René Krüger es Pastor de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, Doctor en Teología, Profesor de Nuevo Testamento y actual Rector del Instituto Universitario ISEDET, Buenos Aires, Argentina. Es casado con Zully Bauer. El matrimonio tiene dos hijas, Nancy e Ingrid, y un hijo, Andrés.
Su primer doctorado lo obtuvo en 1987 en el ISEDET con la siguiente tesis: Dios o el Mamón. Análisis semiótico y hermenéutico del proyecto económico y relacional del evangelio de Lucas (Edición mecanografiada, ISEDET, Buenos Aires, 1987).
El segundo doctorado (Ph.D.) lo obtuvo en 2003 en la Universidad Libre de Amsterdam, Holanda, con la siguiente tesis: Arm und Reich im Jakobusbrief – von Lateinamerika aus gelesen. Die Herausforderung eines prophetischen Christentums; publicada por la Vrije Universiteit Amsterdam, Amsterdam, diciembre de 2002.
Krüger es autor de varios libros sobre temas de su especialidad (Métodos Exegéticos, Publicaciones EDUCAB, ISEDET, Buenos Aires, 1996; juntamente con Severino Croatto y Néstor Míguez; Interpretación Bíblica, Publicaciones EDUCAB, Buenos Aires, 1994; Gott oder Mammon. Das Lukasevangelium und die Ökonomie, Lucerna, Suiza, Edition Exodus, 1997); es traductor de diversas obras teológicas y autor de numerosos artículos y conferencias, principalmente sobre su especialidad en el campo de las ciencias bíblicas; como también de varios artículos sobre el alcoholismo.
Durante los veinticuatro años de trabajo pastoral en varias congregaciones de su Iglesia en la Provincia de Entre Ríos, tomó contacto con la realidad de las personas afectadas por el alcoholismo y al mismo tiempo con los grupos y el programa de Alcohólicos Anónimos. A partir de allí, desarrolló una serie de iniciativas y programas pastorales para colaborar con la concientización sobre el alcoholismo y las posibilidades de recuperación mediante el programa de AA y sus grupos de familiares. Asimismo, y elaboró pasos metodológicos para el establecimiento de puentes entre las personas afectadas y los grupos de autoayuda.
Krüger escribió dos obras de teatro sobre la problemática alcohólica: La copa, en 1994; y ¡Viva la joda!, en 1996, sobre la alcoholización juvenil. Estas obras fueron presentadas en numerosas ocasiones por grupos juveniles en Argentina, Paraguay y Uruguay. A solicitud de comunidades evangélicas de Alemania y Suiza, Krüger elaboró en 1996 una versión alemana de La copa, intitulada Prost! (¡Salud!)
En la primera parte relacionaremos el alcoholismo con las demás adicciones instaladas en nuestra sociedad, y repasamos algunas de las profundas raíces del consumo de bebida alcohólica. Acto seguido registramos que el alcoholismo es una enfermedad psicofísica, lenta, progresiva, crónica y mortal; y repasamos brevemente algunos mitos relacionados con el consumo de alcohol. En tercer lugar, hablaremos de los principales efectos del alcohol sobre el cuerpo, la mente y el alma del ser humano; y veremos algunas secuelas familiares y sociales. En cuarto lugar, nos preguntamos acerca de las posibilidades de tratamiento y recuperación de los alcohólicos; y finalmente relacionamos estas posibilidades con el trabajo pastoral.
¿UN PROBLEMA DE NÚMEROS?
El alcoholismo ocupa un lugar predominante dentro de los graves problemas que afectan a la humanidad. Este mal causa tribulación y desesperación constante a las familias afectadas; preocupa profundamente a la medicina, la psicología y la psiquiatría; tiene hondas consecuencias laborales y económicas; y también conmociona y desconcierta a las Iglesias, desafiándolas en su acción pastoral. Muchas personas manosean esa verdadera bomba de tiempo, pero pocas disponen de adecuada información como para poder hacer algo efectivo que redunde en beneficio de las personas afectadas.
No hay cifras totalmente exactas sobre el porcentaje de enfermos alcohólicos. Los cálculos oscilan alrededor del 5 a 6 % de la población, cifra que por cierto desconcierta bastante. Dadas las asociaciones frecuentes en el imaginario colectivo de alcohólico con “borracho”, “mamado”, “curda”, a muchas personas les resulta difícil concebir semejante cantidad.
Las dificultades para reconocer el porcentaje exacto son múltiples: prejuicios y asociaciones comunes, falta de precisión sobre la naturaleza del alcoholismo, el ocultamiento y la negación. Estos factores parecen reducir la cantidad de personas afectadas.
La cosa es más grave aún. Como cada alcohólico produce enfermos emocionales en su entorno familiar y eventualmente también laboral, en una proporción de uno hasta cuatro, aumenta considerablemente el número de personas afectadas. Aún tomando cifras bajas y sumándole a cada alcohólico tan sólo dos enfermos emocionales, resulta que por lo menos un 15 % de la población sufre las consecuencias del alcoholismo.
Pero el alcoholismo no es un simple problema de cifras, números, porcentajes o cantidades de gente anónima. Es un profundo problema humano, familiar, social y espiritual. Implica la destrucción de las personas afectadas, criaturas de Dios, hechas a su imagen y semejanza.
¿QUÉ ES UNA ADICCIÓN?
El alcoholismo cae dentro del amplio panorama de las adicciones. Una adicción es la necesidad imperiosa de consumir regularmente alguna sustancia, es decir, no poder moderar el consumo y menos aún dejarlo del todo. Es muy importante que desde el vamos desconectemos este problema de los conceptos de “carácter débil” o “debilidad moral”. No corresponde hablar de “vicio”, “perversión”, “inmoralidad”. Una vez instalada la adicción, estamos ante verdaderas enfermedades. Las adicciones no sólo causan enfermedades, sino que ellas mismas son enfermedades. Para muchas de ellas, hay posibilidades de recuperación; y casi todas pueden prevenirse.
Muchas personas adictas no pueden ni quieren hablar de su problema, sobre todo debido a la vergüenza que les causa su situación. Prefieren creer que pueden ocultarlo ante la presión que ejerce la sociedad sobre ellas y sus familiares.
Definiendo la adicción como una dependencia, comprendemos que hay un sinnúmero de adicciones: al cigarrillo, al alcohol, a drogas de todo tipo (medicamentos o drogas ilícitas). A partir del común denominador de la dependencia, el concepto se extendió también a otras conductas, hoy también llamadas adicciones, que parecen ser menos dañinas para el organismo, pero que también tienen numerosas consecuencias nocivas: el juego (la llamada ludopatía), la televisión, el comer, el trabajo excesivo (son los llamados “trabajólicos”, del inglés Workoholics), la computadora, el Internet y a muchas otras cosas más.
EL ALCOHOLISMO Y LA SOCIEDAD
El alcoholismo es uno de los problemas más antiguos de la humanidad. Su gravedad radica en los daños causados a la persona enferma y a su entorno familiar y laboral, como también a la sociedad entera. Lo trágico es que esta misma sociedad abusa de la situación de las personas alcohólicas como pantalla para ocultar su propia falsedad.
Beber bebida alcohólica es una cuestión que incumbe no sólo a la persona que bebe. Aún mucho antes de ser alcohólica, la persona que ingiere alcohol puede convertirse en un peligro para quienes la rodean, pues bajo la influencia del alcohol es capaz de hacer cosas que están fuera de lo común: herir y matar a otras personas, dañar bienes ajenos, convertirse en una carga social. Esto es particularmente notable en el caso de los accidentes de tránsito. Un 10 % se debe a factores mecánicos y un 90 % a la negligencia humana. De estos 90 %, aproximadamente la mitad se debe a los efectos de la bebida. Algo similar vale para los crímenes que se cometen bajo los efectos del alcohol como también para los accidentes laborales. En síntesis Es enorme el costo económico del alcoholismo por atención hospitalaria, internación carcelera, ausentismo y pérdidas laborales, lucro cesante, delincuencia, accidentes, rupturas familiares y personas abandonadas.
Aquí entra a funcionar la falsedad de la sociedad. Todo el mundo ve los efectos de la bebida; y se inculpan a las personas afectadas por el alcohol como débiles de carácter, viciosas, depravadas, inútiles, pecadores. Esto se percibe de múltiples maneras. Sobre un ebrio se hace toda clase de chistes, se lo señala con el dedo, y la ridiculización no parece tener límites. A nivel del lenguaje hay numerosos sinónimos para una persona que bebe o se encuentra alcoholizada: achispado, alcoholizado, alegre, alumbrado, bacante, bebedor, bebido, beodo, borrachín, borracho, chupado, chupandín, cuba, curda, dipsómano, ebrio, emborrachado, embriagado, en pedo, mamado, pellejo, petroleado, temulento, tomado. En cambio, hay pocos términos para designar a la persona recuperada: sobrio, recuperado, seco. Al abstemio (alguien que no bebe alcohol) o al que bebe poco se lo suele considerar un débil o incluso incapaz.
¿Qué ocurre en esta sociedad que marca y persigue a la persona alcohólica? La sociedad cultiva el falso hábito del beber social. Vivimos en una cultura alcoholizada y sexualizada. Hay un paralelo interesante entre ambos problemas. La sexualización le quita a la sexualidad su componente fundamental del amor entre dos personas y la reduce a la producción egoísta y mecánica de placer sin compromiso. Por otra parte, esa misma sociedad en la que se promueve la sexualización se queja de los embarazos precoces, la infidelidad, las criaturas abandonados, los abortos, el avance del SIDA.
De manera similar, la alcoholización sugiere que beber es sinónimo de fortaleza, buena vida y “hombría”; y paralelamente la sociedad rebaja moralmente al enfermo alcohólico. En nuestras sociedades occidentales, el alcohol es una droga socialmente aceptada. Prácticamente no hay fiesta sin derrame alcohólico. La propaganda estimula el consumo frecuente de alcohol, realizando una persuasión constante en la que la ingestión de bebidas alcohólicas se relaciona con el poder, el status y el éxito. No hay película que no incluya copas, botellas y brindis. Los medios masivos – salvo allí donde ya existen prohibiciones al respecto – son cómplices del negocio mundial de la bebida y el tabaco; y su acción es mucho más eficaz que todos los programas de prevención oficiales y privados, debido a que hay cuantiosos intereses económicos en juego.
El caos, la inseguridad psicológica y física, la confusión y el conflicto de valores acrecientan la alcoholización, que es una manifestación de la enfermedad social subyacente. Los enfermos alcohólicos son apenas algunos brotes de una situación trágica mucho más profunda.
Ante la gravedad de las consecuencias del alcoholismo, es contradictorio que el cuerpo social no haya tomado conciencia de la gravedad del alcoholismo.
Si la sociedad señala con el dedo acusador los problemas de las personas alcohólicas y si eso le sirve para ocultar su hipocresía y su propia alcoholización, es imperioso que las Iglesias, las instituciones intermedias, las organizaciones populares y todas las personas de buena voluntad denuncien y traten de invertir ese mecanismo, planteándose un trabajo a dos puntas: con las personas que sufren el alcoholismo, y con el cuerpo social en general.
Con las primeras, aprendiendo de las organizaciones de autoayuda (Alcohólicos Anónimos, Al-Anón, Alateen), colaborando en la difusión del concepto del alcoholismo como enfermedad, y promocionando la vida nueva que se puede obtener con el programa de AA y de Al-Anón.
Con la sociedad en general, señalando claramente la falsedad del cuerpo social alcoholizado, denunciando proféticamente el comercio con la muerte, desenmascarando la propaganda que vende una imagen engañosa relacionada con la bebida, acusando públicamente los falsos hábitos del beber social, y creando espacios de contención comunitaria en los que se pueda demostrar que es posible una vida alternativa feliz.
¿Qué es el alcoholismo?
¿Cómo se instala el alcoholismo?
No todas las personas que beben alcohol se convierten en alcohólicas. A pesar de muchas investigaciones y discusiones científicas, aún no se ha encontrado una explicación para este hecho. Algunos sostienen que las personas que se enferman del alcoholismo tienen un metabolismo – la química corporal – predispuesto a ello. Otros señalan que la predisposición pasa más bien por los aspectos mentales y psicológicos. Pero por de pronto es prácticamente imposible definir con precisión el tipo de carácter de los prealcohólicos, como para poder tomar alguna precaución y prevenir una carrera alcohólica.
Además de la discusión sobre la patología en sí, también se discuten los factores que podrían fomentar la ingesta de alcohol. Con frecuencia se piensa que las situaciones económicas y sociales críticas constituyen causas desencadenantes del consumo de bebida. Ahora bien, a pesar del concepto de “alcoholismo de pobreza” (aplicado, p. ej., a la sociedad inglesa del siglo XVIII y a otras situaciones de miseria pronunciada), la enfermedad no tiene ni respeta clase social alguna, ya que en todas las capas sociales hay consumidores “sociales” y también patológicos de alcohol. El índice de alcoholismo es prácticamente el mismo en todos los estratos sociales. Los países ricos acusan los mismos datos que las naciones pobres. Varían sí los costos relacionados con el consumo alcohólico y sus consecuencias, como también los efectos inmediatos. Una persona pobre alcoholizada o alcohólica queda más expuesta a las consecuencias momentáneas y/o crónicas de la ingesta de bebida: pernocta a la intemperie, ofrece menos resistencia debido a su estado de desnutrición, no puede obtener medicamentos, ingiere bebidas más “fulminantes”.
A nivel del panorama mundial, hay culturas – entendidas como formas de vida y pautas normativas – que permiten, favorecen o estimulan el consumo de alcohol, mientras que otras lo desfavorecen o incluso prohiben. En la cultura occidental, se favorece una amplia difusión y un exuberante consumo de alcohol.
Por de pronto debe admitirse que la ciencia aún no puede determinar con exactitud las causas de la inclinación al consumo de bebida alcohólica ni por qué unas personas se convierten en alcohólicas y otras no. Mientras sea así, muchos prefieren hablar tan sólo de alguna “predisposición” – sin poder determinarla – y de un conjunto de causas psicológicas, fisiológicas y genéticas. Este enfoque lamentablemente no dice nada en concreto, ni sobre el consumo “social” del alcohol ni sobre la ingesta compulsiva de los alcohólicos.
Recordando una vez más la necesaria distinción entre la alcoholización de la sociedad y la situación de las personas enfermas y subrayando que ambos problemas deben ser encarados metodológicamente por separado, concentrémonos ahora en la enfermedad en sí, instalada concretamente en una persona determinada.
¿De qué estamos hablando exactamente?
El alcoholismo es una dependencia emocional y orgánica del alcohol, ocasionada por la ingestión más o menos prolongada de bebida alcohólica; y que se manifiesta en una compulsión por beber alcohol. La dependencia de la bebida es tal que la persona alcohólica, una vez bebida la primera copa, no suele parar de beber hasta llegar al estado de ebriedad. Es decir, pierde el control sobre la cantidad que bebe; ingiere mayor cantidad que la “normal” (por ejemplo, el vaso que suele beberse comúnmente con el almuerzo o en una fiesta). Estas dos caracterizaciones, la dependencia y la falta de control una vez comenzado a tomar, constituyen las marcas sobresalientes e inconfundibles del alcoholismo.
Hay consumidores habituales de alcohol que sostienen que no son alcohólicos, ya que creen que jamás estuvieron ebrios. Aquí debe subrayarse que el alcoholismo no se define por la cantidad de borracheras ni por la frecuencia de las mismas, sino por la dependencia del alcohol; y que ciertas personas pueden no tener conciencia de su estado de ebriedad. Otros creen que “todavía” no son alcohólicos, pues sus estados de ebriedad son muy espaciados en el tiempo, p. ej., dos a tres meses. Ahora bien, una vez constatada la dependencia del alcohol, es muy probable que se trate de un llamado alcohólico periódico, una modalidad no muy frecuente, pero no por ello menos peligrosa, e incluso más difícil de recuperar.
Profundicemos el concepto. El alcoholismo no es sinónimo de un mero consumo excesivo o irresponsable de alcohol; sino que es una enfermedad psicofísica, lenta, progresiva, crónica y mortal. Psicofísica, porque ataca y destruye tanto la parte psíquica como la parte física (el cuerpo) del ser humano. Lenta, porque suele tardar varios años en manifestarse, y luego la persona la sufre también durante muchos años. Progresiva, porque avanza de manera cada vez más rápida, produciendo un empeoramiento gradual. Crónica, porque una vez instalada, se presenta como enfermedad habitual. Mortal, porque si el enfermo no se recupera cortando totalmente con la ingesta de bebida, le espera el manicomio, el sillón de ruedas o la muerte prematura.
En el ámbito emocional, cabe decir también que es una enfermedad “contagiosa”, ya que enferma emocionalmente el entorno de la persona alcohólica, fundamentalmente a quienes el hogar, y en ocasiones a los compañeros o compañeras de trabajo.
Adicionalmente a los intensos trastornos de salud y las tragedias familiares, el alcoholismo produce también conflictos en el ámbito de las relaciones sociales, laborales y económicas de la persona afectada.
Mitos alcohólicos
El alcohol actúa de manera directa e inmediata sobre el organismo humano. A diferencia de otras sustancias, que primero deben ser digeridas para luego pasar a la sangre, el alcohol es la única sustancia que ya es absorbida por la sangre desde el estómago mismo. Desde allí y desde el intestino pasa al sistema circulatorio y es llevado inmediatamente a los demás sistemas y órganos del cuerpo. Si alguien bebe una copa de whisky en ayunas, instantes después ya se nota el contenido del alcohol en la sangre.
Frecuentemente se sostiene que el alcohol es un alimento líquido. Si bien es cierto que el alcohol contiene 7 calorías por gramo, no tiene proteínas, vitaminas o minerales. Ciertas bebidas contienen algunos de estos elementos, pero en cantidades tan ínfimas que no influyen en la alimentación. Otros afirman que el alcohol es necesario o al menos recomendable para la digestión. Nada más erróneo que esto. El alcohol no colabora con la digestión, porque pasa rápidamente a la sangre. En lugar de fomentar la digestión, más bien la retrasa. Otra opinión bastante divulgada sostiene que el alcohol ayuda a subir la presión, siendo bueno para la presión baja.
Estas tres opiniones, la del alcohol como alimento líquido, como estímulo para la digestión y con efecto benigno para la presión baja, frecuentemente suelen ser usadas como argumentos muy sutiles a favor de la ingesta de bebida alcohólica. Bebedores sociales y enfermos alcohólicos disfrazan consciente o inconscientemente su gusto por la bebida o su necesidad de alcohol con argumentos pseudocientíficos. No porque se repitan esas frases, ellas se convierten en verdades, pues no resisten ningún análisis científico.
También suele asegurarse que el alcohol eleva la temperatura corporal; y que la persona que pasa mucho frío, debe ingerir bebida. Por eso los clásicos perros San Bernardo llevan un barril con ron colgado del cuello cuando salen a buscar a personas perdidas en la nieve. Aquí estamos ante una típica verdad a medias. Es cierto que el alcohol produce una mayor circulación de la sangre en las capas exteriores de la piel, que de esta manera se pone más roja. El aumento de circulación produce una sensación momentánea de calor. Pero luego el cuerpo pierde temperatura con este proceso, y esto puede ser muy peligroso cuando el frío es extremo.
Hay personas que afirman que el alcohol aumenta su eficacia laboral. Esta sensación se debe a la mayor confianza que sienten en sí mismos; pero la mayor eficiencia es una mera ilusión. Con el tiempo, se produce un efecto totalmente opuesto, ya que cuando se instala la dependencia, surgen cada vez más problemas laborales, relacionales y económicos.
Otro mito alcohólico se refiere a la potencia sexual. Muchos bebedores sociales, tanto jóvenes como adultos, suelen afirmar que el alcohol los excita sexualmente. Pero también aquí debe subrayarse que tarde o temprano surge un efecto totalmente contrario. Una vez instalada la carrera alcohólica, resulta que el alcohol “aumenta el deseo, pero disminuye la capacidad”, según una formulación ya clásica. Al comienzo, el acoso de la compañera o el compañero es grande, pero luego la aptitud disminuye progresivamente. A medida que avanza la carrera, puede aparecer la impotencia. Esto es muy perjudicial para el matrimonio, ya que causa mucha vergüenza y escenas muy degradantes. El cónyuge no alcohólico va perdiendo todo interés en una vida sexual con el consorte embriagado, de olor desagradable y frecuentemente sucio. Esto repercute a su vez sobre el alcohólico, que comienza a sentir celos inaguantables.
Para cerrar el panorama sobre los mitos alcohólicos, debe decirse que también se ha discutido muchos sobre los supuestos efectos terapéuticos del alcohol. Personalmente sostengo que con frecuencia esta discusión carece de objetividad; y da la impresión de que determinados argumentos a favor de algún supuesto efecto terapéutico suenan más a una justificación de la ingesta de bebida que a un verdadero interés científico. Hasta que la ciencia no demuestre lo contrario, me adhiero a la opinión de aquellos expertos que sostienen que el alcohol no tiene ningún efecto terapéutico.
Los efectos del alcohol
Una encuesta rápida sobre los efectos del alcohol arrojaría un cúmulo de respuestas interesantes e importantes. Muchísimas personas conocen las consecuencias de la ingesta de bebida alcohólica – unas, por experiencia propia; otras, por lo que sufren en su familia u observan a su alrededor; y otras, por ambas cosas. Esto apunta a una cuestión inobjetable: el problema de los “frutos” del beber y del alcoholismo no se limita a los individuos que beben, sino que tiene profundas secuelas familiares y sociales.
Efectos del alcohol sobre el cerebro
Los efectos más indiscutibles y perniciosos del alcohol se producen sobre el cerebro. Una vez ingerido, el alcohol pasa muy rápidamente a la sangre y ésta lo lleva al cerebro. Allí transforma de inmediato la manera de pensar y la conducta, debido a que tiene un efecto paralizante sobre la “materia gris”. Afecta los centros nerviosos que gobiernan el discernimiento y la capacidad de decisión, como también los órganos de los sentidos, haciendo bajar las reacciones de todos los nervios. Como consecuencia, aparecen cambios más o menos llamativos, muy variados y hasta extremos de la conducta: falsa alegría, alborozo, euforia, verbosidad, gritos; pero también indiferencia, tristeza, olvido, estados depresivos. Es ampliamente sabido que el alcohol provoca dolor de cabeza y vómitos.
Desde el cerebro, el alcohol provoca una falta de control general de la persona y con ello, imprudencia, agresividad, ridiculez, vómito, pérdida de vergüenza y la clásica falta de equilibrio. Al actuar sobre el sistema nervioso, el alcohol interfiere por extensión en la correcta relación entre los diversos músculos, haciendo que los movimientos sean desparejos y débiles. Esto contradice rotundamente la fanfarronería y la extrema autoconfianza de las personas ebrios. A medida que avanza la alcoholización, los movimientos de las manos y los pies se vuelven torpes e incoordinados, y asimismo se va perdiendo la capacidad de prestar atención y de formular palabras y frases coherentes. En el caso de un enfermo alcohólico, las transformaciones del sistema nervioso se van fijando cada vez más, produciendo daños que en muchos casos resultan irreversibles.
Según la cantidad de bebida ingerida y su prolongación en el tiempo, también pueden variar los efectos, abarcando desde una leve sensación de coraje o “alegría” hasta la falta de control, confusión mental, enturbiamiento, estado de inconsciencia, delirio, el coma alcohólico e incluso la muerte. En el estado de delirium tremens, la persona enferma suele haber alucinaciones visuales (con frecuencia, ve animales – es la llamada zoopsia); además, sufre de temblor agudo y está en peligro de muerte inminente.
Personas sin mayor habituación al alcohol y sobre todo los jóvenes suelen caer con más rapidez en estado de ebriedad. La vuelta a la sobriedad suele ser dolorosa, pues la persona se despierta con sensaciones de vómito, arcadas, fuertes dolores de cabeza, muy mal humor y un estado de irritabilidad general.
Las trabas destrabadas
Con mayor consumo de bebida, quedan afectados también los procesos automáticos del organismo, tales como la respiración y la actividad cardíaca. Pero antes se “enturbia” aquello que la persona aprendió para moverse adecuadamente en su relación con los demás: la buena conducta, el comportamiento adecuado a cada situación, el pudor, la vergüenza, la capacidad de discernimiento y de evaluación, la cortesía, el decoro, la modestia; en fin, el control sobre sí misma. De múltiples maneras la educación va construyendo en nosotros una especie de valla de contención de los impulsos espontáneos y descontrolados. Lo hace inculcándonos consejos, lecciones, limitaciones y prohibiciones. Si bien es cierto que unas cuantas de estas limitaciones son innecesarias y molestas, un buen número de ellas es realmente imprescindible para poder convivir con los demás y sobrevivir en la sociedad.
Ahora bien, en todo ser humano hay una mayor o menor dosis de rebeldía. En el caso de los jóvenes, ésta se manifiesta como parte de un proceso natural, en cuyo transcurso ellos se oponen a muchas de las normas establecidas, buscando independencia y tratando de afirmar su personalidad. Si esta búsqueda es reprimida de manera violenta, puede reforzarse la rebeldía con comportamientos antisociales, como el uso de alcohol o drogas.
Pero debe destacarse que esto no es privativo de los jóvenes. Muchas personas adultas necesitan estimulación y desinhibición. Si alguien creció con demasiadas limitaciones o si es especialmente tímido, puede suceder que se dé cuenta de que el consumo de alcohol lo libera de ciertas trabas, le permite una mayor actividad y le facilita el contacto con los demás. También puede percatarse que el alcohol le brinda un mejor acercamiento erótico y sexual a otras personas en fiestas y bailes. Esto es así porque el alcohol disminuye la actividad del sistema nervioso central. En consecuencia, baja la ansiedad, y la persona se tiene más confianza. Por esta causa, muchas personas aprecian tanto el alcohol en los eventos sociales. Luego de algunos tragos, se sienten más libres y hasta relajadas. De lo que no se dan cuenta es que el alcohol también destraba los demás controles, llevando a sobrepasar las reglas de la buena educación y del respeto. Esto se suele notar de inmediato en el vocabulario y el tono de voz de las personas alcoholizadas.
A partir de este proceso, que es percibido frecuentemente como “liberación” y aumento de la autoconfianza, es probable que la persona vaya ingresando paulatinamente a la carrera alcohólica, sin que pueda precisarse con exactitud cuándo deja de ser “bebedora social” para convertirse en alcohólica. En este punto debe volver a destacarse que es prácticamente imposible definir con exactitud el tipo de carácter de aquellas personas que en algún momento se convertirán en alcohólicas. No hay correspondencia simplista entre timidez, flaqueza, fragilidad de la personalidad o autorrepresión por una parte, y alcoholismo por otra.
El alcohol destraba también los frenos relacionados con todo lo que tiene que ver con el sexo. En este ámbito pueden llegar a caer todas las barreras, y muchas veces el desenfreno no tiene límites. La combinación de bebida, comida y sexo constituyó el cóctel esencial de las orgías de la clase pudiente de la antigüedad romana, y a lo largo de todos los siglos ha ejercido siempre una extraordinaria fascinación.
Para decirlo con una imagen: a partir de la ingesta de cierta cantidad de alcohol, se destraba alguna rueda bloqueada del vehículo de la psicología de la persona, y al mismo tiempo se van destruyendo todos los frenos. El vehículo se sentirá aliviado, pero a la vez perderá toda posibilidad de control. Comenzará a rodar libremente, pero no podrá parar más. Tarde o temprano se hará pedazos.
El sufrimiento del organismo entero
Además de afectar esencialmente el cerebro, el alcohol es un lastre sumamente peligroso para todas las partes que toca en su recorrido primario por el conjunto de órganos relacionados con la introducción y el procesamiento de sustancias en el cuerpo. En su itinerario extiende sus secuelas a la lengua, la faringe, el esófago, el estómago, los intestinos, el hígado.
En el estómago, el alcohol aumenta la producción de jugos gástricos, que a su vez actúan sobre las mucosas. Aparecen molestias en el aparato digestivo, inflamaciones de las mucosas, gastritis, indigestiones y síndromes de malabsorción. En el peor de los casos, puede formarse un cáncer.
A medida que avanza la carrera alcohólica, el estómago va rechazando todo tipo de alimento sólido. La sensación de hambre y el apetito disminuyen considerablemente. Dado que no ingresan nuevos alimentos al cuerpo y ante la falta de vitaminas y minerales, el organismo va consumiendo sus reservas. Se producen cuadros de desnutrición y un desmejoramiento generalizado, con sus síndromes carenciales cualitativos y cuantitativos.
El peor fardo lo tiene que soportar el hígado, ya que debe descomponer y transformar el alcohol para luego almacenar algunas de sus sustancias. Este proceso siempre lleva un determinado tiempo; y una persona se emborracha o se intoxica cuando bebe alcohol más rápido de lo que su hígado puede procesar. Es absolutamente ridículo creer que una persona ebria puede mejorar su estado empleando medios caseros, tales como café caliente, una ducha fría, aire fresco, ejercicios de gimnasia, aspirinas, un baño caliente o cosas por el estilo. Estos medios podrán despabilar o sacudir momentáneamente al ebrio, pero no cambian absolutamente nada de los procesos químicos con los que el hígado descompone el alcohol, ya que éstos tienen su ritmo propio.
Grandes cantidades de alcohol, ingeridas durante mucho tiempo, producen hígados grasos. Esto puede llevar a la cirrosis hepática. Entre los alcohólicos el porcentaje de cirróticos es seis veces mayor que entre personas no alcohólicas.
Además de este recorrido primario, el alcohol afecta también la vesícula, los riñones, la vejiga y las vías urinarias. Asimismo, perjudica gravemente el corazón, incrementando considerablemente el peligro de un infarto.
La carrera alcohólica produce también un fenómeno conocido bajo el nombre de tolerancia. Ésta hace que la falta de alcohol en los enfermos alcohólicos les provoque un estado enfermizo, que se manifiesta con dolores de cabeza, náuseas, malestar general, nerviosismo agudo, confusión y desconcierto.
Hay un elevado riesgo de que padres alcohólicos engendren hijos minusválidos. Cuando una mujer embarazada ingiere alcohol, éste pasa al embrión o al feto, produciéndole frecuentemente deterioros irreparables.
Muchos de los daños orgánicos pueden corregirse una vez lograda la sobriedad, acompañada por una alimentación sana y una correcta medicación, según el caso. Pero lamentablemente también hay deterioros irreversibles, como por ejemplo el Síndrome de Korsakoff y la demencia causada por el alcohol. A estos daños directos deben agregarse también muchos indirectos, tales como heridas, quebraduras, deficiencias, invalidez, parálisis y otros estragos acarreados por percances en el hogar, accidentes laborales y de tránsito producidos bajo el efecto del alcohol.
La desintegración de la personalidad y la demencia
En estado avanzado de alcoholismo aparecen la desintegración de la personalidad y la demencia. En la desintegración se desestructura todo lo que la persona ha adquirido por su educación: modales, normas éticas y morales, control, disciplina, trabajo, responsabilidad, actitudes de amor. El alcohólico se convierte en ser asocial y antisocial. Desciende en la escala social; y poco a poco pierde todo lo que hace a una vida digna: respeto propio, cónyuge, hijos, fe, trabajo, economía, hogar, dignidad, salud. Si no le pone un fin tajante a su carrera, ingresará a un hospital neuropsiquiátrico o prematuramente al cementerio.
Otro riesgo trágico es la demencia. Bajo demencia se entiende la destrucción de la inteligencia. Es independiente de la desintegración de la personalidad, que aún suele permitir el ejercicio de un trabajo o de una profesión aprendida. En la demencia se produce la pérdida total de los conocimientos y las habilidades.
En síntesis, el enfermo alcohólico queda altamente perjudicado en la totalidad de su ser. Esta totalidad puede definirse en términos bíblicos como unidad de cuerpo, mente, espíritu, alma; más el conjunto de las relaciones familiares y sociales. El alcohol no colabora en nada en la alimentación o la salud del organismo. Lo poco que puede ofrecer en materia de sensaciones alegres y de euforia, no guarda ninguna relación con los tremendos daños que ocasiona una vez que la persona entra a la carrera alcohólica. Deterioro del organismo, demencia, violencia en el hogar, rupturas matrimoniales, daños irreversibles en los embarazos, maltrato de los hijos y las hijas, accidentes, pérdida de la dignidad y de la fe, pérdidas laborales, problemas económicos, muerte prematura: ¿es posible ignorar la magnitud del volumen de desgracias, caos, sufrimientos y muerte?
La supuesta “liberación” por el alcohol
Los factores externos, las presiones sociales, la situación económica, problemáticas familiares, las frustraciones, las desilusiones y la inseguridad psicológica ejercen también su influencia y pueden acrecentar la alcoholización de la sociedad; pero con todo no llegan a ser proporcionales al ingreso a la carrera alcohólica. Es importante tener cierta claridad con respecto a este tópico, ya que con frecuencia las personas alcohólicas sostienen que “toman porque tienen problemas”; es decir, afirman que el efecto de la bebida de alguna manera les ayuda a “solucionar” o por lo menos “olvidar” sus dificultades.
En la actualidad la mayoría de las personas vive bajo presiones externas e internas. Una deducción simplista que establece una relación directamente proporcional entre el alcoholismo y esos factores o a algunos en particular (“es por la situación”; “el hombre tiene problemas matrimoniales”; “perdió el trabajo”; “esa persona está fundida”), tendría que explicar por qué algunas personas se convierten en alcohólicas y otras no. Los factores socioeconómicos constituyen un clima especial que favorece las adicciones en general, pero no son suficientes para explicar adecuadamente la producción puntual de los casos de alcoholismo.
La toma de conciencia de la peligrosidad de ese clima podrá ayudarnos a la hora de dialogar con las personas afectadas por las adicciones. No tanto para aceptar las explicaciones con las que el alcohólico no hace otra cosa que esquivar la confrontación con su problema personal, sino para ubicar esa problemática en un horizonte más amplio, a partir del cual se podrá profundizar cada situación personal.
Muchas personas no ven ningún futuro para sus vidas. ¿Quién soluciona los problemas de nuestros países? ¿Quién crea fuentes de trabajo? ¿Quién analiza y resuelve las contradicciones? ¿Quién ofrece perspectivas para el futuro? Vivimos en una sociedad con enormes abismos sociales. Por una parte, aumentan día tras día las personas excluidas y marginadas; por otra, la propaganda y las vidrieras incentivan un deseo exagerado de consumo de todo tipo, desde las comidas y bebidas más finas hasta los aparatos más sofisticados, pasando por objetos, placeres y recreaciones de todo tipo. Para poder sobrevivir, las exigencias laborales son cada vez más altas y estresantes; las jornadas laborales se alargan constantemente y los sueldos se achican. ¿Cuál es el sentido de la vida en un contexto de marginalidad y desempleo? ¿Cuál es ese sentido en una sociedad de tanto derroche y esfuerzos sobrehumanos por consumir más y más? En realidad, ¿para qué se vive? ¿Para morirse de hambre? ¿O para llenarse de cosas inútiles? ¿Dónde está el término medio de una vida digna y sencilla a la vez?
Todo esto hace desesperar a más de un adulto, y cuanto más a los jóvenes. Muchos ya ni quieren pensar en el futuro, sino vivir sólo el momento presente y ahogar las preocupaciones antes de que se presenten. Aquí se ofrecen el alcohol y las drogas como un escape a un paraíso artificial, aunque sea momentáneo y de consecuencias terribles.
Muchos jóvenes tampoco tienen pasado. Cortan con las tradiciones de sus padres. En muchas familias los padres ya no tienen tiempo para los niños y los adolescentes. Las exigencias laborales, la extensión de las jornadas, las horas extras, los fines de semana recargados, la invasión de los hogares por la televisión, todo ello arruina el diálogo familiar.
Toda persona – y especialmente los adolescentes – quiere ser protagonistas. Muchas veces esta búsqueda choca contra la cruda realidad: falta de objetivos, pobreza, violencia, desocupación, prejuicios, incomprensión, problemas emocionales y sentimentales, pésimos ejemplos de la sociedad, alto consumo de tabaco y alcohol. Ante este panorama, el joven puede tratar de superarse; puede adaptarse; o puede fugarse de la realidad con ayuda del alcohol y la droga. Pero tanto el alcohol como la droga sólo brindan un placer breve, y después se transforman en todo aquello que el joven quiso evitar: angustia, dolor, soledad, pobreza, rechazo, muerte.
La combinación de todos estos factores hace que muchos jóvenes y adultos tengan una gran necesidad de consumir bebida alcohólica para sentirse importantes – y efectivamente lo hacen.
Aquí es que se debe distinguir cuidadosamente entre la alcoholización generalizada de la sociedad (fomentada por todos los factores personales, familiares y socioeconómicos indicados) y la enfermedad puntual – el alcoholismo – de determinadas personas. Sostenemos que el alcoholismo es una manifestación aguda de una patología más generalizada; pero sus características como enfermedad instalada en una determinada persona exigen que se lo encare de una manera peculiar y diferente de la forma en que debe encararse la alcoholización social.
La recuperación de las personas alcohólicas y sus familiares
Un comienzo difuso, pero terminante
No se sabe cuándo comienza exactamente el alcoholismo, pero sí se sabe cómo termina. Conste que esto no es un juego de conceptos, sino una trágica realidad.
Si en alguna coyuntura de su vida la persona busca relajación, escape, placer, bienestar o solución para algún problema en la bebida, e incluso si aparenta una alta tolerancia al alcohol, a partir de cierto momento la intoxicación alcohólica comienza a alterar sus funciones mentales y motoras y el alcohol empieza a tener cada vez mayor importancia en su vida. En algún momento, la persona se enferma; y a partir de allí pierde el control sobre el alcohol y es incapaz de dejarlo. Ni siquiera puede disminuir su consumo. El manejo de la carrera alcohólica no es una cuestión de buena voluntad o de fuerza de voluntad. Reiteramos una vez más que la enfermedad alcohólica tampoco tiene que ver con la cantidad de bebida ingerida, ni con la cantidad o frecuencia de las borracheras, sino que se define por la dependencia del alcohol.
Hasta el momento, no existe ningún medicamento para curar el alcoholismo. Ni siquiera hay medicación segura para frenar, reducir o parar definitivamente la ingesta de alcohol. Menos aún existe una vacuna para esta enfermedad.
La recuperación del enfermo alcohólico
Quienes sí ofrecen un programa efectivo y excelente para la recuperación de los enfermos alcohólicos son los grupos de autoayuda llamados Alcohólicos Anónimos (AA). AA tiene un programa de recuperación de doce pasos y doce tradiciones, un plan de 24 horas, una serie de sugerencias útiles; y le brinda al enfermo un grupo de aceptación y contención. Gracias a este programa, el enfermo aprende a vivir con dignidad sin el alcohol y a rehacer su vida.
Alcohólicos Anónimos es una asociación libre, una fraternidad voluntaria de personas alcohólicas reunidas con el solo propósito de ayudarse unos a otros para adquirir la sobriedad, y de permanecer sobrios. Son personas que de diferentes maneras tocaron fondo en su carrera alcohólica, reconocieron su problema y se dieron cuenta de que solas no podían dejar de beber. En el grupo, aprendieron a vivir sin la bebida. AA plantea una sola condición para ser miembro: el sincero deseo de dejar de beber bebida alcohólica.
AA nació en 1935 en los Estados Unidos, cuando dos alcohólicos, el corredor de la bolsa Bill W. y el médico Bob, tuvieron una conversación de varias horas sobre su alcoholismo, y luego se dieron cuenta de que durante todo ese tiempo que compartían su problema, no sintieron ningún deseo de beber. Repitieron la experiencia, y tuvieron el mismo resultado sorprendente. Después de mucho buscar, pudieron integrar a un tercer alcohólico; y a partir de ese minúsculo comienzo, los grupos de AA y de los familiares de alcohólicos se han expandido por todo el mundo, llevando esperanza, recuperación y vida nueva a millones de personas.
AA deja en claro que no hay curación para esta enfermedad, sino sólo recuperación. Por eso, las personas interesadas en recuperarse deben suspender totalmente la ingesta de bebida alcohólica. Sólo la supresión absoluta y de por vida de la bebida puede brindarles una solución. Este corte tajante debe ir acompañado de un proceso de rehabilitación de la persona; de reintegración a la sociedad, la familia, el trabajo; y de reconstrucción de su dignidad.
Ante la afirmación de muchos alcohólicos de poder manejar su situación con su propia voluntad, la literatura especializada insiste que existe una diferencia entre la buena voluntad y la fuerza de voluntad. Todos pueden tener buena voluntad; pero lo que les falta a los alcohólicos, es la fuerza de voluntad. Cuando están en carrera, su fuerza de voluntad está quebrada. Por eso es imposible que puedan beber normalmente. Apenas toman una copa, siguen hasta embriagarse.
Ante la excusa de los alcohólicos de que beben porque tienen problemas, AA subraya que su problema fundamental y prácticamente único es la bebida. Todo lo demás equivale a deberes mal hechos o directamente no hechos. Una vez que solucionan el problema radical, pueden solucionar también muchos de los restantes deberes y problemas.
Volviendo al tema del corte definitivo, cabe aclarar lo siguiente. Por experiencia propia, los miembros de AA saben que nadie puede prometer cortar definitivamente con el alcohol por el resto de su vida. Esta constatación muy sencilla se combina a su vez con la comprobación de que cualquier alcohólico puede pasar un día sin bebida. A partir de aquí, se desarrolló la médula del célebre programa, el llamado plan de veinticuatro horas, que consiste simplemente en proponerse todos los días de nuevo: “Hoy no voy a tomar. No tengo que pensar más que en este día. Sólo hoy tengo que pasar sin alcohol.”
Al primer día sin alcohol se agrega el segundo; después el tercero, el cuarto, el quinto; y de repente pasan meses y años sin bebida. Después de tantos fracasos, esto proporciona a las personas en recuperación un sentimiento de lograr algo importantísimo; y reconstruye paulatinamente su fuerza de voluntad, mediante la cual se proponen una y otra vez las 24 horas. De esta manera, AA enseña a vivir sin el alcohol.
El deseo de dejar de beber bebida alcohólica debe salir del enfermo mismo, no de otra persona, ni siquiera de los familiares más cercanos. Éstos pueden y deben acompañar el proceso, pero no lo pueden forzar. Todo depende de la propia persona afectada. El primero de los doce pasos de AA es reconocer que uno no puede dejar solo la bebida. El paso tiene la siguiente formulación: “Admitimos que éramos impotentes al alcohol y que nuestras vidas habían llegado a ser ingobernables”.
Los miembros de AA no tienen que prometer ni firmar absolutamente nada. Tampoco pagan cuotas u honorarios. Los recuperados manejan el concepto de una vida nueva, en la que no sólo disfrutan de su sobriedad, sino que reconstruyen su dignidad y la mayor parte de las dimensiones de su vida: familia, trabajo, salud, relaciones sociales, fe en Dios.
Los doce pasos sugeridos incluyen elementos contenidos en las enseñanzas espirituales de muchos credos. A medida que el alcohólico en recuperación los realiza, va adquiriendo confianza y seguridad en sí mismo; y pronto se le da la oportunidad de promover la recuperación de otros. Este es el contenido del paso número doce. Cuando logra interesarse por los problemas de los demás, le resulta más fácil superar sus propias dificultades, ya que al estar dispuesto a brindar ayuda a otros, se beneficia a sí mismo.
La acción de AA puede describirse como un programa de profunda humildad, enorme comprensión, gran solidaridad y sincero amor.
La mayoría de los alcohólicos en recuperación en AA ha probado de todo antes de ir al grupo: medios serios y confiables unos, ridículos y hasta absurdos otros. Entre los primeros se encuentran médicos, psicólogos, psiquiatras, consejeros espirituales, medicamentos, internaciones; entre los segundos, milagreros, curanderos, charlatanes, estafadores, substancias y drogas de todo tipo, amuletos, copas de la buena suerte y otros mamarrachos. Por supuesto, todos intentaron también dejar por cuenta propia, con promesas, juramentos y ruegos desesperados. Los recuperados no descartan que pueda haber otras salidas, pero insisten en que ellos encontraron la recuperación sólo en AA.
Puesto que un alcohólico enferma emocionalmente a su familia, ésta también necesita recuperación. Para ello, hay grupos paralelos a AA, llamados Al-Anón (para adultos) y Alateen (para adolescentes y jóvenes). En ellos se reúnen los familiares de enfermos alcohólicos, comparten sus problemas y se brindan ayuda mutua. Trabajan sobre su recuperación emocional y aprenden a vivir con el enfermo, sin pretender manejar sus hábitos de beber y su enfermedad. Renuncian a querer curarlo. Ahora bien, frecuentemente el cambio de actitud de los familiares le hace reflexionar a la persona enferma, llevándola a buscar una solución para su problema.
¿Por dónde empezar?
Si alguien debe enfrentar una adicción, ya sea por sufrirla en su propia persona o en algún familiar, lo mejor que puede hacer es buscar ayuda y consultar inmediatamente a los expertos en la materia. Para el caso del alcoholismo, debe recurrir fundamentalmente a Alcohólicos Anónimos y Al-Anón. Médicos, psiquiatras, asistentes sociales, pastores y sacerdotes también podrán brindar información y asesoramiento; y les toca remitir a la ayuda que pueden los grupos de autoayuda de AA. Todo esto también vale para aquellas personas a las que les interesa profundizar el tema, sin estar personalmente afectadas. Por su parte, es muy conveniente estudiar esta temática en un grupo, pues ello permite un buen intercambio de preguntas, conocimientos y experiencias, cosa mucho más difícil de lograr si alguien se informa solo o sola.
Los alcohólicos y el trabajo pastoral
La proyección de un trabajo pastoral con personas afectadas por el alcoholismo dependerá de cada situación local y de los recursos disponibles. No hay recetas “de cocina” para ello. Lo que sigue es, pues, tan sólo un compartir algunas experiencias, sobre las que tendrán que construirse caminos propios en cada situación peculiar.
De entrada, es decisivo que todo pastor, toda pastora conozca y acepte los propios límites y que abandone toda actitud mesiánica de creer que podrá “curar a alcohólicos”. En cambio, donde sí se abre un fructífero campo de acción pastoral y general de la Iglesia, es con las tareas de concientización y prevención y en el establecimiento de puentes entre las personas afectadas por el alcoholismo y los grupos de autoayuda, y en el acompañamiento pastoral y espiritual continuo en todo el proceso de recuperación y de puesta en práctica de la vida nueva.
Es de fundamental importancia disponer de conocimientos sólidos y profundos de la materia y no sólo de nociones elementales, ya que los alcohólicos y sus familiares suelen “envolver” a todos los que se les acercan. Al no conocer la naturaleza del alcoholismo ni la simulación y los ardides de las personas afectadas, explicables por la vergüenza que les causa su situación, se vuelve inútil todo intento de ayuda.
Estos conocimientos se pueden obtener mediante la lectura de la abundante literatura de AA y Al-Anón, y por la participación en las reuniones abiertas de estos grupos. Al mismo tiempo, la presencia del pastor y de miembros de la Iglesia en estas reuniones abiertas les permitirá establecer contactos personales con personas recuperadas, que serán decisivas a la hora de construir un puente entre los afectados y los grupos de autoayuda. Muchos de los libros científicos sobre el alcoholismo incorporan también los conceptos de AA sobre la materia, siendo por ende muy recomendables.
Una vez establecida una buena base de conocimientos y contactos, el trabajo pastoral puede abarcar los siguientes aspectos:
- Amplias campañas de concientización sobre el problema del alcoholismo y sobre el programa de AA/Al-Anón; bajo la modalidad de paneles con AA y Al-Anón, médicos, psiquiatras, religiosos.
- Campañas de información de la membresía de la Iglesia (y, por extensión, de la sociedad en general) sobre las características del alcoholismo y sobre AA/Al-Anón, mediante artículos y notas en el boletín de la Iglesia y a través de la distribución de folletería adecuada.
- Localización e individualización de los casos concretos de alcoholismo; teniendo sumo cuidado con los chismes y las habladurías por una parte, como también con el ocultamiento y las simulaciones por otra.
- Conversaciones con los familiares y la persona alcohólica de la familia (preferentemente en ese orden), a los efectos de explicar la naturaleza del problema e invitar a aprovechar las ofertas de ayuda de Al-Anón y AA; en un marco de total respeto por la decisión personal que sólo puede tomar cada persona afectada por sí misma.
- Establecimiento de puentes directos entre los afectados y Al-Anón/AA, vinculando a las personas dispuestas a ello con integrantes expertos de los grupos de autoayuda, y/o acompañando a los afectados a su primera reunión.
- Seguimiento pastoral de cada persona y familia.
- Campañas y medidas de prevención.
- Organización de grupos de lectura y estudio del tema.
Clases de Pastoral, Ética y Eclesiología
Es urgente que la temática del alcoholismo ingrese también a las aulas en las que se preparan las personas para asumir tareas pastorales y de liderazgo de las Iglesias. Aquí se abren varias temáticas de mucho peso que pueden ser incluidas en diversas materias, como por ejemplo Pastoral, Ética, Eclesiología y otras: información sobre el alcoholismo, la prevención y las posibilidades de recuperación; reflexión ética sobre la actitud de los familiares, la comunidad eclesial y la sociedad entera hacia las personas enfermas; la consideración de los rasgos patológicos de la sociedad; la discusión sobre la interacción de factores sociales y las adicciones; el estudio de las interrelaciones entre el individuo, la familia y la sociedad; la reflexión eclesiológica sobre el concepto de la Iglesia como Cuerpo de Cristo cuyos miembros son personas pecadoras y justificadas a la vez y llamadas a ser testigos de Cristo en este mundo; la elaboración de estrategias de actitudes receptivas y comprensivas.
La prevención
Casi todos los alcohólicos empezaron su carrera a temprana edad, generalmente en plena juventud. Seguramente ningún joven se propone llegar a ser algún día enfermo alcohólico. Sin embargo, constatamos actualmente que muchísimos jóvenes beben de manera alarmante. La mayoría aún no es alcohólica, pero muchísimos se alcoholizan con frecuencia.
Lo que vale para la mayoría de los problemas, también se aplica al alcoholismo: lo más importante es la prevención. En este caso, ella consiste en tomar conciencia de los factores que fomentan la alcoholización juvenil y comprender a la vez la naturaleza de los problemas causados por el alcohol; informarse e informar; evitar la alcoholización que tarde o temprano podrá convertirse en alcoholismo; y fundamentalmente, fomentar la creación de las dos mejores contenciones que puede tener una persona joven: un ambiente familiar de amor; y un grupo sano de referencia y amistad. Toda comunidad cristiana cuenta con condiciones ideales para convertirse en un grupo de contención, ya que Cristo nos llama a aquellas actitudes que caracterizan precisamente a los grupos de AA y Al-Anón: humildad, comprensión, solidaridad y amor.
Los pilares de la formación deben ser el amor y la educación adecuada en el hogar. El importante que los padres preparen a sus hijos para afrontar el difícil mundo en que les toca vivir. La realidad es dura y no debe disfrazarse. Todo el mundo y especialmente los jóvenes deben aprender a convivir con las dificultades y con los dolores propios y ajenos. Así como la alegría, la felicidad y la esperanza pertenecen a toda vida humana, también aparecen – necesariamente – el sufrimiento, los malos momentos, los bajones, los conflictos y problemas. Desde chicos – y para ello vale especialmente el ejemplo de los padres – todos debemos aprender a aceptar esa parte de la realidad y a luchar contra lo que podamos cambiar, comenzando por los propios problemas. Escaparse de las dificultades y meterse en el alcohol o en las drogas, sólo produce más problemas.
Literatura consultada y recomendada
Alcohólicos Anónimos, Algunas preguntas y respuestas que interesan a los alcohólicos, Buenos Aires, Alcohólicos Anónimos.
Alcoholics Anonymous World Service, Cuarenta y cuatro preguntas y respuestas acerca del programa de A.A. de recuperación del alcoholismo, Buenos Aires, Oficina de Servicios Generales de A.A. para la Rep. Argentina, 1952.
Alcoholics Anonymous World Services, Esto es A.A, Buenos Aires, Oficina de Servicios Generales para la Rep. Argentina, 1953.
Alcoholics Anonymous World Services, Las doce tradiciones, Buenos Aires, Oficina de Servicios Generales de A.A. para la Rep. Argentina, 1952, 1953.
Alcoholics Anonymous World Service, Los doce pasos, Buenos Aires, Oficina de Servicios Generales de A.A. para la Rep. Argentina, 1980.
Bilitza, Klaus Walter, Suchttherapie und Sozialtherapie. Psychoanalytisches Grundwissen für die Praxis, Göttingen, Vandenhoeck & Ruprecht, 1993.
Bogen, Emil; Hisey, H., What about Alcohol? An Illustrated Outline of Scientific Facts about Alcohol and Alcohol Drinking, Los Angeles, Angelus, 1934.
Clinebell, Howard J., Understanding and Counseling the Alcoholic Through Religion and Psychology, Nashville, Abingdon, 1982.
Estes, N.J.; Heinemann, M.E., Alcoholismo: desarrollo, consecuencias y tratamientos, McGraw-Hill/Interamericana, 1989.
Heffel, Gladys, La pastoral y el alcoholismo, Tesis de Licenciatura, Buenos Aires, ISEDET, 1989.
Palmer, Berta Raquel, El alcohol. Lo que es y lo que hace, Montevideo, Liga Nacional contra el Alcoholismo , 1939.
Shipp, Tom, Kummer mit dem Alkohol. Begegnungen und Erfahrungen mit Alkoholkranken. Ein Gemeindepfarrer berichtet über seine Begegnungen mit Alkoholkranken, Wuppertal – Bern, Blaukreuz-Verlag, 1980.
SELECCIONES DE READER'S DIGEST, El Gran Libro de la Salud. Enciclopedia médica de Selecciones del Reader’s Digest, México, Reader’s Digest México, 19718.
© Psicopastoral - 2007
Su primer doctorado lo obtuvo en 1987 en el ISEDET con la siguiente tesis: Dios o el Mamón. Análisis semiótico y hermenéutico del proyecto económico y relacional del evangelio de Lucas (Edición mecanografiada, ISEDET, Buenos Aires, 1987).
El segundo doctorado (Ph.D.) lo obtuvo en 2003 en la Universidad Libre de Amsterdam, Holanda, con la siguiente tesis: Arm und Reich im Jakobusbrief – von Lateinamerika aus gelesen. Die Herausforderung eines prophetischen Christentums; publicada por la Vrije Universiteit Amsterdam, Amsterdam, diciembre de 2002.
Krüger es autor de varios libros sobre temas de su especialidad (Métodos Exegéticos, Publicaciones EDUCAB, ISEDET, Buenos Aires, 1996; juntamente con Severino Croatto y Néstor Míguez; Interpretación Bíblica, Publicaciones EDUCAB, Buenos Aires, 1994; Gott oder Mammon. Das Lukasevangelium und die Ökonomie, Lucerna, Suiza, Edition Exodus, 1997); es traductor de diversas obras teológicas y autor de numerosos artículos y conferencias, principalmente sobre su especialidad en el campo de las ciencias bíblicas; como también de varios artículos sobre el alcoholismo.
Durante los veinticuatro años de trabajo pastoral en varias congregaciones de su Iglesia en la Provincia de Entre Ríos, tomó contacto con la realidad de las personas afectadas por el alcoholismo y al mismo tiempo con los grupos y el programa de Alcohólicos Anónimos. A partir de allí, desarrolló una serie de iniciativas y programas pastorales para colaborar con la concientización sobre el alcoholismo y las posibilidades de recuperación mediante el programa de AA y sus grupos de familiares. Asimismo, y elaboró pasos metodológicos para el establecimiento de puentes entre las personas afectadas y los grupos de autoayuda.
Krüger escribió dos obras de teatro sobre la problemática alcohólica: La copa, en 1994; y ¡Viva la joda!, en 1996, sobre la alcoholización juvenil. Estas obras fueron presentadas en numerosas ocasiones por grupos juveniles en Argentina, Paraguay y Uruguay. A solicitud de comunidades evangélicas de Alemania y Suiza, Krüger elaboró en 1996 una versión alemana de La copa, intitulada Prost! (¡Salud!)
En la primera parte relacionaremos el alcoholismo con las demás adicciones instaladas en nuestra sociedad, y repasamos algunas de las profundas raíces del consumo de bebida alcohólica. Acto seguido registramos que el alcoholismo es una enfermedad psicofísica, lenta, progresiva, crónica y mortal; y repasamos brevemente algunos mitos relacionados con el consumo de alcohol. En tercer lugar, hablaremos de los principales efectos del alcohol sobre el cuerpo, la mente y el alma del ser humano; y veremos algunas secuelas familiares y sociales. En cuarto lugar, nos preguntamos acerca de las posibilidades de tratamiento y recuperación de los alcohólicos; y finalmente relacionamos estas posibilidades con el trabajo pastoral.
¿UN PROBLEMA DE NÚMEROS?
El alcoholismo ocupa un lugar predominante dentro de los graves problemas que afectan a la humanidad. Este mal causa tribulación y desesperación constante a las familias afectadas; preocupa profundamente a la medicina, la psicología y la psiquiatría; tiene hondas consecuencias laborales y económicas; y también conmociona y desconcierta a las Iglesias, desafiándolas en su acción pastoral. Muchas personas manosean esa verdadera bomba de tiempo, pero pocas disponen de adecuada información como para poder hacer algo efectivo que redunde en beneficio de las personas afectadas.
No hay cifras totalmente exactas sobre el porcentaje de enfermos alcohólicos. Los cálculos oscilan alrededor del 5 a 6 % de la población, cifra que por cierto desconcierta bastante. Dadas las asociaciones frecuentes en el imaginario colectivo de alcohólico con “borracho”, “mamado”, “curda”, a muchas personas les resulta difícil concebir semejante cantidad.
Las dificultades para reconocer el porcentaje exacto son múltiples: prejuicios y asociaciones comunes, falta de precisión sobre la naturaleza del alcoholismo, el ocultamiento y la negación. Estos factores parecen reducir la cantidad de personas afectadas.
La cosa es más grave aún. Como cada alcohólico produce enfermos emocionales en su entorno familiar y eventualmente también laboral, en una proporción de uno hasta cuatro, aumenta considerablemente el número de personas afectadas. Aún tomando cifras bajas y sumándole a cada alcohólico tan sólo dos enfermos emocionales, resulta que por lo menos un 15 % de la población sufre las consecuencias del alcoholismo.
Pero el alcoholismo no es un simple problema de cifras, números, porcentajes o cantidades de gente anónima. Es un profundo problema humano, familiar, social y espiritual. Implica la destrucción de las personas afectadas, criaturas de Dios, hechas a su imagen y semejanza.
¿QUÉ ES UNA ADICCIÓN?
El alcoholismo cae dentro del amplio panorama de las adicciones. Una adicción es la necesidad imperiosa de consumir regularmente alguna sustancia, es decir, no poder moderar el consumo y menos aún dejarlo del todo. Es muy importante que desde el vamos desconectemos este problema de los conceptos de “carácter débil” o “debilidad moral”. No corresponde hablar de “vicio”, “perversión”, “inmoralidad”. Una vez instalada la adicción, estamos ante verdaderas enfermedades. Las adicciones no sólo causan enfermedades, sino que ellas mismas son enfermedades. Para muchas de ellas, hay posibilidades de recuperación; y casi todas pueden prevenirse.
Muchas personas adictas no pueden ni quieren hablar de su problema, sobre todo debido a la vergüenza que les causa su situación. Prefieren creer que pueden ocultarlo ante la presión que ejerce la sociedad sobre ellas y sus familiares.
Definiendo la adicción como una dependencia, comprendemos que hay un sinnúmero de adicciones: al cigarrillo, al alcohol, a drogas de todo tipo (medicamentos o drogas ilícitas). A partir del común denominador de la dependencia, el concepto se extendió también a otras conductas, hoy también llamadas adicciones, que parecen ser menos dañinas para el organismo, pero que también tienen numerosas consecuencias nocivas: el juego (la llamada ludopatía), la televisión, el comer, el trabajo excesivo (son los llamados “trabajólicos”, del inglés Workoholics), la computadora, el Internet y a muchas otras cosas más.
EL ALCOHOLISMO Y LA SOCIEDAD
El alcoholismo es uno de los problemas más antiguos de la humanidad. Su gravedad radica en los daños causados a la persona enferma y a su entorno familiar y laboral, como también a la sociedad entera. Lo trágico es que esta misma sociedad abusa de la situación de las personas alcohólicas como pantalla para ocultar su propia falsedad.
Beber bebida alcohólica es una cuestión que incumbe no sólo a la persona que bebe. Aún mucho antes de ser alcohólica, la persona que ingiere alcohol puede convertirse en un peligro para quienes la rodean, pues bajo la influencia del alcohol es capaz de hacer cosas que están fuera de lo común: herir y matar a otras personas, dañar bienes ajenos, convertirse en una carga social. Esto es particularmente notable en el caso de los accidentes de tránsito. Un 10 % se debe a factores mecánicos y un 90 % a la negligencia humana. De estos 90 %, aproximadamente la mitad se debe a los efectos de la bebida. Algo similar vale para los crímenes que se cometen bajo los efectos del alcohol como también para los accidentes laborales. En síntesis Es enorme el costo económico del alcoholismo por atención hospitalaria, internación carcelera, ausentismo y pérdidas laborales, lucro cesante, delincuencia, accidentes, rupturas familiares y personas abandonadas.
Aquí entra a funcionar la falsedad de la sociedad. Todo el mundo ve los efectos de la bebida; y se inculpan a las personas afectadas por el alcohol como débiles de carácter, viciosas, depravadas, inútiles, pecadores. Esto se percibe de múltiples maneras. Sobre un ebrio se hace toda clase de chistes, se lo señala con el dedo, y la ridiculización no parece tener límites. A nivel del lenguaje hay numerosos sinónimos para una persona que bebe o se encuentra alcoholizada: achispado, alcoholizado, alegre, alumbrado, bacante, bebedor, bebido, beodo, borrachín, borracho, chupado, chupandín, cuba, curda, dipsómano, ebrio, emborrachado, embriagado, en pedo, mamado, pellejo, petroleado, temulento, tomado. En cambio, hay pocos términos para designar a la persona recuperada: sobrio, recuperado, seco. Al abstemio (alguien que no bebe alcohol) o al que bebe poco se lo suele considerar un débil o incluso incapaz.
¿Qué ocurre en esta sociedad que marca y persigue a la persona alcohólica? La sociedad cultiva el falso hábito del beber social. Vivimos en una cultura alcoholizada y sexualizada. Hay un paralelo interesante entre ambos problemas. La sexualización le quita a la sexualidad su componente fundamental del amor entre dos personas y la reduce a la producción egoísta y mecánica de placer sin compromiso. Por otra parte, esa misma sociedad en la que se promueve la sexualización se queja de los embarazos precoces, la infidelidad, las criaturas abandonados, los abortos, el avance del SIDA.
De manera similar, la alcoholización sugiere que beber es sinónimo de fortaleza, buena vida y “hombría”; y paralelamente la sociedad rebaja moralmente al enfermo alcohólico. En nuestras sociedades occidentales, el alcohol es una droga socialmente aceptada. Prácticamente no hay fiesta sin derrame alcohólico. La propaganda estimula el consumo frecuente de alcohol, realizando una persuasión constante en la que la ingestión de bebidas alcohólicas se relaciona con el poder, el status y el éxito. No hay película que no incluya copas, botellas y brindis. Los medios masivos – salvo allí donde ya existen prohibiciones al respecto – son cómplices del negocio mundial de la bebida y el tabaco; y su acción es mucho más eficaz que todos los programas de prevención oficiales y privados, debido a que hay cuantiosos intereses económicos en juego.
El caos, la inseguridad psicológica y física, la confusión y el conflicto de valores acrecientan la alcoholización, que es una manifestación de la enfermedad social subyacente. Los enfermos alcohólicos son apenas algunos brotes de una situación trágica mucho más profunda.
Ante la gravedad de las consecuencias del alcoholismo, es contradictorio que el cuerpo social no haya tomado conciencia de la gravedad del alcoholismo.
Si la sociedad señala con el dedo acusador los problemas de las personas alcohólicas y si eso le sirve para ocultar su hipocresía y su propia alcoholización, es imperioso que las Iglesias, las instituciones intermedias, las organizaciones populares y todas las personas de buena voluntad denuncien y traten de invertir ese mecanismo, planteándose un trabajo a dos puntas: con las personas que sufren el alcoholismo, y con el cuerpo social en general.
Con las primeras, aprendiendo de las organizaciones de autoayuda (Alcohólicos Anónimos, Al-Anón, Alateen), colaborando en la difusión del concepto del alcoholismo como enfermedad, y promocionando la vida nueva que se puede obtener con el programa de AA y de Al-Anón.
Con la sociedad en general, señalando claramente la falsedad del cuerpo social alcoholizado, denunciando proféticamente el comercio con la muerte, desenmascarando la propaganda que vende una imagen engañosa relacionada con la bebida, acusando públicamente los falsos hábitos del beber social, y creando espacios de contención comunitaria en los que se pueda demostrar que es posible una vida alternativa feliz.
¿Qué es el alcoholismo?
¿Cómo se instala el alcoholismo?
No todas las personas que beben alcohol se convierten en alcohólicas. A pesar de muchas investigaciones y discusiones científicas, aún no se ha encontrado una explicación para este hecho. Algunos sostienen que las personas que se enferman del alcoholismo tienen un metabolismo – la química corporal – predispuesto a ello. Otros señalan que la predisposición pasa más bien por los aspectos mentales y psicológicos. Pero por de pronto es prácticamente imposible definir con precisión el tipo de carácter de los prealcohólicos, como para poder tomar alguna precaución y prevenir una carrera alcohólica.
Además de la discusión sobre la patología en sí, también se discuten los factores que podrían fomentar la ingesta de alcohol. Con frecuencia se piensa que las situaciones económicas y sociales críticas constituyen causas desencadenantes del consumo de bebida. Ahora bien, a pesar del concepto de “alcoholismo de pobreza” (aplicado, p. ej., a la sociedad inglesa del siglo XVIII y a otras situaciones de miseria pronunciada), la enfermedad no tiene ni respeta clase social alguna, ya que en todas las capas sociales hay consumidores “sociales” y también patológicos de alcohol. El índice de alcoholismo es prácticamente el mismo en todos los estratos sociales. Los países ricos acusan los mismos datos que las naciones pobres. Varían sí los costos relacionados con el consumo alcohólico y sus consecuencias, como también los efectos inmediatos. Una persona pobre alcoholizada o alcohólica queda más expuesta a las consecuencias momentáneas y/o crónicas de la ingesta de bebida: pernocta a la intemperie, ofrece menos resistencia debido a su estado de desnutrición, no puede obtener medicamentos, ingiere bebidas más “fulminantes”.
A nivel del panorama mundial, hay culturas – entendidas como formas de vida y pautas normativas – que permiten, favorecen o estimulan el consumo de alcohol, mientras que otras lo desfavorecen o incluso prohiben. En la cultura occidental, se favorece una amplia difusión y un exuberante consumo de alcohol.
Por de pronto debe admitirse que la ciencia aún no puede determinar con exactitud las causas de la inclinación al consumo de bebida alcohólica ni por qué unas personas se convierten en alcohólicas y otras no. Mientras sea así, muchos prefieren hablar tan sólo de alguna “predisposición” – sin poder determinarla – y de un conjunto de causas psicológicas, fisiológicas y genéticas. Este enfoque lamentablemente no dice nada en concreto, ni sobre el consumo “social” del alcohol ni sobre la ingesta compulsiva de los alcohólicos.
Recordando una vez más la necesaria distinción entre la alcoholización de la sociedad y la situación de las personas enfermas y subrayando que ambos problemas deben ser encarados metodológicamente por separado, concentrémonos ahora en la enfermedad en sí, instalada concretamente en una persona determinada.
¿De qué estamos hablando exactamente?
El alcoholismo es una dependencia emocional y orgánica del alcohol, ocasionada por la ingestión más o menos prolongada de bebida alcohólica; y que se manifiesta en una compulsión por beber alcohol. La dependencia de la bebida es tal que la persona alcohólica, una vez bebida la primera copa, no suele parar de beber hasta llegar al estado de ebriedad. Es decir, pierde el control sobre la cantidad que bebe; ingiere mayor cantidad que la “normal” (por ejemplo, el vaso que suele beberse comúnmente con el almuerzo o en una fiesta). Estas dos caracterizaciones, la dependencia y la falta de control una vez comenzado a tomar, constituyen las marcas sobresalientes e inconfundibles del alcoholismo.
Hay consumidores habituales de alcohol que sostienen que no son alcohólicos, ya que creen que jamás estuvieron ebrios. Aquí debe subrayarse que el alcoholismo no se define por la cantidad de borracheras ni por la frecuencia de las mismas, sino por la dependencia del alcohol; y que ciertas personas pueden no tener conciencia de su estado de ebriedad. Otros creen que “todavía” no son alcohólicos, pues sus estados de ebriedad son muy espaciados en el tiempo, p. ej., dos a tres meses. Ahora bien, una vez constatada la dependencia del alcohol, es muy probable que se trate de un llamado alcohólico periódico, una modalidad no muy frecuente, pero no por ello menos peligrosa, e incluso más difícil de recuperar.
Profundicemos el concepto. El alcoholismo no es sinónimo de un mero consumo excesivo o irresponsable de alcohol; sino que es una enfermedad psicofísica, lenta, progresiva, crónica y mortal. Psicofísica, porque ataca y destruye tanto la parte psíquica como la parte física (el cuerpo) del ser humano. Lenta, porque suele tardar varios años en manifestarse, y luego la persona la sufre también durante muchos años. Progresiva, porque avanza de manera cada vez más rápida, produciendo un empeoramiento gradual. Crónica, porque una vez instalada, se presenta como enfermedad habitual. Mortal, porque si el enfermo no se recupera cortando totalmente con la ingesta de bebida, le espera el manicomio, el sillón de ruedas o la muerte prematura.
En el ámbito emocional, cabe decir también que es una enfermedad “contagiosa”, ya que enferma emocionalmente el entorno de la persona alcohólica, fundamentalmente a quienes el hogar, y en ocasiones a los compañeros o compañeras de trabajo.
Adicionalmente a los intensos trastornos de salud y las tragedias familiares, el alcoholismo produce también conflictos en el ámbito de las relaciones sociales, laborales y económicas de la persona afectada.
Mitos alcohólicos
El alcohol actúa de manera directa e inmediata sobre el organismo humano. A diferencia de otras sustancias, que primero deben ser digeridas para luego pasar a la sangre, el alcohol es la única sustancia que ya es absorbida por la sangre desde el estómago mismo. Desde allí y desde el intestino pasa al sistema circulatorio y es llevado inmediatamente a los demás sistemas y órganos del cuerpo. Si alguien bebe una copa de whisky en ayunas, instantes después ya se nota el contenido del alcohol en la sangre.
Frecuentemente se sostiene que el alcohol es un alimento líquido. Si bien es cierto que el alcohol contiene 7 calorías por gramo, no tiene proteínas, vitaminas o minerales. Ciertas bebidas contienen algunos de estos elementos, pero en cantidades tan ínfimas que no influyen en la alimentación. Otros afirman que el alcohol es necesario o al menos recomendable para la digestión. Nada más erróneo que esto. El alcohol no colabora con la digestión, porque pasa rápidamente a la sangre. En lugar de fomentar la digestión, más bien la retrasa. Otra opinión bastante divulgada sostiene que el alcohol ayuda a subir la presión, siendo bueno para la presión baja.
Estas tres opiniones, la del alcohol como alimento líquido, como estímulo para la digestión y con efecto benigno para la presión baja, frecuentemente suelen ser usadas como argumentos muy sutiles a favor de la ingesta de bebida alcohólica. Bebedores sociales y enfermos alcohólicos disfrazan consciente o inconscientemente su gusto por la bebida o su necesidad de alcohol con argumentos pseudocientíficos. No porque se repitan esas frases, ellas se convierten en verdades, pues no resisten ningún análisis científico.
También suele asegurarse que el alcohol eleva la temperatura corporal; y que la persona que pasa mucho frío, debe ingerir bebida. Por eso los clásicos perros San Bernardo llevan un barril con ron colgado del cuello cuando salen a buscar a personas perdidas en la nieve. Aquí estamos ante una típica verdad a medias. Es cierto que el alcohol produce una mayor circulación de la sangre en las capas exteriores de la piel, que de esta manera se pone más roja. El aumento de circulación produce una sensación momentánea de calor. Pero luego el cuerpo pierde temperatura con este proceso, y esto puede ser muy peligroso cuando el frío es extremo.
Hay personas que afirman que el alcohol aumenta su eficacia laboral. Esta sensación se debe a la mayor confianza que sienten en sí mismos; pero la mayor eficiencia es una mera ilusión. Con el tiempo, se produce un efecto totalmente opuesto, ya que cuando se instala la dependencia, surgen cada vez más problemas laborales, relacionales y económicos.
Otro mito alcohólico se refiere a la potencia sexual. Muchos bebedores sociales, tanto jóvenes como adultos, suelen afirmar que el alcohol los excita sexualmente. Pero también aquí debe subrayarse que tarde o temprano surge un efecto totalmente contrario. Una vez instalada la carrera alcohólica, resulta que el alcohol “aumenta el deseo, pero disminuye la capacidad”, según una formulación ya clásica. Al comienzo, el acoso de la compañera o el compañero es grande, pero luego la aptitud disminuye progresivamente. A medida que avanza la carrera, puede aparecer la impotencia. Esto es muy perjudicial para el matrimonio, ya que causa mucha vergüenza y escenas muy degradantes. El cónyuge no alcohólico va perdiendo todo interés en una vida sexual con el consorte embriagado, de olor desagradable y frecuentemente sucio. Esto repercute a su vez sobre el alcohólico, que comienza a sentir celos inaguantables.
Para cerrar el panorama sobre los mitos alcohólicos, debe decirse que también se ha discutido muchos sobre los supuestos efectos terapéuticos del alcohol. Personalmente sostengo que con frecuencia esta discusión carece de objetividad; y da la impresión de que determinados argumentos a favor de algún supuesto efecto terapéutico suenan más a una justificación de la ingesta de bebida que a un verdadero interés científico. Hasta que la ciencia no demuestre lo contrario, me adhiero a la opinión de aquellos expertos que sostienen que el alcohol no tiene ningún efecto terapéutico.
Los efectos del alcohol
Una encuesta rápida sobre los efectos del alcohol arrojaría un cúmulo de respuestas interesantes e importantes. Muchísimas personas conocen las consecuencias de la ingesta de bebida alcohólica – unas, por experiencia propia; otras, por lo que sufren en su familia u observan a su alrededor; y otras, por ambas cosas. Esto apunta a una cuestión inobjetable: el problema de los “frutos” del beber y del alcoholismo no se limita a los individuos que beben, sino que tiene profundas secuelas familiares y sociales.
Efectos del alcohol sobre el cerebro
Los efectos más indiscutibles y perniciosos del alcohol se producen sobre el cerebro. Una vez ingerido, el alcohol pasa muy rápidamente a la sangre y ésta lo lleva al cerebro. Allí transforma de inmediato la manera de pensar y la conducta, debido a que tiene un efecto paralizante sobre la “materia gris”. Afecta los centros nerviosos que gobiernan el discernimiento y la capacidad de decisión, como también los órganos de los sentidos, haciendo bajar las reacciones de todos los nervios. Como consecuencia, aparecen cambios más o menos llamativos, muy variados y hasta extremos de la conducta: falsa alegría, alborozo, euforia, verbosidad, gritos; pero también indiferencia, tristeza, olvido, estados depresivos. Es ampliamente sabido que el alcohol provoca dolor de cabeza y vómitos.
Desde el cerebro, el alcohol provoca una falta de control general de la persona y con ello, imprudencia, agresividad, ridiculez, vómito, pérdida de vergüenza y la clásica falta de equilibrio. Al actuar sobre el sistema nervioso, el alcohol interfiere por extensión en la correcta relación entre los diversos músculos, haciendo que los movimientos sean desparejos y débiles. Esto contradice rotundamente la fanfarronería y la extrema autoconfianza de las personas ebrios. A medida que avanza la alcoholización, los movimientos de las manos y los pies se vuelven torpes e incoordinados, y asimismo se va perdiendo la capacidad de prestar atención y de formular palabras y frases coherentes. En el caso de un enfermo alcohólico, las transformaciones del sistema nervioso se van fijando cada vez más, produciendo daños que en muchos casos resultan irreversibles.
Según la cantidad de bebida ingerida y su prolongación en el tiempo, también pueden variar los efectos, abarcando desde una leve sensación de coraje o “alegría” hasta la falta de control, confusión mental, enturbiamiento, estado de inconsciencia, delirio, el coma alcohólico e incluso la muerte. En el estado de delirium tremens, la persona enferma suele haber alucinaciones visuales (con frecuencia, ve animales – es la llamada zoopsia); además, sufre de temblor agudo y está en peligro de muerte inminente.
Personas sin mayor habituación al alcohol y sobre todo los jóvenes suelen caer con más rapidez en estado de ebriedad. La vuelta a la sobriedad suele ser dolorosa, pues la persona se despierta con sensaciones de vómito, arcadas, fuertes dolores de cabeza, muy mal humor y un estado de irritabilidad general.
Las trabas destrabadas
Con mayor consumo de bebida, quedan afectados también los procesos automáticos del organismo, tales como la respiración y la actividad cardíaca. Pero antes se “enturbia” aquello que la persona aprendió para moverse adecuadamente en su relación con los demás: la buena conducta, el comportamiento adecuado a cada situación, el pudor, la vergüenza, la capacidad de discernimiento y de evaluación, la cortesía, el decoro, la modestia; en fin, el control sobre sí misma. De múltiples maneras la educación va construyendo en nosotros una especie de valla de contención de los impulsos espontáneos y descontrolados. Lo hace inculcándonos consejos, lecciones, limitaciones y prohibiciones. Si bien es cierto que unas cuantas de estas limitaciones son innecesarias y molestas, un buen número de ellas es realmente imprescindible para poder convivir con los demás y sobrevivir en la sociedad.
Ahora bien, en todo ser humano hay una mayor o menor dosis de rebeldía. En el caso de los jóvenes, ésta se manifiesta como parte de un proceso natural, en cuyo transcurso ellos se oponen a muchas de las normas establecidas, buscando independencia y tratando de afirmar su personalidad. Si esta búsqueda es reprimida de manera violenta, puede reforzarse la rebeldía con comportamientos antisociales, como el uso de alcohol o drogas.
Pero debe destacarse que esto no es privativo de los jóvenes. Muchas personas adultas necesitan estimulación y desinhibición. Si alguien creció con demasiadas limitaciones o si es especialmente tímido, puede suceder que se dé cuenta de que el consumo de alcohol lo libera de ciertas trabas, le permite una mayor actividad y le facilita el contacto con los demás. También puede percatarse que el alcohol le brinda un mejor acercamiento erótico y sexual a otras personas en fiestas y bailes. Esto es así porque el alcohol disminuye la actividad del sistema nervioso central. En consecuencia, baja la ansiedad, y la persona se tiene más confianza. Por esta causa, muchas personas aprecian tanto el alcohol en los eventos sociales. Luego de algunos tragos, se sienten más libres y hasta relajadas. De lo que no se dan cuenta es que el alcohol también destraba los demás controles, llevando a sobrepasar las reglas de la buena educación y del respeto. Esto se suele notar de inmediato en el vocabulario y el tono de voz de las personas alcoholizadas.
A partir de este proceso, que es percibido frecuentemente como “liberación” y aumento de la autoconfianza, es probable que la persona vaya ingresando paulatinamente a la carrera alcohólica, sin que pueda precisarse con exactitud cuándo deja de ser “bebedora social” para convertirse en alcohólica. En este punto debe volver a destacarse que es prácticamente imposible definir con exactitud el tipo de carácter de aquellas personas que en algún momento se convertirán en alcohólicas. No hay correspondencia simplista entre timidez, flaqueza, fragilidad de la personalidad o autorrepresión por una parte, y alcoholismo por otra.
El alcohol destraba también los frenos relacionados con todo lo que tiene que ver con el sexo. En este ámbito pueden llegar a caer todas las barreras, y muchas veces el desenfreno no tiene límites. La combinación de bebida, comida y sexo constituyó el cóctel esencial de las orgías de la clase pudiente de la antigüedad romana, y a lo largo de todos los siglos ha ejercido siempre una extraordinaria fascinación.
Para decirlo con una imagen: a partir de la ingesta de cierta cantidad de alcohol, se destraba alguna rueda bloqueada del vehículo de la psicología de la persona, y al mismo tiempo se van destruyendo todos los frenos. El vehículo se sentirá aliviado, pero a la vez perderá toda posibilidad de control. Comenzará a rodar libremente, pero no podrá parar más. Tarde o temprano se hará pedazos.
El sufrimiento del organismo entero
Además de afectar esencialmente el cerebro, el alcohol es un lastre sumamente peligroso para todas las partes que toca en su recorrido primario por el conjunto de órganos relacionados con la introducción y el procesamiento de sustancias en el cuerpo. En su itinerario extiende sus secuelas a la lengua, la faringe, el esófago, el estómago, los intestinos, el hígado.
En el estómago, el alcohol aumenta la producción de jugos gástricos, que a su vez actúan sobre las mucosas. Aparecen molestias en el aparato digestivo, inflamaciones de las mucosas, gastritis, indigestiones y síndromes de malabsorción. En el peor de los casos, puede formarse un cáncer.
A medida que avanza la carrera alcohólica, el estómago va rechazando todo tipo de alimento sólido. La sensación de hambre y el apetito disminuyen considerablemente. Dado que no ingresan nuevos alimentos al cuerpo y ante la falta de vitaminas y minerales, el organismo va consumiendo sus reservas. Se producen cuadros de desnutrición y un desmejoramiento generalizado, con sus síndromes carenciales cualitativos y cuantitativos.
El peor fardo lo tiene que soportar el hígado, ya que debe descomponer y transformar el alcohol para luego almacenar algunas de sus sustancias. Este proceso siempre lleva un determinado tiempo; y una persona se emborracha o se intoxica cuando bebe alcohol más rápido de lo que su hígado puede procesar. Es absolutamente ridículo creer que una persona ebria puede mejorar su estado empleando medios caseros, tales como café caliente, una ducha fría, aire fresco, ejercicios de gimnasia, aspirinas, un baño caliente o cosas por el estilo. Estos medios podrán despabilar o sacudir momentáneamente al ebrio, pero no cambian absolutamente nada de los procesos químicos con los que el hígado descompone el alcohol, ya que éstos tienen su ritmo propio.
Grandes cantidades de alcohol, ingeridas durante mucho tiempo, producen hígados grasos. Esto puede llevar a la cirrosis hepática. Entre los alcohólicos el porcentaje de cirróticos es seis veces mayor que entre personas no alcohólicas.
Además de este recorrido primario, el alcohol afecta también la vesícula, los riñones, la vejiga y las vías urinarias. Asimismo, perjudica gravemente el corazón, incrementando considerablemente el peligro de un infarto.
La carrera alcohólica produce también un fenómeno conocido bajo el nombre de tolerancia. Ésta hace que la falta de alcohol en los enfermos alcohólicos les provoque un estado enfermizo, que se manifiesta con dolores de cabeza, náuseas, malestar general, nerviosismo agudo, confusión y desconcierto.
Hay un elevado riesgo de que padres alcohólicos engendren hijos minusválidos. Cuando una mujer embarazada ingiere alcohol, éste pasa al embrión o al feto, produciéndole frecuentemente deterioros irreparables.
Muchos de los daños orgánicos pueden corregirse una vez lograda la sobriedad, acompañada por una alimentación sana y una correcta medicación, según el caso. Pero lamentablemente también hay deterioros irreversibles, como por ejemplo el Síndrome de Korsakoff y la demencia causada por el alcohol. A estos daños directos deben agregarse también muchos indirectos, tales como heridas, quebraduras, deficiencias, invalidez, parálisis y otros estragos acarreados por percances en el hogar, accidentes laborales y de tránsito producidos bajo el efecto del alcohol.
La desintegración de la personalidad y la demencia
En estado avanzado de alcoholismo aparecen la desintegración de la personalidad y la demencia. En la desintegración se desestructura todo lo que la persona ha adquirido por su educación: modales, normas éticas y morales, control, disciplina, trabajo, responsabilidad, actitudes de amor. El alcohólico se convierte en ser asocial y antisocial. Desciende en la escala social; y poco a poco pierde todo lo que hace a una vida digna: respeto propio, cónyuge, hijos, fe, trabajo, economía, hogar, dignidad, salud. Si no le pone un fin tajante a su carrera, ingresará a un hospital neuropsiquiátrico o prematuramente al cementerio.
Otro riesgo trágico es la demencia. Bajo demencia se entiende la destrucción de la inteligencia. Es independiente de la desintegración de la personalidad, que aún suele permitir el ejercicio de un trabajo o de una profesión aprendida. En la demencia se produce la pérdida total de los conocimientos y las habilidades.
En síntesis, el enfermo alcohólico queda altamente perjudicado en la totalidad de su ser. Esta totalidad puede definirse en términos bíblicos como unidad de cuerpo, mente, espíritu, alma; más el conjunto de las relaciones familiares y sociales. El alcohol no colabora en nada en la alimentación o la salud del organismo. Lo poco que puede ofrecer en materia de sensaciones alegres y de euforia, no guarda ninguna relación con los tremendos daños que ocasiona una vez que la persona entra a la carrera alcohólica. Deterioro del organismo, demencia, violencia en el hogar, rupturas matrimoniales, daños irreversibles en los embarazos, maltrato de los hijos y las hijas, accidentes, pérdida de la dignidad y de la fe, pérdidas laborales, problemas económicos, muerte prematura: ¿es posible ignorar la magnitud del volumen de desgracias, caos, sufrimientos y muerte?
La supuesta “liberación” por el alcohol
Los factores externos, las presiones sociales, la situación económica, problemáticas familiares, las frustraciones, las desilusiones y la inseguridad psicológica ejercen también su influencia y pueden acrecentar la alcoholización de la sociedad; pero con todo no llegan a ser proporcionales al ingreso a la carrera alcohólica. Es importante tener cierta claridad con respecto a este tópico, ya que con frecuencia las personas alcohólicas sostienen que “toman porque tienen problemas”; es decir, afirman que el efecto de la bebida de alguna manera les ayuda a “solucionar” o por lo menos “olvidar” sus dificultades.
En la actualidad la mayoría de las personas vive bajo presiones externas e internas. Una deducción simplista que establece una relación directamente proporcional entre el alcoholismo y esos factores o a algunos en particular (“es por la situación”; “el hombre tiene problemas matrimoniales”; “perdió el trabajo”; “esa persona está fundida”), tendría que explicar por qué algunas personas se convierten en alcohólicas y otras no. Los factores socioeconómicos constituyen un clima especial que favorece las adicciones en general, pero no son suficientes para explicar adecuadamente la producción puntual de los casos de alcoholismo.
La toma de conciencia de la peligrosidad de ese clima podrá ayudarnos a la hora de dialogar con las personas afectadas por las adicciones. No tanto para aceptar las explicaciones con las que el alcohólico no hace otra cosa que esquivar la confrontación con su problema personal, sino para ubicar esa problemática en un horizonte más amplio, a partir del cual se podrá profundizar cada situación personal.
Muchas personas no ven ningún futuro para sus vidas. ¿Quién soluciona los problemas de nuestros países? ¿Quién crea fuentes de trabajo? ¿Quién analiza y resuelve las contradicciones? ¿Quién ofrece perspectivas para el futuro? Vivimos en una sociedad con enormes abismos sociales. Por una parte, aumentan día tras día las personas excluidas y marginadas; por otra, la propaganda y las vidrieras incentivan un deseo exagerado de consumo de todo tipo, desde las comidas y bebidas más finas hasta los aparatos más sofisticados, pasando por objetos, placeres y recreaciones de todo tipo. Para poder sobrevivir, las exigencias laborales son cada vez más altas y estresantes; las jornadas laborales se alargan constantemente y los sueldos se achican. ¿Cuál es el sentido de la vida en un contexto de marginalidad y desempleo? ¿Cuál es ese sentido en una sociedad de tanto derroche y esfuerzos sobrehumanos por consumir más y más? En realidad, ¿para qué se vive? ¿Para morirse de hambre? ¿O para llenarse de cosas inútiles? ¿Dónde está el término medio de una vida digna y sencilla a la vez?
Todo esto hace desesperar a más de un adulto, y cuanto más a los jóvenes. Muchos ya ni quieren pensar en el futuro, sino vivir sólo el momento presente y ahogar las preocupaciones antes de que se presenten. Aquí se ofrecen el alcohol y las drogas como un escape a un paraíso artificial, aunque sea momentáneo y de consecuencias terribles.
Muchos jóvenes tampoco tienen pasado. Cortan con las tradiciones de sus padres. En muchas familias los padres ya no tienen tiempo para los niños y los adolescentes. Las exigencias laborales, la extensión de las jornadas, las horas extras, los fines de semana recargados, la invasión de los hogares por la televisión, todo ello arruina el diálogo familiar.
Toda persona – y especialmente los adolescentes – quiere ser protagonistas. Muchas veces esta búsqueda choca contra la cruda realidad: falta de objetivos, pobreza, violencia, desocupación, prejuicios, incomprensión, problemas emocionales y sentimentales, pésimos ejemplos de la sociedad, alto consumo de tabaco y alcohol. Ante este panorama, el joven puede tratar de superarse; puede adaptarse; o puede fugarse de la realidad con ayuda del alcohol y la droga. Pero tanto el alcohol como la droga sólo brindan un placer breve, y después se transforman en todo aquello que el joven quiso evitar: angustia, dolor, soledad, pobreza, rechazo, muerte.
La combinación de todos estos factores hace que muchos jóvenes y adultos tengan una gran necesidad de consumir bebida alcohólica para sentirse importantes – y efectivamente lo hacen.
Aquí es que se debe distinguir cuidadosamente entre la alcoholización generalizada de la sociedad (fomentada por todos los factores personales, familiares y socioeconómicos indicados) y la enfermedad puntual – el alcoholismo – de determinadas personas. Sostenemos que el alcoholismo es una manifestación aguda de una patología más generalizada; pero sus características como enfermedad instalada en una determinada persona exigen que se lo encare de una manera peculiar y diferente de la forma en que debe encararse la alcoholización social.
La recuperación de las personas alcohólicas y sus familiares
Un comienzo difuso, pero terminante
No se sabe cuándo comienza exactamente el alcoholismo, pero sí se sabe cómo termina. Conste que esto no es un juego de conceptos, sino una trágica realidad.
Si en alguna coyuntura de su vida la persona busca relajación, escape, placer, bienestar o solución para algún problema en la bebida, e incluso si aparenta una alta tolerancia al alcohol, a partir de cierto momento la intoxicación alcohólica comienza a alterar sus funciones mentales y motoras y el alcohol empieza a tener cada vez mayor importancia en su vida. En algún momento, la persona se enferma; y a partir de allí pierde el control sobre el alcohol y es incapaz de dejarlo. Ni siquiera puede disminuir su consumo. El manejo de la carrera alcohólica no es una cuestión de buena voluntad o de fuerza de voluntad. Reiteramos una vez más que la enfermedad alcohólica tampoco tiene que ver con la cantidad de bebida ingerida, ni con la cantidad o frecuencia de las borracheras, sino que se define por la dependencia del alcohol.
Hasta el momento, no existe ningún medicamento para curar el alcoholismo. Ni siquiera hay medicación segura para frenar, reducir o parar definitivamente la ingesta de alcohol. Menos aún existe una vacuna para esta enfermedad.
La recuperación del enfermo alcohólico
Quienes sí ofrecen un programa efectivo y excelente para la recuperación de los enfermos alcohólicos son los grupos de autoayuda llamados Alcohólicos Anónimos (AA). AA tiene un programa de recuperación de doce pasos y doce tradiciones, un plan de 24 horas, una serie de sugerencias útiles; y le brinda al enfermo un grupo de aceptación y contención. Gracias a este programa, el enfermo aprende a vivir con dignidad sin el alcohol y a rehacer su vida.
Alcohólicos Anónimos es una asociación libre, una fraternidad voluntaria de personas alcohólicas reunidas con el solo propósito de ayudarse unos a otros para adquirir la sobriedad, y de permanecer sobrios. Son personas que de diferentes maneras tocaron fondo en su carrera alcohólica, reconocieron su problema y se dieron cuenta de que solas no podían dejar de beber. En el grupo, aprendieron a vivir sin la bebida. AA plantea una sola condición para ser miembro: el sincero deseo de dejar de beber bebida alcohólica.
AA nació en 1935 en los Estados Unidos, cuando dos alcohólicos, el corredor de la bolsa Bill W. y el médico Bob, tuvieron una conversación de varias horas sobre su alcoholismo, y luego se dieron cuenta de que durante todo ese tiempo que compartían su problema, no sintieron ningún deseo de beber. Repitieron la experiencia, y tuvieron el mismo resultado sorprendente. Después de mucho buscar, pudieron integrar a un tercer alcohólico; y a partir de ese minúsculo comienzo, los grupos de AA y de los familiares de alcohólicos se han expandido por todo el mundo, llevando esperanza, recuperación y vida nueva a millones de personas.
AA deja en claro que no hay curación para esta enfermedad, sino sólo recuperación. Por eso, las personas interesadas en recuperarse deben suspender totalmente la ingesta de bebida alcohólica. Sólo la supresión absoluta y de por vida de la bebida puede brindarles una solución. Este corte tajante debe ir acompañado de un proceso de rehabilitación de la persona; de reintegración a la sociedad, la familia, el trabajo; y de reconstrucción de su dignidad.
Ante la afirmación de muchos alcohólicos de poder manejar su situación con su propia voluntad, la literatura especializada insiste que existe una diferencia entre la buena voluntad y la fuerza de voluntad. Todos pueden tener buena voluntad; pero lo que les falta a los alcohólicos, es la fuerza de voluntad. Cuando están en carrera, su fuerza de voluntad está quebrada. Por eso es imposible que puedan beber normalmente. Apenas toman una copa, siguen hasta embriagarse.
Ante la excusa de los alcohólicos de que beben porque tienen problemas, AA subraya que su problema fundamental y prácticamente único es la bebida. Todo lo demás equivale a deberes mal hechos o directamente no hechos. Una vez que solucionan el problema radical, pueden solucionar también muchos de los restantes deberes y problemas.
Volviendo al tema del corte definitivo, cabe aclarar lo siguiente. Por experiencia propia, los miembros de AA saben que nadie puede prometer cortar definitivamente con el alcohol por el resto de su vida. Esta constatación muy sencilla se combina a su vez con la comprobación de que cualquier alcohólico puede pasar un día sin bebida. A partir de aquí, se desarrolló la médula del célebre programa, el llamado plan de veinticuatro horas, que consiste simplemente en proponerse todos los días de nuevo: “Hoy no voy a tomar. No tengo que pensar más que en este día. Sólo hoy tengo que pasar sin alcohol.”
Al primer día sin alcohol se agrega el segundo; después el tercero, el cuarto, el quinto; y de repente pasan meses y años sin bebida. Después de tantos fracasos, esto proporciona a las personas en recuperación un sentimiento de lograr algo importantísimo; y reconstruye paulatinamente su fuerza de voluntad, mediante la cual se proponen una y otra vez las 24 horas. De esta manera, AA enseña a vivir sin el alcohol.
El deseo de dejar de beber bebida alcohólica debe salir del enfermo mismo, no de otra persona, ni siquiera de los familiares más cercanos. Éstos pueden y deben acompañar el proceso, pero no lo pueden forzar. Todo depende de la propia persona afectada. El primero de los doce pasos de AA es reconocer que uno no puede dejar solo la bebida. El paso tiene la siguiente formulación: “Admitimos que éramos impotentes al alcohol y que nuestras vidas habían llegado a ser ingobernables”.
Los miembros de AA no tienen que prometer ni firmar absolutamente nada. Tampoco pagan cuotas u honorarios. Los recuperados manejan el concepto de una vida nueva, en la que no sólo disfrutan de su sobriedad, sino que reconstruyen su dignidad y la mayor parte de las dimensiones de su vida: familia, trabajo, salud, relaciones sociales, fe en Dios.
Los doce pasos sugeridos incluyen elementos contenidos en las enseñanzas espirituales de muchos credos. A medida que el alcohólico en recuperación los realiza, va adquiriendo confianza y seguridad en sí mismo; y pronto se le da la oportunidad de promover la recuperación de otros. Este es el contenido del paso número doce. Cuando logra interesarse por los problemas de los demás, le resulta más fácil superar sus propias dificultades, ya que al estar dispuesto a brindar ayuda a otros, se beneficia a sí mismo.
La acción de AA puede describirse como un programa de profunda humildad, enorme comprensión, gran solidaridad y sincero amor.
La mayoría de los alcohólicos en recuperación en AA ha probado de todo antes de ir al grupo: medios serios y confiables unos, ridículos y hasta absurdos otros. Entre los primeros se encuentran médicos, psicólogos, psiquiatras, consejeros espirituales, medicamentos, internaciones; entre los segundos, milagreros, curanderos, charlatanes, estafadores, substancias y drogas de todo tipo, amuletos, copas de la buena suerte y otros mamarrachos. Por supuesto, todos intentaron también dejar por cuenta propia, con promesas, juramentos y ruegos desesperados. Los recuperados no descartan que pueda haber otras salidas, pero insisten en que ellos encontraron la recuperación sólo en AA.
Puesto que un alcohólico enferma emocionalmente a su familia, ésta también necesita recuperación. Para ello, hay grupos paralelos a AA, llamados Al-Anón (para adultos) y Alateen (para adolescentes y jóvenes). En ellos se reúnen los familiares de enfermos alcohólicos, comparten sus problemas y se brindan ayuda mutua. Trabajan sobre su recuperación emocional y aprenden a vivir con el enfermo, sin pretender manejar sus hábitos de beber y su enfermedad. Renuncian a querer curarlo. Ahora bien, frecuentemente el cambio de actitud de los familiares le hace reflexionar a la persona enferma, llevándola a buscar una solución para su problema.
¿Por dónde empezar?
Si alguien debe enfrentar una adicción, ya sea por sufrirla en su propia persona o en algún familiar, lo mejor que puede hacer es buscar ayuda y consultar inmediatamente a los expertos en la materia. Para el caso del alcoholismo, debe recurrir fundamentalmente a Alcohólicos Anónimos y Al-Anón. Médicos, psiquiatras, asistentes sociales, pastores y sacerdotes también podrán brindar información y asesoramiento; y les toca remitir a la ayuda que pueden los grupos de autoayuda de AA. Todo esto también vale para aquellas personas a las que les interesa profundizar el tema, sin estar personalmente afectadas. Por su parte, es muy conveniente estudiar esta temática en un grupo, pues ello permite un buen intercambio de preguntas, conocimientos y experiencias, cosa mucho más difícil de lograr si alguien se informa solo o sola.
Los alcohólicos y el trabajo pastoral
La proyección de un trabajo pastoral con personas afectadas por el alcoholismo dependerá de cada situación local y de los recursos disponibles. No hay recetas “de cocina” para ello. Lo que sigue es, pues, tan sólo un compartir algunas experiencias, sobre las que tendrán que construirse caminos propios en cada situación peculiar.
De entrada, es decisivo que todo pastor, toda pastora conozca y acepte los propios límites y que abandone toda actitud mesiánica de creer que podrá “curar a alcohólicos”. En cambio, donde sí se abre un fructífero campo de acción pastoral y general de la Iglesia, es con las tareas de concientización y prevención y en el establecimiento de puentes entre las personas afectadas por el alcoholismo y los grupos de autoayuda, y en el acompañamiento pastoral y espiritual continuo en todo el proceso de recuperación y de puesta en práctica de la vida nueva.
Es de fundamental importancia disponer de conocimientos sólidos y profundos de la materia y no sólo de nociones elementales, ya que los alcohólicos y sus familiares suelen “envolver” a todos los que se les acercan. Al no conocer la naturaleza del alcoholismo ni la simulación y los ardides de las personas afectadas, explicables por la vergüenza que les causa su situación, se vuelve inútil todo intento de ayuda.
Estos conocimientos se pueden obtener mediante la lectura de la abundante literatura de AA y Al-Anón, y por la participación en las reuniones abiertas de estos grupos. Al mismo tiempo, la presencia del pastor y de miembros de la Iglesia en estas reuniones abiertas les permitirá establecer contactos personales con personas recuperadas, que serán decisivas a la hora de construir un puente entre los afectados y los grupos de autoayuda. Muchos de los libros científicos sobre el alcoholismo incorporan también los conceptos de AA sobre la materia, siendo por ende muy recomendables.
Una vez establecida una buena base de conocimientos y contactos, el trabajo pastoral puede abarcar los siguientes aspectos:
- Amplias campañas de concientización sobre el problema del alcoholismo y sobre el programa de AA/Al-Anón; bajo la modalidad de paneles con AA y Al-Anón, médicos, psiquiatras, religiosos.
- Campañas de información de la membresía de la Iglesia (y, por extensión, de la sociedad en general) sobre las características del alcoholismo y sobre AA/Al-Anón, mediante artículos y notas en el boletín de la Iglesia y a través de la distribución de folletería adecuada.
- Localización e individualización de los casos concretos de alcoholismo; teniendo sumo cuidado con los chismes y las habladurías por una parte, como también con el ocultamiento y las simulaciones por otra.
- Conversaciones con los familiares y la persona alcohólica de la familia (preferentemente en ese orden), a los efectos de explicar la naturaleza del problema e invitar a aprovechar las ofertas de ayuda de Al-Anón y AA; en un marco de total respeto por la decisión personal que sólo puede tomar cada persona afectada por sí misma.
- Establecimiento de puentes directos entre los afectados y Al-Anón/AA, vinculando a las personas dispuestas a ello con integrantes expertos de los grupos de autoayuda, y/o acompañando a los afectados a su primera reunión.
- Seguimiento pastoral de cada persona y familia.
- Campañas y medidas de prevención.
- Organización de grupos de lectura y estudio del tema.
Clases de Pastoral, Ética y Eclesiología
Es urgente que la temática del alcoholismo ingrese también a las aulas en las que se preparan las personas para asumir tareas pastorales y de liderazgo de las Iglesias. Aquí se abren varias temáticas de mucho peso que pueden ser incluidas en diversas materias, como por ejemplo Pastoral, Ética, Eclesiología y otras: información sobre el alcoholismo, la prevención y las posibilidades de recuperación; reflexión ética sobre la actitud de los familiares, la comunidad eclesial y la sociedad entera hacia las personas enfermas; la consideración de los rasgos patológicos de la sociedad; la discusión sobre la interacción de factores sociales y las adicciones; el estudio de las interrelaciones entre el individuo, la familia y la sociedad; la reflexión eclesiológica sobre el concepto de la Iglesia como Cuerpo de Cristo cuyos miembros son personas pecadoras y justificadas a la vez y llamadas a ser testigos de Cristo en este mundo; la elaboración de estrategias de actitudes receptivas y comprensivas.
La prevención
Casi todos los alcohólicos empezaron su carrera a temprana edad, generalmente en plena juventud. Seguramente ningún joven se propone llegar a ser algún día enfermo alcohólico. Sin embargo, constatamos actualmente que muchísimos jóvenes beben de manera alarmante. La mayoría aún no es alcohólica, pero muchísimos se alcoholizan con frecuencia.
Lo que vale para la mayoría de los problemas, también se aplica al alcoholismo: lo más importante es la prevención. En este caso, ella consiste en tomar conciencia de los factores que fomentan la alcoholización juvenil y comprender a la vez la naturaleza de los problemas causados por el alcohol; informarse e informar; evitar la alcoholización que tarde o temprano podrá convertirse en alcoholismo; y fundamentalmente, fomentar la creación de las dos mejores contenciones que puede tener una persona joven: un ambiente familiar de amor; y un grupo sano de referencia y amistad. Toda comunidad cristiana cuenta con condiciones ideales para convertirse en un grupo de contención, ya que Cristo nos llama a aquellas actitudes que caracterizan precisamente a los grupos de AA y Al-Anón: humildad, comprensión, solidaridad y amor.
Los pilares de la formación deben ser el amor y la educación adecuada en el hogar. El importante que los padres preparen a sus hijos para afrontar el difícil mundo en que les toca vivir. La realidad es dura y no debe disfrazarse. Todo el mundo y especialmente los jóvenes deben aprender a convivir con las dificultades y con los dolores propios y ajenos. Así como la alegría, la felicidad y la esperanza pertenecen a toda vida humana, también aparecen – necesariamente – el sufrimiento, los malos momentos, los bajones, los conflictos y problemas. Desde chicos – y para ello vale especialmente el ejemplo de los padres – todos debemos aprender a aceptar esa parte de la realidad y a luchar contra lo que podamos cambiar, comenzando por los propios problemas. Escaparse de las dificultades y meterse en el alcohol o en las drogas, sólo produce más problemas.
Literatura consultada y recomendada
Alcohólicos Anónimos, Algunas preguntas y respuestas que interesan a los alcohólicos, Buenos Aires, Alcohólicos Anónimos.
Alcoholics Anonymous World Service, Cuarenta y cuatro preguntas y respuestas acerca del programa de A.A. de recuperación del alcoholismo, Buenos Aires, Oficina de Servicios Generales de A.A. para la Rep. Argentina, 1952.
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Alcoholics Anonymous World Services, Las doce tradiciones, Buenos Aires, Oficina de Servicios Generales de A.A. para la Rep. Argentina, 1952, 1953.
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Shipp, Tom, Kummer mit dem Alkohol. Begegnungen und Erfahrungen mit Alkoholkranken. Ein Gemeindepfarrer berichtet über seine Begegnungen mit Alkoholkranken, Wuppertal – Bern, Blaukreuz-Verlag, 1980.
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