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Holocausto nazi y dictadura militar (similitudes)

Info•9/26/2011
Hay grandes similitudes entre ambos regímenes, tanto en la siniestra planificación como en los métodos aberrantes con que llevaron adelante sus proyectos. Provoca escalofríos comprobar como la historia se repite, con otros nombres, en otro tiempo y en otra tierra.





TRISTES ANALOGÍAS DE LA HISTORIA


La segunda guerra mundial no habría de ser una más entre las sucesivas guerras que surcaron
la historia de la humanidad. Precisamente, la denominación de “mundial”, le otorga un
carácter universal nunca antes visto, ni aún durante la primera gran guerra. Los millones de
muertos, mutilados y hambrientos que provocó, tampoco. El símbolo que resume el horror de esa guerra, podemos sintetizarlo en un término, hasta
entonces desconocido: “Holocausto”.
Se utilizan al menos cuatro términos para nombrar esa tragedia inmensa que sigue levantando
preguntas sobre el por qué y cómo ocurrió. Expertos en el lenguaje eufemístico, los nazis
hablaban de die endlosung, la “solución final” de su llamado asunto judío. A principios de los
años 40, judíos de Europa del este buscaron en la sagrada escritura y utilizaron la palabra
yiddish churb´n, que significa “destrucción” o el término hebreo sho´ah que quiere decir
“catástrofe”, para nombrar el desastre al que su pueblo se enfrentaba.
“Holocausto”, un término que adquirió importancia en los 50’, sigue siendo el término más
común en el mundo del habla inglesa. Para ejecutar el siniestro plan, el régimen nazi debió
idear, con perversa minuciosidad, una sincronizada y aceitada maquinaria, que le permitiera,
con la mayor “pureza”, llevarlo a cabo.
Se crean así los “campos de concentración”, ambigua y trivial denominación, que se les da a
los centros de vejación, tortura y muerte de millones de personas.
A principios de 1934 se crea el primero de los tristemente célebres campos: Dachau, puesto
bajo el control de las S.S. llegó a ser el modelo de sistemas de campos más ordenados y
horriblemente eficaces


GRUPO DE TAREAS ALEMANAS.
LOS PIONEROS

El partido nazi debía una gran parte de sus primeros éxitos al violento ejército de camisas
pardas las S.A. Las Sturnabteilung (tropas de asalto) o en abreviatura S.A, fueron creadas para
mantener el orden en los mítines y para proteger a los oradores del partido.
Después de la reforma del partido en 1925, las S.A se convirtieron en una valiosa herramienta
de propaganda. Los hombres de las S.A juraron “ganarse las calles” para el partido, vendieron
periódicos, destruyeron panfletos, pegaron carteles y desfilaron en los mítines de masas. Las
S.A disfrutan provocando violentas confrontaciones con los oponentes políticos.
En 1934 sumaban casi 4 millones, planificaban una “segunda revolución” para llegar a ser “el
ejercito del pueblo” por lo que chocaban con los planes del fhurer. Durante la noche del 30
de junio de 1934, Hitler ordenó una campaña de asesinato contra los líderes de la S.A. Entre
las victimas más importante se encontraba el jefe de las S.A : Hernista Rohm.
Gracias a esta purga sus rivales -las S.S – subieron rápidamente al poder.
Para el líder de las S.S., Heinrich Himmler, la exterminación de los judíos era “un derecho
moral”, “una tarea histórica” y “una pagina gloriosa de la historia alemana”. Las S.S llegaron a ser el máximo instrumento de terror de los nazis, así como los portadores
de sus ideales raciales. Esta organización que se conocía con el nombre de Schutzstaffel
(escuadrón de protección) nació en 1925, como escolta personal de Adolf Hitler.
Esencial para la maquinaria nazi era el eficaz trabajo del sistema de trabajo del sistema de
vigilancia del régimen. El servicio de seguridad nazi mantuvo una red de miles de informantes
y hombres de confianza que se inmiscuían en las vidas privadas de todos los alemanes. .
El jefe del S.D fue Reinhard Heydrich, un alto y “rubio monstruo”, con ojos azules que
representaba el ideal ario para Himmler, y quien se convirtió en el mejor espía nazi. Heydrich
recluto para el S.D jóvenes inteligentes, licenciados universitarios, y utilizó sus habilidades
para perfeccionar su red de vigilancia. Entre sus tareas mas letales durante la guerra estaban
los decretos de noche y niebla, según las cuales las victimas desaparecían sin dejar rastro.




LOS GUETOS

La palabra Guetto se usó por primera vez en Venecia, Italia, en 1516 para referirse a un área
de la ciudad ocupada solamente por judíos que habían sido segregados. Los alemanes la
convirtieron en un concepto mucho más mortal. Los Guetos que establecieron
inmediatamente después de su invasión a Polonia en 1939 tenían al principio la finalidad de
ser áreas de concentración transitorias para los judíos, los cuales deberían ser excluidos para
el reasentamiento ario en las áreas anteriormente judías. Posteriormente, la única
“escapatoria” posible de los Guetos era la deportación a campo de concentración de trabajo
forzado o de exterminios construidos en Polonia.
Los nazis establecieron su primer Gueto el 8 de octubre de 1939. Un año más tarde, Kaplan se
encontraba entre los 500 mil judíos que luchaban en Varsovia por sobrevivir en las
deterioradas del Gueto. Afectados por la hambruna, la sordidez, la sobrepoblación y la
desesperación. El Gueto de Varsovia y otros se convirtieron en lugares de sufrimiento y
muerte.
Entre 1942 y 1943, los nazis “liquidaron” los Guetos, deportando y asesinando a sus
habitantes. Kaplan fue vaciado en el campo de exterminio de Teblinka, Polonia.
El Gueto de Varsovia fue el más grande de los organizados en Polonia. Una pequeña sección
de la ciudad, un área de 10 kilómetros cuadrados, albergaba a 500 mil judíos. El Gueto
ocupaba el 2% de la superficie de la ciudad, pero albergaba al 30% de la población. La
inimaginable superpoblación incrementaba los sufrimientos. El 10% murió de inanición y por
las epidemias durante el primer año de existencia del gueto.
. Cada edificio albergaba una medida de 400 personas, en cada habitación vivían unas 6 o 7
personas. Los alambrados que levantaron rápidamente los alemanes dieron paso a un muro de ladrillo de unos 3 metros de altura, coronados con trozos de vidrio. Cerraba toda el área y
tenia una longitud de 18 kilómetros. Unas 20 puertas permitían acceder al mundo exterior.
Los nazis no aportaban suficiente comida, la racionaban a cambio de batallones de trabajo
forzado y de los productos realizados por los artesanos del Gueto.
Sin comida, calefacción y medicinas, cada día morían decenas de residentes del gueto. Se
cree que unos 500 mil residentes de Varsovia perdieron la vida durante la ocupación nazi.









EL GENOCIDIO EN ARGENTINA


El escritor Roberto Arlt los hubiera calificado como “unos turritos”; los porteños de la época
del 30 los hubiesen llamado simplemente “caralisas”; algún tanguero que hubiera conocido
sus aprestos exteriores tal vez les habría puesto el apodo de “cachafaces”. Pero la historia es
siempre más justa y precisa en su devenir que esos calificativos: sin ninguna duda Emilio
Masera, Jorge R. Videla y Orlando R. Agosti, pasaron a ser los más grandes asesinos de toda
la vida de la República.
El golpe de Estado precedió al Estado terrorista. Pero su génesis ocurrió en un incipiente país
industrial que se había construido por generaciones, con niveles altísimos de equidad.
Después llegó el vértigo del terror que se diseminó, como una peste, en la vida cotidiana.
Nada queda en pie, lentamente, mientras algunos de cierta clase media se emborrachaba con
el déme dos, y se manipulaba el deporte y el sentimiento malvinero, el abismo se agigantaba.
Pero para que el plan macabro se llevase a cabo, nuestros vernáculos genocidas, hurgaron en
lo más siniestro de la historia, e hicieron resurgir, como aplicados discípulos, los campos que
sus maestros habían pergeñado cuarenta años antes. Perfeccionaron métodos, y sofisticaron
instrumentos, pero no varió la perversidad y maldad siniestra. “Los grupos de tareas” repitieron prolijamente lo realizado por sus antecesores. Espectros del pasado volvían para
sembrar el terror, en nuestra tierra, en nuestro tiempo.
Como sus antecesores nazis, querían borrar toda vida y vestigio que entorpeciera su proyecto.
Así, el plan fue fríamente ejecutado. El secuestro, la desaparición de personas se volvió
rutina.
Pese a que la junta operacional estableció la pena de muerte, nunca la aplicó y todas estas
ejecuciones fueron clandestinas. En la mayoría de los casos los cadáveres se ocultaban,
enterrados en cementerios como N.N o quemados en fosas comunes. Incluso, muchas víctimas
fueron arrojadas vivas al mar con bloques de cemento atados a sus cuerpos, luego de ser
adormecidos con una inyección. De este modo, todas estas personas empezaron a recibir el
nombre de desaparecidos.
El origen del término “desaparecidos” lo da el represor y genocida Jorge Rafael Videla,
cuando en 1978 y frente a las cámaras de televisión declarara impunemente: “…no están ni
vivos ni muertos, están desaparecidos”.
Las desapariciones fueron muchas, pero el plan apuntaba a aterrorizar al conjunto de la
sociedad. Indefensa ante el Estado aterrorizador se impuso la cultura del miedo.
Con dicha práctica de “desaparición forzada de personas” y con la institucionalización de
campos de concentración y exterminio quedó organizada una modalidad represiva de poder.
Esta modalidad implantó, mediante la violencia y la propaganda grandilocuente, el terror.
La “desaparición”, forma predominante a través de la cual se ejerció la represión política,
alcanzó (al igual que en el genocidio nazi) a personas de todas las edades y condiciones
sociales.












CENTROS CLANDESTINOS DE DETENCION
LA TRÁGICA HISTORIA SE REPITE


La aplicación del terrorismo de Estado por parte de la dictadura requirió de la existencia de
lugares a donde llevar a los detenidos-desaparecidos. Los primeros campos de concentración
aparecen en Tucumán, Tal vez antes del golpe, cuando interviene el ejército en 1975 en el
denominado “operativo independencia” en la lucha contra el ERP.
En estos centros, permanecían en condiciones infrahumanas de detención, sometidos a
torturas y vejámenes, hasta el momento de decidir su destino final, que en algunos casos era
la liberación y en muchos otros (la mayoría) la eliminación física conocida con el eufemismo
del “traslado”. Por allí pasaron miles de hombres y mujeres ilegítimamente privados de su
libertad. Funcionaron más de 360 centros clandestinos de detención, diseminados por todo el país.
Fueron clandestinos para la opinión pública y familiares o allegados, pero su existencia y
funcionamiento solo fueron posibles con el uso de recursos financieros y humanos del Estado.
Estaban ubicados en dependencias de fuerzas de seguridad o en edificios privados que las
fuerzas represivas ocupaban con ese fin en las afueras o en pleno centro de las ciudades.
Algunos de ellos son conocidos con los nombres de fantasía que les asignó la dictadura y otros
con el nombre de la dependencia oficial donde funcionaban.
Según las denuncias realizadas en distintos estamentos judiciales por sobrevivientes y
familiares, en la Ciudad de Buenos Aires, los centros clandestinos de detención fueron: El
Olimpo, Automotores Orletti, Club Atlético, Garaje Azopardo, ESMA, Superintendencia de
Seguridad, Coordinación Federal, Comisarías 6, 11, 17, 18, 22, 26, 29, 35, 36, 27, 39, 43, 44,
y 50, Hospital Militar Central, Hospital Aeronáutico, Edificio Cóndor, Edificio Libertad,
Regimiento de Infantería 1°, Franklin 943, y Virrey Cevallos 630. En el interior del país se
diseminaron a lo largo y ancho, por todas las provincias, siendo Córdoba y Buenos Aires la de
mayor cantidad.








´




Tanto Adolf Hitler, como los dictadores Argentinos del proceso llevado a cabo en 1976, una
vez instalados en el poder debieron tomar una decisión extremadamente urgente: ¿Qué hacer
con los judíos o subversivos? De ahí en más se comenzaron a manejar conceptos como
“solución final” o “traslados”. Antes de eliminar a estos grupos era necesario explotarlos,
robarles bienes, sacarle datos, etc.; para lo cual se necesitaban utilizar lugares que sirvan
como “campos de concentración” o “centros clandestinos de detención y tortura”. En éstos se
sometía a los prisioneros a condiciones deplorables, deshumanizadoras, que debilitaban el
cuerpo y destrozaban el espíritu. Se soportaba una alimentación inadecuada, agua insalubre,
castigos sádicos y torturas (en Alemania, experimentos médicos; en Argentina, picanas y
submarino).
“…La gente vivía y desaparecía de un día a otro en este lugar…”, escribió el superviviente del
holocausto en Auschwitz, Elie Wiesel. Si escuchamos las voces frías y desesperadas que se
hacían oír en todo el País durante el juicio a las juntas, vemos la similitud de los testimonios.
Paraná no fue la excepción, el caso de “La Tapera” es un claro ejemplo de cómo obraban los
grupos de tareas, de cómo se manipulaba la información, y de cómo esto generaba
desconcierto en gran parte de la población.
Así, los encargados de ejecutar las órdenes de los militares superiores (secuestros, torturas,
desapariciones, ejecuciones) eran grupos de tareas minuciosamente entrenados. En Alemania
el S.D, las S.A, S.S y la GESTAPO; en Argentina el G.T 3.3.2, Operaciones, de Inteligencia.
Penosamente, la historia volvió a repetirse, Dachau, Buchewald, Auschwitz, El Olimpo,
Automotores Orletti, El pozo de Banfield, La ESMA, El Brete, Eichmann, Astiz. Otro tiempo,
otros nombres, el mismo horror, la misma tragedia, como una parábola absurda y cruel, que
enluta la condición humana. Es de esperar que las futuras generaciones aprendan las
lecciones y como quedó patentada para la posteridad, sea definitivo aquello de “NUNCA
MAS
”


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