Aclaración:
Que nadie joda con que ésto es resentimiento, envidia, qué sé yo, qué se cuánto. Ésto se trata de las cosas que pasan en los círculos donde vivo, me muevo, socializo; me incluyo en la joda y es más una autocrítica con humor que un acto de despecho hacia nadie. Además, en este país hay mucha clase media, más que antes; el humor está dedicado a muchos En los 90´s no hubiera dicho lo mismo
(*) El agregado en el título es mío.
Usted escuche bien, yo no, yo no tengo bebé por que no veo cual puede ser el incentivo de continuar la especie humana, que es realmente horripilante, sobre todo en estos días de calor. Sí es cierto que la “cosa bebé” genera una actividad tan intensiva que uno se olvida de uno mismo, detiene su insufrible monólogo interior y analiza por ejemplo si el tipo tiene un “coliquito” o si está “apachuchado”. En fin, el asunto es que de pronto hay un ser viviente en su casa, muy chiquito, apestosito y desnudo. Ahora hay que ponerle un nombre.
Grupo 1:
El nombre homenaje. Son aquellos que aunque sean horripilantes, nos remiten a una especie de prócer de la familia, por ejemplo, el abuelo Evaristo o el bisabuelo Aaron, o la tía Bernardita. Solo se justifican cuando el aplicador del nombre, informa el origen sagrado: “Claro, le pusimos Julio César Eneas por un primo segundo de mi señora que falleció de cáncer linfático a los 9 años. Parece que era un genio”.
Grupo 2:
Nombres comunes, repetidos, medio bíblicos. Por algún motivo, usted le pone un nombre tipo Juan, o Pedro, María o Lucas, como si no hubiera ya millones y millones de sujetos con estos nombres, pero como son bíblicos están bien, son a prueba de balas. No importa que usted jamás haya leído la biblia y no tenga la menor idea acerca del rol de Tadeo, Mateo o Magdalena. A usted le suenan bien. ¡Bajáte de ahí o te reviento Simón!
Grupo 3:
Nombre ingenioso original. Como justamente no quiere caer en la mediocridad de un nombre muy usado, se inventa algo raro, tipo Dwizill, o Neptuniak. O Carlomango. La cosa es que el pibe ya arranca medio con un estigma muy visible de la boludez de sus padres. O sea, en algún momento va a estar en el jardín de infantes y le van a preguntar el nombre… “sí, me llamo Mordor”.
Grupo 4:
Nombre de desclasado. Usted es claramente un cheto copado, pero cree que está bueno ponerle a su hija o hijo un nombre utilizado por las clases bajas: Antonia, Juana, Vicente, generando combinaciones imposibles: Ramón José Wainstein.
Grupo 5:
Nombre de fanático de la naturaleza. Por ejemplo Mar, o Agua, incluso Rocío, Madretierra, Luz y Luna. ¿Por que no Gas? O ¿Metal? O ¿Astato? Total, el gobierno mira para otro lado.
Grupo 6:
Nombres de adulto anciano: Alberto, Arturo, Víctor, Marta.
Grupo 7:
Nombres de artista favorito. Usted de pronto se declara fanático de algún artista (nadie lo sabía) y nombra a su cría con su nombre: Frida, Gala, Buñuelo, Monet, Mozart, Vargallosa, y así.
Grupo 8:
Con mucha actitud de energúmeno, usted bautiza a su descendencia con el nombre de algún deportista del que es fanático: Enzo, Juan Román, Diegote, Ringo, Roñacastro. Por que no Stracqualursi.
Grupo 9:
Nombres que usted cree que tienen onda, aunque usted no tiene onda. Y alberga la esperanza de que al menos en esto su descendencia sea mejor que usted: Malena, Camila, Eloy, Demián…
Grupo 10:
Nombre “homenaje político”. Usted está muy metido en política, y decide confirmar su compromiso con un nombre explicito: María Eva, Juan Domingo, Vladimir Illich, Julio Cesar Cleto, Adolfo, y así. Cuando lo menciona pone cara de circunstancia. Sí, le decimos Duce.
Grupo 11:
Luca. Por algún motivo cree que ponerle Luca a su hijo es una buena idea. Por el cantante italiano, ajá… En fin, después no se queje de que “hay mucha gente”. Efectivamente hay mucha gente, pero varios son suyos, son su gente. Así que, haga la fila, espere y calladito, que antes que usted hay 342 personas.