Todos los placeres de la vida se acompañan de riesgos. Así ocurre también con una función biológica fundamental como el sexo y la reproducción.
Microorganismos como bacterias, hongos, protozoos y virus aprovechan las oportunidades que el cuerpo de su hospedador dispone y ofrece, sin saberlo, para desarrollar sus propias capacidades.
No se trata de maldad sino simplemente de aprovechar los recursos naturales, en este caso a otro ser vivo, para a su vez poder vivir.
El interés de la mayoría de los patógenos, si es que podemos hablar de ellos como seres pensantes, en analogía con nosotros mismos, no es eliminar a su víctima. Todo lo contrario. Si el individuo infectado sobrevive largo tiempo, mayor oportunidad tendrá el patógeno para reproducirse, multiplicarse e incluso propagarse a otros individuos, prolongando así su especie y sus propios genes
Cuando una persona resulta infectada, no solamente padecerá las consecuencias en su propio cuerpo sino que se transformará en el instrumento natural del diminuto e invisible microorganismo para replicar su potencial genético y trasmitirse a otras personas. Así es como funcionan, como cualquier otra, las infecciones de transmisión sexual
En la actualidad, las enfermedades de transmisión sexual (ETS) están en franco aumento, en particular entre la gente joven que conforma el grupo etario de 15 a 25 años. De hecho podría considerarse que entre los jóvenes se ha desatado una especie de epidemia de ETS. En parte porque en las últimas década la edad de inicio sexual se ha adelantado y, por consiguiente, ha aumentado el número de parejas sexuales que las personas tienen a lo largo de su vida.
Actualmente se han identificado más de 20 ETS, entre ellas el SIDA, la sífilis y muchas otras. Virus como el Herpes simplex, el HPV, el citomegalovirus y el HIV, bacterias como Chlamydia y Neisseria gonorrhoeae y protozoos como tricomonas, parecen estar a la orden del día. No olvidemos a piojos y ácaros de la sarna. Afectan a personas de ambos sexos y cualquier nivel socioeconómico y cultural, en particular adolescentes y adultos jóvenes.
Las infecciones por herpes también pueden ser asintomáticas, como las de Chlamydia y HPV. En mujeres embarazadas muchas se asocian a efectos adversos como abortos e infecciones del recién nacido.
Lamentablemente muchas de estas enfermedades pasan desapercibidas pues se presentan sin síntomas, o cuando éstos aparecen ya es demasiado tarde para evitar complicaciones. Por eso el diagnóstico temprano es la forma más efectiva de evitar problemas
Algunas de estas infecciones pueden diseminarse hacia el útero y las trompas de Falopio, causando daños capaces de llevar a la infertilidad a numerosas mujeres. De hecho, se estima, por ejemplo, que la infección por Chlamydia trachomatis, una infección bacteriana muy común, es la causa de infertilidad en un 15% de las mujeres norteamericanas. Esta infección es responsable de muchas complicaciones como los embarazos ectópicos, los problemas de trompas y la infertilidad, pues al pasar sin señales en numerosas oportunidades es tarde cuando se descubre la enfermedad. El número de casos, como el de otras ETS, está en aumento.
Las mujeres jóvenes son biológicamente más susceptibles a las infecciones por gonorrea, Chlamydia y HIV.
Los adolescentes y jóvenes son más proclives a descuidarse durante la actividad sexual y a tener varias parejas, por lo que viven altos riesgos de contagio.
En 1960 solamente se conocían dos enfermedades de transmisión sexual, hoy se conocen más de 25. A su vez, la prevalencia actual es mucho mayor que entonces.
TRATAMIENTOS SENCILLOS
La detección de la infección por Chlamydia se realiza mediante algunas técnicas muy sensibles (al menos del 90%) como el inmunoensayo -que descubre la presencia de antígenos bacterianos-, o la amplificación de ácidos nucleicos –que amplifica y pone en evidencia sus genes-. El tratamiento, por su parte, es tan sencillo que no se justifica la aparición de problemas y complicaciones serias, puesto que una dosis del antibiótico azitromicina o 7 días de doxiciclina son suficientes. La falla estriba en la falta de detección y en que muchas veces no se tratan ambos miembros de la pareja. Gran error. La notificación y tratamiento del compañero son claves parta evitar la reinfección. Es importante tener en cuenta que la infección por Chlamydia puede facilitar la infección por HIV.
LA CONDUCTA ARRIESGADA
Queda claro, por la evidencia recopilada en diversos estudios, que los adolescentes que muestran conductas de riesgo, como por ejemplo la promiscuidad sexual, suelen ser arriesgados en otras actividades. Según las estadísticas, los chicos y chicas promiscuos también son más aficionados al alcohol, las drogas y el tabaco. Prácticamente el 25% de los que deciden tener relaciones sexuales lo harían bajo los influjos de estas sustancias.
Ayudarlos a evitar un conducta de riesgo los ayudará también a evitar las otras. Estudios norteamericanos (ADD Health Study) sobre adolescentes demostraron una mayor y mejor conexión con los padres entre los jóvenes menos alocados.
Si bien la abstinencia y la limitación sexual no son mensajes muy apreciados por los jóvenes solteros, y tal vez la idea no concuerde con los tiempos modernos, las investigaciones indican que es la elección más sana para los menores de veinte años.
Ante la decisión de mantener una vida sexual activa las formas de prevención más eficaces consisten en sostener relaciones monógamas con compañeros sinceros, usar preservativos, aunque solamente resultan efectivos si se usan sin excepción en el 100% de las relaciones y desde el comienzo al final. Informarse, informarse, informarse. Los factores que limitan la eficacia del preservativo como arma contra la infección son: la falta de consistencia en el uso (se ha estimado que el 44% de las personas en pareja con compañeros infectados por HIV no usan el preservativo en forma perfecta), y la deshonestidad de la pareja.
Por su parte, según datos el preservativo no es altamente efectivo en la prevención de infecciones por herpes, HPV y Chlamydia.