Aca les dejo la nota completa del Pato que salio en la rolling stone, asi se ahorran unos pesos los que la querian leer, nada mas.
De vuelta al infierno
Era el año 2000 y el primer show de los Redondos en River era algo tan
grande, emotivo y peligroso que no podía ser otra cosa que el final de algo.
Había unas 70 mil personas en un raro estado de tensión y comunión, esa
mezcla única que se vivía en los recitales de los Redondos de esa época. Las
luces de bengala, desde el comienzo, ardían sobre las cabezas de los fans.
Pero en ese momento, las bengalas, instaladas desde hacía mucho tiempo
como parte del ritual, no eran símbolo de muerte en el rock. Los muertos
del rock los ponía la policía o los cuchilleros.
Esa noche, después de un bucle de pánico que se formó en el campo
de juego, la banda desapareció de escena, volvió al cabo de un rato y
la voz del Indio Solari sonó más severa que nunca al bajar un enunciado
que pasaría a la historia de la prédica masiva: “Ha pasado algo
muy grave acá… ¡Préstenme atención, carajo! Han entrado un par de
hijos de puta, no sé si mandados por alguien o qué, que se cagan en el
esfuerzo de la banda y de los 70, 80 mil pibes que vinieron a vernos.
Hay varios chicos lastimados... No estamos de ánimo y sólo vamos a
concluir este show por respeto, pero consideren ésta como una de las
últimas noches que tocamos”.
Lo que había pasado, aparentemente, es que Jorge Pelé Ríos, un lumpen
de 27 años armado con una trincheta, había empezado una pelea
entre barras de clubes del ascenso. Ríos, que según se dijo había salido
de la cárcel hacía unos meses, terminó acuchillado y murió nueve
días después en una cama del Pirovano. No vimos a nadie llorándolo
por televisión. No sabemos si tenía familia o si todo lo que se dijo de él
(más bien poco) era cierto. No hubo investigación por homicidio. Es
uno de esos muertos por los que el rock nunca reclamó. Uno de esos
muertos que se barren debajo de la alfombra. Como Marcelo Scalera,
el skinhead ajusticiado en Parque Rivadavia durante un festival por
Walter Bulacio (1996). Muertos de otro bando.
Pero el Indio Solari se acuerda de esas noches en River y, como casi
todos nosotros, tiene emociones cruzadas. Como le dijo a esta revista
después de Cromañón, él no quiso renegar de esa fosforescencia que lo
encandiló en River, aun en medio de la furia y con las luces del estadio
encendidas por orden judicial. “La cultura rock tiene eso, también: no
es una cultura progresista, de todo prolijito.”
En aquella época de auge ricotero, si bien casi todo era descontrol
(o más bien no había control, parafraseando a Juanse), sí existía una
suerte de autorregulación colectiva que incluía premios y castigos simbólicos.
Frente a un evento de violencia, toda la concurrencia coreaba
eso de “Qué boludos que son, no parecen Redondos la puta madre
que lo parió”. Y esa noche en River, después de los incidentes y de ese
cántico de sanción, uno podía ver a los chabones y a las minitas llorando
sobre una versión enclenque de “Juguetes perdidos”, cantando
como un ejército de fantasmas que aúlla el himno de una nación demolida.
Faltaban cuatro años para Cromañón, pero ahora uno repasa
la historia y entiende que de alguna manera ya estaba todo cocinado.
La temeridad, lo frágil y efímero de la conciencia general. Estaba todo
escrito, pero casi ninguno de nosotros sabía leer.
Todo esto es cansador –decirlo y escucharlo– porque parece la cinta
de Moebius de nuestras desgracias. Pero hay que hacer el esfuerzo de
volver a pensar el camino que nos llevó de República Cromañón a Miguel
Ramírez, pasando por Rubén Carballo y por todas esas noches
animadas por “el mejor público del mundo”, como vino a patentar la
publicidad del último Quilmes Rock. Más allá de lo irónico y triste
que suena hoy ese eslogan, ¿debemos condenar a la depresión a todo
el mundo? Por supuesto que no. Una cosa (la principal) es priorizar
el cuidado y la integridad, y otra es negar la conexión ceremonial que
existe entre los que pagan el ticket y los que se llevan la recaudación.
Se volvió a hablar mucho, en las últimas semanas, de cómo el público
quiso ganar cada vez más protagonismo en los espectáculos. Eso
es cierto, pero entre ese juego de seducción y la activación de un proyectil
naval hay un abismo. Es algo tan concreto que tal vez no resista
demasiado análisis. La culpa no es del público. Es la imbecilidad criminal
de un grupo de pibes (los que prenden bengalas) que tienen la edad
más que suficiente para recordar Cromañón, muchachos que deberían
haber llorado a esos muertos, porque eran sus compañeros de pogo.
¿Es la forma más estúpida de rebeldía a la que hayamos asistido? Ni siquiera.
“Era mi oportunidad”, dice en estas páginas Iván Fontán desde
un centro de detención de La Plata, desde donde nos respondió unas
preguntas por carta. “La Renga me hizo levantar muchas veces y yo
quería ofrendarles algo.” Hay una mezcla de misticismo, inconciencia
y deseo de hacerse visible en el modo en que este pibe intenta explicar
su decisión fatal, y es insólito –o estrategia de abogado– que en ningún
momento refiera a Cromañón como antecedente. Pero también
hay un contexto. Un consenso tácito entre artistas, público y medios
que empezaba a aceptar la utilización de pirotecnia en lugares abiertos.
El nuevo umbral de nuestra tolerancia.
El crimen, por supuesto, no tendría la resonancia ni la densidad que
tiene si no fuera por lo que pasó el 30 de diciembre de 2004 en Once. En
esa causa que ya tiene condenados políticos, policiales y empresariales,
resalta la historia de Pato Santos Fontanet, un cantante de rock sobre el
que pesa una condena de cinco años de cárcel. Más allá de lo inédito de la
situación, la vida actual de Pato pinta casi como ninguna otra este momento
de confusión y tragedias circulares del rock argentino, que desde ya es
parte de un estado de las cosas mucho más amplio. Como somos un poco
insistentes, volvemos a creer en la posibilidad de un nuevo comienzo, de
un futuro en el que la diversión y el cuidado, la pasión y el respeto por la
vida puedan ocupar el mismo espacio.
Durante una semana, un periodista de Rolling Stone
siguió la gira de Pato Fontanet por el sur del país.
Psicólogas fanatizadas, cenas en la habitación
y la mirada perdida de un cantante de rock frente
a la posibilidad de la cárcel. por juan morr is
Pasajero en trance
Lo que sale de su boca es un
vómito de desesperación, un
grito primitivo y desconsolado
que crece hasta estallar
con furia sobre la melodía.
Patricio Santos Fontanet
está parado al borde del escenario,
con el micrófono a
cinco centímetros de la boca
y los ojos en blanco. Es el final de “Imposible”, una
canción que Callejeros grabó en 2003, un rock que
habla de fantasías deformes que involucran a Gardel
y los Beatles tocando juntos en la plaza del barrio,
que habla del hambre, que critica a la televisión.
Nada nuevo, nada del otro mundo, una combinación
habilidosa de ciertos clichés. Pero lo importante
es lo que viene después, un grito que termina
convirtiéndose en un intento rabioso de decir algo
para lo que no existen palabras.
Y ése es el gran momento del show una de las
cosas más brutales y trastornadas que engendró
nuestro rock en los últimos tiempos. Una canción de
cuatro minutos que parece encerrar el aullido desamparado
de una época. Un grito lleno de impotencia,
angustia, rabia, arrepentimiento, incomprensión y
desconsuelo que te pone la piel de gallina.
Pato tiene un buzo negro, un pantalón negro y
unas Topper negras de lona: siempre se viste igual.
El último tema de la noche es “Suerte”, una canción
inédita que Callejeros había colgado en su web el
año pasado antes de separarse, que arranca con un
riff de guitarra de una épica melancólica y ricotera.
Una de las mejores canciones que escribió Pato en
su vida, en la que abandona esos paisajes rocambolescos
y grises del sistema y explora una narrativa
más íntima y poética, cantándolo en un tono más
bajo que resulta conmovedor.
ahora debe estar durmiendo. pato volvio a su
habitación hace media hora. Son las cuatro y media
de la mañana. Hace un rato escuché los pasos en el
pasillo, el ruido de la llave en la cerradura, la puerta
que se abría, la puerta que se cerraba, algo de barullo
en el cuarto, unas toses y ahora ya nada. El hotel
está en silencio y la habitación de Patricio Santos
Fontanet está exactamente debajo de la mía.
Todo está sucio en este hotel de Madryn, pero
sucio desde hace mucho tiempo. El piso de mi habitación
tiene una moqueta de un color indefinido,
como si fuera toda una gran mancha. Hay una tele
de 14 pulgadas empotrada muy alto en la pared y
no tiene control remoto. En el baño no te podés
duchar más de tres minutos porque se inunda.
La habitación de Pato es exactamente igual, sólo
que hay otra cama más en la que duerme Christian
“Dios” Torrejón, bajista de la banda y el único callejero
original que queda, además de él.
Hace un rato terminó el primer show de la gira de
una semana por Puerto Madryn, Santa Rosa, Cipolletti
y Bahía Blanca de Casi Justicia Social, la banda
que Patricio Santos Fontanet armó tras la separación
de Callejeros en septiembre del año pasado. Es
un domingo de mayo. CJS tocó en Metropoli’s, un
boliche para 400 personas en el centro de Madryn
que normalmente funciona como bailanta. Estuvo
lleno. En la barra sólo vendían speed, agua y gaseosas,
porque la mayoría de los que habían comprado
las entradas eran menores de edad.
Siete días antes, el Tribunal Oral en lo Criminal
Nº 24 había condenado a Santos Fontanet a cinco
años de prisión como “autor penalmente responsable
del delito de incendio culposo seguido de muerte
en concurso real con cohecho activo en calidad de
partícipe necesario. En la misma sentencia, Omar
Chabán recibió ocho años, Raúl Villarreal seis, el
ex manager Diego Argañaraz seis, Edu Vázquez
cuatro y el resto de los músicos, penas excarcelables
de dos y tres. La novedad del fallo fue la pena
con prisión efectiva para Pato, el modo en el que
se licuó la condena de Chabán y, además, la pena a
los funcionarios públicos y el comisario encargados
de las habilitaciones del lugar.
Su abogado defensor ya apeló la sentencia para
pedir su absolución y la nulidad del fallo. Los abogados
querellantes de los padres de las víctimas ya
apelaron para pedir que Pato pase el mayor tiempo
posible en la cárcel junto a sus ex compañeros de
Callejeros. En el show Pato no hizo ningún tipo de
comentario sobre su condena. En vivo, nunca hace
ninguna alusión a esas cosas aunque el asunto contamine
todo lo que haga: sus discos, sus canciones,
sus shows. Este podría ser el último. Muchos de
los que vinieron lo saben. Pero Pato no dijo nada.
Nunca dice nada.
Cuando se prenden las luces, en medio de toda
la gente que ya se empieza a ir del lugar, alguien
me toca el hombro. Cuando me doy vuelta, es una
señora de mediana edad, el pelo rojo y enrulado y
callejeros.
Me pregunta qué estoy haciendo y señala
mi anotador. Le digo que soy periodista, que estoy
cubriendo la gira de la banda. “Ah, está bien”, me
dice. Y después de quedarse un segundo pensando,
mientras se le ablanda el gesto en la cara, agrega:
“Vos me tenés que entrevistar a mí. Yo soy psicóloga
y sigo a la banda a todos lados”.
Dos cosas. La primera es que, al parecer, que haya
alguien tomando notas en un show de la banda de
Pato Fontanet es algo que se vive con cierto nerviosismo
entre los fans y la crew de CJS. Esta noche,
más tarde, me voy a enterar de que, mientras estaba
en medio del pogo con mi anotador, los encargados
de seguridad de la banda se enloquecieron pensando
que era algún tipo de “informante” de quién sabe
qué y, sin que yo me diera cuenta, se desplegaron a
mi alrededor para sacarme de las pelos. Por suerte,
a último momento, uno de los productores les
avisó que era un periodista de Rolling Stone y
abortaron la maniobra a tiempo. Este fue mi primer
contacto real con la paranoia que rodea al entorno
de Pato como una muralla de protección.
Y la segunda es que entre el público de CJS uno
puede encontrar de todo: una psicóloga de 52 años
que viaja sola siguiendo a CJS por toda la patria, tres
pibes de Quilmes de unos treinta y pico que van a
seguir toda la gira por el sur en un auto, un padre
y un hijo que –según dicen– lo único que comparten
es seguir a CJS. Y mis preferidos: Juan y Mauricio,
dos pibes que me encontré esta mañana en
el avión y van a ir a todos los shows pero volviendo
a Cañuelas entre ciudad y ciudad para trabajar
unas horas y volver a salir. Con ellos aterrizamos
en Trelew a las 8 de la mañana, en un vuelo vacío
de Austral, y de ahí nos tomamos una combi a Madryn
y nos alojamos en el mismo hotel que la banda.
Los músicos habían llegado el sábado a la tarde, en
un micro azul de larga distancia acondicionado con
doce camas, una sala de estar y unas mesas.
El lunes, al día siguiente del primer show, mientras
los músicos van a un campo cerca de Puerto
Pirámides a comer, me encuentro en el bar del hotel
donde está alojada Silvia, la psicóloga fan. “Callejeros
pasó de ser una banda a una causa para mí”,
me dice cuando nos sentamos en una de las mesas
del bar. Silvia tiene 52 años, vive en Merlo y el sábado
que viene va a viajar a Bahía para ver el final
de la gira.
La primera vez que vio a Callejeros fue en Excursionistas,
el 18 de diciembre de 2004. Dos semanas
más tarde no fue a Cromañón porque los lugares
cerrados le daban miedo. Su pareja de ese momento
sí fue, y sobrevivió. “Después se terminó la relación
pero yo sigo viniendo”, aclara. A partir de
entonces, empezó a ir a las marchas de Villa Celina,
atendió a algunos sobrevivientes y llegó a involucrarse
bastante con el entorno más cercano de la
banda, como la madre de Pato o el padre de Diego
Argañaraz, ex manager de la banda.
Mientras hablamos, la televisión está puesta en
TN, con la noticia de la agonía de Miguel Ramírez,
el chico herido por una bengala en el recital de La
Renga. “Yo pensaba ayer, comparando Cromañón
con el show de La Renga, que enseguida la banda
sacó un comunicado diciendo que lo sentían mucho
y cancelaron un show: psicológicamente vos podés
actuar cuando no estás implicado. Pero cuando vos
sos víctima de una tragedia, no podés tener esa distancia
de saber qué es lo que corresponde. Y todos
los chicos de Callejeros eran víctimas. Después del
incendio, Pato estaba viendo a su novia internada
en un lugar, a su madre en otro y encima lo perseguían
los medios. ¿Con qué cabeza, con qué frialdad
salís a dar un comunicado de prensa?”
Hay algo en los fanáticos de CJS de sostener al
ídolo y de protegerlo. Por eso, no sólo Pato y su círculo
íntimo son herméticos con respecto al misterio
de su vida privada: dónde vive, con quién vive
y demás cosas. Todos son rumores, nadie lo tiene
muy claro. Y sus fanáticos también se cuidan de
ver con quién abren la boca. Y si están frente a un
periodista, el cuidado es mucho mayor.
Por eso, esta noche, cuando vuelva a encontrarme
a Silvia en Metrópoli’s, en el segundo show de
la banda en Madryn, después de saludarme me va a
dar la espalda como para que ninguno vaya a creer
que está conmigo. Por eso, cuando le pregunto por
Pato, la charla no llega demasiado lejos. “A mí me
llama la atención, porque todos los demás, mal o
bien, han armado su vida. Pato no. Pato es el único
que no se casó, los demás estaban en pareja, mal o
bien. Pero de alguna manera algo pudieron armar.
El va, viene, va, viene…”
Hasta su domicilio es muy inestable. “Hasta
donde sé, estuvo en Quilmes, Córdoba, en lo de la
madre en Tapiales y en Palermo”, dice ella.
–Se comentó que el año pasado estuvo con una depresión
bastante fuerte…
–De eso no hablamos…
–¿Quiénes?
–Nadie.
el ultimo show de callejeros fue el 10 de julio
del 2010 en el estadio Orfeo Superdomo de Córdoba.
“Fue el peor recital lejos de la historia de Callejeros”,
dice Martín Bernasconi, un fan allegado a
la banda. Esa noche, Pato casi no cantó: se pasó la
mayor parte del show apuntando con el micrófono
hacia la gente, o colgado mirando las imágenes que
pasaban en las pantallas gigantes. Además, presentó
dieciocho veces a Juancho Carbone, se confundió
varias letras y se cayó dos veces en el escenario, tropezándose
con los parlantes del retorno.
“Después del Orfeo estuvo dos días sin aparecer,
perdido, con algunos grandes problemas, vaya
a saber de qué”, cuenta Martín. Pato reapareció un
día antes del show que Callejeros tenía agendado
en San Pedro, pero Carbone, que era una especie
de administrador del grupo, ya había resuelto dar
de baja el show. Ese fue el quiebre definitivo de la
banda, que terminó separándose a las piñas.
Según gente de su entorno, la última parte del
año Pato sufrió una depresión muy profunda. Se
pasaba semanas sin salir de su cuarto, en la casa de
la madre. Ponía la televisión, el equipo de música y
la computadora a todo volumen al mismo tiempo.
Algunos hablan de que llegó a sufrir alucinaciones
y aseguran que estuvo yendo a una granja de recuperación.
Otros dicen que una psicóloga lo atendió
en su casa en lo que fue una internación domiciliaria,
como para que no trascendiera.
En el libro Callejeros en primera persona (Planeta,
2008), la biografía desautorizada de la banda firmada
por la periodista Laura Cambra, Pato contaba
que todavía escuchaba los gritos de aquella noche.
“Uno se acuerda de todo. No hay día en que no se
acuerde”, decía. “Todavía tengo pesadillas. Todavía
escucho los gritos, despierto y dormido.”
de madryn a santa rosa hay cerca de 800 kilometros
de desierto. Unas diez horas de ruta a bordo
de un micro atravesando la nada: horas y horas de
Patagonia y de llanura pampeana, a menos que uno
viaje de noche, durmiendo o tratando de hacerlo.
A la mañana siguiente, el hotel Alejandría de
Santa Rosa resulta ser notoriamente mejor que el
de Madryn. En principio, es nuevo. Un tres estrellas
en las afueras de la ciudad, sobre la ruta, estrenado
hace poco, con paredes blancas impecables,
pisos de cerámica reluciente, mucha luz natural y
un comedor con una colección de nueve cabezas
de ciervos embalsamados que el dueño del hotel
cazó en sus viajes por Sudáfrica.
Cuando llego, mi habitación todavía no está lista,
así que espero que la terminen tomando un café.
En otra de las mesas están los productores locales
del show, cerrando números y tratando de conseguir
las firmas que les faltan en las habilitaciones.
Miguel Ramírez murió en el hospital por la herida
que le causó la bengala. Mientras termino mi café,
entran dos repartidores cargando lo que reconozco
como el pedido de la banda, porque veo las mismas
botellitas de Powerade de frutas tropicales,
una bebida energizante de color ciruela flúo que
toma Luis “Lulú" Lamas, el batero, unas botellas
de Gatorade de naranja que toma Torrejón y dos
cajas de cerveza Corona para Pedi, el guitarrista
(ex Jóvenes Pordioseros).
Hace tres días, el show tuvo que cambiar de sede
porque cuando los miembros del Consejo Directivo
del Club Estudiantes se enteraron de que la autorización
era para la banda del cantante de Callejeros
decidieron no firmar nada. Tenían miedo de que los
escracharan pintando la puerta del club.
A la tardecita, cuando llega el micro con los músicos
y se enteran de que ya estoy alojado ahí, estalla
una pequeña crisis. Los teléfonos de los productores
empiezan a arder y yo lo sé porque estoy con
ellos. Quieren ir a otro hotel. Empiezo a pensar si
el operativo para sacarme del boliche la primera
noche en Madryn no habrá surgido porque Pato
me vio desde el escenario anotando cosas (cosas
como que cuando está arriba del escenario tiene la
mirada perdida, no mira hacia ningún lugar), pero
tal vez sea ir demasiado lejos.
Finalmente, el productor de la gira, del equipo
de José Palazzo (responsable del Cosquín Rock),
logra apaciguar los ánimos y los convence de que
no soy tan peligroso, mientras resuelve un tema
más urgente: dónde comer esa noche. Aunque los
padres de víctimas de Cromañón más militantes
acusan a Fontanet de estar enriqueciéndose, esta
noche, el presupuesto que tiene la banda para cenar
es de 30 pesos por cabeza y en los restaurantes de
Santa Rosa, como en los del resto de la Argentina,
comer por menos de 60 es casi imposible. Así que
terminan pidiendo un delivery y comiendo cada
uno en su habitación, mirando la tele.
Esta vez, mi habitación no está ni cerca de la de
Pato. El hotel tiene tres pisos y, como yo estaba
alojado en el primero, la banda decidió ocupar las
habitaciones del tercero.
A la mañana siguiente, cuando bajo a desayunar,
me choco con Torrejón. Lo saludo y me presento.
Christian me sonríe echando su cuerpo apenas hacia
atrás, como para alejarse de mí sin tener que dar un
paso, y me dice: “Todo bien”. Después se va.
En una de las mesas del comedor están los técnicos
de la banda y en otra, contra la ventana, está
Lolo Bussi, el encargado de seguridad del grupo (el
mismo que estaba a cargo en la noche de Cromañón),
desayunando con Pedi. Están viendo en TN
una entrevista a un especialista en bengalas, si es
que eso existe. “Ahora salen todos los técnicos a
hablar de las bengalas”, se queja Lolo en voz alta.
Pedi, por su parte, está colgado mirando los ciervos
embalsamados que hay en la pared al lado del
plasma y que, al parecer, le resultan mucho más
interesantes. De hecho, se termina parando para
mirarlos bien de cerca y está por acariciar a uno,
pero justo lee el cartel que dice “Prohibido tocar”
y se reprime a tiempo.
Después bajan Crispín, un ex plomo de Callejeros
que reemplazó al guitarrista Maxi Djerfy
cuando se fue del grupo, y Leopoldo Janín, el
saxofonista invitado, y se sientan en la mesa con
Lolo, en las sillas que acaban de dejar vacías Pedi
y Christian. Puede ser que me estén contagiando
un poco de su paranoia, pero al rato me empieza
a parecer que es una técnica para que no los moleste:
Lolo se pasa toda la mañana sentado en una
de las mesas y los músicos van bajando de a uno y
sentándose con él.
Hasta ahora llevan vendidas 465 entradas en
Santa Rosa. En la televisión informan que los productores
del show de La Renga también están procesados
por la muerte de Miguel Ramírez. Todos se
reúnen alrededor de la computadora del productor
para ver en internet el video de la bengala en el show.
El tema tiene bastante nerviosos a todos, porque
revive el fantasma Cromañón en una ciudad conservadora
como ésta, donde a ningún funcionario
le interesa jugarse el puesto firmando un permiso
para que toque la banda de Pato Fontanet. De hecho,
aunque esta misma noche es el show, por lo que escucho
todavía les falta conseguir una firma.
Al mediodía, vuelvo a bajar al bar para comer
algo y me siento en una de las mesas del fondo para
enchufar la computadora. Al rato veo que los músicos
también empiezan a bajar, pero cuando me ven,
deciden sentarse en las mesas de plástico que hay en
la vereda del hotel: a esta altura, la banda se mueve
de la forma exactamente contraria a la mía.
Un rato después, llega una moto con un pedido
para los chicos de la banda. Pidieron vacío con ensalada
y tortilla de papa. Ahí afuera están todos menos
Pato, que baja cuando la comida ya está servida.
Está vestido con una remera negra de La Caverna
que ya le vi usar en varios shows, un jogging negro
de Adidas y las Topper negras de siempre.
En este preciso momento, los stage de la banda
están terminando de armar el escenario en la cancha
de básquet del Club General Belgrano, el lugar
donde será el show esta noche. En la televisión, la
noticia de último momento es que la policía está detrás
del que tiró la bengala que mató a Miguel.
Cuando terminan de comer, van trayendo de a
uno los platos y los vasos que usaron hasta el bar
y los dejan sobre el mostrador. Pato es el último en
traer el suyo y, cuando entra en la cocina, los otros
músicos ya se están yendo, así que por unos segundos
quedamos él y yo en el comedor.
Estamos a cinco, seis metros de distancia. En el
medio hay algunas mesas vacías y, después de dejar
su plato en la barra, gira la cabeza hacia donde estoy
yo y me mira. Son dos, tres segundos; yo estoy en
la otra punta del bar, en una mesa atestada con los
restos de mi almuerzo, un par de libros, una coca,
una Rolling vieja y la computadora.
Este es el momento para el que viajé hasta acá, el
instante de la gira en el que las casualidades me lo
dejan delante, solo, la primera vez en estos cuatro
días de viaje por ciudades desoladas del sur en el que
quedamos frente a frente. Antes del show de Santa
Fe del 30 de abril, se rapó y se afeitó, y los pelos de
la cabeza y de la barba están volviendo a hacer sombra.
Está un poco más gordo que en su imagen más
icónica: con la barba y el pelo crecidos, la mirada
grave, los rasgos afilados. Su abogado ya pidió la
nulidad de la sentencia y quiere llevar la causa a la
Corte Suprema, pero lo cierto es que hoy, este mediodía
en Santa Rosa, Pato tiene sobre sus espaldas
una condena de cinco años de prisión.
Todas las personas de su entorno con las que
hablé hasta ahora me dijeron lo mismo: “Pato no
va a hablar”. Y eso fue antes de que sucediera lo
de la bengala. Unos días antes de viajar fui a Villa
Celina y estuve en la calle Barros Pazos, donde
empezó la historia de Pato y su banda. Fue unos
días después de la sentencia de Casación y, cuando
hablé con el padre de Christian Torrejón en la
puerta de su casa, una construcción de dos pisos
sin terminar, que tiene las ventanas del primero
tapiadas, me dijo: “Te doy el consejo de un boludo:
cuando te les acerques a Pato y al pibe mío no
les digás que sos de Rolling Stone, deciles que
te gusta su música, porque, si no, no te van a querer
decir nada”.
No le hice caso. El primer día de gira, cuando el
productor le dijo que quería hacer una nota de rock,
su respuesta fue: “Esa no es una revista de rock”.
Y ahora, mientras lo tengo ahí enfrente, no hay
violencia en su mirada, ni rechazo, hay una intensidad
vacía, lejana. No me termina de quedar claro si
me está mirando a mí o a algo mío que no soy exactamente
yo. Me pregunto qué estará pensando. En
el mundo que pinta en sus canciones, con paisajes
siniestros y metafísicos en los que hay buenos y
malos, mentiras y verdades, jueces que no cumplen
la ley, medios que desinforman y políticos coimeros,
yo claramente juego para los malos: su mirada me
lo hace saber aunque no sea acusatoria.
Cuando abro la boca para decirle algo, Pato se da
vuelta, se mete en el ascensor y desaparece.
ver a santos fontanet en vivo es una experiencia
de la que uno no puede salir sin embarrarse.
Sobre el escenario, es un líder con un carisma esquivo,
un frontman desabrido y a la vez fascinante
que casi no mira al público y camina de una forma
errática y nerviosa por el escenario. Cuando canta,
entrecierra los ojos y mira hacia un lugar que parece
estar mucho más lejos que el fondo del campo,
un lugar que ya dejó de existir.
Es como si algo entre él y el público se hubiera
roto, como si la grieta que se abrió esa noche horrible
hubiera seguido creciendo cada vez más y sólo por
momentos, en algunos pasajes de los shows, Pato
pudiera restituir apenas la conexión, fugazmente,
algo titilante que después vuelve a cortarse.
Esta noche, en la cancha de básquet del Club
General Belgrano, Pato sale al escenario con un
buzo negro con capucha y el jogging Adidas. El
show arranca con una ráfaga de clásicos: “Prohibido”,
“Creo” y “9 de Julio”.
La mayor parte del tiempo tiene un gesto de gravedad
en la cara, como si algo lo tuviera preocupado.
Algo que no tiene nada que ver con lo que está
pasando en el show, como si estuviera pendiente
de otra cosa, algo que está muy dentro de sí, en su
cabeza. Sólo de a ratos parece conectarse con el
show, con la gente. En Callejeros en primera persona,
Pato hablaba de cómo se sentía cuando subía
a un escenario después de Cromañón. “Empiezo a
transpirar, me pongo nervioso, me fijo por dónde
salir si pasa algo, los primeros quince o veinte minutos
me lo paso mirando el techo, no estoy en lo
78 rolling stone, junio de 2011 rolling stone, junio de 2011 79
que está pasando. Estoy pendiente
de lo que hay alrededor”,
contaba.
Para los fanáticos, la lejanía
de Pato, su desconexión, es un
detalle que intentan comprender
pero que no logran resolver
del todo. “Antes hacía chistes,
jorobaba más. Recién ayer
lo vi más suelto”, me dijo Silvia,
la psicóloga, después del show
de Madryn. “Pero muchas veces
no habla, no dice nada. Es más,
a veces hemos estado esperando
que diga algo…”
Acá en Santa Rosa, Martín
Bernasconi me lo dice así: “Antes
de Cromañón, tenía otra relación con el público,
había otro ambiente, tanto de parte de la banda
como de la gente. Pato hablaba mucho, hacía chistes,
caminaba de lado a lado, y creo que la onda
que le metía era un punto alto del crecimiento de
Callejeros. Después cambió muchísimo. Sólo en
algunos recitales se mostró activo, con ganas, alegre,
hablando con la gente y mirando al público.
En muchos otros, en la gran mayoría, se cuelga,
canta como pensando y preocupado en muchas
cosas, además de que cambió totalmente la forma
de cantar. Ya no se mueve tanto; te diría hasta que
canta con bronca y dolor”.
De pronto, en un momento que se hace un
bache entre tema y tema, un grupito empieza a
cantar: “Escuchenló, escuchenló, escuchenló, ni
las bengalas, ni el rocanrol, a esos pibes los mató
la corrupción”.
Más allá de la estupidez de que estén cantando
eso un día después de que Miguel Ramírez muriera
por una bengala, lo que llama la atención es esa
leve modificación sintáctica de la canción: ya no
es “a nuestros pibes” sino “a esos pibes”. Es algo
mínimo, pero explica algo que pasó con el público
de Callejeros. Para los adolescentes que empezaron
a escuchar y a seguir a la banda después de
Cromañón, para esos pibes que cuando la media
sombra se encendió tenían 12, 13, 14 años y no
tienen nada que los ligue con la tragedia, la noche
del 30 de diciembre no es mucho más que el mito
de origen de la popularidad de la banda, la noche
en que el crimen del Estado con la juventud de las
clases bajas se terminó de consumar de su forma
más brutal: algo a lo que Pato le cantaba desde los
primeros discos cuando hablaba sobre la corrupción,
los jueces, los buenos y los malos, los culpables
y los inocentes.
La relación entre Pato y su público es como mínimo
compleja. El Indio es un ídolo lejano, que
vive recluido en su mansión de Parque Leloir, alguien
al que nunca te vas a cruzar por la calle. Pato,
en cambio, es un ídolo que se mueve en las bases,
entre Villa Celina y Tapiales, que siempre usa las
mismas remeras, que tiene un Volkswagen Senda
bordó destartalado, que durante la gira se hospeda
en un hotel a veces peor que el de sus fans, que
cuando le piden una foto, frena y se la saca, pero
sin embargo parece estar a kilómetros de distancia
de donde está. Una especie de desfasaje entre el ser
y el estar. Antes del juicio, Pato lo decía así: “De lo
judicial hablamos muy por arriba y en estas fechas
las cosas se ponen peor: no sabés qué hacer. Ocupás
el tiempo pero no ocupás el espacio”.
despues de una nueva noche fria en un micro,
cruzando la ruta del desierto desde Santa Rosa
hasta Cipolletti, en Neuquén, lo que me espera es
el mejor show de la banda. Tocan en Meet, un boliche
en la entrada de la ciudad.
En vivo, esta nueva formación tiene su propio
equilibrio: la intensidad escénica de Pato contrasta
con el desparpajo y la soltura de Pedi, encargado
de ponerle frescura, diversión y virtuosismo a la
banda sobre el escenario. Casi los únicos momentos
en los que Pato sonríe es cuando cruza miradas
con él, que lo arenga con su estilo de guitar-hero barrial:
sobre el escenario, ésa es la dupla constitutiva,
desde donde nace toda la energía cinética que
transmite el grupo.
A la izquierda de Pato, como en la era callejera,
está Torrejón, que siempre parece habitar una realidad
paralela, tocando el bajo con los ojos cerrados y
una sonrisa fantasmal, hundido en sí mismo como si
nada de lo que pasa a su alrededor llegara a afectarlo,
llamarle la atención o siquiera despertarlo.
Después de comer algo en los camarines de Meet
cuando termina el show, el viernes a la noche los músicos
se suben al micro y duermen en la ruta, rumbo
a Bahía Blanca, el último punto de la gira.
A la mañana, cuando llegan al hotel Muñiz, lo
primero que hacen es preguntar en la recepción si
ya se alojó un periodista que los viene siguiendo
por todas las ciudades y averiguando, de alguna
forma, en qué hotel se van a quedar.
Yo había llegado esa madrugada y después de
hacer el check-in me había ido a dormir un rato a la
habitación. Y a media mañana, cuando bajo a desayunar
después de dormir un rato, me cruzo a los
músicos en el hall del hotel, esperando el
ascensor en el que yo estaba bajando.
Están todos menos Pato. Palazzo, el
productor cordobés, llegó esta mañana
para acompañar al grupo en su último
show y, no bien me ven bajar del ascensor,
Lulú, el batero, va hasta donde estaba
Palazzo sentado desayunando y le dice
algo al oído mientras me señala.
Los plomos y sonidistas de la banda
están tomando café y comiendo medialunas.
Yo voy hasta el bar, lo saludo a
Palazzo y me siento a desayunar. Palazzo
me dice que ayer a la noche habló con
Pato, le volvió a decir que me diera una
entrevista, pero no tuvo suerte. “Te tocó
la peor semana posible, flaco”, me dice.
“Pato está muy preocupado con el tema de la bengala
en el show de La Renga, no es nada personal
con la revista, eh.”
Después de tomar el café y escribir un rato, salgo
a dar una vuelta. Un rato después, cuando vuelvo,
me entero de que los músicos se cambiaron de hotel.
Pero no fue tan fácil: antes de alojarse finalmente en
el Land Park, el cinco estrellas de Manu Ginóbili,
pasaron por tres hoteles donde los rebotaron por
ser la banda del cantante de Callejeros.
el ultimo show es en un polideportivo rodeado
de bosques en las afueras de Bahía Blanca. Que
el detenido por la bengala en el show de La Renga
sea de Ingeniero White, un suburbio de Bahía,
multiplicó la paranoia de los funcionarios, la policía
y los bomberos con respecto a este recital de
Casi Justicia Social. Los productores consiguieron
la habilitación para hacer el show sólo porque los
encargados de firmar los papeles se dieron cuenta
demasiado tarde de que CJS era la banda residual
de Callejeros.
Cuando llego al lugar, lo primero que veo es una
especie de estación Retiro en medio de la nada. Al
costado de la ruta, en un pastizal, hay unos quince
micros de larga distancia estacionados erráticamente,
con sus choferes sentados al lado tomando
mate como gauchos con sus caballos.
El show arranca pasadas las diez de la noche con
“Un lugar perfecto”. En esta semana, vi a CJS desde
todos los ángulos: desde la valla, bien adelante, en
medio del pogo, a un costado, atrás, a la izquierda, a
la derecha y ahora lo miro desde arriba, desde unas
oficinas vacías que hay al fondo del gimnasio. Pero
bajo al campo: así es como mirarlo por la tele.
El gimnasio tiene techo de chapa y las paredes
de los costados son todas salidas de emergencia.
Cuando voy para delante, cerca de las vallas, veo
que al lado mío, un pibe en cuero llora desconso-
ladamente, apretando la cara contra una remera de
Viejas Locas, mientras canta la segunda canción
de la noche: “Ilusión”, el último tema de Presión,
el disco que sacaron en 2003 y los propulsó a la
masividad pre Cromañón.
Y de pronto, aunque ahí afuera es una noche
totalmente despejada, acá adentro empieza a llover.
Son unas gotas aisladas de agua que pronto
se convierten en una llovizna. Sobre el escenario,
Pato se aferra al micrófono como si estuviera por
caerse y canta con los ojos cerrados. Edu Vázquez
está preso en el penal de Ezeiza. En el gimnasio
la transpiración de todos los que estamos acá se
condensa en el techo de chapa y vuelve a nuestros
cuerpos como una lluvia, como en los tiempos en
los que Callejeros tocaba en Cemento. Pato camina
nervioso por el escenario hundiendo su mirada
en medio de la gente. El ex guitarrista de Callejeros,
Maxi Djerfy, formó su propia banda y, hace
poco, declaró en Clarín que el único de la banda
que debería ir preso es Pato.
Este podría ser el último show de CJS. Pero
antes del final, Pato se despide anunciando que
pronto van a tocar en Mar del Plata, en Rosario,
en Córdoba. “Un saludo a los chicos de La Renga
y a los invisibles de siempre”, dice.
Después del recital, la banda se refugia en los
camarines, que están montados en la Intendencia
del polideportivo, una casita amarilla alejada unos
cincuenta metros del gimnasio, en medio del parque.
Mientras el público termina de salir del predio
y los stage empiezan a desarmar los equipos
y el escenario a toda velocidad, una caterva de
gente con cierto acceso se empieza a acumular en
la puerta de la casita. Las escenas que se producen
en las puertas de los camarines después de los
shows deben ser de lo más lamentables del rock:
un montón de gente implorando y humillándose
para que los dejen pasar a un cuartito donde hay
cinco o seis tipos que acaban de tocar comiendo
sanguchitos.
Las ventanas están tapadas con unas cortinas
blancas y el acceso a la zona está vallado y custodiado
por policías, así que los que estamos acá
afuera tenemos algún tipo de acceso, aunque no el
suficiente, tratando de traspasar el último umbral
de intimidad de la banda.
Todos estamos acá por Pato, que está ahí adentro
con Pedi, Palazzo y un par de amigos más. Se
escuchan risas. La policía hace una última barrida
de gente y yo zafo porque justo pasa uno de los productores
y les dice que no, que soy periodista, que
me dejen. Al rato se aburren y se van, y varios de
los expulsados vuelven a la carga. Ya son las 2 de la
mañana. Ya no sé bien qué hacer.
Estoy esperando que salga Pato
para que me diga cualquier cosa:
que me vaya, que no me quiere
ver más o por lo menos que me
empuje. Tendría que haberme
traído la campera. Lo llamo a
Palazzo y le digo que estoy acá
afuera cagándome de frío y que
ya que Pato no me va a hablar,
que él le pregunte por mí qué es
lo que mira cuando está arriba del
escenario. Palazzo me dice que le
pregunta y me llama.
Me acerco un poco más a la
casa y me siento en el bordecito
de un macetero con plantas que
hay frente a uno de los ventanales
a esperar. Escucho unas risas
que vienen de adentro. Escucho
que alguien que podría ser Pato
dice la palabra “culo”. Escucho
más risas. Me doy cuenta de que
si me acerco un poco más a la
ventana tal vez escuche de qué
carajo están hablando. “Mirá
que lo va a poner”, escucho que
dice una voz que se parece a la
de Palazzo. “Y que lo ponga…”,
dice otra que se parece a la de Pato. Están hablando
de la respuesta a mi pregunta. Escucho la voz
de una chica que dice: “Decile que mirás el agua”.
Ahí empieza un murmullo de voces más fuertes y
ya no entiendo qué dicen. Es una noche despejada.
La gira de Casi Justicia Social por el sur argentino
acaba de terminar oficialmente. Lo que les queda
es volver al hotel, dormir un rato, juntar las cosas
y mañana a las 6 y media subirse al micro para volver
a Buenos Aires. Me pego más a la ventana a ver
si distingo la voz de Pato entre el murmullo, pero
justo a mi derecha aparece el comisario Belagua, un
policía riojano que acompaña a la banda a todos los
recitales y me dice: “Dice José Palazzo que te diga
que mira a la gente”.
Esperaba más, eso no sirve para terminar la nota.
En eso, Lolo sale de la casa y le dice al de la combi
que la estacione frente a la puerta. Van a salir. Los
que quedamos ahí afuera nos paramos frente a la
puerta, en fila, parecemos granaderos custodiando
el paso de un jefe de Estado o algo así. Esos tres
metros que separan la puerta de la combi son mi última
oportunidad de encarar a Pato. Le voy a decir
que esperaba más de su respuesta o preguntarle
a qué gente mira cuando canta, porque a los que
están ahí en el show, a esos no los está mirando.
Se abre la puerta de la casa y salen todos y suben
a la camioneta. Todos menos Pato y Palazzo. Esperamos
un ratito más. Lolo cierra la puerta de la
casa, va hasta la combi, se sube adelante y le dice
al chofer que arranque. Los tres que quedamos ahí
afuera nos metemos apurados dentro de casa a ver
si están todavía ahí y nos encontramos a un tipo y
una mina limpiando los restos de lo que quedó en
una mesa ratona, frente a los sillones en los que,
hasta recién, estuvo sentado Pato, que ya no está,
se escapó por la otra puerta.[/align]
De vuelta al infierno
Era el año 2000 y el primer show de los Redondos en River era algo tan
grande, emotivo y peligroso que no podía ser otra cosa que el final de algo.
Había unas 70 mil personas en un raro estado de tensión y comunión, esa
mezcla única que se vivía en los recitales de los Redondos de esa época. Las
luces de bengala, desde el comienzo, ardían sobre las cabezas de los fans.
Pero en ese momento, las bengalas, instaladas desde hacía mucho tiempo
como parte del ritual, no eran símbolo de muerte en el rock. Los muertos
del rock los ponía la policía o los cuchilleros.
Esa noche, después de un bucle de pánico que se formó en el campo
de juego, la banda desapareció de escena, volvió al cabo de un rato y
la voz del Indio Solari sonó más severa que nunca al bajar un enunciado
que pasaría a la historia de la prédica masiva: “Ha pasado algo
muy grave acá… ¡Préstenme atención, carajo! Han entrado un par de
hijos de puta, no sé si mandados por alguien o qué, que se cagan en el
esfuerzo de la banda y de los 70, 80 mil pibes que vinieron a vernos.
Hay varios chicos lastimados... No estamos de ánimo y sólo vamos a
concluir este show por respeto, pero consideren ésta como una de las
últimas noches que tocamos”.
Lo que había pasado, aparentemente, es que Jorge Pelé Ríos, un lumpen
de 27 años armado con una trincheta, había empezado una pelea
entre barras de clubes del ascenso. Ríos, que según se dijo había salido
de la cárcel hacía unos meses, terminó acuchillado y murió nueve
días después en una cama del Pirovano. No vimos a nadie llorándolo
por televisión. No sabemos si tenía familia o si todo lo que se dijo de él
(más bien poco) era cierto. No hubo investigación por homicidio. Es
uno de esos muertos por los que el rock nunca reclamó. Uno de esos
muertos que se barren debajo de la alfombra. Como Marcelo Scalera,
el skinhead ajusticiado en Parque Rivadavia durante un festival por
Walter Bulacio (1996). Muertos de otro bando.
Pero el Indio Solari se acuerda de esas noches en River y, como casi
todos nosotros, tiene emociones cruzadas. Como le dijo a esta revista
después de Cromañón, él no quiso renegar de esa fosforescencia que lo
encandiló en River, aun en medio de la furia y con las luces del estadio
encendidas por orden judicial. “La cultura rock tiene eso, también: no
es una cultura progresista, de todo prolijito.”
En aquella época de auge ricotero, si bien casi todo era descontrol
(o más bien no había control, parafraseando a Juanse), sí existía una
suerte de autorregulación colectiva que incluía premios y castigos simbólicos.
Frente a un evento de violencia, toda la concurrencia coreaba
eso de “Qué boludos que son, no parecen Redondos la puta madre
que lo parió”. Y esa noche en River, después de los incidentes y de ese
cántico de sanción, uno podía ver a los chabones y a las minitas llorando
sobre una versión enclenque de “Juguetes perdidos”, cantando
como un ejército de fantasmas que aúlla el himno de una nación demolida.
Faltaban cuatro años para Cromañón, pero ahora uno repasa
la historia y entiende que de alguna manera ya estaba todo cocinado.
La temeridad, lo frágil y efímero de la conciencia general. Estaba todo
escrito, pero casi ninguno de nosotros sabía leer.
Todo esto es cansador –decirlo y escucharlo– porque parece la cinta
de Moebius de nuestras desgracias. Pero hay que hacer el esfuerzo de
volver a pensar el camino que nos llevó de República Cromañón a Miguel
Ramírez, pasando por Rubén Carballo y por todas esas noches
animadas por “el mejor público del mundo”, como vino a patentar la
publicidad del último Quilmes Rock. Más allá de lo irónico y triste
que suena hoy ese eslogan, ¿debemos condenar a la depresión a todo
el mundo? Por supuesto que no. Una cosa (la principal) es priorizar
el cuidado y la integridad, y otra es negar la conexión ceremonial que
existe entre los que pagan el ticket y los que se llevan la recaudación.
Se volvió a hablar mucho, en las últimas semanas, de cómo el público
quiso ganar cada vez más protagonismo en los espectáculos. Eso
es cierto, pero entre ese juego de seducción y la activación de un proyectil
naval hay un abismo. Es algo tan concreto que tal vez no resista
demasiado análisis. La culpa no es del público. Es la imbecilidad criminal
de un grupo de pibes (los que prenden bengalas) que tienen la edad
más que suficiente para recordar Cromañón, muchachos que deberían
haber llorado a esos muertos, porque eran sus compañeros de pogo.
¿Es la forma más estúpida de rebeldía a la que hayamos asistido? Ni siquiera.
“Era mi oportunidad”, dice en estas páginas Iván Fontán desde
un centro de detención de La Plata, desde donde nos respondió unas
preguntas por carta. “La Renga me hizo levantar muchas veces y yo
quería ofrendarles algo.” Hay una mezcla de misticismo, inconciencia
y deseo de hacerse visible en el modo en que este pibe intenta explicar
su decisión fatal, y es insólito –o estrategia de abogado– que en ningún
momento refiera a Cromañón como antecedente. Pero también
hay un contexto. Un consenso tácito entre artistas, público y medios
que empezaba a aceptar la utilización de pirotecnia en lugares abiertos.
El nuevo umbral de nuestra tolerancia.
El crimen, por supuesto, no tendría la resonancia ni la densidad que
tiene si no fuera por lo que pasó el 30 de diciembre de 2004 en Once. En
esa causa que ya tiene condenados políticos, policiales y empresariales,
resalta la historia de Pato Santos Fontanet, un cantante de rock sobre el
que pesa una condena de cinco años de cárcel. Más allá de lo inédito de la
situación, la vida actual de Pato pinta casi como ninguna otra este momento
de confusión y tragedias circulares del rock argentino, que desde ya es
parte de un estado de las cosas mucho más amplio. Como somos un poco
insistentes, volvemos a creer en la posibilidad de un nuevo comienzo, de
un futuro en el que la diversión y el cuidado, la pasión y el respeto por la
vida puedan ocupar el mismo espacio.
Durante una semana, un periodista de Rolling Stone
siguió la gira de Pato Fontanet por el sur del país.
Psicólogas fanatizadas, cenas en la habitación
y la mirada perdida de un cantante de rock frente
a la posibilidad de la cárcel. por juan morr is
Pasajero en trance
Lo que sale de su boca es un
vómito de desesperación, un
grito primitivo y desconsolado
que crece hasta estallar
con furia sobre la melodía.
Patricio Santos Fontanet
está parado al borde del escenario,
con el micrófono a
cinco centímetros de la boca
y los ojos en blanco. Es el final de “Imposible”, una
canción que Callejeros grabó en 2003, un rock que
habla de fantasías deformes que involucran a Gardel
y los Beatles tocando juntos en la plaza del barrio,
que habla del hambre, que critica a la televisión.
Nada nuevo, nada del otro mundo, una combinación
habilidosa de ciertos clichés. Pero lo importante
es lo que viene después, un grito que termina
convirtiéndose en un intento rabioso de decir algo
para lo que no existen palabras.
Y ése es el gran momento del show una de las
cosas más brutales y trastornadas que engendró
nuestro rock en los últimos tiempos. Una canción de
cuatro minutos que parece encerrar el aullido desamparado
de una época. Un grito lleno de impotencia,
angustia, rabia, arrepentimiento, incomprensión y
desconsuelo que te pone la piel de gallina.
Pato tiene un buzo negro, un pantalón negro y
unas Topper negras de lona: siempre se viste igual.
El último tema de la noche es “Suerte”, una canción
inédita que Callejeros había colgado en su web el
año pasado antes de separarse, que arranca con un
riff de guitarra de una épica melancólica y ricotera.
Una de las mejores canciones que escribió Pato en
su vida, en la que abandona esos paisajes rocambolescos
y grises del sistema y explora una narrativa
más íntima y poética, cantándolo en un tono más
bajo que resulta conmovedor.
ahora debe estar durmiendo. pato volvio a su
habitación hace media hora. Son las cuatro y media
de la mañana. Hace un rato escuché los pasos en el
pasillo, el ruido de la llave en la cerradura, la puerta
que se abría, la puerta que se cerraba, algo de barullo
en el cuarto, unas toses y ahora ya nada. El hotel
está en silencio y la habitación de Patricio Santos
Fontanet está exactamente debajo de la mía.
Todo está sucio en este hotel de Madryn, pero
sucio desde hace mucho tiempo. El piso de mi habitación
tiene una moqueta de un color indefinido,
como si fuera toda una gran mancha. Hay una tele
de 14 pulgadas empotrada muy alto en la pared y
no tiene control remoto. En el baño no te podés
duchar más de tres minutos porque se inunda.
La habitación de Pato es exactamente igual, sólo
que hay otra cama más en la que duerme Christian
“Dios” Torrejón, bajista de la banda y el único callejero
original que queda, además de él.
Hace un rato terminó el primer show de la gira de
una semana por Puerto Madryn, Santa Rosa, Cipolletti
y Bahía Blanca de Casi Justicia Social, la banda
que Patricio Santos Fontanet armó tras la separación
de Callejeros en septiembre del año pasado. Es
un domingo de mayo. CJS tocó en Metropoli’s, un
boliche para 400 personas en el centro de Madryn
que normalmente funciona como bailanta. Estuvo
lleno. En la barra sólo vendían speed, agua y gaseosas,
porque la mayoría de los que habían comprado
las entradas eran menores de edad.
Siete días antes, el Tribunal Oral en lo Criminal
Nº 24 había condenado a Santos Fontanet a cinco
años de prisión como “autor penalmente responsable
del delito de incendio culposo seguido de muerte
en concurso real con cohecho activo en calidad de
partícipe necesario. En la misma sentencia, Omar
Chabán recibió ocho años, Raúl Villarreal seis, el
ex manager Diego Argañaraz seis, Edu Vázquez
cuatro y el resto de los músicos, penas excarcelables
de dos y tres. La novedad del fallo fue la pena
con prisión efectiva para Pato, el modo en el que
se licuó la condena de Chabán y, además, la pena a
los funcionarios públicos y el comisario encargados
de las habilitaciones del lugar.
Su abogado defensor ya apeló la sentencia para
pedir su absolución y la nulidad del fallo. Los abogados
querellantes de los padres de las víctimas ya
apelaron para pedir que Pato pase el mayor tiempo
posible en la cárcel junto a sus ex compañeros de
Callejeros. En el show Pato no hizo ningún tipo de
comentario sobre su condena. En vivo, nunca hace
ninguna alusión a esas cosas aunque el asunto contamine
todo lo que haga: sus discos, sus canciones,
sus shows. Este podría ser el último. Muchos de
los que vinieron lo saben. Pero Pato no dijo nada.
Nunca dice nada.
Cuando se prenden las luces, en medio de toda
la gente que ya se empieza a ir del lugar, alguien
me toca el hombro. Cuando me doy vuelta, es una
señora de mediana edad, el pelo rojo y enrulado y
callejeros.
Me pregunta qué estoy haciendo y señala
mi anotador. Le digo que soy periodista, que estoy
cubriendo la gira de la banda. “Ah, está bien”, me
dice. Y después de quedarse un segundo pensando,
mientras se le ablanda el gesto en la cara, agrega:
“Vos me tenés que entrevistar a mí. Yo soy psicóloga
y sigo a la banda a todos lados”.
Dos cosas. La primera es que, al parecer, que haya
alguien tomando notas en un show de la banda de
Pato Fontanet es algo que se vive con cierto nerviosismo
entre los fans y la crew de CJS. Esta noche,
más tarde, me voy a enterar de que, mientras estaba
en medio del pogo con mi anotador, los encargados
de seguridad de la banda se enloquecieron pensando
que era algún tipo de “informante” de quién sabe
qué y, sin que yo me diera cuenta, se desplegaron a
mi alrededor para sacarme de las pelos. Por suerte,
a último momento, uno de los productores les
avisó que era un periodista de Rolling Stone y
abortaron la maniobra a tiempo. Este fue mi primer
contacto real con la paranoia que rodea al entorno
de Pato como una muralla de protección.
Y la segunda es que entre el público de CJS uno
puede encontrar de todo: una psicóloga de 52 años
que viaja sola siguiendo a CJS por toda la patria, tres
pibes de Quilmes de unos treinta y pico que van a
seguir toda la gira por el sur en un auto, un padre
y un hijo que –según dicen– lo único que comparten
es seguir a CJS. Y mis preferidos: Juan y Mauricio,
dos pibes que me encontré esta mañana en
el avión y van a ir a todos los shows pero volviendo
a Cañuelas entre ciudad y ciudad para trabajar
unas horas y volver a salir. Con ellos aterrizamos
en Trelew a las 8 de la mañana, en un vuelo vacío
de Austral, y de ahí nos tomamos una combi a Madryn
y nos alojamos en el mismo hotel que la banda.
Los músicos habían llegado el sábado a la tarde, en
un micro azul de larga distancia acondicionado con
doce camas, una sala de estar y unas mesas.
El lunes, al día siguiente del primer show, mientras
los músicos van a un campo cerca de Puerto
Pirámides a comer, me encuentro en el bar del hotel
donde está alojada Silvia, la psicóloga fan. “Callejeros
pasó de ser una banda a una causa para mí”,
me dice cuando nos sentamos en una de las mesas
del bar. Silvia tiene 52 años, vive en Merlo y el sábado
que viene va a viajar a Bahía para ver el final
de la gira.
La primera vez que vio a Callejeros fue en Excursionistas,
el 18 de diciembre de 2004. Dos semanas
más tarde no fue a Cromañón porque los lugares
cerrados le daban miedo. Su pareja de ese momento
sí fue, y sobrevivió. “Después se terminó la relación
pero yo sigo viniendo”, aclara. A partir de
entonces, empezó a ir a las marchas de Villa Celina,
atendió a algunos sobrevivientes y llegó a involucrarse
bastante con el entorno más cercano de la
banda, como la madre de Pato o el padre de Diego
Argañaraz, ex manager de la banda.
Mientras hablamos, la televisión está puesta en
TN, con la noticia de la agonía de Miguel Ramírez,
el chico herido por una bengala en el recital de La
Renga. “Yo pensaba ayer, comparando Cromañón
con el show de La Renga, que enseguida la banda
sacó un comunicado diciendo que lo sentían mucho
y cancelaron un show: psicológicamente vos podés
actuar cuando no estás implicado. Pero cuando vos
sos víctima de una tragedia, no podés tener esa distancia
de saber qué es lo que corresponde. Y todos
los chicos de Callejeros eran víctimas. Después del
incendio, Pato estaba viendo a su novia internada
en un lugar, a su madre en otro y encima lo perseguían
los medios. ¿Con qué cabeza, con qué frialdad
salís a dar un comunicado de prensa?”
Hay algo en los fanáticos de CJS de sostener al
ídolo y de protegerlo. Por eso, no sólo Pato y su círculo
íntimo son herméticos con respecto al misterio
de su vida privada: dónde vive, con quién vive
y demás cosas. Todos son rumores, nadie lo tiene
muy claro. Y sus fanáticos también se cuidan de
ver con quién abren la boca. Y si están frente a un
periodista, el cuidado es mucho mayor.
Por eso, esta noche, cuando vuelva a encontrarme
a Silvia en Metrópoli’s, en el segundo show de
la banda en Madryn, después de saludarme me va a
dar la espalda como para que ninguno vaya a creer
que está conmigo. Por eso, cuando le pregunto por
Pato, la charla no llega demasiado lejos. “A mí me
llama la atención, porque todos los demás, mal o
bien, han armado su vida. Pato no. Pato es el único
que no se casó, los demás estaban en pareja, mal o
bien. Pero de alguna manera algo pudieron armar.
El va, viene, va, viene…”
Hasta su domicilio es muy inestable. “Hasta
donde sé, estuvo en Quilmes, Córdoba, en lo de la
madre en Tapiales y en Palermo”, dice ella.
–Se comentó que el año pasado estuvo con una depresión
bastante fuerte…
–De eso no hablamos…
–¿Quiénes?
–Nadie.
el ultimo show de callejeros fue el 10 de julio
del 2010 en el estadio Orfeo Superdomo de Córdoba.
“Fue el peor recital lejos de la historia de Callejeros”,
dice Martín Bernasconi, un fan allegado a
la banda. Esa noche, Pato casi no cantó: se pasó la
mayor parte del show apuntando con el micrófono
hacia la gente, o colgado mirando las imágenes que
pasaban en las pantallas gigantes. Además, presentó
dieciocho veces a Juancho Carbone, se confundió
varias letras y se cayó dos veces en el escenario, tropezándose
con los parlantes del retorno.
“Después del Orfeo estuvo dos días sin aparecer,
perdido, con algunos grandes problemas, vaya
a saber de qué”, cuenta Martín. Pato reapareció un
día antes del show que Callejeros tenía agendado
en San Pedro, pero Carbone, que era una especie
de administrador del grupo, ya había resuelto dar
de baja el show. Ese fue el quiebre definitivo de la
banda, que terminó separándose a las piñas.
Según gente de su entorno, la última parte del
año Pato sufrió una depresión muy profunda. Se
pasaba semanas sin salir de su cuarto, en la casa de
la madre. Ponía la televisión, el equipo de música y
la computadora a todo volumen al mismo tiempo.
Algunos hablan de que llegó a sufrir alucinaciones
y aseguran que estuvo yendo a una granja de recuperación.
Otros dicen que una psicóloga lo atendió
en su casa en lo que fue una internación domiciliaria,
como para que no trascendiera.
En el libro Callejeros en primera persona (Planeta,
2008), la biografía desautorizada de la banda firmada
por la periodista Laura Cambra, Pato contaba
que todavía escuchaba los gritos de aquella noche.
“Uno se acuerda de todo. No hay día en que no se
acuerde”, decía. “Todavía tengo pesadillas. Todavía
escucho los gritos, despierto y dormido.”
de madryn a santa rosa hay cerca de 800 kilometros
de desierto. Unas diez horas de ruta a bordo
de un micro atravesando la nada: horas y horas de
Patagonia y de llanura pampeana, a menos que uno
viaje de noche, durmiendo o tratando de hacerlo.
A la mañana siguiente, el hotel Alejandría de
Santa Rosa resulta ser notoriamente mejor que el
de Madryn. En principio, es nuevo. Un tres estrellas
en las afueras de la ciudad, sobre la ruta, estrenado
hace poco, con paredes blancas impecables,
pisos de cerámica reluciente, mucha luz natural y
un comedor con una colección de nueve cabezas
de ciervos embalsamados que el dueño del hotel
cazó en sus viajes por Sudáfrica.
Cuando llego, mi habitación todavía no está lista,
así que espero que la terminen tomando un café.
En otra de las mesas están los productores locales
del show, cerrando números y tratando de conseguir
las firmas que les faltan en las habilitaciones.
Miguel Ramírez murió en el hospital por la herida
que le causó la bengala. Mientras termino mi café,
entran dos repartidores cargando lo que reconozco
como el pedido de la banda, porque veo las mismas
botellitas de Powerade de frutas tropicales,
una bebida energizante de color ciruela flúo que
toma Luis “Lulú" Lamas, el batero, unas botellas
de Gatorade de naranja que toma Torrejón y dos
cajas de cerveza Corona para Pedi, el guitarrista
(ex Jóvenes Pordioseros).
Hace tres días, el show tuvo que cambiar de sede
porque cuando los miembros del Consejo Directivo
del Club Estudiantes se enteraron de que la autorización
era para la banda del cantante de Callejeros
decidieron no firmar nada. Tenían miedo de que los
escracharan pintando la puerta del club.
A la tardecita, cuando llega el micro con los músicos
y se enteran de que ya estoy alojado ahí, estalla
una pequeña crisis. Los teléfonos de los productores
empiezan a arder y yo lo sé porque estoy con
ellos. Quieren ir a otro hotel. Empiezo a pensar si
el operativo para sacarme del boliche la primera
noche en Madryn no habrá surgido porque Pato
me vio desde el escenario anotando cosas (cosas
como que cuando está arriba del escenario tiene la
mirada perdida, no mira hacia ningún lugar), pero
tal vez sea ir demasiado lejos.
Finalmente, el productor de la gira, del equipo
de José Palazzo (responsable del Cosquín Rock),
logra apaciguar los ánimos y los convence de que
no soy tan peligroso, mientras resuelve un tema
más urgente: dónde comer esa noche. Aunque los
padres de víctimas de Cromañón más militantes
acusan a Fontanet de estar enriqueciéndose, esta
noche, el presupuesto que tiene la banda para cenar
es de 30 pesos por cabeza y en los restaurantes de
Santa Rosa, como en los del resto de la Argentina,
comer por menos de 60 es casi imposible. Así que
terminan pidiendo un delivery y comiendo cada
uno en su habitación, mirando la tele.
Esta vez, mi habitación no está ni cerca de la de
Pato. El hotel tiene tres pisos y, como yo estaba
alojado en el primero, la banda decidió ocupar las
habitaciones del tercero.
A la mañana siguiente, cuando bajo a desayunar,
me choco con Torrejón. Lo saludo y me presento.
Christian me sonríe echando su cuerpo apenas hacia
atrás, como para alejarse de mí sin tener que dar un
paso, y me dice: “Todo bien”. Después se va.
En una de las mesas del comedor están los técnicos
de la banda y en otra, contra la ventana, está
Lolo Bussi, el encargado de seguridad del grupo (el
mismo que estaba a cargo en la noche de Cromañón),
desayunando con Pedi. Están viendo en TN
una entrevista a un especialista en bengalas, si es
que eso existe. “Ahora salen todos los técnicos a
hablar de las bengalas”, se queja Lolo en voz alta.
Pedi, por su parte, está colgado mirando los ciervos
embalsamados que hay en la pared al lado del
plasma y que, al parecer, le resultan mucho más
interesantes. De hecho, se termina parando para
mirarlos bien de cerca y está por acariciar a uno,
pero justo lee el cartel que dice “Prohibido tocar”
y se reprime a tiempo.
Después bajan Crispín, un ex plomo de Callejeros
que reemplazó al guitarrista Maxi Djerfy
cuando se fue del grupo, y Leopoldo Janín, el
saxofonista invitado, y se sientan en la mesa con
Lolo, en las sillas que acaban de dejar vacías Pedi
y Christian. Puede ser que me estén contagiando
un poco de su paranoia, pero al rato me empieza
a parecer que es una técnica para que no los moleste:
Lolo se pasa toda la mañana sentado en una
de las mesas y los músicos van bajando de a uno y
sentándose con él.
Hasta ahora llevan vendidas 465 entradas en
Santa Rosa. En la televisión informan que los productores
del show de La Renga también están procesados
por la muerte de Miguel Ramírez. Todos se
reúnen alrededor de la computadora del productor
para ver en internet el video de la bengala en el show.
El tema tiene bastante nerviosos a todos, porque
revive el fantasma Cromañón en una ciudad conservadora
como ésta, donde a ningún funcionario
le interesa jugarse el puesto firmando un permiso
para que toque la banda de Pato Fontanet. De hecho,
aunque esta misma noche es el show, por lo que escucho
todavía les falta conseguir una firma.
Al mediodía, vuelvo a bajar al bar para comer
algo y me siento en una de las mesas del fondo para
enchufar la computadora. Al rato veo que los músicos
también empiezan a bajar, pero cuando me ven,
deciden sentarse en las mesas de plástico que hay en
la vereda del hotel: a esta altura, la banda se mueve
de la forma exactamente contraria a la mía.
Un rato después, llega una moto con un pedido
para los chicos de la banda. Pidieron vacío con ensalada
y tortilla de papa. Ahí afuera están todos menos
Pato, que baja cuando la comida ya está servida.
Está vestido con una remera negra de La Caverna
que ya le vi usar en varios shows, un jogging negro
de Adidas y las Topper negras de siempre.
En este preciso momento, los stage de la banda
están terminando de armar el escenario en la cancha
de básquet del Club General Belgrano, el lugar
donde será el show esta noche. En la televisión, la
noticia de último momento es que la policía está detrás
del que tiró la bengala que mató a Miguel.
Cuando terminan de comer, van trayendo de a
uno los platos y los vasos que usaron hasta el bar
y los dejan sobre el mostrador. Pato es el último en
traer el suyo y, cuando entra en la cocina, los otros
músicos ya se están yendo, así que por unos segundos
quedamos él y yo en el comedor.
Estamos a cinco, seis metros de distancia. En el
medio hay algunas mesas vacías y, después de dejar
su plato en la barra, gira la cabeza hacia donde estoy
yo y me mira. Son dos, tres segundos; yo estoy en
la otra punta del bar, en una mesa atestada con los
restos de mi almuerzo, un par de libros, una coca,
una Rolling vieja y la computadora.
Este es el momento para el que viajé hasta acá, el
instante de la gira en el que las casualidades me lo
dejan delante, solo, la primera vez en estos cuatro
días de viaje por ciudades desoladas del sur en el que
quedamos frente a frente. Antes del show de Santa
Fe del 30 de abril, se rapó y se afeitó, y los pelos de
la cabeza y de la barba están volviendo a hacer sombra.
Está un poco más gordo que en su imagen más
icónica: con la barba y el pelo crecidos, la mirada
grave, los rasgos afilados. Su abogado ya pidió la
nulidad de la sentencia y quiere llevar la causa a la
Corte Suprema, pero lo cierto es que hoy, este mediodía
en Santa Rosa, Pato tiene sobre sus espaldas
una condena de cinco años de prisión.
Todas las personas de su entorno con las que
hablé hasta ahora me dijeron lo mismo: “Pato no
va a hablar”. Y eso fue antes de que sucediera lo
de la bengala. Unos días antes de viajar fui a Villa
Celina y estuve en la calle Barros Pazos, donde
empezó la historia de Pato y su banda. Fue unos
días después de la sentencia de Casación y, cuando
hablé con el padre de Christian Torrejón en la
puerta de su casa, una construcción de dos pisos
sin terminar, que tiene las ventanas del primero
tapiadas, me dijo: “Te doy el consejo de un boludo:
cuando te les acerques a Pato y al pibe mío no
les digás que sos de Rolling Stone, deciles que
te gusta su música, porque, si no, no te van a querer
decir nada”.
No le hice caso. El primer día de gira, cuando el
productor le dijo que quería hacer una nota de rock,
su respuesta fue: “Esa no es una revista de rock”.
Y ahora, mientras lo tengo ahí enfrente, no hay
violencia en su mirada, ni rechazo, hay una intensidad
vacía, lejana. No me termina de quedar claro si
me está mirando a mí o a algo mío que no soy exactamente
yo. Me pregunto qué estará pensando. En
el mundo que pinta en sus canciones, con paisajes
siniestros y metafísicos en los que hay buenos y
malos, mentiras y verdades, jueces que no cumplen
la ley, medios que desinforman y políticos coimeros,
yo claramente juego para los malos: su mirada me
lo hace saber aunque no sea acusatoria.
Cuando abro la boca para decirle algo, Pato se da
vuelta, se mete en el ascensor y desaparece.
ver a santos fontanet en vivo es una experiencia
de la que uno no puede salir sin embarrarse.
Sobre el escenario, es un líder con un carisma esquivo,
un frontman desabrido y a la vez fascinante
que casi no mira al público y camina de una forma
errática y nerviosa por el escenario. Cuando canta,
entrecierra los ojos y mira hacia un lugar que parece
estar mucho más lejos que el fondo del campo,
un lugar que ya dejó de existir.
Es como si algo entre él y el público se hubiera
roto, como si la grieta que se abrió esa noche horrible
hubiera seguido creciendo cada vez más y sólo por
momentos, en algunos pasajes de los shows, Pato
pudiera restituir apenas la conexión, fugazmente,
algo titilante que después vuelve a cortarse.
Esta noche, en la cancha de básquet del Club
General Belgrano, Pato sale al escenario con un
buzo negro con capucha y el jogging Adidas. El
show arranca con una ráfaga de clásicos: “Prohibido”,
“Creo” y “9 de Julio”.
La mayor parte del tiempo tiene un gesto de gravedad
en la cara, como si algo lo tuviera preocupado.
Algo que no tiene nada que ver con lo que está
pasando en el show, como si estuviera pendiente
de otra cosa, algo que está muy dentro de sí, en su
cabeza. Sólo de a ratos parece conectarse con el
show, con la gente. En Callejeros en primera persona,
Pato hablaba de cómo se sentía cuando subía
a un escenario después de Cromañón. “Empiezo a
transpirar, me pongo nervioso, me fijo por dónde
salir si pasa algo, los primeros quince o veinte minutos
me lo paso mirando el techo, no estoy en lo
78 rolling stone, junio de 2011 rolling stone, junio de 2011 79
que está pasando. Estoy pendiente
de lo que hay alrededor”,
contaba.
Para los fanáticos, la lejanía
de Pato, su desconexión, es un
detalle que intentan comprender
pero que no logran resolver
del todo. “Antes hacía chistes,
jorobaba más. Recién ayer
lo vi más suelto”, me dijo Silvia,
la psicóloga, después del show
de Madryn. “Pero muchas veces
no habla, no dice nada. Es más,
a veces hemos estado esperando
que diga algo…”
Acá en Santa Rosa, Martín
Bernasconi me lo dice así: “Antes
de Cromañón, tenía otra relación con el público,
había otro ambiente, tanto de parte de la banda
como de la gente. Pato hablaba mucho, hacía chistes,
caminaba de lado a lado, y creo que la onda
que le metía era un punto alto del crecimiento de
Callejeros. Después cambió muchísimo. Sólo en
algunos recitales se mostró activo, con ganas, alegre,
hablando con la gente y mirando al público.
En muchos otros, en la gran mayoría, se cuelga,
canta como pensando y preocupado en muchas
cosas, además de que cambió totalmente la forma
de cantar. Ya no se mueve tanto; te diría hasta que
canta con bronca y dolor”.
De pronto, en un momento que se hace un
bache entre tema y tema, un grupito empieza a
cantar: “Escuchenló, escuchenló, escuchenló, ni
las bengalas, ni el rocanrol, a esos pibes los mató
la corrupción”.
Más allá de la estupidez de que estén cantando
eso un día después de que Miguel Ramírez muriera
por una bengala, lo que llama la atención es esa
leve modificación sintáctica de la canción: ya no
es “a nuestros pibes” sino “a esos pibes”. Es algo
mínimo, pero explica algo que pasó con el público
de Callejeros. Para los adolescentes que empezaron
a escuchar y a seguir a la banda después de
Cromañón, para esos pibes que cuando la media
sombra se encendió tenían 12, 13, 14 años y no
tienen nada que los ligue con la tragedia, la noche
del 30 de diciembre no es mucho más que el mito
de origen de la popularidad de la banda, la noche
en que el crimen del Estado con la juventud de las
clases bajas se terminó de consumar de su forma
más brutal: algo a lo que Pato le cantaba desde los
primeros discos cuando hablaba sobre la corrupción,
los jueces, los buenos y los malos, los culpables
y los inocentes.
La relación entre Pato y su público es como mínimo
compleja. El Indio es un ídolo lejano, que
vive recluido en su mansión de Parque Leloir, alguien
al que nunca te vas a cruzar por la calle. Pato,
en cambio, es un ídolo que se mueve en las bases,
entre Villa Celina y Tapiales, que siempre usa las
mismas remeras, que tiene un Volkswagen Senda
bordó destartalado, que durante la gira se hospeda
en un hotel a veces peor que el de sus fans, que
cuando le piden una foto, frena y se la saca, pero
sin embargo parece estar a kilómetros de distancia
de donde está. Una especie de desfasaje entre el ser
y el estar. Antes del juicio, Pato lo decía así: “De lo
judicial hablamos muy por arriba y en estas fechas
las cosas se ponen peor: no sabés qué hacer. Ocupás
el tiempo pero no ocupás el espacio”.
despues de una nueva noche fria en un micro,
cruzando la ruta del desierto desde Santa Rosa
hasta Cipolletti, en Neuquén, lo que me espera es
el mejor show de la banda. Tocan en Meet, un boliche
en la entrada de la ciudad.
En vivo, esta nueva formación tiene su propio
equilibrio: la intensidad escénica de Pato contrasta
con el desparpajo y la soltura de Pedi, encargado
de ponerle frescura, diversión y virtuosismo a la
banda sobre el escenario. Casi los únicos momentos
en los que Pato sonríe es cuando cruza miradas
con él, que lo arenga con su estilo de guitar-hero barrial:
sobre el escenario, ésa es la dupla constitutiva,
desde donde nace toda la energía cinética que
transmite el grupo.
A la izquierda de Pato, como en la era callejera,
está Torrejón, que siempre parece habitar una realidad
paralela, tocando el bajo con los ojos cerrados y
una sonrisa fantasmal, hundido en sí mismo como si
nada de lo que pasa a su alrededor llegara a afectarlo,
llamarle la atención o siquiera despertarlo.
Después de comer algo en los camarines de Meet
cuando termina el show, el viernes a la noche los músicos
se suben al micro y duermen en la ruta, rumbo
a Bahía Blanca, el último punto de la gira.
A la mañana, cuando llegan al hotel Muñiz, lo
primero que hacen es preguntar en la recepción si
ya se alojó un periodista que los viene siguiendo
por todas las ciudades y averiguando, de alguna
forma, en qué hotel se van a quedar.
Yo había llegado esa madrugada y después de
hacer el check-in me había ido a dormir un rato a la
habitación. Y a media mañana, cuando bajo a desayunar
después de dormir un rato, me cruzo a los
músicos en el hall del hotel, esperando el
ascensor en el que yo estaba bajando.
Están todos menos Pato. Palazzo, el
productor cordobés, llegó esta mañana
para acompañar al grupo en su último
show y, no bien me ven bajar del ascensor,
Lulú, el batero, va hasta donde estaba
Palazzo sentado desayunando y le dice
algo al oído mientras me señala.
Los plomos y sonidistas de la banda
están tomando café y comiendo medialunas.
Yo voy hasta el bar, lo saludo a
Palazzo y me siento a desayunar. Palazzo
me dice que ayer a la noche habló con
Pato, le volvió a decir que me diera una
entrevista, pero no tuvo suerte. “Te tocó
la peor semana posible, flaco”, me dice.
“Pato está muy preocupado con el tema de la bengala
en el show de La Renga, no es nada personal
con la revista, eh.”
Después de tomar el café y escribir un rato, salgo
a dar una vuelta. Un rato después, cuando vuelvo,
me entero de que los músicos se cambiaron de hotel.
Pero no fue tan fácil: antes de alojarse finalmente en
el Land Park, el cinco estrellas de Manu Ginóbili,
pasaron por tres hoteles donde los rebotaron por
ser la banda del cantante de Callejeros.
el ultimo show es en un polideportivo rodeado
de bosques en las afueras de Bahía Blanca. Que
el detenido por la bengala en el show de La Renga
sea de Ingeniero White, un suburbio de Bahía,
multiplicó la paranoia de los funcionarios, la policía
y los bomberos con respecto a este recital de
Casi Justicia Social. Los productores consiguieron
la habilitación para hacer el show sólo porque los
encargados de firmar los papeles se dieron cuenta
demasiado tarde de que CJS era la banda residual
de Callejeros.
Cuando llego al lugar, lo primero que veo es una
especie de estación Retiro en medio de la nada. Al
costado de la ruta, en un pastizal, hay unos quince
micros de larga distancia estacionados erráticamente,
con sus choferes sentados al lado tomando
mate como gauchos con sus caballos.
El show arranca pasadas las diez de la noche con
“Un lugar perfecto”. En esta semana, vi a CJS desde
todos los ángulos: desde la valla, bien adelante, en
medio del pogo, a un costado, atrás, a la izquierda, a
la derecha y ahora lo miro desde arriba, desde unas
oficinas vacías que hay al fondo del gimnasio. Pero
bajo al campo: así es como mirarlo por la tele.
El gimnasio tiene techo de chapa y las paredes
de los costados son todas salidas de emergencia.
Cuando voy para delante, cerca de las vallas, veo
que al lado mío, un pibe en cuero llora desconso-
ladamente, apretando la cara contra una remera de
Viejas Locas, mientras canta la segunda canción
de la noche: “Ilusión”, el último tema de Presión,
el disco que sacaron en 2003 y los propulsó a la
masividad pre Cromañón.
Y de pronto, aunque ahí afuera es una noche
totalmente despejada, acá adentro empieza a llover.
Son unas gotas aisladas de agua que pronto
se convierten en una llovizna. Sobre el escenario,
Pato se aferra al micrófono como si estuviera por
caerse y canta con los ojos cerrados. Edu Vázquez
está preso en el penal de Ezeiza. En el gimnasio
la transpiración de todos los que estamos acá se
condensa en el techo de chapa y vuelve a nuestros
cuerpos como una lluvia, como en los tiempos en
los que Callejeros tocaba en Cemento. Pato camina
nervioso por el escenario hundiendo su mirada
en medio de la gente. El ex guitarrista de Callejeros,
Maxi Djerfy, formó su propia banda y, hace
poco, declaró en Clarín que el único de la banda
que debería ir preso es Pato.
Este podría ser el último show de CJS. Pero
antes del final, Pato se despide anunciando que
pronto van a tocar en Mar del Plata, en Rosario,
en Córdoba. “Un saludo a los chicos de La Renga
y a los invisibles de siempre”, dice.
Después del recital, la banda se refugia en los
camarines, que están montados en la Intendencia
del polideportivo, una casita amarilla alejada unos
cincuenta metros del gimnasio, en medio del parque.
Mientras el público termina de salir del predio
y los stage empiezan a desarmar los equipos
y el escenario a toda velocidad, una caterva de
gente con cierto acceso se empieza a acumular en
la puerta de la casita. Las escenas que se producen
en las puertas de los camarines después de los
shows deben ser de lo más lamentables del rock:
un montón de gente implorando y humillándose
para que los dejen pasar a un cuartito donde hay
cinco o seis tipos que acaban de tocar comiendo
sanguchitos.
Las ventanas están tapadas con unas cortinas
blancas y el acceso a la zona está vallado y custodiado
por policías, así que los que estamos acá
afuera tenemos algún tipo de acceso, aunque no el
suficiente, tratando de traspasar el último umbral
de intimidad de la banda.
Todos estamos acá por Pato, que está ahí adentro
con Pedi, Palazzo y un par de amigos más. Se
escuchan risas. La policía hace una última barrida
de gente y yo zafo porque justo pasa uno de los productores
y les dice que no, que soy periodista, que
me dejen. Al rato se aburren y se van, y varios de
los expulsados vuelven a la carga. Ya son las 2 de la
mañana. Ya no sé bien qué hacer.
Estoy esperando que salga Pato
para que me diga cualquier cosa:
que me vaya, que no me quiere
ver más o por lo menos que me
empuje. Tendría que haberme
traído la campera. Lo llamo a
Palazzo y le digo que estoy acá
afuera cagándome de frío y que
ya que Pato no me va a hablar,
que él le pregunte por mí qué es
lo que mira cuando está arriba del
escenario. Palazzo me dice que le
pregunta y me llama.
Me acerco un poco más a la
casa y me siento en el bordecito
de un macetero con plantas que
hay frente a uno de los ventanales
a esperar. Escucho unas risas
que vienen de adentro. Escucho
que alguien que podría ser Pato
dice la palabra “culo”. Escucho
más risas. Me doy cuenta de que
si me acerco un poco más a la
ventana tal vez escuche de qué
carajo están hablando. “Mirá
que lo va a poner”, escucho que
dice una voz que se parece a la
de Palazzo. “Y que lo ponga…”,
dice otra que se parece a la de Pato. Están hablando
de la respuesta a mi pregunta. Escucho la voz
de una chica que dice: “Decile que mirás el agua”.
Ahí empieza un murmullo de voces más fuertes y
ya no entiendo qué dicen. Es una noche despejada.
La gira de Casi Justicia Social por el sur argentino
acaba de terminar oficialmente. Lo que les queda
es volver al hotel, dormir un rato, juntar las cosas
y mañana a las 6 y media subirse al micro para volver
a Buenos Aires. Me pego más a la ventana a ver
si distingo la voz de Pato entre el murmullo, pero
justo a mi derecha aparece el comisario Belagua, un
policía riojano que acompaña a la banda a todos los
recitales y me dice: “Dice José Palazzo que te diga
que mira a la gente”.
Esperaba más, eso no sirve para terminar la nota.
En eso, Lolo sale de la casa y le dice al de la combi
que la estacione frente a la puerta. Van a salir. Los
que quedamos ahí afuera nos paramos frente a la
puerta, en fila, parecemos granaderos custodiando
el paso de un jefe de Estado o algo así. Esos tres
metros que separan la puerta de la combi son mi última
oportunidad de encarar a Pato. Le voy a decir
que esperaba más de su respuesta o preguntarle
a qué gente mira cuando canta, porque a los que
están ahí en el show, a esos no los está mirando.
Se abre la puerta de la casa y salen todos y suben
a la camioneta. Todos menos Pato y Palazzo. Esperamos
un ratito más. Lolo cierra la puerta de la
casa, va hasta la combi, se sube adelante y le dice
al chofer que arranque. Los tres que quedamos ahí
afuera nos metemos apurados dentro de casa a ver
si están todavía ahí y nos encontramos a un tipo y
una mina limpiando los restos de lo que quedó en
una mesa ratona, frente a los sillones en los que,
hasta recién, estuvo sentado Pato, que ya no está,
se escapó por la otra puerta.[/align]