InicioSalud BienestarEl acoso moral 13: La víctima
Después de estudiar el perverso y su psicología, vamos a ver al inocente, LA VÍCTIMA COMO OBJETO. Quizá nos puede ayudar la fábula sobre el mobbing (y la envidia) de la luciérnaga y la serpiente:

Cuenta la historia, que una serpiente comenzó a perseguir a una luciérnaga. Esta huía asustada y a toda velocidad de la predadora, pero ella seguía siempre atrás.
Huyó durante un día... dos días... y al tercer día, ya sin fuerzas la luciérnaga frenó y dijo a la serpiente:
-¿Puedo hacerte tres preguntas?
-No acostumbro a otorgar ese privilegio a nadie,
pero como te voy a devorar... pues pregunta!
-¿Pertenezco a tu categoría de alimentos?
-No -contestó la serpiente...
-¿Te he hecho algún mal?
-No... -volvió a responder
-Entonces, ¿porqué quieres terminar conmigo? -siguió la luciérnaga
-Porque no soporto verte brillar...!! -terminó diciendo la serpiente



O sea que algunas personas son escogidas por el perverso para hundirlas, y dedican su vida a ello, por pura rabia, viven ya para eso, aunque quizá las personas a las que persiguen ni siquiera se interesan por sus perseguidores, porque en esta vida sabemos que nos van a criticar, y que la mejor manera de vivir es no preocuparnos demasiado por esas críticas...

Sin embargo, no siempre es tan sencillo, hay gente que sufre: Marie-France Hirigoyen dice que "la víctima es víctima porque ha sido designada por el perverso. Se convierte en un chivo expiatorio responsable de todos los males. En adelante, será el blanco de la violencia y su agresor evitará, de este modo, sentirse deprimido o culpable.

La víctima, en tanto que víctima, es inocente del crimen por el que va a pagar. Sin embargo, resulta sospechosa incluso para los testigos de la agresión. Todo ocurre como si una víctima no pudiera ser inocente. La gente se imagina que la víctima consiente tácitamente o que es cómplice, conscientemente o no, de la agresión que recibe.
Según René Girard, en las sociedades primitivas, las rivalidades en el seno de los grupos humanos producían situaciones de violencia indiscriminada que se propagaban por mimetismo y a las que sólo se podía poner fin mediante un sacrificio que implicara la exclusión (o incluso la muerte) de un hombre o de un grupo de hombres al que se designaba como responsable de esa violencia. La muerte del chivo expiatorio traía consigo la expulsión de la violencia y la sacralización de la víctima. En nuestra época, las víctimas ya no se sacralizan, pero, en lugar de pasar por inocentes, se ven obligadas a pasar por débiles. Con frecuencia, oímos decir que si una persona se ha convertido en víctima, es porque su debilidad o sus carencias ya la predisponían a ello. Por contra, hemos visto que las víctimas se eligen por algo que tienen de más, por algo de lo que el agresor quiere apropiarse.

¿Por qué una víctima es la elegida?
Porque estaba ahí y porque, de un modo u otro, se ha vuelto molesta. Para el agresor, ella no tiene nada especial. Es un objeto intercambiable que estaba ahí en el mal o el buen momento, y que ha cometido la torpeza de dejarse seducir —y, a veces, de ser demasiado lúcida—. Para el perverso, ella sólo tiene interés cuando se muestra utilizable y cuando acepta la seducción. En cuanto se sustrae a su dominio o no tiene nada que ofrecer, se convierte en un objeto de odio…

La violencia perversa obliga a la víctima a afrontar su falla y los traumas olvidados de su infancia, y excita la pulsión de muerte que se halla en germen en cada individuo. Los perversos buscan en el otro ese germen de autodestrucción, y luego les basta con activarlo mediante una comunicación desestabilizadora. La relación con los perversos narcisistas funciona como un espejo negativo. La buena imagen de uno mismo se transforma en desamor.

Decir que la víctima es cómplice de su agresor no tiene sentido en la medida en que ésta, por el efecto del dominio, no dispone de los medios psíquicos para actuar de otro modo. Está paralizada. El hecho de que participe de una forma pasiva en el proceso no altera en absoluto su posición de víctima: «Si he vivido con un hombre que no me amaba, alguna culpa tengo; si no he visto nada cuando me engañaba, es por mi historia. Pero, después, la forma en que se ha desarrollado la separación es algo que no se podía prever y a lo que ha resultado imposible adaptarse. Por mucho que ahora comprenda que esta actitud no se dirigía directamente contra mi persona, considero que se trata de una agresión moral terrible, de un intento de asesinato psíquico».
La víctima no es masoquista o depresiva en sí misma. Los perversos utilizarán la parte depresiva o masoquista que puedan encontrar en ella.

¿Cómo distinguir la complacencia masoquista del estado depresivo en que se halla la víctima de un perverso?

¿SE TRATA DE MASOQUISMO?

…Ya hemos dicho que las víctimas están psicológicamente atadas. Por mucho que se las utilice, no es éste el juego que desean jugar.

Freud distinguió tres formas de masoquismo: el erógeno, el femenino y el moral. El masoquismo moral sería una búsqueda activa del fracaso y del sufrimiento a fin de satisfacer una necesidad de castigo. Según los criterios freudianos, el carácter masoquista se complace en el sufrimiento, las tensiones, los tormentos y las complicaciones de la existencia, pero no por ello deja de quejarse o de mostrarse pesimista. Su torpe comportamiento genera antipatías y fracasos. Le resulta imposible aprovechar las alegrías de la vida. Sin embargo, esta descripción corresponde mejor a los mismos perversos que a sus víctimas, las cuales, por el contrario, suelen mostrarse afortunadas, optimistas y llenas de vida.

No obstante, muchos psicoanalistas tienden a considerar que todas las víctimas de una agresión perversa son cómplices secretos de su verdugo, con el que instauran una relación sadomasoquista que entraña una fuente de placer.

En las relaciones sadomasoquistas que corresponden al masoquismo erógeno freudiano, los dos compañeros sienten placer cuando se manifiestan el uno al otro su respectiva agresividad. Este caso lo escenifica admirablemente Edward Albee en su obra ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1962). Se trata del establecimiento de una simetría oculta en la que los dos protagonistas tienen un interés, pero también la posibilidad de abandonar el juego si lo desean.

Con todo, el funcionamiento perverso consiste en acabar con cualquier rastro de libido. Ahora bien, la libido es la vida. Se trata, por tanto, de extinguir cualquier rastro de vida, cualquier deseo, incluso el deseo de reaccionar.

En la relación con el perverso no hay simetría, sino dominación de un individuo sobre otro, e imposibilidad de que la persona sometida reaccione y detenga el combate. Por eso se trata de una agresión. El establecimiento previo del dominio ha desterrado la posibilidad de decir «no». La negociación es imposible; todo es impuesto. Para la víctima, dejarse arrastrar a esta situación perversa es una forma de defenderse. Se le reclama su parte masoquista, la que existe en cualquier individuo. Y, de repente, se encuentra engullida por una relación destructora y sin medios para poder escaparse. Su misma debilidad, constitutiva o debida a su modo de reaccionar, es el cabo por el que se la ha encadenado. «Cada cual oscila entre, por un lado, el deseo de independencia, de autodominio y de responsabilidad, y, por otro, el deseo infantil de volver a un estado de dependencia y de irresponsabilidad y, por lo tanto, de inocencia.» El error esencial de la víctima estriba en no ser desconfiada, en no considerar los mensajes violentos no verbales. No sabe traducir los mensajes y acepta lo que se le dice al pie de la letra.

Los perversos aprovechan esa supuesta tendencia masoquista de sus víctimas según la cual desean someterse a su perseguidor: «Le gusta, lo adora, es lo que persigue». Para ellos, la excusa es fácil; saben mejor que sus víctimas lo que éstas mismas sienten: «¡La trato así porque así es como le gusta que la trate!».

Ahora bien, hoy en día, el masoquismo es un motivo de vergüenza y de culpabilización. Los adolescentes dicen: «¡Yo no soy masoca!». Es preferible dar una impresión de dureza y agresividad. Las víctimas no sólo padecen su posición de víctima, sino que también sienten vergüenza por no saber defenderse.

La diferencia entre las víctimas de los perversos y los individuos masoquistas es que las primeras, cuando, tras un inmenso esfuerzo, consiguen separarse de sus verdugos, sienten una enorme liberación. Y se sienten aliviadas porque el sufrimiento por el sufrimiento no les interesa.

Si se han dejado capturar en el juego perverso —a veces, durante un largo período—, es que están vivas y coleando, y, por lo tanto, dispuestas a dar la vida, inclusive si deben afrontar la tarea imposible de entregar su vida a un perverso: «Conmigo cambiará».

SUS ESCRÚPULOS

Cuando un perverso ataca a su víctima, suele apuntar a los puntos débiles que se sitúan en el registro del descrédito y la culpabilidad. Un procedimiento evidente para desestabilizar al otro consiste en hacer que se sienta culpable. En El proceso de Kafka, Joseph K es acusado de haber cometido una falta, pero no sabe cuál. A fin de comprender qué es lo que se le reprocha, no cesará en su intento de esclarecer la acusación que pesa sobre él. Llegará a dudar de sus propios recuerdos y terminará por convencerse de que él no es él.

La víctima ideal es una persona escrupulosa que tiene una tendencia natural a culpabilizarse. La psiquiatría fenomenológica contempla este tipo de comportamiento. El psiquiatra alemán Tellenbach, por ejemplo, lo describe como un carácter predepresivo, el typus melancólicus. Se trata de personas apegadas al orden, en el ámbito del trabajo y en el de las relaciones sociales, que se sacrifican por los demás y que aceptan con dificultades que los demás las ayuden. Su gusto por el orden y su deseo de hacer bien las cosas las conducen a asumir un volumen de trabajo superior a la media. Esto les ayuda a no tener mala conciencia, pero no saben poner un límite al volumen de trabajo que asumen y esto les produce agobio.

El etólogo Boris Cyrulnik, con mucha pertinencia, escribe: «A menudo, los melancólicos se casan con personas carentes de emotividad. El miembro menos sensible de la pareja vive su modesta vida no afectiva tanto más tranquilamente cuanto que el miembro melancólico, con motivo de su permanente culpabilidad, asume todas las preocupaciones. Se ocupa de todo; se hace cargo de los asuntos domésticos y de los problemas hasta que, veinte años más tarde, agotado por sus sacrificios constantes, se hunde llorando. Entonces, le reprocha a su compañero el haberse quedado con el lado bueno de la pareja y el haberle dejado a él toda la parte de sufrimiento».

Los predepresivos se ganan el amor del otro siendo generosos y poniéndose a su disposición. Así, experimentan una gran satisfacción cuando les prestan ayuda o les dan placer. Los perversos narcisistas se aprovechan de ello.

Los melancólicos también soportan mal las torpezas y los malentendidos, e intentan subsanarlos. En caso de dificultad, multiplican sus esfuerzos, se agotan, se sienten superados por los acontecimientos, se culpabilizan, trabajan cada vez más, se cansan, se vuelven menos eficaces y, en un círculo vicioso, se culpabilizan cada vez más. Esto puede llegar hasta la autoacusación: «Si mi compañero no está contento o se muestra agresivo, es por culpa mía». Cuando se comete un error, tienden a atribuírselo. Su exagerada conciencia está ligada a su miedo a fallar, pues en ellos el remordimiento y la presión del error dan lugar a un sufrimiento demasiado grande.

Son igualmente vulnerables a las críticas y a los juicios ajenos, aunque no tengan fundamento. Esto les lleva a justificarse permanentemente. Los perversos, al percibir su fragilidad, disfrutan instaurando la duda: «¿Habré sido, sin darme cuenta, realmente culpable de lo que me reprocha?». Aunque las acusaciones no sean fundadas, estas personas terminan por no estar seguras de lo que ocurre y se preguntan si no deberían asumir el error a pesar de todo".

SU VITALIDAD

Una persona feliz es motivo para que un perverso quiera amargarle la vida, dedicar su vida al objeto de anular al otro, así de triste parece que es la cosa. Morir por eso. De ahí la sencillez, la modestia, como principal modo de evadir la mirada de los acosadores. "Las víctimas son envidiadas porque enseñan demasiadas cosas. Son incapaces de no evocar el placer que sienten cuando poseen tal o tal otra cosa. Son incapaces de no hacer pública su felicidad. En muchas civilizaciones, es de buen tono denigrar los bienes materiales o morales que se poseen. No hacerlo supone exponerse a la envidia.

En nuestra sociedad, que preconiza la igualdad, tendemos a pensar que la envidia la provoca el envidiado, conscientemente o inconscientemente (por ejemplo, si nos roban, es porque exhibimos demasiado nuestras riquezas). Las víctimas ideales de los perversos morales son las que, al no tener confianza en sí mismas, sienten la obligación de cargar las tintas y de exagerar para ofrecer a toda costa una mejor imagen de sí mismas.

Por lo tanto, la potencia vital de las víctimas es lo que las transforma en presa".

SU TRANSPARENCIA

"Las víctimas parecen ingenuas y crédulas. Como no se pueden imaginar que el otro es básicamente destructor, intentan encontrar explicaciones lógicas y procuran deshacer los entuertos: «Si le explico, comprenderá y se excusará por su comportamiento». Al que no es perverso le resulta imposible imaginar de entrada tanta manipulación y tanta malevolencia.

Para desmarcarse de su agresor, las víctimas intentan ser transparentes y justificarse. Cuando una persona transparente se abre a alguien desconfiado, es probable que el desconfiado tome el poder. Todas las llaves que las víctimas ofrecen de este modo a sus agresores no hacen más que aumentar el desprecio de estos últimos. Frente a un ataque perverso, las víctimas se muestran primero comprensivas: intentan adaptarse. Comprenden o perdonan porque aman o admiran: «Si él es así, es porque se siente desgraciado. Yo lo tranquilizaré y lo curaré». Mediante un sentimiento similar al de la protección maternal, consideran que tienen que ayudar porque son las únicas que comprenden. Quieren llenar al otro ofreciéndole su sustancia y, a veces, sienten que tienen una misión que cumplir. Creen que son capaces de comprenderlo todo, de perdonarlo todo y de justificarlo todo. Están convencidas de que, mediante el diálogo, van a encontrar una solución, cuando esto es precisamente lo que le permite al perverso —que rechaza cualquier tipo de diálogo— hacerlas fracasar con total eficacia. Las víctimas alimentan la esperanza de que el otro cambiará, de que terminará por comprender que inflige un sufrimiento, y de que lo lamentará. Confían en que sus explicaciones o sus justificaciones aclararán los malentendidos y se niegan a aceptar el hecho de que la comprensión intelectual y afectiva no las obliga a soportar cualquier cosa.
Mientras que los perversos narcisistas se agarran a su propia rigidez, las víctimas intentan adaptarse, procuran comprender qué desea consciente o inconscientemente su perseguidor, y no dejan nunca de preguntarse por su propia parte de culpabilidad. La manipulación funciona tanto mejor cuanto que el agresor es una persona que cuenta de antemano con la confianza de la víctima (se trata de su padre o de su madre, de su cónyuge, de su patrón, etc.). La víctima muestra una capacidad de perdonar y una falta de rencor que la colocan en una posición de poder. Para el agresor, esto resulta intolerable, pues señala la facultad que tiene la víctima de renunciar a su derecho a rebelarse: «Ya no me apetece jugar contigo». El agresor se siente frustrado. Su víctima se convierte en un reproche viviente, lo que lo conduce a odiarla todavía más.
Parece que esta vulnerabilidad al dominio se pueda adquirir durante la infancia. A menudo, nos preguntamos por qué las víctimas no reaccionan. Advertimos su sufrimiento y su renuncia a vivir una vida propia. Permanecen junto a su agresor y temen incluso que éste pueda abandonarlas. Sabemos que marcharse sería su salvación, pero no pueden hacerlo mientras no se desembaracen de sus traumas infantiles.

Alice Miller ha demostrado que una educación represiva —la que tiene el objetivo de «meter en cintura» a un niño «por su bien»— echa a perder su voluntad y lo obliga a reprimir sus sentimientos verdaderos, su creatividad, su sensibilidad y su capacidad de rebelarse. Según esta autora, este tipo de educación predispone a nuevas sumisiones, ya se trate de una sumisión a un individuo (perverso narcisista), o de una sumisión a un colectivo (secta o partido político totalitario). Si, durante su infancia, se lo prepara de este modo, en la edad adulta será manipulado.

Quienes, a pesar de una infancia sumida en un clima represivo o incestuoso, logran conservar una posibilidad de reaccionar, mediante la palabra o mediante la ira, a las vejaciones y a las humillaciones, posteriormente, en la edad adulta, se protegen mejor de los perversos narcisistas…

Cuando las víctimas empiezan a nombrar lo que han comprendido, se vuelven peligrosas. Hay que usar el terror para hacerlas callar..." He visto como en la red intentan manipularlas a través de otras personas, con amenazas y chantajes para que la situación no se le vaya de las manos: "aquel quien sabes ya no te aceptará como amigo después de esto que estás haciendo..."
Llucià Pou Sabaté
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