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Para mí que es el amor después del amor

Info7/19/2011
Para mí que es el amor después del amor



El asco de Fito nos hizo hablar y pensar más que Durán Barba y Luis Alberto Quevedo juntos. Su voz interpela porque es autor. Autoridad.

Nunca Buenos Aires estuvo menos misteriosa que hoy, dijo.

Da asco la mitad de Buenos Aires. Hace tiempo que lo vengo sintiendo. Es difícil de diagnosticarse algo tan pesado. Pero por el momento no cabe otra, dijo.

Creo que hay algo en lo que Fito metió el dedo en la llaga: dijo asco. Y no puedo creer que ustedes no lo sientan. Obvio que hacerse cargo de esa percepción, convivir con ella, no es algo agradable. Parece que el asco es tabú.

Clarín titula "Complica la campaña de Filmus el ataque contra los porteños". La maniobra es diáfana para cualquiera. Defienden sus negocios. Obvio. Para cualquiera que esté mínimamente atento. Comprarse la tesis de que lo que está en juego es la campaña de Filmus es otra compra, un poco más onerosa que el precio de Clarín.

Después están la voces del comentarismo sensato y la del militante sagaz, que tratan de poner las cosas en caja: por qué Fito estuvo inoportuno, tratando de pensarlo en términos de la segunda vuelta, de convencer a los indecisos o de responder de un modo orgánico y coordinado.

Pero Fito no es orgánico y coordinado. Es el autor de Tumbas de la gloria , el que escribió:

Tu amor abrió una herida
porque todo lo que te hace bien
siempre te hace mal.

Y escribió:

Después sacate poco a poco la piel
la sangre es para siempre
nada puedes hacer.

Y escribió:

Cuando era un pibe tuve un jardín
pero me escapé hacia otra ciudad
y no sirvió de nada porque todo el tiempo estaba yo
en un mismo lugar, y bajo una misma piel
y en la misma ceremonia
yo te pido un favor
no me dejés caer
en las tumbas de la gloria.

Es esa la voz que se escucha en este caso, no la de Durán Barba, ni la de Quevedo, ni la de Fontevecchia o Julio Blank. Interpela Fito por su autoría, esto es: por su autoridad. No produciría lo que produjo si fuera una frase del cantante de Miranda o Las Manos de Filippi, con todo el respeto que estos artistas me merecen. Es que hay algo de nuestra experiencia porteña que se ha constituido, desde hace tres décadas, a partir de las canciones de Fito. Poliarquía no mide esa constitución experiencial. No se pone en juego en la segunda vuelta del 31 de julio. Es más: no se somete a sufragio, nunca, y por ello no está expuesta a la operativa acertada de Durán Barba ni al recato de Daniel Filmus.

Nadie parece haberse podido sustraer a decir algo sobre el asco de Fito, incluso los que solo toman la palabra para decir que no hay que hablar de ese asco, aún para los que quieren sofocar el asco bajo la etiqueta del "kirchnerismo cultural" o cualquier concepto similar de la factoría Fontevecchia.

Se dice que la intervención de Fito es "desacertada". Hay desaciertos tan imprescindibles para la libertad del espíritu y del cuerpo. Mucho más que todos los aciertos del cálculo operativo. Es toda una concepción política la que quiere dejar el cuerpo a un lado, reducirla a cálculo operativo, que se alarma ante la palabra "asco", por su desacierto e inoportunidad. Inoportuna sería la palabra de Artaud, la de Nietzsche o la de Søren Kierkegaard en tiempos de Durán Barba. No ayudarían a la segunda vuelta de Filmus. Ya le saldrían a reprochar a estos tipos por su "catarsis de carnicería de barrio", por su kirchnerismo cultural y todas esas sandeces que se invocan desde el comentarismo sensato. Fito puso en medio de esta coyuntura porteña la sangre que hacía falta en medio de la frialdad filmusiana y el miedo a Poliarquía.

Su acto de irresponsabilidad sensitiva también es política. Porque la política no hay que dejársela a los candidatos políticos, ni aún a los más sagaces militantes, ni a los comentaristas sensatos. Política es ser en la ciudad, caminar la calle, sentir un oscuro asco. Si no lo sentís, será porque estás embotado, porque el asco flota. Si lo sentís y querés silenciarlo, será porque no te lo bancás.

En mi post del lunes a la noche yo decía: "En el post del sábado yo decía: "¿Qué clase de ciudad podría soportar esta lacra por cuatro años más? Sería una ciudad de mierda". ¿Lo sigo pensando? Sí. Pero regodearme en ese sentimiento me puede llevar a una peligrosa autocomplacencia. Porque, si bien Buenos Aires se ha convertido, al elegir ser gobernada durante ocho años de su corta historia por Mauricio Macri, en una ciudad de mierda, ahí no se acaba todo lo que hay para pensar. Mejor dicho: al sentir esto, que es verdad, ni siquiera empiezo a pensar".

¿Lo sigo pensando? Sí. Pero creo que las palabras de Fito y las reacciones que produjeron dan más tela para cortar, sobre el campo acotado de la política, sobre el cuerpo y la palabra en la política, sobre la autoridad que no se somete a sufragio y la autoridad del sufragio. Hemos llegado a creer que la política se reduce a un cálculo de operatoria: vivimos en la época de la técnica, no es raro.

Mucho más decisivo que el resultado de la segunda vuelta es volver a pensar cómo se pone el cuerpo en la ciudad. En el tiempo del viejo Sócrates ya se sabía que no otra cosa es la política.


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