cuentos breves pero brillantes de santiago tortora guitarrista de la banda de hardcore argentina SHAILA BUSCANDO SALIDAS (1999) (Santiago Tortora) No sé que pensé cuando conocí a esa pendeja. Creo que le hice un favor cuando la invite a salir. Decía que me quería. ¿Quererme? Si no me daba libertad; no me dejaba estar un rato con los pibes escabiando en paz o jugando un rato a las cartas. Pero por suerte duró poco. ¡Cómo le dejé la jeta! Ella sabía que lo hacía porque la quería. Siempre lo dije: Más vale un buen golpe a tiempo, que terminar subordinado por una mina. Ella me decía que había llegado para cambiarme la vida, que estando juntos nada ni nadie podría doblegar nuestro amor. ¿Qué sé yo?. No fue difícil olvidar su sexo rutinario; siempre aparecía alguna amante desolada que me hacía sentir millonario por un instante, aunque sea en un viejo colchón y por un par de horas. Nunca estuve solo. La soledad se apiadó muy rápidamente de mí, convirtiéndose en el compañero más ruin que pude haber tenido en mucho tiempo. Viejos conocidos se transformaron en íntimos amigos, y con la velocidad que impone la desesperación de sentirse acompañado encontraron la forma de mantenerme al margen del destino, de hacerme dormir eternamente sin la necesidad de despertar, de sentir el mundo lejos de mis pies y muy cerca de mis manos. Descubrí que podía observar al mundo sin ser descubierto, que podía caminar por una senda diferente a la del resto de los mortales. Podía volar sin siquiera despegar y ver todo desde muy arriba. Poco a poco me fui entregando a las delicias de ser un solitario, alejado de los compromisos y de la estúpida definición de persona responsable, que le coloca este sistema a toda aquella persona ocupada en malgastar su tiempo en un empleo inmundo o aburguesado en el cómodo sillón de la casa de su novia, como si eso fuese realmente la vida. Me reía de todo aquel que tan solo atinara a imaginar tan terrible disparate. ¿Eso era vida? Esto es vida. Nada se comparaba a un porro con los pibes, colgarte un par de horas en cualquiera o estar re-duro un fin de semana. Todo era un Flash, era como una montaña rusa lenta en la que los coches se deslizaban sin hacer ruido, donde una música suave y placentera acompañaba cada uno de los movimientos, un vuelo suave y eterno sobre un cielo plagado de inmortalidad. Pero cuando volvía, cuando me estrellaba de nuevo contra el piso, cuando las drogas se acababan y había que comprar más o bancársela, ahí comenzaban mis angustias eternas, insoportables. Odiaba dejar de volar para volver a caminar. No podía entender que disfrutar fuese compartir, que se pudiese reír sin fumar o que alguien fuese capaz de soportar la intensidad emotiva que genera la tristeza o la felicidad, sin la necesidad imperiosa de evadirla. Necesitaba escapar, pero estaba solo, sin ningún lugar a donde ir. El tiempo pasaba y la droga iba escaseando. Robar se había convertido en una costumbre a la hora de conseguir más y más. Yo no era ese, nunca lo fui. Se estaba haciendo demasiado tarde para todo. Quería una mina, necesitaba una. Mi mente me pedía una compañía, mi piel exigía una caricia, pero mi cuerpo me imploraba y me obligaba a más, más y más. Debía hacer algo, tenía que dejar todo ahora, pero siempre optaba por seguir con la humillante carrera del perdedor, la que ganaba holgadamente con el orgullo de ser el mejor. Lo mejor era volver ha estar con alguna minita, pero en ese estado no iba a llegar a ningún lado. Estaba preso en mi mismo, encerrado en mi pequeño mundo; me sobraba el espacio, pero no me sentía solo, aunque tampoco del todo acompañado. Yo podía salir de esta, un pibe como yo no necesitaba más que desearlo para lograrlo, proponérselo y listo, nada más. Dejaba la falopa y ya estaba de nuevo en camino, como si nada hubiese pasado. Dejé de tomar por un par de días, pero nada, estaba desesperado. Me encerré en casa y no salí por semanas, perdí todo tipo de contacto con el mundo exterior, aquel del que me sentía tan ajeno, pero nada. La angustia era peor que cualquier remedio casero. Pensaba en mis ratos de hipócrita lucidez como hacerlo, como huir, hasta que al fin descubrí la forma de no consumir más. Estaba seguro que si tomaba mucha, mucha y de la buena, me iba a asquear de todo, iba a ser como un empacho, nunca más necesitaría tomar, no podía fallar. Y así fue. Fui a lo del Pollo con lo mejor de la mejor y me la tomé toda, toda, toda, de un saque, toda junta, sin parar. No podía ni respirar, no tenía más lugar para nada. Me temblaba cada centímetro del cuerpo, empecé a sentir un rechazo interno hacia todo tipo de sustancias, tenía una sensación nauseabunda hacia todo lo que me rodeaba. Me recosté saturado y satisfecho en medio de mis ultimas alucinaciones a la espera del milagro y si no hubiese sido por ese ser encapuchado de rostro pálido y cadavérico que interrumpió mi desesperado sueño de libertad, hoy te juro que volvería con esa pendeja que una vez me dijo: “Llegué para cambiarte la vida”. UN DULCE HASTA MAñANA (2001) (Santiago Tortora) Como explicarte lo que sentí si el sentimiento habla con emociones, lejos de las palabras, lejos de los discursos eruditos de enamorados poetas de papel. Como explicarlo sí está todo en el sentimiento de una caricia, en la dulzura de un beso, tal vez en una palabra, en un silencio, un gesto, una mirada o un adiós. La conocí una mañana de invierno. Se hizo presente sin aviso, sin darme la menor chance a ejercer algún tipo de resistencia. Atacó directo al corazón. Al lugar más débil. En la zona más pura. Al sector más delicado, donde pocos se atreven a hurguetear, a husmear, a conocer. Fue una jugada desleal, sucia, tramposa, ventajera; un movimiento oscuro que dignifica la operancia del amor, improvisando el momento y el lugar menos pensado. Me visitó en el mejor momento de mi soledad. Tenía todo lo que quería: mi departamento, mi auto, un par de plantas, unos cuantos libros y mi televisor. Qué más podía pedir. El resto me lo otorgaba mi agenda generosamente tupida de teléfonos y direcciones efímeras. Cuando la conocí sentí que algo me decía que nunca había vivido. Era como si nunca hubiese sido más que un errante que acarreaba tiempo en sus espaldas. Tiempo en bruto, puro, sin el uso adecuado o con el manipuleo estúpido de quien cree ser feliz por lo que lo rodea y no por lo que realmente posee. Volvía como cualquier día del trabajo con mi sola presencia como acompañante. Esa noche no quería historias preparadas, no estaba de animo para recibir otro hipócrita amor de momento. Un semáforo me detuvo y liberó mi atención hacía cualquier parte. La vi. Temblaba de frío a la espera de un colectivo. No sé por qué la miré, pero menos aun, sabría explicar porque no podía dejar de observarla. Era idénticamente diferente a todo lo que la rodeaba. Por más que lo intentaba no lograba descubrir que era aquello que robaba mi atención. Tal vez el conjunto, su cuerpo y su figura como un todo; o tal vez cada detalle, cada centímetro, la armonía perfecta de su pelo, la despiadada rebeldía de ese lunar curioso junto a su boca, no lo sé, pero creo que tampoco me importaba demasiado descubrirlo. Me inquietaba por demás el hecho de investigarlo, me seducía hasta volverme loco el no poder entender lo que me estaba pasando. Poco me interesó saber cuál era ese colectivo, pero me llenaba de envidia saber que esa maquina ruidosa era la responsable de conducir su perfecta anatomía por un recorrido burocráticamente pautado, muy alejado del deseo, muy lejos de su deseo. Fue motivo de cada una de mis noches: pasar, detenerme y contemplar como quien admira la real belleza de un cuadro sin siquiera atinar a tocarlo. Observar e imaginar la textura de su piel, cómo seria el dulce tono de su voz. Imaginaba el amor materializado en el sudor pegajoso de la pasión, el deseo fundido con la inmortalidad recreado en un momento idílico de locura. No terminaba de volar cuando la bocina de esa bestia colectiva interrumpía mi preciado sueño. Pero nunca se iba sin antes despedirse. Siempre escuchaba en su silencio la dulzura de un adiós. Noches enteras sin poder dormir. Fines de semana interminables, precedidos por jornadas infinitas de trabajo. Todo el día dependía de esos quince minutos, siempre y cuando mi suerte no se complotara con la de ella y fuesen tan solo unos segundos de ensueño. Cada angustia y cada alegría quedaba aplacada cada noche en su indescriptible figura. Ya era demasiado tarde, algo debía hacer. La soledad no se apiadaba de mi condición y me hacía sentir el karma de su presencia. Tantos momentos, tantas mujeres, y tan poca vida. No sabía como acercarme, no sabía que decir ¿Y si no era quien yo creía que era? ¿Y sí yo no era quien ella deseara que fuera? Prefería este amor cobarde, lejos de sentimientos y caricias físicas, pero en claro contacto con la pasión de un amor desenfrenado regido por los inexistentes limites de la imaginación. El tiempo pasó, nuestro amor maduró al punto de mantener charlas sumamente interesantes. Amaba su forma de pensar y ese modo extraño de dirigirse hacia mí. Por vez primera creía descubrir que era realmente el amor en todas sus variantes, en todo su esplendor. Luego de un tiempo, ella comenzó a faltar a nuestras citas. Tal vez una enfermedad la había distanciado momentáneamente de mí. Pero no. El tiempo se extendió hasta que debí comprender que quizás ella ya no volvería a nuestro lugar secreto de encuentro. Debía aceptar que ella había decidido irse. No podía creer que repentinamente había tomado la absurda decisión de no aparecer más en nuestra esquina. De alejarse de esto que a fuerza de perseverancia había trascendido los limites de mi imaginación. Era todo muy extraño, ni siquiera sabía como encontrarla. Quería conocer la razón de por que se había ido. Por qué no viajaba más en ese colectivo. Nuestro amor merecía una explicación, una explicación que nunca llegaría. Al menos hoy puedo decir que sí estuve enamorado. Sí, estuve en pareja. Le gané a esa soledad cobarde que aún hoy me persigue. Pero como querés que te explique que sentí si el amor no se entiende con la imaginación, el sentimiento habla con emociones, lejos de las palabras, lejos de los discursos eruditos de enamorados poetas de papel. Como explicarlo sí esta todo en el sentimiento de una caricia, en la dulzura de un beso, tal vez en una palabra, en un gesto, en una mirada o en el silencio de un dulce hasta mañana. bueno espero que les gusten y dejen sus comentarios fuente:http://www.shaila.com.ar/index.php
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