Columna diaria de la sección "Contame una historia", del programa Mate Cocido, por la 92.9 Radio Más de Posadas.
La segunda guerra mundial se terminaba irremediablemente. Hacía cinco meses que había caído Berlín, la otrora capital del todopoderoso Tercer Reich alemán. La Italia fascista, por cierto, había caído tiempo antes. De esta forma, Japón, había quedado solo frente a los Estados Unidos y la Unión Soviética. El final, era previsible, pero nadie podía imaginar el genocidio atómico que sobrevendría sobre la población japonesa.
La guerra del Pacífico había sido feroz. Japoneses y yanquis sostuvieron batallas memorables, hasta que la superioridad armamentística de los Estados Unidos, terminó de inclinar la balanza a su favor. A partir de ese momento, las tropas estadounidenses sólo encontrarían una resistencia feroz y suicida por parte de las tropas niponas. El costo, en vidas humanas y recursos bélicos, era inmenso para ambos contrincantes.
Frente a la tozudez japonesa, que no pretendía rendirse ni siquiera luego de los cientos de miles de civiles muertos por los bombardeos constantes de los B-29 yanquis, el gobierno liderado por Harry Truman decidió jugar su carta más poderosa: la bomba atómica.
A las 2 de la madrugada del 6 de agosto de 1945, el B-29 Enola Gay del Escuadrón de bombardeo 393d, despegó de la base ubicada en las islas Marianas del Norte, a unas seis horas de vuelo del objetivo. En su interior, transportaba la pesada bomba, cuyo secreto estaba en ese “corazón” de uranio, cuyas partículas en fisión podrían desatar un infierno de fuego.
Apenas pasadas las 7 de la mañana, las sirenas que preanunciaban los bombardeos, comenzaron a sonar en Hiroshima. Recién a las 8.15, se lanzó la bomba atómica. 600 metros antes de tocar el piso, el mecanismo de detonación entró en funcionamiento. El aire se recalentó a miles de grados y todo rastro de vida fue reducido a polvo en la zona del blanco.
Según los datos más difundidos, unas 70.000 personas murieron instantáneamente. Así, de un solo disparo, los yanquis habían matado a un tercio de la población civil de Hiroshima. Para fin de ese año, ya habían muerto otras 50.000 personas más. Al iniciarse la década de 1950, los muertos por la bomba atómica en Hiroshima ya eran 200.000.
Tres días después, y mientras Japón aún no terminaba de entender lo ocurrido con la ciudad que literalmente habían borrado del mapa, los Estados Unidos lanzaron una segunda bomba, esta vez sobre Nagasaki, causando otras 80.000 muertes. Las bombas atómicas causaron el fin de la Segunda Guerra Mundial, Japón, estupefacto, se rindió sin pedir condiciones. En un mundo tristemente plagado de genocidios, Estados Unidos había inventado uno nuevo, el genocidio atómico.
Pablo Camogli
Un video que repasa el horror de la bomba, con imágenes muy crudas
Para cerrar, les dejo esta hermosa canción compuesta por Ney Matogrosso:
NUNCA OLVIDEMOS LO BÁRBARO Y CRUEL QUE PUEDE SER EL SER HUMANO
La segunda guerra mundial se terminaba irremediablemente. Hacía cinco meses que había caído Berlín, la otrora capital del todopoderoso Tercer Reich alemán. La Italia fascista, por cierto, había caído tiempo antes. De esta forma, Japón, había quedado solo frente a los Estados Unidos y la Unión Soviética. El final, era previsible, pero nadie podía imaginar el genocidio atómico que sobrevendría sobre la población japonesa.
La guerra del Pacífico había sido feroz. Japoneses y yanquis sostuvieron batallas memorables, hasta que la superioridad armamentística de los Estados Unidos, terminó de inclinar la balanza a su favor. A partir de ese momento, las tropas estadounidenses sólo encontrarían una resistencia feroz y suicida por parte de las tropas niponas. El costo, en vidas humanas y recursos bélicos, era inmenso para ambos contrincantes.
Frente a la tozudez japonesa, que no pretendía rendirse ni siquiera luego de los cientos de miles de civiles muertos por los bombardeos constantes de los B-29 yanquis, el gobierno liderado por Harry Truman decidió jugar su carta más poderosa: la bomba atómica.
A las 2 de la madrugada del 6 de agosto de 1945, el B-29 Enola Gay del Escuadrón de bombardeo 393d, despegó de la base ubicada en las islas Marianas del Norte, a unas seis horas de vuelo del objetivo. En su interior, transportaba la pesada bomba, cuyo secreto estaba en ese “corazón” de uranio, cuyas partículas en fisión podrían desatar un infierno de fuego.
Apenas pasadas las 7 de la mañana, las sirenas que preanunciaban los bombardeos, comenzaron a sonar en Hiroshima. Recién a las 8.15, se lanzó la bomba atómica. 600 metros antes de tocar el piso, el mecanismo de detonación entró en funcionamiento. El aire se recalentó a miles de grados y todo rastro de vida fue reducido a polvo en la zona del blanco.
Según los datos más difundidos, unas 70.000 personas murieron instantáneamente. Así, de un solo disparo, los yanquis habían matado a un tercio de la población civil de Hiroshima. Para fin de ese año, ya habían muerto otras 50.000 personas más. Al iniciarse la década de 1950, los muertos por la bomba atómica en Hiroshima ya eran 200.000.
Tres días después, y mientras Japón aún no terminaba de entender lo ocurrido con la ciudad que literalmente habían borrado del mapa, los Estados Unidos lanzaron una segunda bomba, esta vez sobre Nagasaki, causando otras 80.000 muertes. Las bombas atómicas causaron el fin de la Segunda Guerra Mundial, Japón, estupefacto, se rindió sin pedir condiciones. En un mundo tristemente plagado de genocidios, Estados Unidos había inventado uno nuevo, el genocidio atómico.
Pablo Camogli
Un video que repasa el horror de la bomba, con imágenes muy crudas
Para cerrar, les dejo esta hermosa canción compuesta por Ney Matogrosso:
NUNCA OLVIDEMOS LO BÁRBARO Y CRUEL QUE PUEDE SER EL SER HUMANO