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En la reciente historia de la portada de The Atlantic, Jeffrey Goldberg remarca que cuando Barack Obama entró por primera vez a la Casa Blanca, con largas guerras en curso en Afganistán e Irak dejadas por W. Bush, “él no estaba buscando nuevos dragones para matar”. sino todo lo contrario: encajar en el molde, es lo que Goldberg argumenta de un “presidente encargado de reducir los gastos y elegido para reducir los compromisos de Estados Unidos en el extranjero y delegar responsabilidades a los aliados. Sin embargo el lector podría ser perdonado por pensar que los dragones se han mantenido obstinadamente, e incluso multiplicado, durante el mandato de Obama.
Por citar simplemente algunos ejemplos recientes: en octubre, el presidente autorizó el primer despliegue sostenido de Fuerzas de Operaciones Especiales estadounidenses en Siria para complementar su campaña área contra el Estado Islámico. En enero, surgieron informes de que la administración de Obama estaba reconsiderando la retirada de las tropas en Afganistán, dado el deterioro de la seguridad allí, y considerando el envío de más tropas a Iraq y Siria. El próximo mes, Obama dio a conocer su presupuesto de defensa que incluía un incremento de 2.5 mil millones de dólares más respecto al presupuesto del anterior año para así expandir la guerra contra ISIS en África norte oeste, y miles de millones más para el envío de armas pesadas, vehículos blindados y otros equipamientos hacia Europa central y oriental para contrarrestar la agresión rusa. En las últimas semanas, nos hemos enterado de los planes del Pentágono de enviar asesores militares a Nigeria contra el grupo yihadista de Boko Haram y lanzar una ofensiva aérea en Libia contra el Estado Islámico. Bombardeos estadounidenses mataron recientemente 150 presuntos militantes en Somalía y más de 40 en Libia. Por una medida, el ejército estadounidense está participando activamente en más países que cuando Obama asumió el cargo.
No se suponía que tenía que ser así. Aunque Obama nunca se presentó como un candidato pacifista, su campaña presidencial 2007-2008 se basaba en parte en la promesa de acabar con la guerra de Irak y proseguir adecuadamente la guerra en Afganistán. En marzo del 2008 afirmó lo siguiente de Irak : “Cuando sea comandante, el primer día estableceré un nuevo objetivo: voy a terminar con esta guerra.” Más tarde en ese mismo año, enumeró sus dos primeras prioridades para hacer de Estados Unidos un lugar más seguro, “acabar la guerra en Irak responsablemente” y “terminar la lucha contra al-Quaeda y los talibanes”. El presidente también prometió una política exterior que se basara más en la diplomacia y menos en el poder militar en su primer discurso inaugural, además contando a su audiencia que “nuestro poder crecer mediante su uso prudente; nuestra seguridad emana de la inmensidad de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo, las cualidades atenuantes de la humildad y la moderación”. Mucho antes del tumulto de la primavera árabe y sus consecuencias, Obama ofreció extender su mano a aquellos dispuestos a abrir su puño.
En muchos sentidos, Obama ha cumplido su palabra. Acabó con la Operación Libertad Iraquí y la Operación Libertad Duradera –las misiones de combate en Irak y Afganistán respectivamente, que Bush le había dejado- y redujo drásticamente el número de soldados americanos desde su máximo en ambos países. En medio de la primavera árabe, el presidente dirigió una campaña militar contra el dictador libio Muammar al-Qaddafi con el apoyo de las Naciones Unidas y una coalición multinacional. Él ha sido reacio a intervenir en la guerra civil siria de manera significativa a pesar de una intensa presión tanto desde dentro como fuera de su administración. En 2013, Obama anunció su intención de “alejar Estados Unidos de guerras permanentes”, afirmando: “nuestro esfuerzo sistemático para desmantelar las organizaciones terroristas debe continuar; pero esta guerra, como todas las guerras, debe acabar”. Y Obama ha mostrado en repetida ocasiones su compromiso con la diplomacia restableciendo relaciones con Birmania y Cuba, y llevando a cabo un acuerdo nuclear con Irán.
Y, sin embargo, mientras que la huella militar de Estados Unidos en el extranjero es más débil hoy en día que cuando Obama asumió su cargo, también está más dispersada. Sin contar la probable expansión de la campaña contra ISIS en Libia y otras partes de África en un futuro próximo, el ejército estadunidense, según mis cálculos, se está involucrando en más países ahora que cuando Obama llegó a ser presidente en 2009, aunque en diferentes niveles.
Para ser justos, la definición de “implicación militar” es difícil, en parte porque hay muchos niveles de compromiso sin la intervención militar e invasión a gran escala, y en parte porque gran parte de la actividad militar de Estados Unidos se hace desde las sombras. Es por eso que, al ser consultado Anthony Cordesman del Centro de Estudios Estratégicos e Internacional (CSIS) y Chris Harmer del Instituto de Estudios de Guerra, he limitado la definición de la implicación militar a los países que Estados Unidos está constantemente bombardeando (abiertamente o de forma encubierta); donde las regulares tropas estadounidenses están comprometidas en el combate, o donde las regulares tropas estadounidenses están propiciando servicios de inteligencia, vigilancia y reconocimiento de apoyo a otra fuerza militar que está comprometida en el combate. Según esta definición, los Estados Unidos están actualmente luchando en aproximadamente ocho países. (Por el bien de mi salud mental, mi definición excluye las fuerzas de operaciones especiales; Ken McGraw, portavoz del Comando de Fuerzas Especiales, o SOCOM, me dijo que a principios de febrero el personal de Operaciones Especiales fue desplegado en 82 países en aquella semana solamente.)
Estos ochos teatros abarcan la continuación del conflicto en Afganistán; guerras con aviones en Pakistán, Somalia y Yemen; la campaña contra ISIS en Irak y Siria; y dos misiones de asesoría y asistencia –una contra Boko Haram, el cual al menos es un afiliado al ISIS en Camerún, y otro contra el Ejército de la Resistencia del Señor liderado por Joseph Kony en Uganda y países vecinos. Eso es más del doble de los países que se ajustan a mi definición de implicación militar por parte de Estados Unidos en enero de 2009, cuando abarcaba guerras actuales en Afganistán e Irak y una incipiente guerra con drones en Pakistán.
Otros indicadores también sugieren que el país no ha abandonado su pie de guerra bajo la administración de Obama. Como candidato, Obama argumentó que la guerra en Irak representaba un coste desorbitado para el pueblo estadounidense. A lo largo de su presidencia, sin embargo, los militares estadounidenses habrán dispuesto de más dinero para iniciativas relacionadas con la guerra que en los tiempos de Bush: 866 mil millones de dólares bajo Obama comparado con 811 mil millones de dólares durante el mandato de Bush. (La medición de gastos relacionados con la guerra también es difícil, pero el Departamento de Defensa del Libro Verde ofrece las cifras más fiables, según Todd Harrison del CSIS, estas cifras no tienen en cuenta los fondos relacionados con guerra del departamento de Estado o los del USAID.) Vale la pena señalar que los gastos anuales han disminuido en los últimos años con el fin de la guerra en Irak y la desescalada de la guerra en Afganistán.
De una manera importante, Obama ha cumplido con su promesa de alejar América de la guerra y hacer más seguros a los estadounidenses. El número de bajas en las tropas estadounidenses bajo la administración Obama es significativamente más baja que la de Bush. Durante la administración Bush, solamente la guerra de Irak cobró 4.229 vidas estadunidenses; la guerra de Afganistán 635 vidas más.
A pesar del aumento de bajas en Afganistán durante el mandato de Obama, en gran parte debido a un aumento de soldados en su primer mandato, el presidente ha presidido una disminución de casi 60 por ciento en el número total de pérdidas de soldados. En los 20 meses desde que los Estados Unidos empezaron su campaña contra ISIS, ha habido solamente 15 víctimas estadounidenses, la más reciente hace sólo un par de semanas.
Esta disminución de las bajas tiene mucho que ver con una marcada preferencia de Obama de utilizar ataques aéreos o fuerzas de operaciones especiales en vez de un gran número de infantería. Como Goldberg ha señalado, Obama se ha convertido en “el cazador de terroristas más exitoso en la historia de la presidencia”. Mientras que Bush lanzó 51 ataques aéreos contra supuestos terroristas en Pakistán, por ejemplo, Obama ha desatado 372, según los datos recogidos por la Oficina de Periodismo de Investigación. (Sin embargo la frecuencia de estos ataques ha estado decreciendo desde 2010.) De acuerdo con el mismo conjunto de datos, Obama ha autorizado al menos 112 ataques en Yemen y 19 en Somalia. Bush lanzó un solo ataque solitario en Yemen durante su entera presidencia.
Obama también ha abrazado las fuerzas de operaciones especiales. En el año fiscal 2014, las fuerzas de operaciones especiales estadounidenses se han desplegado en 133 países, aproximadamente el 70 por ciento del mundo entero, según The Nation. El general Joseph Votel, comandante del SOCOM, ha afirmado que: “el comando está en su zenit absoluto. Es de hecho una era dorada para las operaciones especiales”. El tamaño del SOCOM se ha ampliado en casi un 25 por ciento desde que Obama asumió el cargo, aumentando de 55.800 personas a 69.700, según McGraw de SOCOMO.
En otras palabras: los dragones persisten, pero los cazadores de dragones tienden a operar en el aire o en las sombras.[
Obama Promised to End America’s Wars –Has He?
Edward Delman. The Atlantic.
Traducido por redacción elmundosiglo21.com
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En la reciente historia de la portada de The Atlantic, Jeffrey Goldberg remarca que cuando Barack Obama entró por primera vez a la Casa Blanca, con largas guerras en curso en Afganistán e Irak dejadas por W. Bush, “él no estaba buscando nuevos dragones para matar”. sino todo lo contrario: encajar en el molde, es lo que Goldberg argumenta de un “presidente encargado de reducir los gastos y elegido para reducir los compromisos de Estados Unidos en el extranjero y delegar responsabilidades a los aliados. Sin embargo el lector podría ser perdonado por pensar que los dragones se han mantenido obstinadamente, e incluso multiplicado, durante el mandato de Obama.
Por citar simplemente algunos ejemplos recientes: en octubre, el presidente autorizó el primer despliegue sostenido de Fuerzas de Operaciones Especiales estadounidenses en Siria para complementar su campaña área contra el Estado Islámico. En enero, surgieron informes de que la administración de Obama estaba reconsiderando la retirada de las tropas en Afganistán, dado el deterioro de la seguridad allí, y considerando el envío de más tropas a Iraq y Siria. El próximo mes, Obama dio a conocer su presupuesto de defensa que incluía un incremento de 2.5 mil millones de dólares más respecto al presupuesto del anterior año para así expandir la guerra contra ISIS en África norte oeste, y miles de millones más para el envío de armas pesadas, vehículos blindados y otros equipamientos hacia Europa central y oriental para contrarrestar la agresión rusa. En las últimas semanas, nos hemos enterado de los planes del Pentágono de enviar asesores militares a Nigeria contra el grupo yihadista de Boko Haram y lanzar una ofensiva aérea en Libia contra el Estado Islámico. Bombardeos estadounidenses mataron recientemente 150 presuntos militantes en Somalía y más de 40 en Libia. Por una medida, el ejército estadounidense está participando activamente en más países que cuando Obama asumió el cargo.
No se suponía que tenía que ser así. Aunque Obama nunca se presentó como un candidato pacifista, su campaña presidencial 2007-2008 se basaba en parte en la promesa de acabar con la guerra de Irak y proseguir adecuadamente la guerra en Afganistán. En marzo del 2008 afirmó lo siguiente de Irak : “Cuando sea comandante, el primer día estableceré un nuevo objetivo: voy a terminar con esta guerra.” Más tarde en ese mismo año, enumeró sus dos primeras prioridades para hacer de Estados Unidos un lugar más seguro, “acabar la guerra en Irak responsablemente” y “terminar la lucha contra al-Quaeda y los talibanes”. El presidente también prometió una política exterior que se basara más en la diplomacia y menos en el poder militar en su primer discurso inaugural, además contando a su audiencia que “nuestro poder crecer mediante su uso prudente; nuestra seguridad emana de la inmensidad de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo, las cualidades atenuantes de la humildad y la moderación”. Mucho antes del tumulto de la primavera árabe y sus consecuencias, Obama ofreció extender su mano a aquellos dispuestos a abrir su puño.
En muchos sentidos, Obama ha cumplido su palabra. Acabó con la Operación Libertad Iraquí y la Operación Libertad Duradera –las misiones de combate en Irak y Afganistán respectivamente, que Bush le había dejado- y redujo drásticamente el número de soldados americanos desde su máximo en ambos países. En medio de la primavera árabe, el presidente dirigió una campaña militar contra el dictador libio Muammar al-Qaddafi con el apoyo de las Naciones Unidas y una coalición multinacional. Él ha sido reacio a intervenir en la guerra civil siria de manera significativa a pesar de una intensa presión tanto desde dentro como fuera de su administración. En 2013, Obama anunció su intención de “alejar Estados Unidos de guerras permanentes”, afirmando: “nuestro esfuerzo sistemático para desmantelar las organizaciones terroristas debe continuar; pero esta guerra, como todas las guerras, debe acabar”. Y Obama ha mostrado en repetida ocasiones su compromiso con la diplomacia restableciendo relaciones con Birmania y Cuba, y llevando a cabo un acuerdo nuclear con Irán.
Y, sin embargo, mientras que la huella militar de Estados Unidos en el extranjero es más débil hoy en día que cuando Obama asumió su cargo, también está más dispersada. Sin contar la probable expansión de la campaña contra ISIS en Libia y otras partes de África en un futuro próximo, el ejército estadunidense, según mis cálculos, se está involucrando en más países ahora que cuando Obama llegó a ser presidente en 2009, aunque en diferentes niveles.
Para ser justos, la definición de “implicación militar” es difícil, en parte porque hay muchos niveles de compromiso sin la intervención militar e invasión a gran escala, y en parte porque gran parte de la actividad militar de Estados Unidos se hace desde las sombras. Es por eso que, al ser consultado Anthony Cordesman del Centro de Estudios Estratégicos e Internacional (CSIS) y Chris Harmer del Instituto de Estudios de Guerra, he limitado la definición de la implicación militar a los países que Estados Unidos está constantemente bombardeando (abiertamente o de forma encubierta); donde las regulares tropas estadounidenses están comprometidas en el combate, o donde las regulares tropas estadounidenses están propiciando servicios de inteligencia, vigilancia y reconocimiento de apoyo a otra fuerza militar que está comprometida en el combate. Según esta definición, los Estados Unidos están actualmente luchando en aproximadamente ocho países. (Por el bien de mi salud mental, mi definición excluye las fuerzas de operaciones especiales; Ken McGraw, portavoz del Comando de Fuerzas Especiales, o SOCOM, me dijo que a principios de febrero el personal de Operaciones Especiales fue desplegado en 82 países en aquella semana solamente.)
Estos ochos teatros abarcan la continuación del conflicto en Afganistán; guerras con aviones en Pakistán, Somalia y Yemen; la campaña contra ISIS en Irak y Siria; y dos misiones de asesoría y asistencia –una contra Boko Haram, el cual al menos es un afiliado al ISIS en Camerún, y otro contra el Ejército de la Resistencia del Señor liderado por Joseph Kony en Uganda y países vecinos. Eso es más del doble de los países que se ajustan a mi definición de implicación militar por parte de Estados Unidos en enero de 2009, cuando abarcaba guerras actuales en Afganistán e Irak y una incipiente guerra con drones en Pakistán.
Otros indicadores también sugieren que el país no ha abandonado su pie de guerra bajo la administración de Obama. Como candidato, Obama argumentó que la guerra en Irak representaba un coste desorbitado para el pueblo estadounidense. A lo largo de su presidencia, sin embargo, los militares estadounidenses habrán dispuesto de más dinero para iniciativas relacionadas con la guerra que en los tiempos de Bush: 866 mil millones de dólares bajo Obama comparado con 811 mil millones de dólares durante el mandato de Bush. (La medición de gastos relacionados con la guerra también es difícil, pero el Departamento de Defensa del Libro Verde ofrece las cifras más fiables, según Todd Harrison del CSIS, estas cifras no tienen en cuenta los fondos relacionados con guerra del departamento de Estado o los del USAID.) Vale la pena señalar que los gastos anuales han disminuido en los últimos años con el fin de la guerra en Irak y la desescalada de la guerra en Afganistán.
De una manera importante, Obama ha cumplido con su promesa de alejar América de la guerra y hacer más seguros a los estadounidenses. El número de bajas en las tropas estadounidenses bajo la administración Obama es significativamente más baja que la de Bush. Durante la administración Bush, solamente la guerra de Irak cobró 4.229 vidas estadunidenses; la guerra de Afganistán 635 vidas más.
A pesar del aumento de bajas en Afganistán durante el mandato de Obama, en gran parte debido a un aumento de soldados en su primer mandato, el presidente ha presidido una disminución de casi 60 por ciento en el número total de pérdidas de soldados. En los 20 meses desde que los Estados Unidos empezaron su campaña contra ISIS, ha habido solamente 15 víctimas estadounidenses, la más reciente hace sólo un par de semanas.
Esta disminución de las bajas tiene mucho que ver con una marcada preferencia de Obama de utilizar ataques aéreos o fuerzas de operaciones especiales en vez de un gran número de infantería. Como Goldberg ha señalado, Obama se ha convertido en “el cazador de terroristas más exitoso en la historia de la presidencia”. Mientras que Bush lanzó 51 ataques aéreos contra supuestos terroristas en Pakistán, por ejemplo, Obama ha desatado 372, según los datos recogidos por la Oficina de Periodismo de Investigación. (Sin embargo la frecuencia de estos ataques ha estado decreciendo desde 2010.) De acuerdo con el mismo conjunto de datos, Obama ha autorizado al menos 112 ataques en Yemen y 19 en Somalia. Bush lanzó un solo ataque solitario en Yemen durante su entera presidencia.
Obama también ha abrazado las fuerzas de operaciones especiales. En el año fiscal 2014, las fuerzas de operaciones especiales estadounidenses se han desplegado en 133 países, aproximadamente el 70 por ciento del mundo entero, según The Nation. El general Joseph Votel, comandante del SOCOM, ha afirmado que: “el comando está en su zenit absoluto. Es de hecho una era dorada para las operaciones especiales”. El tamaño del SOCOM se ha ampliado en casi un 25 por ciento desde que Obama asumió el cargo, aumentando de 55.800 personas a 69.700, según McGraw de SOCOMO.
En otras palabras: los dragones persisten, pero los cazadores de dragones tienden a operar en el aire o en las sombras.[
Obama Promised to End America’s Wars –Has He?
Edward Delman. The Atlantic.
Traducido por redacción elmundosiglo21.com
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