Columna de la sección Contame una historia del programa Mate Cocido, por la 92.9 Radio Más de Posadas.
La universidad pública argentina siempre se caracterizó por su buen nivel académico, lo que permitió, durante el gobierno peronista, que se comenzara a montar una estructura para el desarrollo de la ciencia en el país. A partir de la creación de diversos organismos públicos, como el Conicet o Fabricaciones Militares Argentinas, la ciencia nacional comenzó a destacarse y se constituyó en vanguardia para todo el continente.
Ni siquiera la dictadura de la Libertadora ni los erráticos gobiernos radicales de Arturo Frondizi y Arturo Illia, había frenado el impulso científico del país. Para mediados de la década de 1960, en las universidades ya se registraba la presencia de los hijos de los obreros que habían ascendido socialmente durante el peronismo. Las universidades y los centros científicos actuaban como disparadores de análisis críticos de la sociedad y, por lo tanto, eran considerados peligrosos por los sectores conservadores y golpistas.
Ni bien se produjo el derrocamiento de Illia, el nuevo presidente, el general Juan Carlos Onganía, desató la represión sobre las universidades. Su primera determinación, fue anular las autonomías e intervenir las universidades. En varias facultades del país, se registraron acciones de resistencia, pero fue en la Universidad de Buenos Aires, la UBA, en donde se produjo un movimiento de rechazo ante la decisión gubernamental.
En la noche del 29 de julio de 1966, hombres del Departamento General de Orden Urbano de la Policía Federal, invadieron cinco edificios de la UBA. En las facultades de Ciencias Exactas y de Filosofía y Letras, las autoridades educativas, docentes y alumnos resistieron la ocupación armada. A Rolando García, decano de Ciencias Exactas, directamente le rompieron la cabeza de un bastonazo, de ahí, para abajo, la represión fue igual de brutal.
Sólo en esa noche, unas 450 personas fueron encarceladas, mientras que numerosos ámbitos educativos, como laboratorios, archivos y bibliotecas, fueron saqueados o destruidos. La Noche de los Bastones largos es el nombre que mejor puede describir aquella imagen, la de una Argentina que reducía la ciencia a bastonazos.
En los meses siguientes, más de 300 profesores y científicos argentinos abandonarían el país, para insertarse laboralmente en otros países de Latinoamérica, Estados Unidos o Europa. Un número incalculable de profesores, académicos y personal universitario, fue cesanteado por cuestiones políticas e ideológicas. En cuestión de semanas, el gobierno de facto había destruido el aparato científico y tecnológico del país.
Durante décadas, la ciencia argentina estuvo a la deriva, tan sólo sostenida en la capacidad académica de nuestros científicos, que debieron trabajar en condiciones de escaso presupuesto y nulo proyecto de país. Esta etapa oscura de nuestro desarrollo, se vincula con aquella noche, la noche en que la ciencia, fue reprimida a bastonazos.
Pablo Camogli
La universidad pública argentina siempre se caracterizó por su buen nivel académico, lo que permitió, durante el gobierno peronista, que se comenzara a montar una estructura para el desarrollo de la ciencia en el país. A partir de la creación de diversos organismos públicos, como el Conicet o Fabricaciones Militares Argentinas, la ciencia nacional comenzó a destacarse y se constituyó en vanguardia para todo el continente.
Ni siquiera la dictadura de la Libertadora ni los erráticos gobiernos radicales de Arturo Frondizi y Arturo Illia, había frenado el impulso científico del país. Para mediados de la década de 1960, en las universidades ya se registraba la presencia de los hijos de los obreros que habían ascendido socialmente durante el peronismo. Las universidades y los centros científicos actuaban como disparadores de análisis críticos de la sociedad y, por lo tanto, eran considerados peligrosos por los sectores conservadores y golpistas.
Ni bien se produjo el derrocamiento de Illia, el nuevo presidente, el general Juan Carlos Onganía, desató la represión sobre las universidades. Su primera determinación, fue anular las autonomías e intervenir las universidades. En varias facultades del país, se registraron acciones de resistencia, pero fue en la Universidad de Buenos Aires, la UBA, en donde se produjo un movimiento de rechazo ante la decisión gubernamental.
En la noche del 29 de julio de 1966, hombres del Departamento General de Orden Urbano de la Policía Federal, invadieron cinco edificios de la UBA. En las facultades de Ciencias Exactas y de Filosofía y Letras, las autoridades educativas, docentes y alumnos resistieron la ocupación armada. A Rolando García, decano de Ciencias Exactas, directamente le rompieron la cabeza de un bastonazo, de ahí, para abajo, la represión fue igual de brutal.
Sólo en esa noche, unas 450 personas fueron encarceladas, mientras que numerosos ámbitos educativos, como laboratorios, archivos y bibliotecas, fueron saqueados o destruidos. La Noche de los Bastones largos es el nombre que mejor puede describir aquella imagen, la de una Argentina que reducía la ciencia a bastonazos.
En los meses siguientes, más de 300 profesores y científicos argentinos abandonarían el país, para insertarse laboralmente en otros países de Latinoamérica, Estados Unidos o Europa. Un número incalculable de profesores, académicos y personal universitario, fue cesanteado por cuestiones políticas e ideológicas. En cuestión de semanas, el gobierno de facto había destruido el aparato científico y tecnológico del país.
Durante décadas, la ciencia argentina estuvo a la deriva, tan sólo sostenida en la capacidad académica de nuestros científicos, que debieron trabajar en condiciones de escaso presupuesto y nulo proyecto de país. Esta etapa oscura de nuestro desarrollo, se vincula con aquella noche, la noche en que la ciencia, fue reprimida a bastonazos.
Pablo Camogli