Lo que nos hace duraderos
Delante de la hoja en blanco todo se me hace demasiado superficial, demasiado amargo, demasiado sentimental o demasiado intelectual como para ser escrito.Nada parece lo suficientemente bueno como para empezar a darle forma.
Definitivamente, hoy no es mi día.
Busco mi móvil entre las sábanas revueltas y conecto los auriculares.
Reproductor de música. Listas. Guns N’ Roses. “November Rain”. Play. Cerrar los ojos. Volar.
No sé de música. No tengo ni idea.
Hay muchos grupos y cantantes que me gustan, muchos estilos musicales, muchas canciones, pero no sé decir exactamente por qué me gustan. Solo soy admiradora incondicional de las letras de las canciones del gran Sabina; respecto al resto, siempre encuentro a todo sus más y sus menos.
Cuando escucho música no atiendo a razones, me dejo guiar por lo que me hace sentir cada nota o cada palabra.
Me estremecen, me elevan, me hunden, me ponen, me duelen o me hacen sonreír como una estúpida. Qué más da si el cantante o autor es conocido o desconocido, qué más da si tiene millones de fans o miles de detractores.
Si logra erizar mi piel y hacerme vibrar, la canción ya es bienvenida en mis noches de insomnio, en mis días de nostalgia y melancolía o en cualquier momento en que necesite ese plus de inspiración.
Escuchando Guns N’ Roses no puedo evitar que varios recuerdos asalten mi mente.
Me dejo arrastrar por estas sensaciones, me pierdo en las notas desgarradas que me regalan guitarras y bajo a través de los cascos, y viajo a otros momentos que he vivido.
Esta canción de fondo, vasos que suenan al chocar en un brindis, y ese olor. Huele a vodka y a ginebra, a tabaco, a noches de risas y humo, a vivir en un estado de levitación constante.
Es curioso cómo los olores pueden marcarnos tanto, cómo nuestra memoria puede quedar sellada de por vida, cómo cada vez que percibimos un olor familiar, nuestro cerebro nos regala instantes en que transportarnos a otros días o junto a otras compañías.
Me parece importante tener un olor que te identifique. Al igual que me parece importante compartir canciones con la gente que te rodea: recomendar y aceptar recomendaciones, dedicar música y dejar que te la dediquen.
Las personas van y vienen, entran y salen del camino que recorremos. La mayoría de gente que conocemos y que tenemos el placer o la mala pata de introducir en nuestras vidas está simplemente de paso. Sin embargo, las canciones y los olores son eternos. No mueren, no se olvidan
Cada vez que ese exnovio o exnovia huela el perfume que solías usar para verle, o escuche la canción con la que bailaste por primera o última vez, se acordará de ti. Aunque sea por una décima de segundo, su imaginación volará a tu lado, y revivirá los momentos más intensos que compartiste.
Cada vez que aquel amigo que ahora se encuentra lejos escuche la melodía de aquella canción que tantas veces tarareaste juntos -un himno a la amistad que brindaste - no podrá evitar que una sonrisa ilumine su rostro, y que se permita, por unos momentos, echarte de menos.
Cada vez que algún conocido tenga en sus manos alguna prenda que hayas usado; cada vez que esté con alguien que tenga un olor parecido al tuyo; en la mente de ese conocido aparecerás tú. De esta forma, tu recuerdo siempre, tarde o temprano, asaltará a alguien, que dedicará unos momentos a pensarte.
Quizá es un poco idealista toda esta teoría, discúlpenme si me he excedido en mi romanticismo.
Suelo pensar que los seres humanos tenemos como principal miedo la no transcendencia de nuestras vidas. Tememos que nuestra existencia no sirva para nada, que sea un mero espejismo, que nadie nos eche en falta, que al morir acabe todo y desvanecernos para siempre del mundo. Por esta razón, me gusta imaginar que -aunque haya exagerado previamente, y no sea de forma eterna- nuestra esencia deja huella más allá del presente.
Es por esto, amigos, que les pido que sigamos perfumándonos, que sigamos dedicándonos canciones y tomándonos tiempo para hacerlas nuestras, para interiorizarlas, para que nos hagan vibrar y levitar. No desechemos los recuerdos que nos asaltan cuando algún olor familiar nos invade, aunque estos sean dolorosos.
Al final, es lo que nos hace un poco más especiales, un poco más duraderos.