Charles Henry Bukowski: Apuntes sobre la sinfonía del asco por Eduardo Olivares Una poesía digna de ese nombre comienza por la experiencia de la fatalidad. Sólo los malos poetas son libres. E. M. CIORAN Bukowski, el llamado último escritor maldito de Estados Unidos, está sentado entre varios escritores(as), personalidades e intelectuales famosos. Entre ellos está el psicoterapeuta que trató a Antonin Artaud hasta la locura literalmente. Bukowski lo mira con horror. Estira las piernas. Lleva varias horas de beber incansablemente. El moderador de la charla luce ansioso e incómodo. El viejo Bukowski pide una botella de vino y convida a su anfitrión un poco. Este lo rechaza. Comienza la charla. ¿Considera que el trabajo literario de X una escritora presente es bueno? Bukowski responde a lo solicitado dirigiéndose a la aludida. Déjame ver tus piernas y lo sabré. El moderador luce irritado. Bukowski no deja hablar a nadie. Se burla de los presentes y hace ruidos y señas de variopinta confección. El moderador le pide, intentando ser discreto, que se calme. Bukowski responde poniéndose de pie y desapareciendo de la cargada escena. Los insultos salen de su boca con ferocidad. Otra tarde normal para el gran escritor y poeta estadunidense Charles Henry Bukowski; pero no para los millones de televidentes franceses que, entre divertidos y horrorizados, contemplan todas las escenas como si en sus abúlicos aparatos algo se hubiera echado a perder. La solemnidad y el buen juicio habían sido destrozados durante unos instantes preciosos. Sus vidas ascépticas y mortalmente aburridas podían respirar de nueva cuenta. Charles Henry Bukowski, el legendario borracho creador de buena parte de la prosa más directa y cruda que jamás se haya escrito en la literatura, ha fulminado la noche de gala literaria en vivo, planeada ex profeso para comentar frente al exigente público europeo la importancia de su obra. En las puertas de la estación de televisión Bukowski saca la navaja que trae consigo y grita como poseído: Déjenme salir. Déjenme salir, malditos. Consternados, los empleados de la estación televisiva y los serviciales guardias de seguridad lo ayudan a salir. Y lo adoran. Después de todo, sólo alguien como él podía pasar en segundos de invitado de honor a invitado de horror. Esta es una típica escena de la vida de cualquier borracho, dijo Bukowski más tarde, al ser cuestionado por la naturaleza de sus actos en aquel celebérrimo programa literario, lo que pasa es que no a todos los borrachos los persigue una cámara y un público; ya ni recuerdo qué pasó. Al otro día, los principales diarios de Francia y buena parte de Europa comentaron maravillados el hecho. El muy popular pero adormecedor programa de televisión cultural había sido revivido por un huracán de carisma inobjetable. Un huracán fabricado con los vientos reconfortantes y destructivos del alcohol. El infame horror de la sobriedad En una ocasión un extraño conocido que me regaló la novela Hollywood de Bukowski, me dijo y lo pude comprobar en los garabatos de la tarjeta que transportaba entre las hojas del libro funcionando a manera de breve separador que le divertía enormemente estar llevando la cuenta de cuántas veces y cómo ante cualquier razón o pretexto salía a relucir el tema del alcohol en dicho libro, sea que lo estuviera consumiendo o compartiendo o extrañando, o todo a la vez. En menos de cien páginas de lectura llevaba ya una cuenta de más de 40 momentos alcohólicos de diversa manufactura. La compleja presencia del alcohol en el trabajo literario de muchos de los más grandes escritores y poetas es un hecho fundamental. Hemingway, Céline, Dostoievsky, Morrison, Miller, etcétera, etcétera. Según diversos especialistas en el tema doctores, psiquiatras y alimañas similares el escritor destaca entre los artistas como un ente de sensibilidad exacerbada que se atreve a no tolerar la crudeza cotidiana de la vida; al menos no sin recurrir a la droga legal, favorita de la hipócrita sociedad actual. Basados en la errónea concepción de que el alcohol es un excitante como sí lo son en cambio la cocaína, el café, el cigarro y hasta el té, olvidamos el poderoso relajante-deshinbidor que es en realidad el alcohol, un adormecedor que altera los sentidos a fuerza de entumirlos. En la vida descaradamente expuesta del alma creadora especialmente en la vida de la literatura y de sus esclavos un continuo analizar, teorizar y retratar la patética raíz de la existencia suponiendo que se sea un escritor real, es decir uno que no escriba sobre ensoñaciones mentales. Requiere fuerzas más allá de lo normal, escudos emocionales no aptos para cualquiera y que, si no se adormecen de vez en vez, llevarán muy probablemente al manipulador del alfabeto a la locura, o peor aún, a una agregaduría cultural de una embajada. Según los especialistas y los psicólogos esos orates titulados que pretenden dominar los entresijos de la desesperación tal es el casi incaptable destino del que opta por escribir los detalles de la farsa existencial. Es muy interesante saber entonces que, al comentar sobre su alcoholismo feroz, Charles Bukowski decía sin ambages que sólo era una manera de pasar el tiempo. La muerte, el dinero, las apuestas, las mujeres y otros engaños ¿Qué otra cosa hacemos los habitantes de este sanguinario planeta que jugar a matar el tiempo, mientras el tiempo hace exactamente lo propio, resultando además y siempre el único triunfador? A través de su narrativa truculenta y exquisitamente baja y también de su poesía frenética, Bukowski halla el peso neto de la vida: siempre se pierde, sin importar las ganancias económicas o la fama o los logros y el éxito. Al final del camino sólo nos espera un cadáver trasquilado por la dureza del camino, una tumba abierta para la engorda de los gusanos, y para mayor mala suerte, hasta con la presencia de familiares y demás fantasmas que sólo remarcarán nuestra soledad amortajada. Pero claro, siempre existirá la esperanza de morir ante el contacto liberador de un estúpido balazo. Morir antes de que nos convirtamos en caricaturas fosilizadas. Bukowski analiza a fondo la materia sucia de la vida, sin teorizar ni filosofar, sin la necesidad de la agresión del pensamiento. Bukowski descubre a la vida básicamente como un mal viaje, un mal pasón experimentado por los humanos idiotizados ante el paso enajenante de la rutina y de sus demonios disfrazados de progreso, moral y superación. En el cuento Un mal viaje que se puede leer en el libro de relatos La máquina de follar (Anagrama 1999), escribe lo siguiente se refiere evidentemente a las drogas llamadas fuertes: ...en el fondo, la mayoría de los malos viajes se deben a que el individuo ha sido moldeado y envenenado previamente por la sociedad misma. Si un hombre está preocupado por la renta, las letras del coche, los horarios, una educación universitaria para su hijo, una cena de doce dólares para su novia, la opinión del vecino, levantarse por la bandera o qué va a pasarle a Brenda Star; una pastillla de LSD probablemente lo vuelva loco, porque, en cierto modo ya lo está..., ¿un mal viaje? Todo este país, todo este mundo, es un mal viaje, amigo. Pero te meterán en la cárcel por tomarte una pastilla. Bukowski emplea su inteligencia desolada para detenerse en la consideración de los hechos tangibles de la vida; no en las taimadas y falsas esperanzas o en las sórdidas ilusiones que a diario se venden en el mercado de los ingenuos. Bukowski sabe que el paso del humano por la Tierra es, a fin de cuentas, una cruenta comedia que se alimenta día a día con los nuevos humanos que en cantidades nauseabundas llegan a cada segundo a nuestro enfermo planeta. El humor mordaz y las pinceladas negras en la escritura sin concesiones de Bukowski desnudan de manera precisa el cadáver apestoso del Rey de la Creación. Un rey leproso mejor representado en el macho, en ese varón enclenque que vive sometido a los designios volubles de la mujer y de su jefe; un fulano que añora abandonar el anonimato a través de una familia que lo atrapará por el resto de sus días; un animal acomplejado que tragando los orines del amor hallará el veneno que satisfará su ego y su necesidad de cadenas. Es en ese marco de cosas que no existe nada como el dinero para catalizar la basura existencial, la necesidad patética de complacer a los demás a través del despliegue de una cartera bien nutrida. La lucha de Bukowski por el dinero es la lucha del perdedor, la lucha del negado al triunfo, la lucha del forajido que cree en las apuestas de caballos como en la redención del orgullo hecho jirones. Bukowski, quien experimentó al final de sus días la extática amargura de verse obligado a manejar un Mercedes Benz y a vivir en una casa con jardín, denuncia en sus libros, con habilidad y entereza no exenta de contradicciones, todos los engaños de la vida, y en esa denuncia cava su propia tumba. La tumba del renegado holgazán. La tumba del nihilista que va al circo sólo para ver morir a los equilibristas. La vida, consternación y risas La escritura de Bukowski se alimenta de una elocuente y desenfrenada experiencia de vida, marcada desde su nacimiento en Alemania, que toca fondo en un cúmulo de historias que se antojan exactas y faltas de tontas pretensiones literarias y de trascendencia, que se perciben como el corazón de un deleite liberador por contar historias, por hablar de la vida y de sus gajes, por vaciarse vomitándose saludablemente sobre el lector para contaminarlo con la sabiduría que sólo da la práctica. Bukowski se divirtió indudablemente al escribir y también se convirtió en un asesino virtual que, sin empacho ni trabazón, escribió sobre el sexo, el aburrimiento, la mugre, los traseros apestosos, los impuestos, las carreras de caballos, los viajes, los filósofos, los miserables estadunidenses, los ricos estupidizados a fuerza de hundirse en su bonanza, las mujeres y sus trucos letales, los engreídos artistas, la ausencia de Dios, los intelectuales que publican revistas que nadie lee, etcétera, etcétera. El consabido fraude de la vida, pero escrito y descrito de manera impecable y sin mayores adornos. Textos escritos con filo y sin depuraciones preciosistas. Carne arrancada de las vísceras aplastadas de un humano cualquiera. Humano primero, borracho después, escritor en las últimas, Bukowski fue una portentosa y muy afortunada aparición en el mundo de la delicadeza literaria: en sus excesos vivenciales hay verdades que queman cauterizando lo falso, en sus gráficas descripciones sexuales hay una desacralización cálida de la vida que sólo admite consternación y risas. A pesar de esto, Bukowski sin ser en manera alguna un escritor elitista su prosa es fresca, innovadora, sin rebuscamientos tediosos y además, por si fuera poco, terriblemente divertida no es para cualquiera. Se requiere una mente en óptimo estado desencantado, en franca rebeldía neuronal; un corazón no mojigato y una necesidad de ver más allá de lo que todo el sistema englobado en la tríada del infierno de infiernos: familia, religión y sociedad quiere que se vea. Cuatro libros en contra Los libros de Bukowski pueden servir, entre otras cosas, para darnos cuenta de que sí hay una vida más allá de las manos incestuosas de los padres, más allá de la esclavitud quincenal controlada por un reloj checador y más allá de un Dios que, seguramente, después de mil intentos por enmendar Su error al habernos fabricado, nos ha abandonado hasta nuevo aviso. La partitura de la sinfonía del asco ese hato de flatulencias, excrecencias, impulsos, tonterías y credulidades de la cotidianidad reflejadas en la narrativa de Bukowski quedó vilmente interrumpida el 9 de marzo de 1994, pero hay más de 6 mil millones de razones para que se siga interpretando día a día. Aquí hay un breve resumen de algunos de sus mejores libros (desafortunadamente traducidos por españoles, pero absolutamente conseguibles gracias a la fuerza de Editorial Anagrama): La senda del perdedor Palizas, abusos, decepciones, hipocresías y todas las clásicas joyas familiares que provocaron la furia básica de Bukowski, están aquí en la forma de una punzante novela que, enmarcada en una Norteamérica orgullosa de irse a morir en una guerra, conmueve y desgarra más allá de lo concebible. Mujeres A Bukowski siempre se le tachó de misógino honor que él rechazaba frecuentemente simplemente por retratar a las mujeres tal y como son. La polémica arrecia en este soberbio libro desde su premisa inicial: tenía 50 años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro. Indispensable preparar los pañuelos para los frecuentes ataques de risa, y de ira. Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones Libro de cuentos saludablemente maniáticos que lo mismo obsesionan que humillan, lo mismo acaban con las seguridades emocionales que se pudieran conservar, que lo obligan a verse en espejos multiformes embarrados con sangre y estiércol que ocultan oro puro. Apto para leerlo en voz alta a abuelitas descocadas. Escritos de un viejo indecente Experimentación pura. Dolor y muelas partidas. Cero signos de puntuación. Historias absolutamente concebibles si se ha visitado el hospital para morir a los 33 años. En este libro de relatos no hay reglas preconcebidas ni hay manera de saber qué demonios sigue. Fuerza brutal cincelada con diamantes, la narrativa de Bukowski eclosiona hasta el punto de hacernos desear ver a la noche fornicando con el día y sin red de seguridad. "A Charles Bukowski" Por Tito Muñoz De "Sirenas en conserva." Viejo cabron, acabate la Heineken. Te esta durando mucho, demasiado. Apuesta doble o nada a los caballos que en tu puerta, uno blanco, busca jinetes gordos. Vomita en el rellano de la muchacha palida, di tus ultimos versos a estudiantes lampiños, arrancale los piños de un limpio puñetazo al critico que odias. Deja el escarabajo donde siempre. El angel de la grua pasara a recogerte. Charles Bukowski era una mariposa Laura Iribarren Bulsara Charles Bukowski era una mariposa porque su piel era suave y delicada como las alas de las más finas mariposas (incluso tuvo problemas también en el ejército por esto), y todas las mujeres que dormían con él por dinero o por nada sabían de su piel sabían que ante la menor irritación su cara y su cuerpo se cubrían de acné como frutilla anochecida. Algunas intentaban curarlo untándolo con cremas exóticas, otras, las más experimentadas optaban por cubrirlo de besos. Charles Bukowski era un macho de piel muy suave, tan suave como las alas de las mariposas Charles era una gran mariposa alcohólica de furia y fuego en vuelo frenético sobre la más rotunda y definitiva oscuridad, imponiendo su brillo hasta estallar, para que mi cerebro tuviera flores rojas...!
Bukowski: Apuntes sobre la sinfonía del asco
Datos archivados del Taringa! original
32puntos
1,500visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
3visitas
0comentarios
Dar puntos: