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Gigantescos y fuertemente armados, los tanques de la Gran Guerra eran vehículos aparatosos, lentos y problemáticos. Con una tecnología automotriz todavía en pañales, tanto los motores como los demás sistemas mecánicos solían ser poco confiables, sobre todo teniendo en cuenta las necesidades del combate.
Tanto los británicos como los franceses inventaron el tanque; los primeros lo nombraron así por una casualidad (dice la leyenda, que para disfrazar su cometido de los espías decían que eran tanques de agua, aprovechando su forma prismática); los segundos lo llamaron char (carro), de donde se derivan actualmente los dos nombres usados para el mismo concepto.
Curiosamente, los tanques de esa época tenían cañones del mismo calibre que los de la Segunda: 75 mm. En realidad, los modelos franceses (excepto el famoso Renault FT-17) montaban cañones de artillería de campo ligeramente modificados. Los modelos británicos eran radicalmente diferentes; también tenían cañones potentes, pero estos estaban montados en los costados, ya que sus tanques eran básicamente cajas romboidales (ya vemos que no eran tan diferentes a tanques), con orugas que recorrían todo el casco.
Fuera cual fuera el diseño, la idea no era la movilidad, sino la potencia de fuego y la protección. En efecto, más allá de la precaria tecnología automotriz, el paisaje de la Gran Guerra estaba lleno de trincheras, cráteres de bombas, montañas y alambradas. Los tanques no eran más que puestos móviles de ametralladoras y cañones de campaña, que permitían a los soldados acercarse a las posiciones alemanas sin ser dañados y destruirlas.
Es sintomático ver que el Comité de Acorazados Terrestres estuviera integrado en parte por oficiales navales, y que de hecho se utilizara la palabra acorazado (ironclad) para denominarlos primigeniamente. Básicamente la idea era tener tanques pesados, bien blindados; la velocidad no era importante porque su misión sería acompañar al infantería y destruir aquellas posiciones que plantearan peligros en el avance del soldado de a pie. En esa época, pensar que el tanque pudiera ser relativamente autónomo era un disparate que a pocos se les hubiera ocurrido.
No hay duda de que cuatro grandes revoluciones definieron la Gran Guerra: la guerra submarina, la ametralladora, el avión de guerra y el tanque. Todas influyeron en mayor o menor medida; tal vez los que más cambiarían durante la posguerra serían el avión y el tanque, los cuales se convertirían en protagonistas importantísimos de la Segunda Guerra Mundial.
Fuente:
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