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Mitología griega (parte I)

Info6/29/2011
La mitología es la religión sin dogmas


Introducción


Los griegos creían que la tierra era plana y circular y que su propio país estaba en el medio; señalaban al monte Olimpo, morada de los dioses, o a Delfos, famosa por su oráculo, como el punto central.
Alrededor de la tierra fluía el río Océano, que corría de sur a norte sobre la mitad occidental de la tierra, y en la dirección opuesta sobre la mitad oriental. De él recibían sus aguas el mar y todos los ríos de la tierra.
Sobre la margen occidental de la tierra, al lado de la corriente del Océano, existía un lugar llamado Campos Elíseos, adonde eran transportados -sin probar la muerte- aquellos mortales que los dioses favorecían, para que gozaran de dicha eterna.
Se suponía que la Aurora, el Sol y la Luna surgían del Océano, del lado oriental, y que marchaban a través del aire, iluminando a dioses y hombres.
La morada de los dioses se hallaba en la cumbre del monte Olimpo, en Tesalia. Un portón de nubes, custodiado por deidades que llevaban el nombre de Estaciones, se abría paso para permitir el traslado de los Celestiales a la tierra y para recibirlos a su regreso.

Divinidades Griegas

Prometeo y Pandora



Antes de que la tierra, el mar y el cielo fueran crwaods, todas las cosas mostraban un solo aspecto, al que damos el nombre de Caos -una masa confusa e informe en la cual dormitaba la simiente de las cosas-. Tierra, mar y aire se hallaban confundidos.
Según Hesíodo, del Caos emergió Gea (la tierra). De generosas formas, dadora de sentido y orden, fue la que creó un escenario seguro para los seres vivientes. Luego suergió Eros (el amor universal). Del Caos en su unión con Eros salieron Erebos (las tinieblas) y Nix (la personificación de la noche). Erebos y Nix engendraron a Éter (la luz celeste) y Hemera (la luz terrestre).
Con la luz, Gea cobró personalidad, pero como no pudo unirse al vacío Caos, comenzó a engendrar sola mientras dormía. Así surgió Urano (el cielo), un ser igual a ella y de igual extensión, quien en un abrazo eterno se aseguró de que Gea fuera una morada celestial, segura y perdurable. Gea engendró también a las altas montañas y a Ponto, el mar profundo.
Urano, influenciado por Eros, deseó unirse a su madre y desde lo alto derramó una lluvia fértil sobre sus hendiduras secretas, naciendo así las hierbas, flores y árboles y la fauna que se alimentó de ellos.
Aún así, nos encontramos en un mundo sin hombres. Dícese que Prometeo tomo un poco de tierra y amasándola con agua, creó al hombre a imagen de los dioses. Le proporcionó una postura erguida, a fin de que, mientras los demás animales agacharan la cabeza y miraran la tierra, él elevara la suya al cielo y contemplara las estrellas.
Prometeo era uno de los Titanes, una raza de gigantes que habitaba la tierra antes que el hombre. A el y a su hermano Epimeteo se les encomendó la tarea de hacer al hombre y de proveer a el y a los animales de los medios necesarios para su conservación. Epimeteo se encargó de hacer esto y Prometeo debía examinar su trabajo cuando estuviese concluido. Epimeteo prosiguió a otorgar a los animales diversos dones, como garras, coraje, alas, fuerza... Pero cuando le tocó el turno al hombre, que debía ser superior a los otros animales, Epimeteo se había quedado sin dones que otorgarle. En su perplejidad recurrió a su hermano, quien encendió su antorcha en la carroza del sol, y volvió con fuego para los hombres. Este don convirtió al hombre en un rival invencible para los demás animales; permitiéndole hacer armas para subyugarlos, herramientas para cultivar la tierra, establecer las artes, acuñar monedas. La mujer aún no había sido creada. La leyenda cuenta que la hizo Zeus, y se la mandó como castigo a Prometeo y su hermano, por haber robado el fuego de los dioses, y al hombre por aceptar el presente. La primera mujer se llamó Pandora. Fue creada en el cielo y cada dios contribuyó con algo para perfeccionarla. Se la transportó a la tierra, y allí fue ofrecida a Epimeteo quien la aceptó con placer, aunque prevenido por su hermano de que recelara de Zeus y sus regalos. Epimeteo tenía en su casa un frasco guardado que contenía elementos nocivos que no había utilizado cuando abasteció al hombre con dones. Pandora fue presa de su curiosidad por saber qué contenía el frasco; quitó la tapa para ver qué contenía e inmediatamente un enjambre de males para el hombre se desperdigo por toda la faz de la tierra, como el reumatismo, la envidia, los cólicos, la venganza. Pandora se apresuró a cerrarlo, pero todo el contenido del frasco ya se había esparcido, con excepción de una sola cosa que yacía en el fondo, la esperanza.

El diluvio

Una vez que el mundo estuvo provisto de habitantes, tuvo lugar una primera edad de inocencia y felicidad, denominada Edad de Oro. Prevalecían la verdad y la justicia, aunque no existían leyes que las fijaran ni magistrados que amenazaran o castigaran. No existían ni espadas ni lanzas ni nada semejante. La tierra proveía al hombre sin que este tuviera que esforzarse en arar y sembrar. La primavera reinaba interrumpidamente, la corriente de los ríos era de vino y leche y los robles destilaban una amarilla miel.
A continuación sobrevino la Edad de Plata. Zeus acortó la primavera y dividió el año en estaciones y surgió la necesidad de viviendas y refugios. No se cosechaba si antes no se había sembrado.
Luego acaeció la Edad de Bronce, de caracter más salvaje pero la peor y más dura fue la Edad de Hierro donde se propagaron el crimen y el horror. Huyeron la modestia, la verdad y el honor y fueron suplantados por el fraude y la astucia, la violencia y el perverso afán de lucro. La tierra comenzó a ser dividida en parcelas. Los hijos deseaban que sus padres murieran para poder quedarse con la herencia; la tierra poco a poco, fue abandonada por los dioses.
Zeus al comprobar el estado de las cosas montó en cólera y convocó a los dioses a una asamblea. Todos obedecieron al llamado y tomaron el camino que conducía al palacio celestial (camino que caualquiera puede ver en una noche clara y se lo denomina Vía Láctea). Zeus se dirigió a la asamblea y expuso el espantoso estado de la tierra, y concluyó por anunciarles su deseo de destruir a todos los habitantes. Resolvió ahogar al mundo. Las nubes estallaron en estampida, cayeron torrentes de lluvia, los ríos se soltaron y se derramaron por la tierra. Fueron arrastrados hombres, ganado, rebaños, casas, templos.
Solamente el Parnaso, de entre todas las montañas sobrepasó las olas; y allí Deucalión y su mujer Pirra, de la estirpe de Prometeo, hallaron refugio.
Zeus, cuando no viera más sobrevivientes que esta pareja, y recordara sus vidas inofensivas y su conducta piadosa, ordenó a los vientos que barrieran las nubes y descubrieran los cielos de la tierra.
Entonces Deucalión se dirigió a Pirra:
-¡Oh esposa mía!, la única mujer sobreviviente ¡ojalá poseyeramos el poder de nuestro antecesor Prometeo, y pudieramos hacer la raza que creó él en un principio!. Pero ya que no lo podemos hacer, acudamos a aquel templo a fin de inquirir a los dioses qué nos resta por hacer.
Entraron al templo, se arrodillaron sobre la tierra y rogaron a la diosa cómo podrían hacer para remediar su situación. El oráculo respondió:
-Salid del templo con la cabeza cubierta y las ropas sueltas, y arrojad tras vosotros los huesos de vuestra madre.
Oyeron las palabras con asombro. Pirra fue la primera en romper el silencio:
-No podemos obedecer; no nos atrevemos a profanar los restos de nuestros padres.
Finalmente habló Deucalión:
-Si mi sagacidad no me engaña podemos obedecer el mandato sin proceder impíamente. La tierra es la gran madre de todos; sus huesos son las piedras, y éstas si podemos arrojarlas detrás de nosotros.
Se cubrieron los rostros, soltaron vestiduras y recogieron piedras que arrojaron detrás de sí. Las piedras comenzaron a ablandarse y a cobrar forma. Gradualmente fueron adquiriendo una ruda semejanza con el aspecto humano, como un bloque a medio hacer en manos de un escultor. Las piedras que fueron arrojadas por la mano del hombre se convirtieron en hombres y las que fueron arrojadas por la mujer, en mujeres.



Apolo y Pitón




El fango con el que estaba cubierta la tierra por las aguas del diluvio produjo una fertilidad desmesurada, que hizo surgir toda clase de frutos , malos como buenos. Entre aquellos apareció Pitón, una serpiente de gran tamaño que aterrorizaba a la gente. Apolo la aniquiló con sus flechas. En conmemoración de esta conquista instituyó los juegos Pitios, en los cuales el vencedor en competencias de fuerza y velocidad o en la carrera de carros, era coronado con una guirnalda de hojas de haya, pues el laurel no había sido adoptado aún por Apolo como su árbol.
La famosa estatua de Apolo llamada Belvedere representa al dios después de esta victoria sobre la serpiente Pitón.

Apolo y Dafne




Dafne fue el primer amor de Apolo. No nació fortuitamente, sino que fue provocado por la malicia de Eros. Apolo lo había visto jugando con su arco y su flecha y, ensoberbecido por su reciente victoria sobre Pitón, le dijo:
-¿Qué tienes que hacer con armas de combate, niño vanidoso? Déjalas para manos diganas de ellas. Conténtate con tu antorcha pequeño, y enciende tu fuego, como tu lo llamas, donde desees, pero no presumas metiéndote con mis armas.
El hijo de Afrodita oyó estás palabras y replicó:
-Tus flechas podrán herir a cualquiera Apolo, pero la mía te herirá a ti.
Dicho esto, extrajo de su aljaba dos flechas de diferente henchura: una para engendrar el amor, la otra para repelerlo. La primera era de oro y de punta aguda, la segunda mocha y con la extremidad guarnecida de plomo. Con la flecha emplomada alcanzó a la ninfa Dafne, hija del dios Peneo, y con la de oro a Apolo. Inmediatamente Apolo se enamoró de la doncella, y ella aborreció la idea de amar. Muchos amantes la pretendieron pero ella los desdeñó a todos. Odiaba la idea del casamiento como si fuera un crimen. Un día le dijo a su padre:
-Queridísimo padre, concédeme este favor: que pueda permanecer siempre célibe, como Artemisa.
Él consistió, pero al mismo tiempo repuso:
-Es tu propio rostro quien no te lo ha de permitir.
Apolo la amaba y anhelaba poseerla. Vio sus ojos brillantes como estrellas; vio sus labios, y no se sintió satisfecho con sólo verlos. Admiró sus manos y sus brazos desnudos, e imaginó más hermoso aun lo que permanecía oculto. La siguió pero ella huyó, más rápida que el viento, y no se demoró un segundo ante sus ruegos.
Aguarda -le decía- no soy un enemigo. Es por amor que te persigo. Me haces desdichado por temor de que te caigas y te lastimes sobre esas piedras, y que yo pueda ser la causa. Zeus es mi padre y yo soy señor de Delfos y Ténedos, y conozco todas las cosas, presentes y futuras. Soy el dios de la medicina y conozco las virtudes de todas las plantas medicinales. ¡Ay de mí! ¡Sufro una dolencia que nadie puede curar!
La ninfa continúo su fuga, sin dejar acabar la súplica. El dios se impacientó al ver que sus galanteos eran rechazados e, impulsado por Eros, le descontó ventaja en la carrera.
De este modo corrían el dios y la virgen: a él le daba alas el amor; a ella se las proporcionaba el miedo. El perseguidor era, sin embargo, el más veloz y la fue alcanzando. La fuerza de la ninfa fue decayendo y, próxima a sucumbir, invocó a su padre, el dio-río:
-Ayúdame Peneo! ¡Abre la tierra para que me oculte, o cambia mi forma que me ha arrastrado a esta situción!
Apenas había acabado de hablar. cuando sus miembros fueron presas de una rigidez total; el pecho fue poco a poco cerrándose en una delicada corteza; sus cabellos se transformaron en hojas y sus brazos en ramas; sus puies se adhirieron al suelo, como raíces y su rostro se transformó en la copa de un árbol. Apolo se detuvo estupefacto. Se abrazó a las ramas y prodigó besos a la madera. Las ramas rehuían el contacto de sus labios.
-Ya que no puedes ser mi mujer -dijo-, serás mi árbol, por cierto. Te usaré como corona; contigo adornaré mi arpa y mi aljaba. Y así como yo poseo eterna juventud, tu permanecerás siempre verde, y tu follaje jamás se marchitará.
La ninfa trocada en laurel, inclinó la cabeza en señal de reconocimiento.


La edad del mito. Mitos Greco-Romanos. Thomas Bulfinch
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