Momias en vida: Sokushinbutsu
Atentados o suicidios colectivos son una prueba de fe y de honor para los miembros de ciertas religiones. En este tipo de prácticas, algunos llegaron más lejos… Hasta hace seis siglos, un grupo de monjes budistas en la provincia japonesa de Yamagata practicaban el Sokushinbutsu o la momificación en vida.

Llegar a volverse un guía espiritual no era sencillo. El sokushinbutsu –voz que significa “consecución de la budeidad en vida”- consistía en un proceso complejo, derivado de una forma de budismo llamada Shugendō. La automomificación se atenía a reglas que habían sido establecidas cientos de años atrás y eran muy severas. El proceso debía durar en total tres mil días, divididos sistemáticamente en tres periodos de mil. El primero hacía foco en la alimentación: los monjes debían someterse a una dieta sumamente estricta. Se mantenían exclusivamente con semillas y frutos secos, con el objeto de reducir al máximo su porcentaje de grasa corporal ya que la grasa, al morir, entra en descomposición rápidamente.

En el segundo lapso de 1000 días, se llevaba a cabo una suerte de envenenamiento voluntario. Se debía ingerir un té tóxico derivado de un árbol llamado Urushi, de la familia de la hiedra. Este brebaje venenoso actuaba como un depurativo: provocaba vómitos en quien lo bebía, supuestamente eliminando así los gusanos del cuerpo. Además, el té hacía que la persona sudara y orinara más de lo normal; sumado al hecho de que no consumían agua, el cuerpo lentamente iba deshidratándose. En consecuencia la piel se agrietaba, pegándose a los huesos, que ya no tenían casi músculo. Poco a poco, el cuerpo se convertía en un cadáver viviente.

Tras este proceso de depuración física, el monje entraba a la tercera etapa, la más difícil: el comenzar a momificarse en vida. Para ello se introducía en una tumba de piedra vertical, cuyo su tamaño era solo un poco más grande que su cuerpo. El religioso debía entonar mantras y colocarse en la posición del loto, de la que no se movería hasta la muerte. Por lo general la cripta se encontraba unos tres metros bajo tierra, y una caña de bambú que atravesaba la tumba por un extremo servía para respirar. Para conectarse con el mundo exterior, el monje se valía de una campana que debía tañer una vez al día en señal de vida. Cuando los compañeros no escucharan el sonido, sabrían que el enterrado habría muerto. Entonces se sacaba la caña para respirar y se procedía a sellar la tumba.

Una vez cegada la cripta, los compañeros del momificado aguardaban mil días más antes de comprobar si la momificación había resultado exitosa. Entonces podían suceder dos cosas: si el cadáver estaba descompuesto, el monje era enterrado con honores, gracias a su valentía y sacrificio. En cambio, si la automomificación se había cumplido correctamente, el cuerpo era colocado en un templo para adorarlo como a un Buda . El honor de convertirse en casi un dios, alcanzando un estado supremo del espíritu, era una de las máximas aspiraciones de un budista. Así, el proceso de momificación en vida estaba reservado solo para unos pocos monjes.

Se supone que fueron varios cientos los monjes que llevaron adelante un proceso de automomificación; no obstante, al día de hoy solo han sido descubiertos alrededor de 20 cadáveres que acusan relación con el sokushinbutsu. En la actualidad esta macabra manera de alcanzar la iluminación divina ya no se practica; los monjes budistas continúan intentándolo mediante silencio, rezos y meditación. Además, en 1909 el emperador Meiji prohibió el sokushinbutsu como parte del apoyo a la religión natural de Japón, el sintoísmo.

En la cultura popular moderna han quedado algunos vestigios del proceso. Por ejemplo, en la serie de animé japonés Inu Yasha, aparece un monje que ha pasado por un ritual de automomificación durante un periodo de guerra, convertido en un Buda viviente para proteger a su pueblo.

Llegar a volverse un guía espiritual no era sencillo. El sokushinbutsu –voz que significa “consecución de la budeidad en vida”- consistía en un proceso complejo, derivado de una forma de budismo llamada Shugendō. La automomificación se atenía a reglas que habían sido establecidas cientos de años atrás y eran muy severas. El proceso debía durar en total tres mil días, divididos sistemáticamente en tres periodos de mil. El primero hacía foco en la alimentación: los monjes debían someterse a una dieta sumamente estricta. Se mantenían exclusivamente con semillas y frutos secos, con el objeto de reducir al máximo su porcentaje de grasa corporal ya que la grasa, al morir, entra en descomposición rápidamente.

En el segundo lapso de 1000 días, se llevaba a cabo una suerte de envenenamiento voluntario. Se debía ingerir un té tóxico derivado de un árbol llamado Urushi, de la familia de la hiedra. Este brebaje venenoso actuaba como un depurativo: provocaba vómitos en quien lo bebía, supuestamente eliminando así los gusanos del cuerpo. Además, el té hacía que la persona sudara y orinara más de lo normal; sumado al hecho de que no consumían agua, el cuerpo lentamente iba deshidratándose. En consecuencia la piel se agrietaba, pegándose a los huesos, que ya no tenían casi músculo. Poco a poco, el cuerpo se convertía en un cadáver viviente.

Tras este proceso de depuración física, el monje entraba a la tercera etapa, la más difícil: el comenzar a momificarse en vida. Para ello se introducía en una tumba de piedra vertical, cuyo su tamaño era solo un poco más grande que su cuerpo. El religioso debía entonar mantras y colocarse en la posición del loto, de la que no se movería hasta la muerte. Por lo general la cripta se encontraba unos tres metros bajo tierra, y una caña de bambú que atravesaba la tumba por un extremo servía para respirar. Para conectarse con el mundo exterior, el monje se valía de una campana que debía tañer una vez al día en señal de vida. Cuando los compañeros no escucharan el sonido, sabrían que el enterrado habría muerto. Entonces se sacaba la caña para respirar y se procedía a sellar la tumba.

Una vez cegada la cripta, los compañeros del momificado aguardaban mil días más antes de comprobar si la momificación había resultado exitosa. Entonces podían suceder dos cosas: si el cadáver estaba descompuesto, el monje era enterrado con honores, gracias a su valentía y sacrificio. En cambio, si la automomificación se había cumplido correctamente, el cuerpo era colocado en un templo para adorarlo como a un Buda . El honor de convertirse en casi un dios, alcanzando un estado supremo del espíritu, era una de las máximas aspiraciones de un budista. Así, el proceso de momificación en vida estaba reservado solo para unos pocos monjes.

Se supone que fueron varios cientos los monjes que llevaron adelante un proceso de automomificación; no obstante, al día de hoy solo han sido descubiertos alrededor de 20 cadáveres que acusan relación con el sokushinbutsu. En la actualidad esta macabra manera de alcanzar la iluminación divina ya no se practica; los monjes budistas continúan intentándolo mediante silencio, rezos y meditación. Además, en 1909 el emperador Meiji prohibió el sokushinbutsu como parte del apoyo a la religión natural de Japón, el sintoísmo.

En la cultura popular moderna han quedado algunos vestigios del proceso. Por ejemplo, en la serie de animé japonés Inu Yasha, aparece un monje que ha pasado por un ritual de automomificación durante un periodo de guerra, convertido en un Buda viviente para proteger a su pueblo.
GRACIAS POR PASAR!!