El tablero con luces de alarmas del gobierno nacional se encendió en los últimos días como un árbol de Navidad.
Mientras la disputa por el poder irrumpió en el Congreso, confirmando que el peronismo no será sometido a los deseos del oficialismo, la realidad económica y social se muestra peligrosamente cerca del límite tolerable.

Mientras desde Cambiemos confirman el envío de comida al conurbano, el sueño de la mejora sustancial en el segundo semestre empieza a alejarse. Ahora se habla del “último trimestre”. Macri dijo “el año que viene se verán los frutos” del esfuerzo reclamado al pueblo.
Son muy pocos, demasiado pocos, los políticos que hablan de la necesidad de cuidar el tejido social . De la importancia de lograr que los hijos de una familia pobre consigan terminar el secundario, y empezar la universidad. Ese aspecto, tan poco tangible en números económicos, es también clave.
A lo largo de la semana pasada, los intendentes del conurbano confirmaron otra realidad terrible: los narcotraficantes desplazan de los barrios bajos a los punteros, ya sin caja. Ahora, el único colchón social viene de la mano de un jefe narco. Duele, pero es real.
La dura situación social , además de desnudar las falencias del kirchnerismo para alejar de la pobreza a millones de argentinos, no está a la altura de la crisis de 2001, ese abismo nacional que todavía arde en la memoria colectiva. Pero preocupa y reclama soluciones sin demoras.
No sirve, cuando hay hambre , si no hay trabajo, pensar en el esfuerzo como superación personal y colectiva. Mover el aparato estatal, llegar con asistencia a los rinconces más olvidados del país no es algo fácil.
Para llegar de verdad a la pobreza cero, al máximo potencial de todos los argentinos, a la unidad y la felicidad, hay que caminar más los barrios y la calle, y valorar a cada uno de los habitantes y sus necesidades.
Nadie quiere volver a 2001. Se puede evitar, pero hay que actuar ya.a
Mientras la disputa por el poder irrumpió en el Congreso, confirmando que el peronismo no será sometido a los deseos del oficialismo, la realidad económica y social se muestra peligrosamente cerca del límite tolerable.

Mientras desde Cambiemos confirman el envío de comida al conurbano, el sueño de la mejora sustancial en el segundo semestre empieza a alejarse. Ahora se habla del “último trimestre”. Macri dijo “el año que viene se verán los frutos” del esfuerzo reclamado al pueblo.
Son muy pocos, demasiado pocos, los políticos que hablan de la necesidad de cuidar el tejido social . De la importancia de lograr que los hijos de una familia pobre consigan terminar el secundario, y empezar la universidad. Ese aspecto, tan poco tangible en números económicos, es también clave.
A lo largo de la semana pasada, los intendentes del conurbano confirmaron otra realidad terrible: los narcotraficantes desplazan de los barrios bajos a los punteros, ya sin caja. Ahora, el único colchón social viene de la mano de un jefe narco. Duele, pero es real.
La dura situación social , además de desnudar las falencias del kirchnerismo para alejar de la pobreza a millones de argentinos, no está a la altura de la crisis de 2001, ese abismo nacional que todavía arde en la memoria colectiva. Pero preocupa y reclama soluciones sin demoras.
No sirve, cuando hay hambre , si no hay trabajo, pensar en el esfuerzo como superación personal y colectiva. Mover el aparato estatal, llegar con asistencia a los rinconces más olvidados del país no es algo fácil.
Para llegar de verdad a la pobreza cero, al máximo potencial de todos los argentinos, a la unidad y la felicidad, hay que caminar más los barrios y la calle, y valorar a cada uno de los habitantes y sus necesidades.
Nadie quiere volver a 2001. Se puede evitar, pero hay que actuar ya.a