Fernanda Pauli tiene 23 años, vive en Tucumán, y es la primera mujer en el mundo que podría recibir una acusación penal por sonreír. Un conductor la miró, se desconcentró y su auto fue a parar contra un poste. La declaración de Fernanda, un mural maravilloso.
-¿Usted me está diciendo que la culpa de su choque la tiene esta chica sólo por qué sonrió?
-Porque sonrió y me miró-, le contesta el contador Marcelo Greco al agente del seguro de automóviles La Provincial.
-¿Pero qué tiene que ver eso con su choque?
- Me distrajo, le repito. No pude dejar de mirarla. Usted no entiende porque no estaba ahí. Es como si alguien me hubiera tirado una botella al parabrisas, lo mismo. Es el mismo efecto hipnótico. Yo no tengo la culpa. Pago todos los meses el seguro así que ustedes tendrán que hacerse cargo de los gastos de reparación del auto- dice Greco con total naturalidad y se inclina sobre el respaldo de la silla.-De todos los gastos. Suman $9.700.
—-
Fernanda Pauli camina por la vereda de calle 25 de Mayo con su carpeta apretada contra el pecho. Con los auriculares blancos en las orejas escucha Let it be. Y con el celular en la mano espera, sin muchas ansias pero sí atenta, un mensaje de texto.
Mientras camina piensa que esa noche hervirá zapallitos verdes porque la carne cada vez le gusta menos. También que el sábado llevará a pasear a su perro y a los perros de unas amigas a la plaza San Martín, en Barrio Sur. Y se acuerda de que, otra vez, no compró cospeles para poder viajar en colectivo.
La noche anterior Fernanda se acostó a las tres, luego de recibir cientos de besos que no repitieron lugar en su piel. Se acostó y soñó. Y de ese sueño no recordará imágenes, sólo un sentimiento de paz. Cuando se despertó se hizo un té, agarró la carpeta y los auriculares y se fue.
Al salir de clases de la Facultad de Filosofía, caminó hasta el centro de la ciudad porque había sol. Y el Sol, dice María Fernanda, es lo más. Colgada, se demoró en el centro. Y antes de llegar a la calle Santiago, a las 17.54, recibió el mensaje de texto:
“Mi casa es un desastre sin tu risa”
Lo leyó y sonrió. Y cuando Fernanda sonreía aumentaban las acciones argentinas en las bolsas de comercio del mundo. La jovencita levantó la mirada como buscando a alguien y sin dejar de sonreir vio a los autos que pasaban. Dos segundos después ocurrió el choque.
—-
Marcelo Greco, de 57 años, contador, ejecutivo y casado. Tiene una maestría en Conservación de modelos burocráticos establecidos y desde hace 36 años trabaja en la misma oficina de la Administración Federal de Ingresos Públicos.
Usa dos colores de corbata, rojo y azul, siempre sobre sus camisas celestes. Los domingos de primavera se calza su remera blanca. Desayuna siempre en la misma taza.
Maneja un wv Gol, color azul, modelo 2002, que lava todos los sábados y que casi siempre tiene lleno el tanque de nafta.
Greco sale de su estudio con un portafolio negro y ancho y, esta vez, con una corbata roja. Se sube a su auto y toma por 25 de Mayo. Antes de llegar a la calle Santiago pierde el control y el auto termina estampado con un poste de luz.
Se baja, sin lesiones, y mete un portazo. Mira a una chica que está en la vereda del frente y le grita:
-¡¿Qué hacés?! ¡¿Pero qué mierda hacés?! ¡No podés sonreir así en plena luz del día, carajo!– le reclama con la mano derecha en alto.
Fernanda se lleva el celular al pecho, abre los ojos grandes y no puede dejar de sonreir mientras levanta los hombros y niega con la cabeza.
—-
-Le digo que ella me distrajo. La culpa del choque es de ella, de un tercero, así que ustedes o no sé quién tienen que hacerse cargo de los costos de la reparación- le dice Greco al agente del seguro.
-Señor…
-Qué señor, ni señor ¡Las pelotas! Bien sabe de lo que le hablo. Bien sabe de lo fuerte que pueden ser las distracciones externas.
-Mire Greco, la Provincial Seguros, ni ningún otro seguro en este país, le cubriría este requerimiento.
-Pero debería. Ahora dígame si nunca le pasó que casi choca por mirar una chica en la calle mientras maneja. Dígame si no le pasó. Dígamelo…
-Bueno….
-¡¿Bueno qué?! No sea cagón y admítalo. Claro, yo sé cómo se manejan ustedes. Sin dudas, la principal causa de accidentes en el centro tucumano se debe a que los pobres hombres nos distraemos con las mujeres que pasan. Pero ustedes prefieren hacerse los pelotudos si no tendrían que pagar un montón de arreglos y su negocio no sería rentable. Así funcionan ustedes, haciéndose los pelotudos ante las causas principales de los accidentes. Pero a mí, a mí, no me la van a hacer.
-Señor si se distrae o no al manejar depende de usted.
-¿De mí?- lo increpa Greco y lo mira a los ojos. ¿De mí? Escúcheme… ¿cómo me dijo que es su nombre?
-Martínez.
-Escúcheme Martínez. Usted como yo, bien sabe lo que causan las mujeres. Entre bomberos… Así que vamos, vamos. Más de uno habrá venido acá y le habrá dicho que el de adelante frenó de golpe, cuando en realidad el que se distrajo con las piernas que se escapaban de una minifalda fue él. Yo no le voy a venir acá con un invento, Martínez.
-Si usted hubiera dicho algo así todo sería más fácil; su auto ya estaría en el taller y nosotros le cubriríamos los gastos. Pero vino con esto de la sonrisa y qué se yo.
-Martínez, si usted hubiera visto esa sonrisa no hubiera podido negarla. Créame, Martínez. Ni por los diez mil pesos que vale el arreglo del auto, Martínez.
—-
Ante la insistencia de Greco, esa tarde llamaron a Fernanda desde el seguro. Y ella, que nada sabe de papeles ni de declaraciones, llamó a una amiga y ambas pintaron, como respuesta a la denuncia, este mural en el comedor de su departamento.
-¿Usted me está diciendo que la culpa de su choque la tiene esta chica sólo por qué sonrió?
-Porque sonrió y me miró-, le contesta el contador Marcelo Greco al agente del seguro de automóviles La Provincial.
-¿Pero qué tiene que ver eso con su choque?
- Me distrajo, le repito. No pude dejar de mirarla. Usted no entiende porque no estaba ahí. Es como si alguien me hubiera tirado una botella al parabrisas, lo mismo. Es el mismo efecto hipnótico. Yo no tengo la culpa. Pago todos los meses el seguro así que ustedes tendrán que hacerse cargo de los gastos de reparación del auto- dice Greco con total naturalidad y se inclina sobre el respaldo de la silla.-De todos los gastos. Suman $9.700.
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Fernanda Pauli camina por la vereda de calle 25 de Mayo con su carpeta apretada contra el pecho. Con los auriculares blancos en las orejas escucha Let it be. Y con el celular en la mano espera, sin muchas ansias pero sí atenta, un mensaje de texto.
Mientras camina piensa que esa noche hervirá zapallitos verdes porque la carne cada vez le gusta menos. También que el sábado llevará a pasear a su perro y a los perros de unas amigas a la plaza San Martín, en Barrio Sur. Y se acuerda de que, otra vez, no compró cospeles para poder viajar en colectivo.
La noche anterior Fernanda se acostó a las tres, luego de recibir cientos de besos que no repitieron lugar en su piel. Se acostó y soñó. Y de ese sueño no recordará imágenes, sólo un sentimiento de paz. Cuando se despertó se hizo un té, agarró la carpeta y los auriculares y se fue.
Al salir de clases de la Facultad de Filosofía, caminó hasta el centro de la ciudad porque había sol. Y el Sol, dice María Fernanda, es lo más. Colgada, se demoró en el centro. Y antes de llegar a la calle Santiago, a las 17.54, recibió el mensaje de texto:
“Mi casa es un desastre sin tu risa”
Lo leyó y sonrió. Y cuando Fernanda sonreía aumentaban las acciones argentinas en las bolsas de comercio del mundo. La jovencita levantó la mirada como buscando a alguien y sin dejar de sonreir vio a los autos que pasaban. Dos segundos después ocurrió el choque.
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Marcelo Greco, de 57 años, contador, ejecutivo y casado. Tiene una maestría en Conservación de modelos burocráticos establecidos y desde hace 36 años trabaja en la misma oficina de la Administración Federal de Ingresos Públicos.
Usa dos colores de corbata, rojo y azul, siempre sobre sus camisas celestes. Los domingos de primavera se calza su remera blanca. Desayuna siempre en la misma taza.
Maneja un wv Gol, color azul, modelo 2002, que lava todos los sábados y que casi siempre tiene lleno el tanque de nafta.
Greco sale de su estudio con un portafolio negro y ancho y, esta vez, con una corbata roja. Se sube a su auto y toma por 25 de Mayo. Antes de llegar a la calle Santiago pierde el control y el auto termina estampado con un poste de luz.
Se baja, sin lesiones, y mete un portazo. Mira a una chica que está en la vereda del frente y le grita:
-¡¿Qué hacés?! ¡¿Pero qué mierda hacés?! ¡No podés sonreir así en plena luz del día, carajo!– le reclama con la mano derecha en alto.
Fernanda se lleva el celular al pecho, abre los ojos grandes y no puede dejar de sonreir mientras levanta los hombros y niega con la cabeza.
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-Le digo que ella me distrajo. La culpa del choque es de ella, de un tercero, así que ustedes o no sé quién tienen que hacerse cargo de los costos de la reparación- le dice Greco al agente del seguro.
-Señor…
-Qué señor, ni señor ¡Las pelotas! Bien sabe de lo que le hablo. Bien sabe de lo fuerte que pueden ser las distracciones externas.
-Mire Greco, la Provincial Seguros, ni ningún otro seguro en este país, le cubriría este requerimiento.
-Pero debería. Ahora dígame si nunca le pasó que casi choca por mirar una chica en la calle mientras maneja. Dígame si no le pasó. Dígamelo…
-Bueno….
-¡¿Bueno qué?! No sea cagón y admítalo. Claro, yo sé cómo se manejan ustedes. Sin dudas, la principal causa de accidentes en el centro tucumano se debe a que los pobres hombres nos distraemos con las mujeres que pasan. Pero ustedes prefieren hacerse los pelotudos si no tendrían que pagar un montón de arreglos y su negocio no sería rentable. Así funcionan ustedes, haciéndose los pelotudos ante las causas principales de los accidentes. Pero a mí, a mí, no me la van a hacer.
-Señor si se distrae o no al manejar depende de usted.
-¿De mí?- lo increpa Greco y lo mira a los ojos. ¿De mí? Escúcheme… ¿cómo me dijo que es su nombre?
-Martínez.
-Escúcheme Martínez. Usted como yo, bien sabe lo que causan las mujeres. Entre bomberos… Así que vamos, vamos. Más de uno habrá venido acá y le habrá dicho que el de adelante frenó de golpe, cuando en realidad el que se distrajo con las piernas que se escapaban de una minifalda fue él. Yo no le voy a venir acá con un invento, Martínez.
-Si usted hubiera dicho algo así todo sería más fácil; su auto ya estaría en el taller y nosotros le cubriríamos los gastos. Pero vino con esto de la sonrisa y qué se yo.
-Martínez, si usted hubiera visto esa sonrisa no hubiera podido negarla. Créame, Martínez. Ni por los diez mil pesos que vale el arreglo del auto, Martínez.
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Ante la insistencia de Greco, esa tarde llamaron a Fernanda desde el seguro. Y ella, que nada sabe de papeles ni de declaraciones, llamó a una amiga y ambas pintaron, como respuesta a la denuncia, este mural en el comedor de su departamento.