Bonafini, Pando y
Maradona
Por Rogelio Alaniz
Hebe de Bonafini no se iba a privar de intervenir en el debate abierto por el fallido rescate de los secuestrados por la guerrilla en Colombia e hizo sus previsibles declaraciones apoyando a las Farc. Las palabras de Bonafini no sorprenden a nadie. En su momento apoyó a los terroristas que derribaron las Torres Gemelas. En otro momento expresó su adhesión a Ahmadinejad, el jefe político de Irán que niega la existencia del Holocausto judío.
No sólo por razones políticas Bonafini es noticia. También lo es por motivos mucho más pedestres y promiscuos. La última movilización en la que participó no tuvo que ver con los desaparecidos, sino con las partidas presupuestarias que el gobierno le otorga para financiar su actividad. Como se dice en estos casos: el apoyo a Kirchner no es gratis. Para ser más claro: Hebe de Bonafini no hace nada gratis, todo lo cobra y lo cobra bien.
Esta verdad elemental la ignoraba Raúl Alfonsín, quien suponía que con la titular de las Madres de Plaza de Mayo había que arribar a un acuerdo político, desconociendo que el acuerdo que reclamaba la señora Bonafini era económico, no político. En estos temas, el peronista Kirchner sabe más de los sórdidos vericuetos que modelan el alma que el radical Alfonsín.
De todos modos, no deja de llamar la atención la adhesión coherente de Bonafini a las diversas manifestaciones de los fascismos de izquierda que pululan por el mundo. Sorprende que el movimiento de defensa de la vida más noble que existió en la Argentina haya derivado en esta expresión liderada por Bonafini que es exactamente su antítesis.
El coraje civil de las mujeres que en un tiempo en que todos callaron salieron a la calle con un pañuelo blanco en la cabeza para reclamarle a una dictadura militar por la vida de sus hijos, fue un ejemplo moral que hasta el día de hoy conmueve. Es más, Hebe de Bonafini mantiene vigencia porque de una manera tortuosa sigue expresando, más allá de sus conversiones, ese testimonio ético que despertó la admiración del mundo civilizado.
Tal vez el punto donde la rebeldía, el testimonio a favor de la vida se transformó en alienación ideológica, fue cuando las Madres a través de sus conducciones decidieron identificarse con la ideología de sus hijos. El pasaje de una condición a la otra fue imperceptible, pero los militantes de derechos humanos de aquellos años lo percibieron. Ya en 1980 el obispo Jaime de Nevares y el presidente de la APDH, Eduardo Pimentel, me advirtieron con preocupación sobre este tema.
Las Madres de Plaza de Mayo se ganaron el reconocimiento de la sociedad y del mundo porque fue un movimiento pacifista protagonizado por mujeres que exhibían su condición de madres con toda la carga afectiva y mítica que esa condición conlleva. Fue esa condición la que paralizó a los militares que, habituados a cometer las atrocidades más salvajes, no se animaron a atacar a mujeres que reclamaban aquello que nadie que pertenezca a la civilización occidental puede desconocer: la vida de sus hijos.
La caminata de los jueves alrededor de la pirámide de la plaza de Mayo de esas mujeres de rostros marcados por el dolor y la esperanza, desarmó moralmente a una de las dictaduras militares más feroces de nuestra historia. Ellos podían asesinar a estudiantes, guerrilleros o luchadores sociales, pero asesinar a mujeres que salían a la calle exhibiendo su condición universal de madres era algo difícil de asumir, por lo menos públicamente.
Entonces, la derrota moral de los militares no la produjeron las proclamas del ERP o la criminal contraofensiva de los Montoneros, la produjeron esas mujeres que desde su sagrada condición reclamaban por la vida de sus hijos con la misma energía y coraje con los que Antígona le exigía al dictador enterrar a su hermano.
En algún momento de este proceso, el reclamo por la vida se transformó en un reclamo a favor de la ideología de los hijos. Se sabe que una madre ama a su hijo, incluso con sus defectos; pero desde el punto de vista político, ese amor debe diferenciarse necesariamente de la ideología. Nadie le reclamaba a Bonafini que condenara a su hijo por sus opciones políticos, habría sido hasta inhumano exigírselo, lo que se le reclamaba es que no se transformase en una militante del ERP o Montoneros.
Identificarse con la ideología de los años setenta provoca consecuencias complejas que van más allá de una simple imitación. Los guerrilleros de los sesenta y los setenta cometieron graves errores políticos, pero de alguna manera fueron el producto de un clima de época que pretendía justificar "la violencia popular" como una respuesta a la "violencia del régimen". El fracaso de esa estrategia, los costos políticos y humanos que la sociedad pagó por el infantilismo irresponsable y criminal de los jefes guerrilleros, hoy están fuera de discusión.
Que treinta años después se pretenda reivindicar la experiencia militarista de los setenta es grave por partida doble: porque insistir en lo que fracasó es siempre un error, y porque hacerlo tres décadas después, en un mundo que sufrió tantos cambios, es casi un delirio, un acto grotesco y de alguna manera perverso.
Los exabruptos de Bonafini no son diferentes -en lo fundamental- a los que profiere Cecilia Pando justificando el terrorismo de Estado y defendiendo a torturadores y asesinos. Colocadas en veredas opuestas, sus mecanismos de razonamiento son similares. En ambos casos la violencia, la descalificación del otro están presentes; en ambos casos se manipula el concepto de derechos humanos que debería ser un valor universal y no un pretexto para defender visiones fundamentalistas de la realidad.
Tal vez no sea casualidad que en estos días Diego Maradona manifestara sus simpatías por Chávez y el gobierno de Irán. En este caso, la condición de jugador de fútbol, le otorgaba a sus declaraciones un tono nacional y popular que a la Argentina populista la seduce hasta las lágrimas.
Como en el mundo que vivimos nadie se anima a estar en contra de las iconografías tribales que tejen las sociedades de masas, suelen ser muy pocas las voces que se levantan para objetar algunos de los caprichos o burradas de Maradona . El célebre "número diez" argentino es un paradigma de los peores vicios nacionales, y a esta altura del partido estoy dispuesto a creer que el argentino medio lo ama no por sus habilidades con la pelota sino por su destreza con la mano y con la lengua.
El gol que estos argentinos más admiran de Maradona es el que les hizo a los ingleses con la mano; si odian a Estados Unidos no es porque sea un imperio sino porque le "cortó las piernas" al Diego. Creo que en el fondo lo que se admira de él son sus bravuconadas y sus trampas, sus guarangadas adquiridas en las cloacas de la sociedad argentina y en los bajos fondos de Nápoles. Esa mezcla, ese cóctel infame de cumbia villera y grasa napolitana sin duda que dio sus frutos.
Maradona se presenta como una suerte de transgresor, pero todo ese exhibicionismo disimula mal su sometimiento servil al poder real. Por eso fue menemista, por eso hoy es kirchnerista, por eso adhiere a Chávez, por eso simpatiza con Fidel Castro que lo adula pero no lo cura de las adiciones, porque el Maradona enfermo es el que conviene.
Bonafini, Pando y Maradona ... tres vidas, tres historias y tres íconos nacionales. Entre ellos existen diferencias, antagonismos, pero por debajo de la superficie hay un hilo conductor que los une, hay algo común que los expresa y que de una manera sórdida constituye lo más recalcitrante de cierta subcultura nacional cuyo lastre se empecina en enredarse en nuestros pies e impedirnos ser libres, pensar por cuenta propia, mejorar nuestra autoestima.
FUENTE
Por Rogelio Alaniz
Hebe de Bonafini no se iba a privar de intervenir en el debate abierto por el fallido rescate de los secuestrados por la guerrilla en Colombia e hizo sus previsibles declaraciones apoyando a las Farc. Las palabras de Bonafini no sorprenden a nadie. En su momento apoyó a los terroristas que derribaron las Torres Gemelas. En otro momento expresó su adhesión a Ahmadinejad, el jefe político de Irán que niega la existencia del Holocausto judío.
No sólo por razones políticas Bonafini es noticia. También lo es por motivos mucho más pedestres y promiscuos. La última movilización en la que participó no tuvo que ver con los desaparecidos, sino con las partidas presupuestarias que el gobierno le otorga para financiar su actividad. Como se dice en estos casos: el apoyo a Kirchner no es gratis. Para ser más claro: Hebe de Bonafini no hace nada gratis, todo lo cobra y lo cobra bien.
Esta verdad elemental la ignoraba Raúl Alfonsín, quien suponía que con la titular de las Madres de Plaza de Mayo había que arribar a un acuerdo político, desconociendo que el acuerdo que reclamaba la señora Bonafini era económico, no político. En estos temas, el peronista Kirchner sabe más de los sórdidos vericuetos que modelan el alma que el radical Alfonsín.
De todos modos, no deja de llamar la atención la adhesión coherente de Bonafini a las diversas manifestaciones de los fascismos de izquierda que pululan por el mundo. Sorprende que el movimiento de defensa de la vida más noble que existió en la Argentina haya derivado en esta expresión liderada por Bonafini que es exactamente su antítesis.
El coraje civil de las mujeres que en un tiempo en que todos callaron salieron a la calle con un pañuelo blanco en la cabeza para reclamarle a una dictadura militar por la vida de sus hijos, fue un ejemplo moral que hasta el día de hoy conmueve. Es más, Hebe de Bonafini mantiene vigencia porque de una manera tortuosa sigue expresando, más allá de sus conversiones, ese testimonio ético que despertó la admiración del mundo civilizado.
Tal vez el punto donde la rebeldía, el testimonio a favor de la vida se transformó en alienación ideológica, fue cuando las Madres a través de sus conducciones decidieron identificarse con la ideología de sus hijos. El pasaje de una condición a la otra fue imperceptible, pero los militantes de derechos humanos de aquellos años lo percibieron. Ya en 1980 el obispo Jaime de Nevares y el presidente de la APDH, Eduardo Pimentel, me advirtieron con preocupación sobre este tema.
Las Madres de Plaza de Mayo se ganaron el reconocimiento de la sociedad y del mundo porque fue un movimiento pacifista protagonizado por mujeres que exhibían su condición de madres con toda la carga afectiva y mítica que esa condición conlleva. Fue esa condición la que paralizó a los militares que, habituados a cometer las atrocidades más salvajes, no se animaron a atacar a mujeres que reclamaban aquello que nadie que pertenezca a la civilización occidental puede desconocer: la vida de sus hijos.
La caminata de los jueves alrededor de la pirámide de la plaza de Mayo de esas mujeres de rostros marcados por el dolor y la esperanza, desarmó moralmente a una de las dictaduras militares más feroces de nuestra historia. Ellos podían asesinar a estudiantes, guerrilleros o luchadores sociales, pero asesinar a mujeres que salían a la calle exhibiendo su condición universal de madres era algo difícil de asumir, por lo menos públicamente.
Entonces, la derrota moral de los militares no la produjeron las proclamas del ERP o la criminal contraofensiva de los Montoneros, la produjeron esas mujeres que desde su sagrada condición reclamaban por la vida de sus hijos con la misma energía y coraje con los que Antígona le exigía al dictador enterrar a su hermano.
En algún momento de este proceso, el reclamo por la vida se transformó en un reclamo a favor de la ideología de los hijos. Se sabe que una madre ama a su hijo, incluso con sus defectos; pero desde el punto de vista político, ese amor debe diferenciarse necesariamente de la ideología. Nadie le reclamaba a Bonafini que condenara a su hijo por sus opciones políticos, habría sido hasta inhumano exigírselo, lo que se le reclamaba es que no se transformase en una militante del ERP o Montoneros.
Identificarse con la ideología de los años setenta provoca consecuencias complejas que van más allá de una simple imitación. Los guerrilleros de los sesenta y los setenta cometieron graves errores políticos, pero de alguna manera fueron el producto de un clima de época que pretendía justificar "la violencia popular" como una respuesta a la "violencia del régimen". El fracaso de esa estrategia, los costos políticos y humanos que la sociedad pagó por el infantilismo irresponsable y criminal de los jefes guerrilleros, hoy están fuera de discusión.
Que treinta años después se pretenda reivindicar la experiencia militarista de los setenta es grave por partida doble: porque insistir en lo que fracasó es siempre un error, y porque hacerlo tres décadas después, en un mundo que sufrió tantos cambios, es casi un delirio, un acto grotesco y de alguna manera perverso.
Los exabruptos de Bonafini no son diferentes -en lo fundamental- a los que profiere Cecilia Pando justificando el terrorismo de Estado y defendiendo a torturadores y asesinos. Colocadas en veredas opuestas, sus mecanismos de razonamiento son similares. En ambos casos la violencia, la descalificación del otro están presentes; en ambos casos se manipula el concepto de derechos humanos que debería ser un valor universal y no un pretexto para defender visiones fundamentalistas de la realidad.
Tal vez no sea casualidad que en estos días Diego Maradona manifestara sus simpatías por Chávez y el gobierno de Irán. En este caso, la condición de jugador de fútbol, le otorgaba a sus declaraciones un tono nacional y popular que a la Argentina populista la seduce hasta las lágrimas.
Como en el mundo que vivimos nadie se anima a estar en contra de las iconografías tribales que tejen las sociedades de masas, suelen ser muy pocas las voces que se levantan para objetar algunos de los caprichos o burradas de Maradona . El célebre "número diez" argentino es un paradigma de los peores vicios nacionales, y a esta altura del partido estoy dispuesto a creer que el argentino medio lo ama no por sus habilidades con la pelota sino por su destreza con la mano y con la lengua.
El gol que estos argentinos más admiran de Maradona es el que les hizo a los ingleses con la mano; si odian a Estados Unidos no es porque sea un imperio sino porque le "cortó las piernas" al Diego. Creo que en el fondo lo que se admira de él son sus bravuconadas y sus trampas, sus guarangadas adquiridas en las cloacas de la sociedad argentina y en los bajos fondos de Nápoles. Esa mezcla, ese cóctel infame de cumbia villera y grasa napolitana sin duda que dio sus frutos.
Maradona se presenta como una suerte de transgresor, pero todo ese exhibicionismo disimula mal su sometimiento servil al poder real. Por eso fue menemista, por eso hoy es kirchnerista, por eso adhiere a Chávez, por eso simpatiza con Fidel Castro que lo adula pero no lo cura de las adiciones, porque el Maradona enfermo es el que conviene.
Bonafini, Pando y Maradona ... tres vidas, tres historias y tres íconos nacionales. Entre ellos existen diferencias, antagonismos, pero por debajo de la superficie hay un hilo conductor que los une, hay algo común que los expresa y que de una manera sórdida constituye lo más recalcitrante de cierta subcultura nacional cuyo lastre se empecina en enredarse en nuestros pies e impedirnos ser libres, pensar por cuenta propia, mejorar nuestra autoestima.
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