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ENTRADA 20: Llamadas


“En un despacho elegante a las afueras de Londres se produce una reunión que cambiará el mundo:

-Señores Smith, su hijo tiene unas aptitudes maravillosas, rapidez de aprendizaje, curiosidad, creatividad…Le hemos hecho varios tests rutinarios y todo indica que podrá ingresar en la escuela sin ningún problema, no sólo cumple los requisitos, este niño los ha pasado con holgura.

-No sabe lo agradecidos que estamos señor Kamber -Dijo la madre sentada enfrente del director del centro- queremos lo mejor para nuestro hijo y si en su prestigiosa escuela encontrará todo lo necesario para desarrollarse estaremos enormemente satisfechos.

-Al contrario señora, el orgullo es nuestro. Ustedes son toda una eminencia en su materia, ya sabemos de donde ha sacado el niño sus magníficas cualidades.

Mientras, a varios metros de sus padres y del señor Kamber, un pequeño de 2 años, rubio con pañales leía un cuento bajo la sorprendida mirada de una de las cuidadoras del instituto de educación especial de Londres .”

Londres 1980.



Las balas surcaban el aire a toda velocidad, el tableteo de decenas de fusiles se hacía insoportable pero los hombres que luchaban contra los infectados no tenían tiempo ni fuerzas para quejarse del estruendo de los HK y las escopetas.

El campamento de evacuación principal de Benidorm había caído bajo el repentino y fulminante ataque de centenares de esas cosas. Así, de repente, desde todas las calles y de cada rincón, y se había extendido en pocos instantes a la población que se hallaba ahí apelotonada. En cuestión de minutos la gente se atacaba ferozmente entre sí y mordía con saña a sus amigos, familiares y vecinos. Las fuerzas de seguridad se batían ahora en retirada, diezmados y asustados, intentando desesperadamente y con poco éxito que los infectados no llegaran a la urbanización cercana. Aquella zona está densamente poblada y los pueblos, zonas residenciales y casitas desperdigadas salpican el mapa y el entorno.

La situación era crítica y ya se dirigían al lugar medios aéreos y carros de combate. La contención del “Perímetro Uno” había fracasado oficialmente, aunque extraoficialmente, la infección ya había salido de la zona por culpa de decenas de imprudentes, o tal vez sólo fueran personas asustadas con miedo a morir, o gentes ignorantes del mal que corría por sus venas que pensaban que un loco les había mordido y sólo tenían ganas de volver a sus casas. En medio de ese caos un hombre intentaba con todas sus fuerzas que la retirada estratégica no se convirtiera en una estampida de soldados aterrorizados.

-¡Vamos! ¡Mantenganse juntos! ¡No se les ocurra separase!- Gritaba a sus hombres a la vez que corrían por la carretera entre coches y camiones parados y civiles huyendo.

Decidió dar un vistazo atrás, los coches que aún tenían a sus conductores dentro trataban desesperadamente de abrirse paso o se salían de la autopista por el arcén en un intento de escapar de aquel horror. A pocos metros de él varias de esas cosas estaban atacando furiosamente un coche estrellado contra la mediana, colándose por las ventanas rotas y arrebatando la vida de los pasajeros en una orgía de cristales y sangre. Agotado por la carrera y con la frente sudorosa apuntó con el HK a las cabezas de aquellos asesinos, pero la fatiga le obligaba a respirar ruidosamente para compensar el esfuerzo que venía haciendo. Inhalaba y exhalaba como una locomotora y el pulso le temblaba salvajemente, así era imposible acertar a una cabeza.

Furioso consigo mismo por sus limitaciones abrió fuego contra los infectados del coche de forma indiscriminada. Los proyectiles impactaban contra la chapa de la carrocería, brazos, piernas y torsos. Uno de ellos le miró fijamente al ser alcanzado, un soldado ensangrentado, sus ojos se entrecruzaron y aquella cosa salió a la carrera directamente a por el autor de los disparos.

El hombre retrocedió despacio, apuntó de nuevo y apretó el gatillo intentando alcanzar la crisma del infectado. Un escalofrío recorrió su espalda cuanto el arma dejó de escupir plomo al quedarse sin balas, esa cosa seguía corriendo ahora con más sangre por todo el pecho. El veterano soldado dominó su pánico y echó mano a su pistolera para sacar el arma de corto alcance. Instantes después maldijo entre dientes al recordar que ya no la llevaba desde el día anterior. Sin dejar de mirarle a los ojos buscó un nuevo cargador, pero ya no le daba tiempo a montarlo y lo sabía. Se preparó para el choque cuerpo a cuerpo, no iba a rendirse tan fácilmente, a él no iban a morderle así como así. Cuando ya tenía el cuchillo en la mano y los puños en guardia una ráfaga ruidosa atravesó la cabeza del infectado haciéndola estallar como un globo de carne y sangre.

-¡Sargento Martín! , ¡No se retrase señor, es peligroso! –Gritó el hombre que le había salvado.

- Los transportes están listos, solo faltan unos metros más.

Y escuchando esto Martín respiró hondo y comenzó a correr de nuevo en la dirección de sus hombres, consciente de que cada vez estaban más cerca de su salvación pero también sus perseguidores más próximos a ellos. En esos momentos, a unos pocos km al sudeste, unos chicos esperaban nerviosos en el centro de salud de Finestrat.

-¿Se sabe algo de Juanky?- Pregunta Llovet a Carlos.

-Nada, parece que están atendiéndole- Contesta a su amigo cabizbajo.

Los seis amigos esperan en una sala mientras un ir y venir de médicos y enfermeras, y el reciente escándalo de las sirenas de las ambulancias les va poniendo cada vez más nerviosos. Algo suena en la mochila de Francis.

-¡Tenemos cobertura!- Exclama buscando el móvil apresuradamente.

En cuestión de minutos todos los que aún tienen teléfono comienzan a llamar urgentemente a sus familias, a su casa, a sus padres y hermanos, son unos momentos llenos de emoción y cariño, incluso a algunos se les escapan unas lágrimas por toda la tensión acumulada. Mientras, Carlos y Ángela llaman preocupados al resto de sus amigos para decirles donde están y ponerles al corriente de lo que había pasado y de porqué abandonaron el furgón. Ángela logra contactar con Estela y la charla se alarga unos minutos.

-Dice que los cinco están en una iglesia en la parte vieja del pueblo. -Informa la italiana a los demás sin dejar de escuchar por el aparato.

La situación es algo caótica y algunos no le prestan atención porque siguen enfrascados en sus propias conversaciones, hasta que desde la calle un grito horrible les devuelve la preocupación y el miedo a sus corazones. Una camilla sale de interior de una ambulancia, trasporta a un hombre con la camisa llena de sangre, va atado con unas correas y trata de soltarse desesperadamente.

-Escuchen chicos. Se que tenemos que esperar a Juanky, pero hay que salir de aquí pronto y sacar a los demás de esa iglesia, este sitio no es seguro- Explica Rafa a sus compañeros.

Aunque nadie añade nada, en su interior todos sienten que vuelven a estar en grave peligro una vez más.
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