No era la primera vez que se encontraban. Tampoco sería la última. Su orgullo, furioso, amordazó al sentimiento dejándolo inmóvil, sentado en el piso, sumido en un llanto agudo y melancólico. En vano lo torturó por horas, mas el sentimiento no abandonaba la pasión que con el tiempo lo había sojuzgado; era incapaz de olvidar.
-¡Te dije que la olvides!- le gritó el orgullo, iracundo, golpeando al sentimiento, cuyas incesables lágrimas alcanzaban el suelo.
-No puedo… ¡Es imposible olvidar!- sollozó el sentimiento, mirándolo allí parado, desconsolado.
El golpe del orgullo esta vez fue más intenso.
-¡Siempre fuiste un cobarde! Te dejás dominar. Sos un esclavo de tu debilidad. ¿Acaso nunca aprendés?
-Lo vale… vale dejarse llevar un poco para ser feliz. Mi debilidad es, a su vez, mi virtud.
El orgullo estalló en risas.
-¿Vos? ¿Feliz? Mirá lo que sos, mirá lo que siempre fuiste… ¿Tenés la osadía de decir que sos feliz?
El semblante del sentimiento se demudó aún más.
-Alguna vez lo fui.
-¿Y lo vale? ¿Quién quiere felicidad si lo que siempre viene último es la tristeza? ¿Quién es tan imbécil para probar ese caramelo sabroso y traicionero que al consumirse trae la muerte inmediata? ¿No hay lugar en vos para la razón? ¡Olvidála! ¡Tenés que olvidarla!- dijo el orgullo lleno de cólera, asestándole un golpe con cada pregunta.
-¡No puedo!
-¡Si podés!
-No puedo pero tampoco quiero. ¿Por qué habría de olvidarla si me dio lo mejor? ¡Recordarla es saber que esos momentos son posibles!
Un puñetazo más. Otro. Con rencor, con bronca, con inescrutable ira.
-¡Recordarla es no vivir! Está tan vivo el que recuerda como el que duerme.
-¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo!
-¡Si podés! ¡Cobarde!- dijo el orgullo, comenzando a llorar él también.- ¡Tu comportamiento es pueril, es débil! ¡Dejá de llorar, superfluo!- sus piernas se debilitaban- ¡Cobarde! ¡Pusilánime!- Cayó desparramado junto al sentimiento, llorando con la misma vehemencia.- ¿Por qué?- le dijo, sus lágrimas empapándolo.- ¿Por qué nos hiciste esto?
-¡Te dije que la olvides!- le gritó el orgullo, iracundo, golpeando al sentimiento, cuyas incesables lágrimas alcanzaban el suelo.
-No puedo… ¡Es imposible olvidar!- sollozó el sentimiento, mirándolo allí parado, desconsolado.
El golpe del orgullo esta vez fue más intenso.
-¡Siempre fuiste un cobarde! Te dejás dominar. Sos un esclavo de tu debilidad. ¿Acaso nunca aprendés?
-Lo vale… vale dejarse llevar un poco para ser feliz. Mi debilidad es, a su vez, mi virtud.
El orgullo estalló en risas.
-¿Vos? ¿Feliz? Mirá lo que sos, mirá lo que siempre fuiste… ¿Tenés la osadía de decir que sos feliz?
El semblante del sentimiento se demudó aún más.
-Alguna vez lo fui.
-¿Y lo vale? ¿Quién quiere felicidad si lo que siempre viene último es la tristeza? ¿Quién es tan imbécil para probar ese caramelo sabroso y traicionero que al consumirse trae la muerte inmediata? ¿No hay lugar en vos para la razón? ¡Olvidála! ¡Tenés que olvidarla!- dijo el orgullo lleno de cólera, asestándole un golpe con cada pregunta.
-¡No puedo!
-¡Si podés!
-No puedo pero tampoco quiero. ¿Por qué habría de olvidarla si me dio lo mejor? ¡Recordarla es saber que esos momentos son posibles!
Un puñetazo más. Otro. Con rencor, con bronca, con inescrutable ira.
-¡Recordarla es no vivir! Está tan vivo el que recuerda como el que duerme.
-¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo!
-¡Si podés! ¡Cobarde!- dijo el orgullo, comenzando a llorar él también.- ¡Tu comportamiento es pueril, es débil! ¡Dejá de llorar, superfluo!- sus piernas se debilitaban- ¡Cobarde! ¡Pusilánime!- Cayó desparramado junto al sentimiento, llorando con la misma vehemencia.- ¿Por qué?- le dijo, sus lágrimas empapándolo.- ¿Por qué nos hiciste esto?