Marte es el siguiente gran paso de la humanidad. A un tris de que se cumpla medio siglo desde la llegada del hombre a la Luna, poner un pie en el planeta rojo se ha convertido en una obsesión para todos quienes sueñan con llegar a los confines del espacio en el inicio del siglo XXI. A finales de 2016,
Elon Musk
prometió llegar a Marte antes de 2025, mientras Barack Obama se comprometió, tal y como lo hizo Kennedy antes de llegar al satélite natural de la Tierra, a que el primer humano pisará la superficie marciana en 2030. Sin embargo, no todo es tan sencillo e inocente como parece.
¿Quién habrá de dar el siguiente paso en la exploración espacial, de qué forma y con qué fines? Aquí algunos problemas que exigen ser resueltos antes de pensar siquiera en una misión realista con destino a poner el primer pie en el planeta rojo:
Marte: un territorio hostil para la vida
A una distancia promedio de 58 millones de kilómetros de la Tierra, viajar al planeta rojo no se compara con una misión de rutina a la Estación Espacial Internacional, ni el lanzamiento de una sonda espacial no tripulada. Se trata de un viaje con un grado de dificultad insospechado, sin precedentes en la historia humana y como tal, requiere de una portentosa investigación, específicamente sobre las condiciones a las que se somete el cuerpo humano en un ambiente tan hostil como el espacio.
A una lejanía inimaginable del planeta que nos vio evolucionar como especie gracias a sus condiciones idóneas y la existencia de un campo magnético que protege a todos los organismos vivos de la radiación cósmica, el concepto de supervivencia se torna muy distinto al terrestre. Los estudios realizados hasta el momento sobre los efectos en roedores expuestos a partículas radiactivas mostraron daños neurológicos que podrían comprometer una misión a Marte y a largo plazo, resultar fatales.
–
¿Quién llegará primero a Marte y para qué?
La exploración espacial atraviesa la fase final de una transformación sin precedentes: los grandes programas con misiones tripuladas que finalizaron con el alunizaje del Apolo 17 en 1972, se transformaron en proyectos discretos de largo plazo liderados por sondas espaciales, motivados por el recorte al presupuesto de las agencias de todo el mundo (especialmente la NASA) y el poco interés que generó en el público volver a enviar humanos al espacio una vez terminada la frenética carrera espacial de la Guerra Fría.
Como nunca antes, los recursos económicos para financiar programas espaciales dependen en mayor medida de la iniciativa privada que del dinero público de agencias estatales. Empresas como SpaceX, Blue Origin, Deep Space o Virgin Galactic están interesadas en cooperar para la osadía de conquistar el mundo más próximo a la Tierra.
Esto supondría un cambio radical en el objeto de la exploración y la motivación detrás de la primera –e hipotética– misión tripulada a Marte, abriendo un abanico de posibilidades impulsadas no sólo por los fines científicos que se perseguían en el pasado, también (y sobre todo) por motivos económicos y oportunidades invaluables de ganancia. Oportunidades multimillonarias como la minería y el turismo espacial se vislumbran como los negocios más lucrativos del futuro próximo.
–
¿De quién es el espacio?
¿Quién habrá de dar el siguiente paso en la exploración espacial, de qué forma y con qué fines? Aquí algunos problemas que exigen ser resueltos antes de pensar siquiera en una misión realista con destino a poner el primer pie en el planeta rojo:
Marte: un territorio hostil para la vida
A una distancia promedio de 58 millones de kilómetros de la Tierra, viajar al planeta rojo no se compara con una misión de rutina a la Estación Espacial Internacional, ni el lanzamiento de una sonda espacial no tripulada. Se trata de un viaje con un grado de dificultad insospechado, sin precedentes en la historia humana y como tal, requiere de una portentosa investigación, específicamente sobre las condiciones a las que se somete el cuerpo humano en un ambiente tan hostil como el espacio.
A una lejanía inimaginable del planeta que nos vio evolucionar como especie gracias a sus condiciones idóneas y la existencia de un campo magnético que protege a todos los organismos vivos de la radiación cósmica, el concepto de supervivencia se torna muy distinto al terrestre. Los estudios realizados hasta el momento sobre los efectos en roedores expuestos a partículas radiactivas mostraron daños neurológicos que podrían comprometer una misión a Marte y a largo plazo, resultar fatales.
–
¿Quién llegará primero a Marte y para qué?
La exploración espacial atraviesa la fase final de una transformación sin precedentes: los grandes programas con misiones tripuladas que finalizaron con el alunizaje del Apolo 17 en 1972, se transformaron en proyectos discretos de largo plazo liderados por sondas espaciales, motivados por el recorte al presupuesto de las agencias de todo el mundo (especialmente la NASA) y el poco interés que generó en el público volver a enviar humanos al espacio una vez terminada la frenética carrera espacial de la Guerra Fría.
Como nunca antes, los recursos económicos para financiar programas espaciales dependen en mayor medida de la iniciativa privada que del dinero público de agencias estatales. Empresas como SpaceX, Blue Origin, Deep Space o Virgin Galactic están interesadas en cooperar para la osadía de conquistar el mundo más próximo a la Tierra.
Esto supondría un cambio radical en el objeto de la exploración y la motivación detrás de la primera –e hipotética– misión tripulada a Marte, abriendo un abanico de posibilidades impulsadas no sólo por los fines científicos que se perseguían en el pasado, también (y sobre todo) por motivos económicos y oportunidades invaluables de ganancia. Oportunidades multimillonarias como la minería y el turismo espacial se vislumbran como los negocios más lucrativos del futuro próximo.
–
¿De quién es el espacio?