Introducción
A cuatro años del Bicentenario de la Revolución de Mayo, se han puesto en marcha diversos actos y eventos que apuntan a repensar, actualizar y dotar de contenido la conmemoración de la efeméride fundacional de la patria. Como señala José Nun en el prólogo al libro Debates de Mayo. Nación, cultura y política(1), Durkheim hablaba del significado del festival en los aborígenes australianos, y de cómo esa festividad era concebida como un gran momento de entusiasmo colectivo, de efervescencia, donde se revisan valores y normas, donde se desrutiniza la cotidianidad y se altera la reproducción mecánica. En tal sentido, podría pensarse el Bicentenario de la Revolución de Mayo como un momento de replanteo nacional que permita quebrar definitivamente las innumerables crisis padecidas.
El área de investigaciones del Laboratorio de Industrias Culturales se propuso indagar en aspectos de la identidad nacional así como de las identidades regionales y locales, que muchas veces se amalgaman y concuerdan, y otras se oponen entre sí. En línea con la puesta en discusión de ciertos principios de referencia promovidos por la Secretaría de Cultura de la Nación(2), el presente proyecto se orientó a explorar representaciones entre diversos segmentos de la ciudadanía, en particular en las provincias, desde sus habitantes y sus prácticas cotidianas. En una primera etapa, se realizaron reuniones de reflexión en centros urbanos y entrevistas a figuras claves de la cultura y otros campos en Córdoba, Rosario, Tucumán y Ciudad de Buenos Aires.
(1) El libro recopila las ponencias de las primeras jornadas de debate sobre el Bicentenario organizadas por la Secretaría de Cultura de la Nación y llevadas a cabo en Biblioteca Nacional, el 19 y 20 de mayo de 2005, y fue compilado por José Nun con la colaboración de Alejandro Grimson (Gedisa, Buenos Aires, 2005).
(2) Ver “Foros del Bicentenario” y ediciones especiales en
Juntos pero no mezclados
Uno de los interrogantes que se les formuló a los entrevistados estuvo orientado a conocer cuáles son los orígenes de la Argentina. A tal fin, se solicitó que identificaran aquellos momentos que marcan nuestros inicios como país. Uno de los primeros hallazgos fue que las narraciones que se construyen alrededor del tema del origen varían sensiblemente de una región a otra, de modo que no existe un imaginario compartido acerca de cuál es nuestro momento fundacional. Tucumanos, rosarinos, cordobeses y porteños sitúan el nacimiento del país en momentos diferentes.
Los cordobeses, por ejemplo, otorgan a la conquista española la categoría de momento fundacional y le atribuyen la conformación de ciertos rasgos de nuestra identidad que se proyectan hasta la actualidad. Los rosarinos, en cambio, vinculan los orígenes de la Argentina con los procesos inmigratorios europeos iniciados durante el siglo XIX, y le otorgan un estatuto único en el proceso de construcción de identidad, al tal punto que muchos de ellos llegan a definirse como una suerte de europeos lejos de su tierra.
Los tucumanos, por su parte, se remontan más lejos en la historia y señalan a los pueblos originarios para marcar los orígenes del país. Entre los porteños, las luchas por la independencia mantienen su carácter de hazaña fundacional. Para éstos últimos, la resistencia a las invasiones inglesas representan, desde la perspectiva mayoritaria, la primera acción soberana, marcan el camino hacia la autonomía del país y abren la puerta a los posteriores acontecimientos de mayo.
Las interpretaciones acerca de los hechos de mayo y de los movimientos independentistas varían significativamente entre los porteños y los entrevistados del resto del país. Entre los cordobeses, el 25 de mayo no es interpretado como la expresión una acción independentista sino como el primer paso hacia la consolidación del dominio del puerto de Buenos Aires sobre el Interior. Los porteños, por su parte, refutan esta posición y reivindican el rol de Buenos Aires en la activación del espíritu libertario de la época y en su difusión hacia el resto del país. Para ellos, Buenos Aires ha representado desde los inicios de nuestra historia un papel fundamental en la generación y promoción de los movimientos y acontecimientos políticos, las tendencias culturales y la innovación científica y tecnológica.
Sin embargo, en muchas oportunidades Buenos Aires no es representada únicamente como un centro de irradiación de cambios sino como un espacio relativamente autónomo que poco tiene que ver con el conjunto del país, no sólo en términos culturales, sino también políticos e históricos. Esta perspectiva, no mayoritaria, sostiene la idea de que no existe en la Argentina una historia común, sino que cada provincia o cada territorio posee su propio linaje y su propia experiencia histórica no compartida.
Si bien para los porteños los movimientos anticoloniales marcan el inicio de la Argentina como país, el ciclo que se abre a fin de siglo XIX con la llegada de las inmigraciones al Río de la Plata representa una suerte de “segunda fundación”. Se trata de un momento comparativamente más intenso que el primero, en términos de su influencia en la configuración de la identidad y la cultura local. Así, al igual que los rosarinos, los porteños se autodefinen como verdaderos hijos de estos procesos.
Se expresa aquí otra diferencia significativa: cordobeses y tucumanos piensan nuestra identidad como el resultado de la combinación entre la herencia hispánica, el legado de los pueblos originarios y la cultura importada por la inmigración europea. En cambio, para los porteños, hablar de la historia de los pueblos originarios es hablar de una suerte de “proto-historia”, aunque reconocen que sus huellas han dejado una fuerte impronta en algunas zonas del Interior.
Si la Revolución de Mayo marca el punto de partida y el origen político de la Argentina, las inmigraciones europeas implican un verdadero giro y marcan un momento fundacional en términos culturales. Aquí, la coincidencia entre rosarinos y porteños es absoluta: para ambos el arribo de inmigrantes europeos supuso, al mismo tiempo, el arribo de los valores progresivos de la cultura europea representada por la cultura del trabajo y del esfuerzo personal, el valor de la educación, la formación académica y la tradición político-sindical.
En las narraciones sobre el “origen” que despliegan los cordobeses, el 25 de mayo de 1810 asume un peso relativo. Su valor simbólico es relativamente débil si se la compara con el peso que le atribuyen a la conquista española o a los procesos inmigratorios europeos como momentos fundacionales de nuestra Nación. Lo cierto es que Mayo no implica la gran ruptura como acontecimiento fundador de la identidad provincial. Toda narrativa de la historia incluye el pasado colonial como componente esencial en la formación de la peculiaridad cordobesa. De hecho, para algunos referentes culturales de la provincia, antes que la ruptura con la corona española y el inicio de la independencia, Mayo es pensado como el inicio de la imposición del dominio del puerto.
Es significativo el lugar simbólico que le asignan al fundador de la provincia, don Jerónimo Luis de Cabrera. Se trata de una figura tutelar que tiene hasta hoy una presencia ostensible en la vida cordobesa, ya que no sólo es objeto de continua evocación. Se atribuyen a la proyección de sus rasgos de padre fundador y al mismo acto de fundación (en desobediencia a las órdenes virreinales) algunas de las características del cordobés actual como la “rebeldía”. Es de notar que muchos cordobeses le atribuyen a Cabrera un carácter emblemático como figura representativa del pueblo cordobés, a más de cuatro siglos de su muerte.
Al considerar el peso respectivo que asumen para los cordobeses las identidades nacional y provincial, cabe la conclusión de que la identidad cordobesa adquiere primacía sobre la argentina. En efecto, entre los habitantes de la provincia mediterránea se manifiesta una estructura identitaria fuerte y autoafirmativa. Para los cordobeses pertenecientes a distintas edades y estratos socioeconómicos el ser cordobés implica en todos los casos una diferencia específica y reconocible. Se muestran muy concientes de la imagen proyectada hacia los porteños y los otros provincianos, y asumen de buen grado su tipicidad como un rasgo de diferenciación positivo, sin rechazar los estereotipos acerca de la idiosincrasia provincial. El reconocimiento de estas diferencias se traduce en un enraizado sentido de pertenencia y un orgullo por las distintas manifestaciones de lo cordobés.
Los cordobeses se atribuyen un sentido del humor típico y singularizador. Además, la picaresca cordobesa no queda reservada para situaciones de diversión o momentos de ocio, sino que permea la totalidad de la vida cotidiana, sin excluir circunstancias tensas o dramáticas. No se trata, entonces, de una mera disposición festiva, sino que proyecta una modalidad desdramatizada de situarse frente a la vida. El humor resulta así coextensivo a la sociabilidad autóctona.
El arraigo en la historia y el tipo de relación que establecen con el pasado histórico son otra de las marcas distintivas de los cordobeses. El marco de referencia es casi siempre la historia provincial antes que la historia argentina en su conjunto o, para el caso, las vicisitudes históricas de Buenos Aires. Vale decir que la periodización que espontáneamente establecen remite a puntos de inflexión de la historia de la provincia no necesariamente coincidentes con el conjunto del país. Se observa, además, un conocimiento de la historia comparativamente más amplio que el prevaleciente en otras provincias y un interés considerable por el conocimiento de estas temáticas.
Existe cierta propensión a hablar de las dos Córdobas al pensar en las aparentes contradicciones en las que ha oscilado históricamente, aunque tienden a pensarse preferentemente en términos de coexistencia: Córdoba es una cosa y la otra, ya sea sucesiva como simultáneamente. Se trata de la Córdoba conservadora y la Córdoba rebelde o la Córdoba culta y la Córdoba popular.La primera polarización (tradición versus cambio) reenvía en uno de sus polos al ingente peso de las tradiciones (singularmente la tradición católica y clerical) y el conservadurismo social en la sociedad cordobesa y, en el otro, a una arraigada tendencia a la radicalización y la ruptura con los marcos culturales existentes, del cual la Reforma Estudiantil de 1918 y, más recientemente, el Cordobazo y el Viborazo serían expresiones paradigmáticas. Ambos serían, contradictoriamente, emergentes legítimos del más genuino espíritu cordobés.
La otra de las tensiones que configurarían el “fenómeno cordobés” es la simultánea representatividad y legitimidad de instituciones de la cultura académica y expresiones de la cultura popular. Así, en un polo se sitúa a la Universidad y su esfera de irradiación, que remiten al tópico de Córdoba como “la Docta”, caracterización que es reivindicada y asumida por toda la sociedad, independientemente de su relación mediata o cercana con la universidad. Las instituciones académicas son evaluadas como formadoras de cuadros políticos e intelectuales de nivel nacional. En el otro extremo, se ubica el fenómeno cuartetero, eminentemente popular. Aun quienes rechazan la indigencia musical de esta corriente, la reconocen como un producto genuinamente autóctono y uno de los más representativos de la vida cultural cordobesa.
Por último, cabe mencionar que la identidad cordobesa, aún inherentemente contradictoria, tendería a un equilibrio inestable entre opuestos, lo cual le permitiría (siguiendo esta auto-representación) postularse en el orden nacional como una suerte de punto de equilibrio entre la Capital y el Interior.
Los rosarinos se refieren de manera casi exclusiva a los procesos inmigratorios europeos para señalar los orígenes de nuestra nación. Para la mayoría, las inmigraciones se configuran, además, en un momento clave del proceso de construcción de la identidad colectiva nacional. A diferencia de los cordobeses, entre quienes la identidad argentina es percibida como resultado de una compleja articulación entre la herencia colonial hispánica, el pasado indígena y las inmigraciones europeas, los rosarinos otorgan a las inmigraciones un estatuto único en el proceso de construcción de identidad. Así, hablar de la Argentina de las inmigraciones es hablar de una tierra de promesas, es evocar el florecimiento cultural y el desarrollo educativo del país.
Sin embargo, la idea de pérdida se constituye como el denominador común de la lectura y del balance de nuestro pasado. La educación y la producción son señalados como los dos aspectos fundamentales que en el pasado funcionaban como vectores de la vida social de la Argentina y que en la actualidad se encuentran en crisis.
Entre los representantes de los sectores medios, existe una visión en la dinámica de nuestra historia que adquiere un sentido diferente: la historia argentina es representada a través de un esquema de eslabones que se rompen. La historia de la Argentina sería una historia de rupturas, de cambios permanentes, de inestabilidad en los objetivos.
Es la historia de un país sin metas colectivas. Es una historia marcada por la fragmentación, la falta de horizontes y la opción hacia las salidas cortoplacistas y oportunistas. La Argentina se representa hoy como un destino incierto y, al parecer, sólo la definición de un verdadero proyecto nacional restituiría al país de un horizonte histórico.
Para los rosarinos, no es claro que exista una identidad argentina definida, con rasgos particulares y diferenciadores. La Argentina se representa como un conglomerado de identidades regionales, locales, urbanas y hasta étnicas, antes que como un colectivo con atributos propios. Sin embargo, esta diversidad no debe ser interpretada en términos de hibridez. Si bien no se reconoce un eje articulador que organice nuestra identidad, es posible identificar la existencia de un sentimiento de arraigo y pertenencia.
Para los rosarinos, el legado de las inmigraciones es tan potente que muchos rasgos de la identidad nacional se explican por su persistente influencia. Para la mayoría, las inmigraciones constituyeron verdaderos vectores y organizadores de nuestra identidad. De esta manera, entre los atributos que se señalan con mayor frecuencia se destacan: la capacidad de reconstrucción («ser argentino es volver a empezar una y otra vez»), la flexibilidad y la habilidad para adaptarse a distintas situaciones, el mantenimiento de los lazos de solidaridad, la tolerancia y el respeto por la diversidad y el valor de la familia y los afectos, entre otros. Identificándose con el legado de los inmigrantes, la mayoría considera que los argentinos conservan intacta la nostalgia de sus antepasados.
Nostalgia que se profundiza en cada crisis y con cada pérdida y que hace de los argentinos una especie «europeos lejos de su tierra», una suerte de desarraigados que no terminan de sentir este país como propio.
Los contenidos que se le atribuyen a la identidad rosarina coinciden con los que le asignan a la identidad nacional. Rosario es representada como la ciudad de las diferencias y de la variedad, caracterizada como la ciudad de las colectividades, un espejo en donde se refleja el crisol con el que los rosarinos representan la identidad argentina.
A diferencia de los cordobeses, que manifiestan una identidad fuerte y definida, los rosarinos se muestran de manera menos acabada y cerrada, por lo que resulta difícil reflejarlos a través de una simple enumeración de sus componentes. Sin embargo, prevalece un fuerte “narcisismo local” edificado sobre un intenso sentimiento de orgullo y pertenencia a su ciudad y a su comunidad, que se opone a la debilidad del vínculo que mantienen con la comunidad nacional («Es algo como lo que les pasa a los catalanes. Primero son catalanes, después españoles.»). Sin un fundador reconocido, Rosario es pensada como una ciudad «huérfana», que nace como ciudad «de paso» y que hasta hoy se encuentra en la búsqueda de sus propios mitos fundacionales.
En las narraciones de los rosarinos aparece una fuerte remisión a un pasado mucho más cercano. Se trata de un momento de la historia local en el que Rosario es, por así decirlo, reinventada. Así, la Rosario de los inmigrantes habría dado paso a la Rosario de la cultura y la bohemia , de allí que la figura arquetípica que eligen los rosarinos para representar su identidad sea la de un artista. Por un lado, Rosario es señalada como una verdadera incubadora de figuras notables: la primera reacción que manifiestan los entrevistados cuando se los interroga por la identidad rosarina es enumerar una lista de personalidades tan variadas como el Che Guevara y Olmedo, Fontanarrosa o Litto Nebbia y Baglietto. Por otro lado, la creación musical y literaria son otros de los sellos que imprimen su identidad a Rosario. La Trova Rosarina, el tango y la existencia de escritores reconocidos tanto a nivel nacional como internacional aportan un elemento clave para el orgullo y la identidad rosarina.
El discurso de los tucumanos acerca de la identidad nacional evidencia un carácter esencialista. Las identidades nacional y regional se encontrarían constituidas por un conjunto de rasgos y atributos permanentes e inmutables que determinan las prácticas y comportamientos colectivos lo largo de la historia y definen nuestra particularidad frente a otros pueblos y naciones.
A diferencia de lo que ocurre con rosarinos y porteños, para los tucumanos la identidad constituye un dato primario y primordial, un núcleo simbólico que puede preservarse o perderse, pero que en sus lineamientos fundamentales permanece inalterado en el devenir histórico. La identidad reconoce dos fuentes esenciales: el sustrato territorial y la base étnica. La idea de enraizamiento en un espacio geográfico a lo largo de generaciones crearía, conforme a esta «ideología» esencialista, un sentimiento de pertenencia más intenso y perdurable que la de los advenedizos inmigrantes. En tal sentido, las figuras del indio y del criollo son arquetipos que se encuentran mucho más íntimamente ligados a la idea de argentinidad que los descendientes de europeos o mesorientales.
Cabe señalar que los tucumanos datan el origen de la Argentina en los pueblos originarios, invistiéndolos de un pleno sentido de identidad argentina, y concibiéndolos como los verdaderos argentinos originarios. No se trata de una prehistoria o una etapa pre-fundacional, sino como el auténtico origen del pueblo argentino, previo a su constitución como nación independiente. En su balance del devenir histórico, se contrapone la acción de los caudillos federales como portadores de los valores prístinos de la argentinidad frente a la intromisión extranjerizante de los unitarios porteños.
Si bien éstos –y sus continuadores portuarios: Sarmiento, Mitre, Avellaneda- representaban inequívocamente el progreso material y económico, éste se realizaría a expensas del sacrificio de la matriz nacional cultural.
En el siglo XX, el peronismo se presenta no solamente como un proceso de inclusión y de reivindicación de los sectores sociales hasta entonces relegados, sino como una reprogramación de la cultura argentina que rescataría los valores permanentes de la nacionalidad, reemplazando el proyecto cosmopolizante de los gobiernos liberales. A ello atribuyen su persistente vigencia. No se trataría de una mera alternativa política sino de una modalidad de ser argentino.
Entre los tucumanos, el sentimiento de pertenencia al terruño provincial se sobreimprime a la pertenencia regional (el NOA), parejamente intensa y firme. En su discurso coexisten o se superponen las autorreferencias como «tucumanos» o como «norteños». En efecto, Tucumán es pensada como una especie de «capital simbólica» de la región que a lo largo de la historia ha ejercido un potente influjo sobre las provincias del noroeste y ha irradiado a éstas los efectos de su actividad cultural y económica. Existiría para ellos una sólida identidad regional sustentada en un pasado histórico compartido (precolombino y colonial) y en un mismo tipo humano emergente del mestizaje indo-hispano que unificaría al NOA como espacio geohistórico y sociocultural (la Argentina criolla por antonomasia), más allá de las contingentes fronteras políticas y administrativas. Esta excepcionalidad le asigna a Tucumán un sitial protagónico en el marco de la región, parcialmente opacada recientemente por el crecimiento de Salta, especialmente en su desenvolvimiento como centro de atracción e interés turístico, y el relativo estancamiento tucumano. Sin embargo, la mayoría considera que esta alteración de la situación dista de significar un peligro para la supremacía de Tucumán.
Los tucumanos de toda condición social se atribuyen como pueblo un alto grado de capacidad creativa, particularmente en el campo de las artes plásticas y la música, así como en el ámbito del pensamiento humanista y científico. Esta excelencia constituye uno de los motivos más sobresalientes de orgullo de la totalidad de los tucumanos, incluidos quienes no participan habitualmente de sus actividades. Para todos, especialmente para la intelectualidad y el mundo artístico, la Universidad Nacional de Tucumán ha sido el vector que ha posibilitado este notable desarrollo creativo desde la década del cincuenta. En cuanto a la rivalidad que en mayor o menor medida algunas provincias manifiestan hacia Buenos Aires, Tucumán presenta una posición particular, claramente distinguible de la que ponen de manifiesto rosarinos y cordobeses. Mientras que éstos últimos despliegan frente a la Capital una actitud desafiante y frecuentemente competitiva, los tucumanos muestran frente a porteños y bonaerenses un patrón actitudinal más complejo y ambivalente Buenos Aires es conceptuada típicamente como la megalópolis en la que predominan la anonimia y la disolución de los lazos sociales, y en la que impera un ritmo de vida vertiginoso y estresante, en contraste con la escala más humana, las menores exigencias, la preservación de los vínculos familiares y sociales y la vida más pausada que atribuyen a las sociedades provinciales.
Entre los porteños de mayor edad, las inmigraciones europeas son asociadas automáticamente con una “época dorada” de la Argentina, y los años ochenta del siglo XIX vehiculizan imágenes de esplendor cultural, prosperidad económica y expectativas de futuro. En contraposición, la lectura del presente contrasta con el imaginario de un pasado mítico, marcado por la imagen de una Argentina segura y próspera. Se conforma, de esta manera, una visión decadentista, en la que la Argentina transita un camino de deterioro y pérdidas. Desde esta perspectiva, la Argentina habría vivido momentos de verdadero esplendor hasta mediados del siglo XX, mientras que a partir de la década del setenta se inicia un movimiento descendente en el que se pierden un conjunto de valores que organizaban positivamente la vida social y política del país.
La mirada de los más jóvenes discrepa con la de los mayores, ya que no existe entre ellos la idea de un pasado mítico al que oponer el presente. La historia argentina se expresa como un camino sinuoso, marcado por momentos de convulsión y de relativa armonía. Existe una tercera mirada en la que la historia de la Argentina se representa como una cadena con eslabones que se rompen. Se trata de la misma visión que expresaban algunos rosarinos y que ilustra la falta de continuidad en las políticas de estado, los permanentes cambios, la ausencia de consensos y la inestabilidad de los objetivos. En este punto coinciden la mayor parte de los públicos interrogados: la historia de un país sin metas colectivas. Las argumentaciones y explicaciones que se esbozan para explicar la actual situación responden a una lógica fuertemente instalada, que se explica por la existencia de ciertos rasgos idiosincráticos negativos. Se trata de una visión esencialista que señala ciertos rasgos de la identidad nacional como los responsables de nuestros fracasos. Desde esta lógica, los argentinos estarían atados a una suerte de fatalidad de la que resulta prácticamente imposible escapar.
Independientemente del tipo de lectura que se haga del pasado, los porteños expresan un fuerte sentimiento de orgullo, arraigo y pertenencia. Para ellos, la nacionalidad se configura como una instancia fuerte en la construcción de su propia identidad. Este punto marca una fuerte diferencia con respecto a los entrevistados pertenecientes a otras ciudades del interior, entre quienes la identidad nacional asume un peso relativamente débil si se la compara con la existencia de una fuerte identidad local. Por otra parte, persiste un imaginario más o menos entronizado según la edad, en el que la Argentina mantiene ciertos rasgos europeos que nos singularizan y que, al mismo tiempo, marcan fuertes diferencias con el resto de los países de la región.
La ciudad de Buenos Aires es representada como un espacio abierto y cosmopolita, una zona de cruces migratorios y diferencias culturales y étnicas. Por esta razón, lo porteño se manifiesta como un espacio de mezclas, fusiones e hibridaciones antes que como un territorio homogéneo con rasgos identificatorios fuertes y claros. A pesar de ello existen ciertos elementos que hacen que «lo porteño» no carezca de especificidad.
En este punto, las diferencias generacionales se hacen más claras: a medida que se asciende en la edad de los entrevistados las representaciones acerca de la identidad porteña asumen formas comparativamente más definidas. La pertenencia generacional determina un conjunto de percepciones y representaciones acerca de lo porteño y de la ciudad. Para los mayores de 35 años, lo porteño se configura como una verdadera cultura. Para ellos, ser porteño supone compartir historias, lenguaje, consumos y ritmos de vida. Esta visión del pasado implica, al mismo tiempo, un sentimiento nostálgico, marcado por una sensación de pérdida y, en algunos casos, de decadencia, que se señala como un proceso de latinoamericanización de su gente y su paisaje.
Lo porteño no sólo se construye a partir de un pasado compartido. Se destaca como rasgos permanentes una literatura porteña encarnada en figuras como Jorge Luis Borges y Roberto Arlt, un género musical porteño como el tango, y hasta de una arquitectura porteña.
Entre los más jóvenes, lo porteño no hace referencia a un espacio cultural compartido sino más bien a un estilo de vida marcado por la urgencia cotidiana, el anonimato, la tecnologización de la vida cotidiana y la debilidad de los vínculos interpersonales.
Buenos Aires es representada unánimemente como el centro político, económico y cultural del país. Del mismo modo que los cordobeses ubican a su provincia como el centro de gravedad regional, los porteños ubican a Buenos Aires como el centro de gravedad del país. Esta centralidad se construye, según la percepción del conjunto, no sólo a través del protagonismo político, cultural y económico, sino también a través de su liderazgo y superioridad de recursos educativos, culturales y de salud, que la convierten en un sitio obligado para sus vecinos del conurbano, del interior y de países vecinos.
Para los porteños, la crisis del 2001 convirtió a Buenos Aires en una suerte de refugio para los sectores de menores recursos y marginales que, desde la percepción mayoritaria, degradan el paisaje urbano. Esta nueva fisonomía social de la ciudad se opone a su anterior conformación en la que predominaban familias de clase media, descendientes de inmigrantes europeos, portadores de valores, características y modos de vida compartidos. El quiebre de esta morfología social encontraría hoy su máxima expresión en la expansión de zonas marginales y el crecimiento de actividades como el cartoneo y la venta ambulante. Esta situación es resaltada entre los sectores más altos de las capas medias, como la intrusión de elementos extraños, y es vivida de una manera perturbadora que llega, en algunas ocasiones, a adoptar contenidos xenófobos y discriminatorios.
Existe, además, una fuerte conciencia acerca de la imagen que proyecta el porteño en el interior del país. Se trata de una imagen asociada con la soberbia, la pedantería y la viveza con la que los entrevistados no se sienten identificados. Muchos refutan esta imagen y la asocian con una construcción imaginaria fuertemente instalada en el interior del país que se autodefine como el reservorio de los valores nacionales y familiares más tradicionales. Si existe un rasgo idiosincrático a través del cual los porteños se autodefinen e identifican no es la falsedad ni la soberbia, sino la pretensión de «saber de todo». La figura del porteño se asocia así, no tanto con la figura del inescrupuloso sino más bien con la del «chanta» y «el sabelotodo» y tiene su máxima expresión en la figura del taxista que, para muchos, encarna una de las figuras arquetípicas de los porteños.
Otro rasgo que mencionan los entrevistados y que hace a la identidad de la ciudad Buenos Aires es su tamaño y densidad de población. Esta cualidad, sin embargo, no se expresa como un obstáculo para los porteños que, a pesar de su escala, manifiestan mantener un vínculo familiar y amigable con su ciudad. Existe, entre algunos entrevistados, la idea de que Buenos Aires se manifiesta como una ciudad extraña para aquellos que la transitan pero no la viven, pero resulta un ciudad compañera y cercana para sus propios vecinos.
De esta manera, Buenos Aires es representada como «un laberinto conocido», con múltiples recorridos y posibilidades. Una ciudad en la que puede ingresarse desde diferentes lugares y que permite ser explorada según el interés de cada viajero o de cada vecino.