El observatorio consta de casi cien agujeros como este [ b]El observatorio, al desnudo
Entramos en el Ice Cube, un gigantesco observatorio astronómico sepultado a dos kilómetros de la superficie en la Antártida.
Los 86 agujeros del observatorio tienen
61 cm de diámetro cada uno y entre 1500 y 2500 m de profundidad.
Las perforaciones se realizaron con agua caliente a presión y exigieron el uso de 22.000 l de combustible y unas 48 h de trabajo.
Los fotodetectores, del tamaño de una pelota de baloncesto, se introducen en los agujeros en hileras insertados en cadenas, como si fueran collares de perlas. [/b] Un inmenso observatorio astronómico sepultado en la Antártida busca hacer visible la materia oscura del cosmos
Enterrado en un kilómetro cúbico de hielo, junto a la base Amundsen-Scott, en el centro del Polo Sur, el laboratorio menos convencional del mundo explora… el universo. Con una inversión de 270 millones de dólares, se terminó de construir a finales de 2010, tras una década de perforar casi un centenar de agujeros de entre 1500 y 2500 metros para tejer una compleja maraña subterránea de 5160 fotodetectores que buscan ‘ver’ las colisiones entre los núcleos atómicos de las moléculas de hielo y los neutrinos. Estas esquivas partículas subatómicas proceden de los fenómenos cósmicos más violentos –supernovas (explosiones de estrellas), agujeros negros o estallidos de rayos gamma–, y su estudio ayudará a conocer mejor estos fenómenos y a dibujar un mapa más preciso del universo, del que solo ‘vemos’ un uno por ciento. El 99 restante está hecho de materia oscura, indetectable hasta hoy para la ciencia. El Ice Cube busca ‘revelar’ esa materia oscura mediante la detección de neutrinos, lo que proporcionaría una visión revolucionaria del universo, facilitaría el hallazgo de nuevas fórmulas de energía y nos abriría a conocimientos hoy restringidos al hombre. Lo complicado es que los diminutos neutrinos –con menos de la milmillonésima parte de la masa de un átomo de hidrógeno– interactúan de modo imperceptible con la materia que conocemos. Ahora mismo hay billones atravesando nuestro cuerpo, como fantasmas invisibles. De ahí la importancia de este observatorio que, rodeado de agua de gran transparencia, aumenta las posibilidades de captar estas colisiones, las cuales generan una muy pequeña emisión de luz conocida como Cherenkov.
Entramos en el Ice Cube, un gigantesco observatorio astronómico sepultado a dos kilómetros de la superficie en la Antártida.
Los 86 agujeros del observatorio tienen
61 cm de diámetro cada uno y entre 1500 y 2500 m de profundidad.
Las perforaciones se realizaron con agua caliente a presión y exigieron el uso de 22.000 l de combustible y unas 48 h de trabajo.
Los fotodetectores, del tamaño de una pelota de baloncesto, se introducen en los agujeros en hileras insertados en cadenas, como si fueran collares de perlas. [/b] Un inmenso observatorio astronómico sepultado en la Antártida busca hacer visible la materia oscura del cosmos
Enterrado en un kilómetro cúbico de hielo, junto a la base Amundsen-Scott, en el centro del Polo Sur, el laboratorio menos convencional del mundo explora… el universo. Con una inversión de 270 millones de dólares, se terminó de construir a finales de 2010, tras una década de perforar casi un centenar de agujeros de entre 1500 y 2500 metros para tejer una compleja maraña subterránea de 5160 fotodetectores que buscan ‘ver’ las colisiones entre los núcleos atómicos de las moléculas de hielo y los neutrinos. Estas esquivas partículas subatómicas proceden de los fenómenos cósmicos más violentos –supernovas (explosiones de estrellas), agujeros negros o estallidos de rayos gamma–, y su estudio ayudará a conocer mejor estos fenómenos y a dibujar un mapa más preciso del universo, del que solo ‘vemos’ un uno por ciento. El 99 restante está hecho de materia oscura, indetectable hasta hoy para la ciencia. El Ice Cube busca ‘revelar’ esa materia oscura mediante la detección de neutrinos, lo que proporcionaría una visión revolucionaria del universo, facilitaría el hallazgo de nuevas fórmulas de energía y nos abriría a conocimientos hoy restringidos al hombre. Lo complicado es que los diminutos neutrinos –con menos de la milmillonésima parte de la masa de un átomo de hidrógeno– interactúan de modo imperceptible con la materia que conocemos. Ahora mismo hay billones atravesando nuestro cuerpo, como fantasmas invisibles. De ahí la importancia de este observatorio que, rodeado de agua de gran transparencia, aumenta las posibilidades de captar estas colisiones, las cuales generan una muy pequeña emisión de luz conocida como Cherenkov.