El cuento de la criada, de Margaret Atwood
En un mundo post-apocalíptico los niños sanos son el bien más escaso y las mujeres que todavía son fértiles una minoría. Ambos se convierten por tanto en la mercancía más preciada. Los primeros tienen valor por sí mismos, las segundas en la medida en que todavía demuestren su capacidad para producir. Como todo bien escaso los bebés se convierten en un símbolo de status y por lo tanto se hace necesario regular estrictamente el acceso a los mismos. Por otra parte, no debe permitirse que una característica tan aleatoria como la fecundidad pueda convertirse en fuente de poder para las mujeres que la posean, por lo que lo más sensato es transformarla en todo lo contrario, en una cadena a la que vincular su supervivencia. Primera medida, impedir a las mujeres el trabajo remunerado; segunda medida, despojarlas de todos sus bienes (incluidos por supuesto los hijos ); tercera medida, prohibir totalmente la lectura y la escritura así como el acceso a cualquier fuente de información; cuarta medida, recluirlas en centros de educación, sólo para mujeres, donde puedan estar protegidas de su mayor enemigo, el hombre, y donde puedan ser instruidas para el cumplimiento de su misión sagrada, tener hijos que aseguren la supervivencia de la especie.
Todo acto sexual que no tenga como fin exclusivo la reproducción queda prohibido. A la mujer se le plantean tres alternativas: convertirse en esposa; formar parte de la casta de las criadas, cuya supervivencia depende de la capacidad para engendrar o ser enviada a campos de confinamiento para las no-mujeres. La protagonista de la novela elige la segunda opción; se la despoja de su nombre y pasa a ser llamada Defred, es decir, de la casa de Fred, el comandante al que debe servir como criada, procurando engendrar un hijo que será entregado a la esposa del mismo. Como ser valioso que es, recibirá una adecuada alimentación, se le permitirá un rato de paseo diario acompañada siempre por otra mujer de su misma casta y deberá ir cubierta de arriba abajo por un largo vestido rojo que la identifique, la cabeza cubierta con una ancha toca que le impida mirar y ser mirada.
Se enfrentará, como todas las mujeres de su casta a una mezcla de envidia, adoración y desprecio, debatiéndose entre la opresión, el miedo y el ansia de libertad, espoleada por el recuerdo de un pasado en el que todavía era libre y desde el que era incapaz de imaginar un futuro como el que está viviendo.
La primera reacción al leer la novela será probablemente algo así como: "Esto no podría pasar". Es decir, tanto el tiempo como el lugar de la novela son lo suficientemente cercanos como para que el lector exija de ella que resulte verosímil y, en ese sentido, parece difícil de creer que en un país como Estados Unidos llegue a plantearse una situación semejante..... ¿o no?... esa sería la siguiente reacción, producto de una reflexión más profunda: es obvio que la mayor parte de las situaciones que describe la novela se dan en la actualidad en muchos lugares del planeta, en algunos desde hace siglos, pero en otros, tras haber sufrido una brutal regresión en lo tocante a los derechos de las mujeres. Por tanto, la conclusión sería algo así como "Esto no podría pasar aquí", pero verdaderamente a estas alturas es difícil sostener semejante afirmación.
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De todas maneras la novela es por supuesto una ficción y como tal debe ser leída y juzgada. En ese sentido la autora es una buena escritora que ha construido una buena novela, a pesar de que el argumento de la misma resulte un tanto obvio en su afán reivindicativo . La voz levemente irónica de la protagonista, que narra la historia en primera persona, la construcción de las escenas y de los personajes y sobre todo algunos detalles que salpican la trama, consiguen una obra de lectura francamente agradable