Alfonsina Osuna nació el mismo día y casi a la misma hora en que Alfonso XIII embarcaba para el exilio del que nunca volvería con vida. Fue la tercera hija de una acomodada familia monárquica y desde la pila bautismal estuvo marcada, además de por el nombre, por la sombra alargada del destronado Borbón; fue siembre caprichosa y voluble y al llegar a la adolescencia desarrolló una afición desmedida por la vida disipada, el sexo y la promiscuidad.
Desde siempre y a pesar de la represión de la época, vivió sus amores como si estuviera sentada al borde del abismo, nunca supo amar con desgana y aunque recibió bofetadas por su desmesura jamás estuvo dispuesta a aprender. Le tocó vivir en una época tan dura que en algún momento hasta llegó reprocharse sus excesos, pero se las apañó para vivir enamorada del amor y durante casi 30 años fue coleccionando amantes sin remordimientos y sin miedo.
Estuvo casada casi 7 años con un cincuentón apático y rico del que enviudó nada más estrenar la treintena, la dejó sin hijos, hermosa y despreocupada, con una enorme fortuna que dilapidó sin pereza y sin dar explicaciones a nadie.
Por ello, cuando su médico con la cara compungida y la voz balbuciente le comunicó que su organismo mostraba un debilitamiento severo del sistema inmunitario y que temía, dado el deterioro tan drástico, que sólo le quedaban algunas semanas de vida, ella apenas se inmutó, se quedó en silencio con la mirada fija en el pequeño televisor en blanco y negro de la habitación de la clínica, donde aparecía la imagen de un joven vestido de general, con los ojos enrojecidos jurando cumplir y hacer cumplir las leyes Fundamentales del Reino y guardar y hacer guardar lealtad a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional.
-Verá Alfonsina, dijo el médico, no podemos hacer mucho más por usted, todavía la ciencia no sabe mucho sobre esta enfermedad pero su organismo se deteriora por minutos; comprenda, titubeó, que usted ha tenido una vida un tanto...
Alfonsina levantó la mano para cortar el discurso del médico, del televisor salía la voz insegura del joven monarca: "En esta hora cargada de emoción y esperanza, llena de dolor por los acontecimientos que acabamos de vivir, asumo la Corona del Reino..."
Sin quitar la mirada del pequeño monitor, dijo a su médico:
-Hay que asumir las consecuencias de nuestras torpezas, doctor, sabe lo que le digo, pues que a lo hecho pecho, y
ahora vamos a escuchar a ver lo que dice este, llevo toda la vida esperándole.
En la vida hay veces que nos equivocamos. Que tomamos decisiones que después de un tiempo, nos arrepentimos de haberlas tomado, pero ya no podemos volver atrás. Hay veces que nos hemos arriesgado y hemos perdido, pero si no hubiésemos arriesgado ¿habríamos tenido alguna posibilidad de haber ganado?
Pues bueno, después de haber pasado por cualquiera de las situaciones anteriores, hay que asumir nuestros errores y ponernos firmes. Aceptar que nos hemos equivocado, pero no intentar evadirnos de la situación. Hay que decir, sí, lo he hecho, ¿y qué?
Pues en ese momento es cuando se usa la expresión española de hoy: A lo hecho, pecho. Que es como decir, de lo que hayas hecho, hay que sacar pecho, es decir, no esconder la cabeza bajo la tierra como si fueses una avestruz, sino sacar pecho y aguantar la lluvia de críticas que te puedan caer por tus decisiones.
Y bueno, como rectificar es de sabios, pues ya intentaréis arreglar las cosas que han ido mal, pero sin avergonzaros
nunca ni arrepentiros de vuestras acciones pasadas. En la vida hay que ir siempre con la cabeza bien
alta.
Fuente 1
Fuente 2