tantos otros, en cambio acá estaba todo por hacer ¡Y justo puentes! Si hubiera sabido que alguna vez tendría que hacer puentes, tan lejos y sin poder consultar con nadie, hubiera prestado más atención a aquel viejo profesor que siempre hablaba de los de la India y de la China. Después de todo, los que tendría que hacer acá tendrían más en común con esos que con los prolijos puentes de hierro que diseñaba en la facultad. Además, había que hacer todo desde el principio, ni siquiera las mensuras estaban y los lugareños medían las distancias en tiempo: dos días de barco, un día de a caballo”. Para comunicarse en la nueva tierra, debía aprender el idioma: “Tres meses estudiando español. Por suerte en el viaje había un valenciano que le sirvió de involuntario profesor y lo llamaba ‘el alemán del diccionario’. Pero lo importante era que se hacía entender y comprendía bastante. Y a la fuerza, porque hasta ahora no había encontrado a nadie que hablara alemán”. Los criollos eran prejuiciosos con los inmigrantes: “Nosotros no vinimos a matarnos el hambre como los gringos, estuvimos siempre acá...”, afirma la abuela Gerónima. Los inmigrantes también tenían sus prejuicios. Un criollo era discriminado en el trabajo. Samuel estaba empleado en una empresa alemana: “al principio estuvo muy contento hasta que se dio cuenta de que los alemanes discriminaban a favor de los compatriotas en el momento de los ascensos”. La religión era otro de los motivos de discriminación, esta vez entre una inmigrante italiana y su futura nuera, alemana: “La señora Irene era muy católica, de comunión diaria y colaboraba con el párroco en las labores sociales de Adrogué. El hecho de que Christina fuera protestante no contribuyó a facilitar las cosas”. Ayala nos habla de los oficios que desempeñaban los alemanes. Christina fue ama de llaves, luego repostera y empresaria. Walter era ingeniero. Disfrutaban de la música inmigrantes y criollos, en Misiones: “Por las noches, después de cenar, los martes y viernes en lo de Rathhof se hacía música. Venía herr Engelsberg con su esposa y su violoncello y el señor Di Matteo con su violín, Walter arrimaba su propio viloncello y rodeaban el piano de Zaida, dedicándose a hacer música durante un poco más de una hora”. La historia de estas dos abuelas permite a Ayala realizar un cuadro costumbrista de una época de la Argentina, a la que evoca a través de los relatos familiares y de su propia rememoración. En el Campo: Santa Fe Uno de los testimonios más precisos y válidos para el estudio del rápido proceso de inmigración y colonización de la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, es el informe presentado a la Comisión Nacional de Inmigración por el Inspector de colonias Guillermo Wilcken, luego de concretar en 1872 un fatigoso viaje por las creadas hasta entonces en las pampas. En ese trabajo titulado "Las Colonias", expresa que la inmigración alemana estaba en ellas "escasamente representada", a su criterio porque, "lo mismo que al suizo, al colono alemán le cuesta acostumbrarse al país; inconveniente al que contribuye la dificultad que experimenta para aprender el idioma nacional". Sin embargo, agrega que "una vez vencida aquella dificultad y familiarizado con las costumbres, no hay mejor colono ni agricultor más inteligente." En la década de los '1880 los italianos predominaban en Santa Fe; representan un 70% del total de inmigrantes, seguidos por los suizos, españoles, franceses y alemanes. Estos que no llegaban a 500 en 1858, eran más de mil cuando Sarmiento levantó un censo en 1869, y dos mil ochocientos en 1887. Aarón Castellanos fundó Esperanza en 1858, con el aporte de colonos suizos y alemanes. Un lustro después, el alemán Juan Gaspar Helbling abrió en ese pueblo un colegio particular, y Tomás Hutchinson, uno de los viajeros ingleses que nos visitaron en el siglo XIX, refiere que ese maestro había organizado un coro entre jóvenes suizos y alemanes que entonaban sus canciones tradicionales. En San Jerónimo y San Carlos el número de alemanes fue menor, aunque en la segunda de esas colonias ambas colectividades tuvieron activa participación en la Deutsche Schule, la iglesia Evangélica y la biblioteca pública, entre cuyo material se encontraban libros y periódicos alemanes. Según Carlos Beck-Bernard - el colonizador que fundó San Carlos - los primeros habitantes de Guadalupe, creada en 1864 en las cercanías de Santa Fe, fueron alemanes de Hannover procedentes del Brasil. Otros grupos de inmigrantes germanos de cierta consideración se nuclearon en Helvecia (1865), Humboldt (1869) y en las colonias fundadas por el Central Argentino algo después de la iniciación del servicio ferroviario entre Rosario y Tortugas, el 1º de Mayo de 1866. En ellas se destacaron los maestros suizos Pedro Dürst, Roberto Weihmüller y Juan Meyer, quienes gozaron de mucho prestigio como educadores de acreditados colegios y contribuyeron al cultivo del idioma alemán. En Cañada de Gómez el primer habitante y Jefe de la Estación del Central Argentino se llamaba Pedro Reün y era oriundo de Kappeln, de donde vino en 1867 con su esposa e hijos y una cuñada, Margarita Hansen. Esta alemana que luego contrajo matrimonio con Augusto Schnack,"Quien realiza un viaje tiene algo que narrar", en el que evoca la travesía desde Hamburgo en la frágil goleta Antílope y los difíciles tiempos que vivieron en la solitaria estación de ese pueblo, todavía inexistente, cuyos pobladores iniciales eran alemanes y criollos. Allí se fundó el 1866 el importante establecimiento Schönberg del alemán Pablo Krell, que según Wilcken "estaba dotado de todos los instrumentos y máquinas de agricultura más modernos" y contaba con carpintería y herrería, inmensos alfalfares y cabañas de vacas de cría inglesa. escribió en su vejez el relato Entre cuatro y seis leguas al norte de Cañada de Gómez se encontraban algunas de las más grandes estancias de alemanes de Santa Fe. Una de ellas, Los Leones, fue establecida en 1864 por los jóvenes Enrique von Post y Felipe Bleck. Otras fundadas hacia 1870-75, eran las colonias La Germania de Guillermo Nordenholz, y La Hansa, de Woltje Tietjen, cuyos propietarios se desempeñaron como cónsules alemanes en Buenos Aires y Rosario. A comienzos de la década de 1890 los Tietjen trajeron desde Hamburgo las primeras liebres que llegaron al país, algunas de las cuales escaparon y se reprodujeron con rapidez. La presencia de alemanes pudo advertirse en distintas expresiones de la vida cotidiana en las colonias agrícolas de Santa Fe. Se manifestó en chacras y estancias, en humildes negocios y rudimentarias industrias, en escuelas, coros y oficios religiosos, en costumbres, diversiones y voces, y hasta en las banderas alemanas que proclamaban, durante los días festivos, la procedencia de muchos de los esforzados pioneros de esas fascinantes colonias que contribuyeron a edificar aquella Argentina que, como bien expresara Rubén Darío, era una Babel en la que todos se comprendían. En la ciudad: Rosario. Desde mediados del siglo XIX algunos alemanes comenzaron a radicarse en Rosario, recordándose entre ellos a Heinrich Amelong, un maestro de música procedente de Buenos Aires, donde había tenido como alumna a Manuelita Rosas. El censo de 1869 señaló que esa pequeña clonia estaba integrada por ciento treinta y seis personas, de las cuales sólo quince eran mujeres. La primera institución alemana de Rosario fue creada a fines de 1868 por Woltje Tietjen, designado por ese tiempo cónsul de la Confederación Germánica del Norte en el Rosario, y se llamó Deutscher Hilfsverein. Esta Sociedad Alemana de Socorros Mutuos, una de las primeras en su tipo de la provincia de Santa Fe, se proponía asistir a los connacionales enfermos o en dificultades económicas y auxiliar a los familiares de los que fallecieran. Tres lustros después, en 1885, la colectividad constituyó el Deutsche Verein, para asociarse al cual se requería "ser persona de antecedentes intachables, mayor de edad y poseer el idioma alemán" y cuyo lema era "sed unidos en bien de la probada lealtad nacional". Los integrantes de ese Club Alemán, que presidía Hermann Schlieper, reunieron rápidamente los recursos necesarios para adquirir un terreno donde al año siguiente levantaron su casa propia, que se convirtió en el centro de las reuniones sociales y culturales de la comunidad. En 1886, cuando los residentes germanos de Rosario eran alrededor de ochocientos, se anunció la edición de un periódico alemán. Hacia 1892 se fundó el Deutscher Frauenverein, Sociedad de Damas de Auxilio, que se proponía la protección de la mujer y desarrolló una notable tarea asistencial. Dos años más tarde se organizó la Congregación Evangélica Alemana, que entre 1912 y 1913 edificó su propia iglesia. Como otras colectividades extranjeras, los alemanes de Rosario fundaron hacia fines del siglo XIX escuelas en las que trataban de conservar la lengua y la cultura de su tierra. La primera de ellas fue el Deutsche Schulverein, un Colegio Alemán nacido por iniciativa de Wilhelm Schneider. En 1900 se constituyó el Deutscher Argentinischer Schulverein. La Escuela, cuyo principal animador fue Ernst Deutsch, era conocida por el nombre de Germania. Otra destacable inquietud cultural de los alemanes de Rosario fue el Deutscher Männerchor, coro masculino constituido a partir de un conjunto vocal suizo. Durante la década de los '1930 surgieron la Sociedad Alemana de Beneficiencia y Cultura y una comunidad de trabajo - Arbeitsgemeinschaft der Deutschen Vereine von Rosario - que agrupó a todas las entidades germanas. Después de la Segunda Guerra Mundial los bienes de la Deutsche Schulverein fueron confiscados como propiedad enemiga. Aunque se los restituyó en 1957, al estar ocupados por colegios nacionales recién fueron recuperados efectivamente en 1965. Más tarde reabrió sus puertas el prestigioso Colegio Alemán Argentino, que cuenta con un kindergarten, una escuela primaria y otra de nivel medio. En la postguerra se había constituido también el Círculo Cultural Argentino-Alemán, que en 1953 reorganizó el Deutscher Männerchor, bajo la dirección de Nora Heitz y posteriormente el maestro Juan Untersander.En el presente, el Club Alemán, la Congregación Evangélica Alemana y el Colegio Alemán Argentino testimonian la vigencia de una colectividad que, a lo largo de más de 130 años, (referidos a 1985) ha realizado significativos aportes a la vida social, educativa y cultural de Rosario. Fuentes http://www.pampagringa.com.ar/Notas/alemanes.htm Wikipedia http://www.taringa.net/posts/info/8180149/Influencia-nazi-sobre-el-ejercito-argentino.html http://internacional.elpais.com/internacional/2008/05/12/actualidad/1210543207_850215.html
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
20visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
3visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

l
Usuario
Puntos0
Posts188
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.