No Digas Nada Una vida de Charly García 6. PROMESAS SOBRE EL BIDET "Tener un solo vicio es demasiado: hay que tener por lo menos dos." A.A. Tres fueron los shows que Charly García hizo a lo largo de su carrera en el estadio de Ferro, en Caballito, su barrio natal. El primero de ellos se llevó a cabo el 25 de diciembre de 1982, inaugurando su carrera solista. En aquella mágica noche, se presentaron como grupos so- porte dos bandas apadrinadas en cierto modo por Charly: Los Abuelos de la Nada y Suéter. Fue la primera vez que un solista de rock nacional llenaba una cancha; tras la separación de Serú Giran a comienzos de aquel año, existía una gran expectativa por ver a Charly en acción, alimentada por el impecable nivel de su disco Yendo de /a cama al liuing. Valdrá la pena recordar que un mes antes, tres empresarios rockeros hicieron la cuarta edición de B.A. Rock, con todos los grupos del momento, que atrajeron a dieciséis mil personas. Charly solo llenó Ferro con veinticinco mil. "Me acuerdo que había un solazo tremendo —dice Gustavo Bazterrica, guitarrista de Los Abuelos de la Nada, y por aquel entonces miembro del primer grupo solista de Charly—; se caían todos los pajaritos. La pri- mera prueba de sonido fue a las tres de la tarde con un calor infernal. Yo estrené una viola sintetizada que me dio Charly antes de irse a Suiza a buscar a Zoca. Me dijo que la aprendiera bien, porque iba a tocarla en vivo cuando presentara el disco. Y así fue. El problema fue que a esa guitarra le dio el sol toda la tarde, y cuando hice el primer solo, empezaron a salir unos sonidos extra- ñísimos. Fue algo terrible". Además de Bazterrica, en el grupo de Charly estaban Willy Iturri en la batería, Andrés Calamaro en teclados y Cachorro López en bajo. Iturri se acuerda de estar en la terraza del Bauen, a punto de cambiarse para ir a tocar a Ferro, y ver un frente de tormenta que se había insta- lado en Buenos Aires. "Se largó un viento tal que las reposeras de la terraza chocaban entre sí —dice Iturri—; pero teníamos tantas ganas de tocar que la tormenta tuvo que irse a otra parte". "Ferro fue muy interesante —asegura Andrés Calamaro—. Charly estaba en una quinta que había alquilado en Acassuso, ensayamos ahí unos días y nos quedamos a dormir la noche anterior al show. Concen- tramos en la quinta, y al día siguiente había una suite en el Bauen, arriba, que iba a servir como aguantadero del día del concierto. Durante la prueba de sonido la tempe- ratura había llegado a 39 grados, los teclados crujían del calor que hacía. Cuando volvimos al Bauen se desató una tormenta de locos; los sofás en la terraza del hotel navegando, pero finalmente fue una de esas tormentas cortas de verano y tocamos. "Nosotros hicimos en diciembre Ferro, y en marzo Obras. A mí, los Obras me gustaron más; fueron mejores y más tranquilos. Creo que vino Spinetta uno de esos días. La característica de los conciertos en Ferro fueron los simulacros de bombardeo que ilustraban aquella can- ción ("No bombardeen Buenos Aires", Después la ban- da se discontinuó porque Cachorro decidió dedicarse a full a Los Abuelos, El Vasco también, ¿y yo qué iba a hacer? Me acuerdo que lo charlamos en una discoteca de la calle Junín, donde nos regalaban pantalones". El segundo Ferro, como todos los demás, también se produjo cerca de .fin de año. Era el regreso de Charly después de haber estado internado en la clínica psiquiá- trica de Palermo durante tres meses, entre agosto y octu- bre de 1991. Su público no pudo faltar a lo que era una cita de honor para celebrar su liberación. El primero en tomárselo a la joda fue el propio García, tan poco dado a compadecerse de sí mismo. Hubo un video con toques chaplinescos que presentaba a su banda, Los Enfermeros, quienes se encargaban de controlarlo en una farsa tan genial como graciosa. Charly entró al escenario en una ambulancia que lo dejó en una rampa al costado: él mismo abrió el telón y comenzó el show. García estaba gordo. Bueno, todo lo gordo que un flaco como él puede llegar a estar, pero en excelente forma. Poco después de su salida de la clínica, hizo una breve gira por cines de barrio como para reencontrarse. Fui a uno de esos conciertos en Martínez. Poco antes de ini- ciarse el show, divisé en una puerta que daba a camari- nes la figura de Rinaldo Raffanelli conversando con Fer- nando Lupano. Me acerqué a saludar. Al rato vi que Charly se asomaba y hacía señas para llamar a alguien. Le avisé a Lupano y García dijo no con la cabeza. Le dije a Rinaldo que lo llamaban, pero Charly me señaló con el dedo y me indicó que pasara. Cuando llegué al final del pasillo, lo busqué pero no lo vi por ningún lado. Raro. En ese mismo momento, al- guien me agarró del cogote, me tapó los ojos y me secuestró. Traté de zafar y sentí que me ponían un porro en la boca. Recuperé la visión, García me guiñó un ojo, y me dijo "enjoy the show". Cuando todo terminó me quedé un rato en la sala y a los cinco minutos salió Charly que me pidió una opinión del espectáculo. —Muy bien —le dije—, me encantó la lista de temas, y me parece que todos tocaron bárbaro. Da la impresión de que todavía falta un poco de ritmo. —Después de tres meses de clínica, ¿qué queros? —contestó. Recibí una invitación a cenar a la Costanera y no había terminado de aceptar, cuando me vi arrastrado en una veloz carrera a una limusina en donde Charly espe- raba con dos chicas y una botella Eran sus acompana"- es terapéuticas. Dos bellezas que bebían como cosacos^ Poco tiempo después vino lo de Ferro. El Negro GaSaLopS salió vestido de médico, Hilda Lizarazu se v3a preciosa con un delantal blanco y una cofia mien_ ¡ras oue Fernando Samalea, Fernando Lupano y Fabián SZoSnese verde horrible de los delantales de hop to 1 El único vestido de calle era Chariy. "Ese Ferro fue mucho mejor que el otro", recuerda hoy Lupano. El tercero ("el otro" y último Ferro correspondió a diciembre de 1993. Era el cierre de una etapa, asi como un amento de transición para una banda que se formo en 1987 Ya no estaban en ella ni Alfi Martins, que se mudó a Nueva York, ni el Negro García López, que p^ió hacer su cosa solista, ni Hilda ^u_^ abocó a Man Ray. El escenario fue circular y trajo unas cuantas complicaciones; a la hora de tocar se vio que era muy difícil mantener idéntico nivel de atención en cuatro costados diferentes. La idea era buena pero al "o poder ser ensayada todo lo necesario dificulto la co^r"ca- ción que era el objetivo principal perseguido por Chariy. "Quiero que el concierto sea del autor al consumidor -me dijo Chariy, pocos días antes del show-, sm nada en el medio. No vamos a tener pantallas de video ni usaremos máquinas. Estoy conectado con la música estoy sensible Pasé por muchas cosas para llegar a esto. Llegue S un 1-ite'que no fue impuesto por mí s-P-Se^ aue me cazó y me puso en un lugar. Eso no me puede T^oT^ces. Mi intención no era suicidarme ni morir- le ni nada de eso. Está bien: me doy cuenta de que el pfpcto García es fuerte. , , "?o Probé demasiadas cosas, en el sentido de estar en la Quinta Avenida de Nueva York y ponerme en el medio de la calle, esperar a que venga el bondi y frenarlo con la mirada. Estas cosas te dan algo por un lado pero por e 5o es una omnipotencia terrible. La gente hace esas cosas u otras de similar calibre, pero no se traducen en obras del mismo voltaje. Podes ser Sid Vicious, pero se murió. ¿Cuál es el chiste? Lo podes hacer una vez, dos veces; estás con diez mil mujeres: ¡ay, qué bárbaro que soy! Puedo dominar a Mirtha Legrand, a la prensa, OK. Siento que eso me cansa, porque no me hace bien. Ja, ja, ja: pero llego a mi casa y me pongo a llorar. ¿Cuál es? ¿Puedo hacer cualquier cosa? Es un chiste, pero la ener- gía... te la encargo. "Ahora, la idea es apuntar mejor. No demostrarle a todo el mundo que para que te des cuenta de lo que quiero, te paro el colectivo con la jeta, que es lo que mata a mucha gente, muchos artistas. Ahora me gustaría no explicar tanto, no demostrarme a mí tanto, no sentir- me herido por algunas cosas. Ahora soy free lance: no me caso con nadie, no formo parte de una agencia. Estoy en el 'do it yourself. Ahora estoy en una mano heavy-light. Yo soy heavy, lo sé, pero la intención va a ser light, en el sentido de que no le voy a venir a la gente con mis problemas. Quiero tocar música, quizás algún día quiera hacer una película. Ferro cierra una etapa: hay un cambio de vida. Lo que estoy componiendo ahora sale del mismo lugar, pero con otro rigor, otras cosas. No estoy haciendo La hija de la Lágrima porque me la pide la compañía. Pero también sé que si no laburo bajo presión, no hago las cosas. Por eso me puse fechas tentativas. Para secarte, tenes que desagotar la bañera". —Cuando hablas de un cambio de üida, ¿a qué te referís concretamente? —A darme espacio, a no sentir presiones. No me metí en la música para ser el jefe de una fábrica, que si paro se mueren de hambre millones de personas. Eso incluye competencias, chismes. Quiero terminar con todo eso. En cuanto a los cambios... me acuerdo que a vos no te gustaba la Coca-Cola, pero un día te gustó. Es eso: cambiar de placeres, aunque no cambiar del todo. Me aburrí de muchas cosas que de vez en cuando uno las hace, porque te divierten. Siento que ya cerré eso. Hoy, siento más divertido el desafío de hacer canciones. Aho- ra me está saliendo una catarata de temas. La cosa es: ¿de qué va a hablar el tema? ¿Qué va a pasar? Yo quiero pasar a otro plano. Ahora me voy a mudar al quinto piso, ya me llevé la lámpara. Si uno se acomoda en una cosa, no creces: sos rastrojero toda la vida. Ése fue el sentido del show en Ferro: terminar con una etapa y comenzar otra distinta. El timing de García era perfecto y el momento era conveniente. El cambio iba a darle la renovación necesaria para empezar desde otro lugar algo diferente. Ferro estuvo lleno. Aunque la voz de Charly no haya tenido tiempo de aclararse lo suficiente tras un largo sueño del que fue despertado justo como para llegar al escenario, la cosa fue una fiesta. La gente cantaba más fuerte que García. Lo que no molestó a nadie, salvo a la crítica. 1994 era el año en que La hija de la Lágrima haría su aparición. "La ópera tiene que ser una obra de ingenie- ría", me comentó Charly a bordo de un taxi. Ya la tenía craneada, según explicó. Si bien las canciones todavía no estaban formalmente plasmadas, creatividad no falta- ba. Yo mismo había podido ver cómo Charly generaba música a lo loco en los ensayos. Una de esas noches llegó Gustavo Bazterrica de visita, justo en el momento en que la banda discutía con García el horario de ensayo del día siguiente. El estaba de mal humor porque los chicos querían hacer un intervalo para ver el partido de la selección. García gusta del fútbol, pero no posee la paciencia como para ver un partido. Incluso, lo juega bastante bien, aunque se canse rápido. El asunto es que contestaba a cada pregunta, ya hastia- do, con un sonido diferente del teclado. Bazterrica fue la excusa para terminar con la discusión e iniciar una zapada de la que participaron Bruja con la armónica y Samalea. García tocaba piano, hacía los bajos con otro teclado, fumaba, bebía y cantaba al mis- mo tiempo. Se le ocurrió un riff que fue inmediatamente seguido por Bazterrica en la guitarra. Me pidió que gra- bara con el notero lo que iba saliendo. Finalmente, Charly puso acordes, secuencias, puentes, y generó un tema llamado "Shame" o "Shake", con ritmo de rock y un toque funk a lo Prince. Mi pequeño grabador fue desbordado por el volumen. Hicieron una versión, y después otra, completamente diferente, como si fuera un remix. Todos nos fuimos a la oficina de adelante para che- quear los resultados con un equipo más decente. Pero Charly regresó a la sala y volvió con una guitarra y un equipo. Nos pidió a Samalea y a mí que tocáramos la percusión con dos ceniceros de pie. Logramos un sonido espantoso golpeando en la chapa y pateando el piso de madera como si fuera el bombo de una batería. García fue inventando la canción al tiempo que la grababa; fue como una especie de raga-rock que armó con letra im- provisada en inglés. Por una de esas felices coincidencias que sólo suceden cuando Charly está presente, esa gra- bación humilde y casera terminó sonando como si fuera un demo grabado en estudio. En media hora, Charly había dejado sentadas las ba- ses de dos canciones nuevas. Cualquiera de ellas hubiera tenido destino de hit de haber sido conservada. El caos y el desorden deben haber dado cuenta de ellas. Con lo que García descarta, hay grupos que saldrían de pobres. 7. EN LA RUTA DEL TENTEMPIÉ "Es mejor arder que desvanecerse." NELYOÜNG. "MY, MY, HEY, HEY". La hiJa de ¡a Lágrima era una vieja deuda que Charly tenía con él mismo y con su público. Lo primero que García compuso en su vida con fines ^ame^ nrofesionales fue, justamente, una opera rock. bra la Spoca d^Tommy ll obra del grupo The Who que creo elqénero a fines de los '60. La ópera que Charly com- nuS en aquellos años se llamó "Theo", la interpretaba el pre-Sui Generis y, según cuenta la leyenda fue regis- trada en un pequeño grabador. Duraba veinte minutos. Sin embargo, Charly asegura que su ópera fue compues- ta anmesdeg "Tommy", pero que su inspiración s_ ueron The Who con su segundo álbum A quick one while he s awE hy-a de /a Lágrima fue una ópera-rock que concretó a vein cuatro años de "Theo" y en condiciones muy diferentes. Todo el mundo sabe la historia de Barcelona una riña callejera entre dos mujeres P^senciada por Charly. Una le pega a la otra con una chancleta y le Profiere la famosa línea: "Y no te olvides nunca que yo Soy la hija de la Lágrima". Las damas peleaban por el querer de un hombre. Charly quedo impactado por a situación. "Jamás había visto tanta violencia, asi, a la chancleta". ,. , i.,_ „ —Ése es el nombre de mi próximo disco —le diJO a Fabián Quintiero, que lo acompañaba en la ocaslon, Tardó cuatro años en cumplir su autoprofecia, pero iba a llevarla adelante costara lo que costase. El precio fue alto. Demasiado. Se habían hecho unas "bonitas tres" de la madrugada de un martes. Charly y yo nos quedamos un rato más en la sala tras un ensayo, charlando un poco y tocando canciones de Steely Dan. Era increíble: la bestia se sabía todos los tonos, las alteraciones, las inversiones y las letras de esas sofisticadas páginas compuestas por Donaid Fagen y Walter Becker. No creo que las haya estudiado; Charly no es de los tipos que estudian las cosas de otros. Pero tampoco me explico cómo hace para mantener esas canciones en la memoria. Interpretamos unas cuantas: "Deacon Blue", "Hey Nineteen", "Babylon Sisters", "Rikki, don't lose that number" y "The fez". A veces tropezaba con algún tono, y ahí daba la impresión de estar sacándolas en el momento, como si tuviera una computadora tan veloz en la cabeza que pudiera internarse en esos moños musicales y desatarlos en cuestión de segundos. A 20 años de ser compuestas, las canciones de Steely Dan han envejecido tan bien que parecen recién estrenadas y muy acordes con estos tiem- pos cínicos. Esa noche, Charly colocó el primer acorde de La hija de la Lágrima. Estuvo toda la madrugada trabajando con un viejo teclado, manchado con aerosol y desvencijado por el uso. Era uno de esos cosos con parlantes que podían admitir una pequeña grabación. —Escucha esto: es la Obertura de la ópera —me dijo apenas trapasé el umbral de la puerta de su departamen- to al día siguiente. Muy rudimentariamente se podían distinguir los basa- mentos de la "Overture" que iniciaría la ópera. García había dado el puntapié inicial a un trabajo largamente anticipado y que iba a hacer saltar por los aires todos los planes que Charly había delineado a fines de 1993. "La hija de la Lágrima es un viaje de ida", me aseguró una tarde y yo no le quise creer. Durante un par de meses le perdí el rastro, hasta que una tarde de febrero de 1994 me llama Laura López, secretaria de García. Charly quería verme esa noche en ION. En realidad, no tenía nada que decirme, salvo que no me perdiera aquellas sesiones, que estaba invitado a ellas. Cierto pudor natural me había hecho desistir de ir a la grabación, por no perturbar al genio en su salsa. Poco a poco comprendí que al genio no hay nada que pueda perturbarlo, o que, en todo caso, él decidiría qué es lo que quería que lo perturbase. En el estudio, que no quepa duda alguna, Charly es el amo y señor. Todo debe estar como a él le gusta, y hacerse a su manera, aunque sea la menos conveniente. A esta altura de los acontecimientos, ¿quién podría dis- cutirle algo? Y si Charly quiere traerse un televisor gigan- te con un video láser, para ver "Sueños" de Akira Kurosawa, o "2001, Odisea del espacio", mientras mez- cla, para inspirarse, está en todo su derecho. Si se le antoja llenar de polaroids las paredes del estudio, y colo- car muñequitos de dinosaurio sobre toda la consola de grabación, también puede hacerlo. Si está bien, Charly es una persona sumamente respe- tuosa y educada que pide las cosas por favor. Es natural- mente gracioso y si está de buen humor, uno puede llegar a morir de risa. No está de joda todo el tiempo, pero pone algunos bocadillos sublimes. Es complicado entender su código, pero Osvel Costa, el técnico que sobrevivió a la grabación de la ópera, comprendía el significado de términos como "cataflón", "frin-fran-flun", "mumble mumble" o "Pirú-pirú". Otra cosa que impresiona cuando uno observa a Charly en el estudio es que ese tipo, tan caótico y desordenado, siempre sabe cómo sigue la cosa, cómo debe instrumentarse el próximo paso. Es rapidísimo y cuesta seguirle el ritmo. Quizá lo único que García des- conozca es el momento de detenerse. En aquellas sesio- nes, todos íbamos cayendo uno a uno y él seguía en pie hasta que el último asistente había perdido la posición vertical. Las sesiones tenían un horario estipulado que comen- zaba a las siete de la tarde. La salida... vemos; ahí se originó el famoso refrán: La entrada es gratis, la salida... vemos. Aproximadamente a las siete u ocho de la maña- na se levantaba campamento... si la sesión era de las livianas. Ha pasado algunas veces que los técnicos de un estudio tuvieron que diagramar guardias para abastecer a García, que se quedó días grabando. La primera vez que fui al estudio, todo parecía ser de lo más normal. Además de Charly, estaban Samalea (una suerte de co-piloto en aquellas lesiones) y María Gabriela Epumer en la sala grabando unas guitarras. —Tengo algo para que hagas —me dice Samalea. —Cuidado, que te va a mandar a chupar algunas pijas en Pueyrredón, que a esta hora arde —avisa Charly. —¡¡¡No, al Once, no!!! —pido misericordia. El destino no fue menos cruel. El baterista me muestra un libraco que versa sobre la Atlántida y me marca un capítulo en donde el autor hace una complicada descrip- ción de raros templos. Fernando quiere que los lea, los interprete y los dibuje. Pequeño detalle: no sé dibujar, pero me ofrezco a leerlo y contárselo a Charly, que sí dibuja bien —y dio muestras de ello durante esas sesio- nes—. El asunto es que a medianoche, yo estaba en un lugar apartado del estudio tratando de entender qué catzo era "la arquitectura gubernamental de Atiantis". Jamás lo logré. En la cabina de control el Comandante García se ha hecho poner un Marshall y él mismo graba unas guitarras distorsionadas para "Jaco y Chofi" un tema instrumental de la ópera, dedicado a Jaco Pastorius, quien fuera bajista de Weather Report. Charly lo conoció en persona cuando fue a tocar con Serú Giran a un festival de jazz en Río de Janeiro durante 1980. "Fue el único tipo en mi vida que logró ponerme verdaderamente nervioso. Jamás vi a na- die con tanta energía en esta tierra", jura. Serú Giran ya era una potencia en la Argentina y aquél fue el primer desafío en el exterior y enfrente de un público exigente. Weather Report, en cambio, era una banda considerada como una divinidad para los entendi- dos. Gran parte del mérito le correspondía a Jaco Pastorius, uno de los músicos más geniales de este siglo. Revolucionó el modo de tocar el bajo eléctrico e impuso el sonido "fretless", tocando un bajo sin trastes. Eran los tiempos del jazz-rock, una corriente que pegó muy fuerte. en la comunidad musical de Buenos Aires. Hasta Serú acusaba influencias de Weather Report, las que se refle- jaron, de movida, en el estilo de Pedro Aznar. "Tengo que reconocer que Pedro fue muy, pero muy rápido, y cazó la de Pastorius antes que nadie y mejor que ningu- no. No tengo ninguna duda de que Pedro es uno de los mejores bajistas de la tierra", concluye Chariy. Weather Report, Serú Giran, Pat Metheny y otros músicos compartieron el hotel. "Estábamos en el Intercontinental de Río en el Festival de Jazz —explica Zoca_. En el comedor, Jaco se acercaba a nosotros y nos decía algo así como 'esa ensalada está muy buena'. Después venía, nos mostraba otra cosa y nos decía, 'tienen que comer eso, está bárbaro'. Cada tanto moles- taba con algo. Chariy ya estaba harto, pero él es muy respetuoso: para pelearse con alguien, tiene que tocarle algo muy fuerte. En un momento, Chariy le paró el carro y le dijo 'está bien, ya vamos a comer la ensalada, basta'. Yo lo vi tan sacado a Jaco... Estábamos en la pileta, nos sacábamos fotos y Jaco nos venía a decir que no sacára- mos fotos, porque él era indio, y las fotos nos robaban el alma. Era muy raro". En realidad, Jaco le codiciaba la mujer a Chariy, que comprendía la situación, pero le daba no se qué frenarlo, no tanto porque el otro fuera un músico talentoso y famoso como él. O tal vez sí: porque Jaco, con su mane- ra de ser, había fascinado a Chariy. "Hola, soy Jaco Pastorius, el bajista más grande del mundo", fueron las palabras que eligió como presentación, desde el comien- zo y hasta el final de su carrera. Se encargó de hacérselo saber a García durante su estadía en Río de Janeiro. "Lo vi hacer cada cosa: Jaco se tomó la línea más grande del mundo, pegó tres vueltas carnero en el aire y se tiró a la pileta. El tipo doblaba los dedos hasta la muñeca. Jamás vi a nadie hacer eso. A Pedro lo humilló y le dijo 'todos me roban, y vos también me robas'. ¿O no? Y es verdad: si hasta los teclados ahora vienen con un sonido de fábrica que se llama Jaco. Joe Zawinul era un viejo verde. Wayne Shorter tocaba y tenía una mujer rarísima. La única aproximación a lo humano era Peter Erskine. Cuando los vi acá y fui al camarín, no me dieron bola. '¿Dónde es la fiesta?', les dije para tirarles una onda. 'Nosotros somos la fiesta'. Eso me contestaron". Una noche Charly y Zoca escucharon golpes en la puerta de su habitación. Se despertaron y no vieron nada por la mirilla. Cuando abrieron comprobaron que en el pasillo no había nadie, pero encontraron algo extra- ño: dos líneas blancas, larguísimas, hacían un curioso recorrido que iba desde la puerta de su habitación hasta la otra punta del hotel. "Seguimos el rastro, cual Hansel y Gretel, y llegamos a la habitación de Jaco hechos Pablo Mármol y Pedro Picapiedra. Le golpeamos la puerta, y cuando nos abrió le dijimos a coro: 'Jaco, sos el más grande del mundo'". García ha terminado de grabar las murallas de sonido con su guitarra, en una distorsionada variante de la "pa- red de sonido", patentada por el productor Phil Spector. Era la hora de la percusión de "Jaco y Chofi", y Samalea graba unas cajas chinas, "que suenan muy Kurosawa", explica didáctico García, que sugiere usar palillos en vez de mazas. —Eso, dale con los palos nomás: suena más Kurosawa todavía —confirma. Después de eso... el toque industrial. —Vamos a armarlo —ordena Charly a su asistente, incorporándose de inmediato—. Eduardo, tírame unas herramientas. El plomo revolvió en un bolso y extrajo varias herra- mientas. Charly eligió un destornillador tamaño familiar y comenzó a golpear diversas superficies metálicas. Eduardo Rodríguez desapareció como alma que se la lleva el diablo hacia una región menos conflictiva. Charly escogió un pie de micrófono todo oxidado en una de las cabinas del fondo. Cuando ya estaban por hacer la toma, Eduardo retornó con un matafuego gigantesco. —¿No querías industrial, Charly? —le pregunta. El Jefe castiga a la mole metálica con su destornilla- dor, cruza unas opiniones con Osvel y lauda sobre la insólita situación. —Tu moción ha sido aceptada. Se microfonea el extintor, se hace un rápido chequeo de sonido y Samalea, en una toma, da cuenta de él. El maldito matafuego sobrevivió a la primera mezcla de "Jaco y Chofi", pero no a la segunda: tantos golpes para terminar olvidado por la historia. El mundo es ingrato. Jaco Pastorius murió el 21 de septiembre de 1987, a los 36 años de edad. Su final fue trágico: un patovica le rompió la crisma en Fort Lauderdale. La policía encontró al bajista más grande del mundo tirado en la vereda y bañado en sangre. El que lo golpeó, Lúe Havan, un refu- giado vietnamita de 25 años, dijo que le negó la entrada al club Midnight Bottie porque el músico estaba borracho y abusivo. Lo empujó, cayó al suelo y se golpeó la cabeza contra el pavimento, aseguró. Sin embargo, la policía no creyó en la palabra de este campeón de artes marciales. Pastorius fue admitido en el hospital a las cuatro y veinte de la madrugada. Había perdido mucha sangre y estaba en estado de coma. Por su fuerte naturaleza, incentivada por la práctica activa de deportes durante la adolescencia, Jaco sobrevivió en estado vegetativo du- rante cuatro días, tras los cuales le sacaron el respirador por decisión familiar. Sus pulmones dejaron de trabajar inmediatamente, pero su corazón siguió al grooue de la vida durante tres horas más. Su muerte dejó sin consuelo a millones de fans en el mundo entero. Pero Jaco Pastorius había muerto mucho antes, cuan- do el éxito, la fama, las drogas y la bebida tejieron a su alrededor una red de la cual no supo, no pudo o no quiso liberarse. Tras su alejamiento de Weather Report, inició una lenta decadencia que lo acercaba más y más al desastre. Ninguno de los intentos desesperados de los que lo amaban pudo evitar la fatalidad. Primero fue el declive artístico; las compañías graba- doras, tras mucho intentar razonar con él, lo declararon inmanejable. Después, los músicos comenzaron a can- sarse de su comportamiento irracional, de la dieta de alcohol y cocaína que tan tiránicamente lo gobernaba, de los desplantes y del progresivo deterioro de sus otrora sorprendentes cualidades musicales. Jaco estuvo en una clínica psiquiátrica en donde fue diagnosticado como "maníaco-depresivo". Hizo un tratamiento de rehabilita- ción que no dio resultado por su falta de voluntad. Como en un efecto dominó, fueron derrotados sus amigos y su familia. Hubo músicos que trataron de llegar a él de todas las maneras posibles, pero no había caso. Nadie pudo detener el derrotero de Jaco Pastorius. En esa tremenda etapa estaba Jaco cuando Charly se lo volvió a encontrar en Nueva York. "Cuando fui a verlo a The Bottom Line, ya era el final. Lo mataron a los quince días. El bajo sonaba todo mal. Lo esperé para saludarlo y después le hice la gamba y fuimos a tocar a otro lugar. Lo hice por los buenos tiempos". 8. ESOS PEINADOS NUEVOS "Los rubios se divierten más." ROD STEWART, 1979. Todavía hacía calor en aquel lunes de marzo. Las sesiones de La hija de la Lágrima fueron bastante caóti- cas ya que Charly entró sin ningún tema definido al estudio y creó la ópera en tiempo real, a medida que la grababa. Esto hizo que se perdiera mucho tiempo, aun- que Charly aprovechó un fin de semana en que su grupo descansó para seguir adelante con el proceso creativo. La fiebre que lo poseía era muy alta y competía con sus reservas físicas. "Hay veces en que me quiero ir a dormir, pero la canción sigue sonando", me dijo tratando de explicar lo que le sucedía. Estaba solo en su departamento, los teléfonos desco- nectados y los sentidos alterados. En una escapada pasó por una vidriera que tenía un vestido de mujer que le gustó. Lo compró sin preguntar el precio, ante la mirada incrédula del vendedor que trataba de calcular el talle de Charly. Era marrón clarito, con miles de florcitas y rema- taba en una pollera. La indumentaria se completó con unas calzas negras y unas sandalias del mismo color. Así estaba uniformado cuando llegué al estudio. —Charly, ¿qué haces vestido así? —le pregunté, ino- centemente. —¡Soy la hija de la Lágrima! —bramó, sin dejar de mover los botones de la consola de grabación. No hice más preguntas. Cuando García está en ese frenesí, es mejor tomar una distancia prudente. Se lo veía cansado, ojeroso, luchando para no perder la con- centración. Su cabeza saltaba de un pensamiento a otro. Después de un rato, todos nos fuimos al hall y lo dejamos a solas con el técnico. A la media hora se escuchó una explosión. La pesada puerta de ION que comunica el pasillo con el hall se abrió de una patada, rebotando ruidosamente contra la pared. Charly, guitarra eléctrica en mano conectada a la consola por un cable larguísimo, había salido a dar una vuelta. —Córramenos —sugirió alguien. —No, quédense. Voy a hacer mi show para ustedes —nos ataja García. Bajo la luz de una dicroica, hizo su solo mientras se arrodillaba y se bamboleaba sin perder el tempo ni la tonalidad. Era su viaje, pero también era consciente de que todos estaban esperando a que terminara y mientras eso sucedía, decidió divertir al personal. Charly disfruta aprovechando los lugares vacíos y el hall se convirtió en tierra liberada. Regresamos al estudio a comprobar los resultados y un poco más tarde llegó Daniel, hermano de Charly, que al verlo vestido de esa manera le agarró un ataque de risa. —¡Uy, Ramona! —exclama, recordando a una vieja mucama de la familia. García se da vuelta y le contesta. —Lo que pasa es que vos siempre te burlas de los artistas —dice como ofendido, y acto seguido se pone a limpiar la consola con los bordes de su vestido. Charly decide confundir a todo el mundo el 5 de mayo de 1994. Cuando toco el timbre de su casa, alguien me abre la puerta, se corre para dejarme pasar y lo que encuentro en el living me paraliza. Es Charly... teñido de rubio. Me pone su ojo derecho a dos centímetros de mí y me congela, como un reptil que hipnotiza a su presa. Fue ayer nomás, en el ensayo, que su pelo estaba normal. Ahora luce un amarillo furioso con algunas raí- ces negras. Su aspecto es sencillamente desconcertante. También luce un corte desparejo por detrás. Todo se lo ha hecho él mismo con la ayuda de Chochi Coiffeur, uno de sus plomos, y una tintura que compró en Llongueras. Faltaba apenas una hora para su concierto gratuito en el hall del teatro San Martín. La ansiedad por mostrar el nuevo material lo llevó a aquel show que se planeó con muy poca anticipación. Su humor no era del mejor, aunque disparó algunas bromas corrosivas que hicieron inmediato impacto en sus músicos. María Gabriela Epumer se ganó el apodo de "María Julia", por ser incondicional de "Carlitas". Fernando Lupano tenía un esguince de tobillo a causa de un partido de fútbol. Charly lo retó. —¿No sabes que el deporte hace mal? Tomar sol te hace mierda, jugar al fútbol ni te cuento y nadar es lo peor de todo. Dedícate a la prostitución. ¿Por qué no te pones una buena pilcha? Vení, elijamos algo. Lupano le señala su remera, completamente en hara- pos, rota en el cuello, gastada: lo único que ha sobrevi- vido es el logo de Nirvana. ^ —Esta remera es todo un mensaje —se defiende García, que con el pelo rubio ha logrado un efecto Kurt Cobain—. Sí, yo soy Kurt Cobráin —afirma haciendo la seña del garpe. Falta media hora para salir a tocar, Charly continúa en calzoncillos asegurando que "lo bueno de no tener espe- jos es que nunca sabes cómo estás". En ese instante arriba al departamento Fabián Quintiero, que al ver a García estalla en carcajadas. —¡Sos el más hijo de puta de todos! —aulla el Zorrito. Después de unas cuantas vueltas, la delegación se pone en marcha. Por primera vez, Charly sale rubio a la calle. Los que lo miran se quedan alelados, y él se divierte como loco con el desconcierto ajeno, así que se pone a encarar a la gente para sorprenderla, algo que le encanta. Era increíble ver la reacción del ciudadano co- mún ante Charly García rubio. Subimos a la combi, pero él no se relaja. Está en plena ebullición y le exige al chofer que ponga a Los Beatles. "Bien fuerte", le grita. La cinta está rota. No hay música. García protesta: quiere parar en una disquería a comprar algo para el viaje. Tampoco hay tiempo. Se enoja, y lanza el casette por la ventanilla. Cada vez que paramos en un semáforo, mira a la calle para testear su nuevo look, y se da cuenta de que nadie lo reconoce. Al llegar a la calle Uruguay, Charly ya tiene medio cuerpo afuera de la combi y saluda a la gente. Un par de viejas lo observan como si fuera un monstruo del espacio. Una adolescente que sí descubre quién es ese rubio, se toma la cara con las dos manos. Charly suspira. —Ah, qué bueno es ser rubio, joven y degenerado —concluye. En los viejos tiempos, cuando la producción era calcu- lada al detalle, siempre había alguien con un handy que avisaba la llegada del artista; "estamos a doscientos metros, ahora doblamos por Sarmiento, estamos a cin- cuenta metros". Cuando falta una cuadra, García reco- bra la atención y ordena a su tropa. —OK, cuando lleguemos al teatro no le den bola a nadie, porque si no van a terminar en el escenario equi- vocado haciendo Hamiet durante los próximos doscien- tos años —indica con voz de mando. Charly no lo sabe, pero en el teatro San Martín la situación está fuera de todo control. Con tres mil perso- nas adentro, y varios cientos afuera, el lugar es una olla a presión, y nosotros el condimento de la sopa humana. El escenario está "protegido" por ocho o nueve sacrifica- dos hombres que sostienen una valla. Y la gente empuja fuerte. Apenas uno de los forzudos se canse... el de- sastre. Ajeno a todo esto, García se sienta en posición de flor de loto en un montacargas que baja muy lento. Parece un Buda protesten que se queja por todo. Atravesamos unos pasillos dignos de la película Spinal Tap, y arriba- mos a camarines. En determinado momento, alguien dice que es la hora de tocar. Charly le da un último sorbo al whisky, enchufa su guitarra en un Marshall en miniatu- ra que se cuelga en el pantalón y sale corriendo por el pasillo. Me dice que vaya adelante y le abra camino. Corro como si me persiguiera Mandinga. Se abre una puerta y me ciegan los fogonazos de los flashes. Me zambullo a un costado y dejo pasar a Charly, que atraviesa sin dejar de tocar el campo minado de fotógrafos y cámaras de tele- visión. Hace un sprint en el tramo final, pega un salto y cae parado en el centro del escenario al ras del piso. Las luces le pifian y alumbran a un espacio vacío, tornando la atmósfera impredecible. Fue un show corto y caótico que podría haber sido un bodrio para todos los fans. Los acoples no dejaban de ulular. La gente estaba incómoda y muerta de calor. No se podía ni respirar. La banda largó con "Overture" de La hija de la Lágrima, con "Víctima" pegadito como en el disco. Después vendrían los grandes éxitos: "De mí", "No voy en tren", y "Yendo de la cama al living". Cuando suenan estas canciones y el público salta, todo se vuelve extraordinariamente precario: los valien- tes del vallado no pueden contener a la masa. Puede ocurrir un accidente en cualquier momento, y el asunto comienza a parecerse peligrosamente a Altamont, aquel recital de los Stones en 1969 donde un Hell Ángel apu- ñaló a un pibe que sacó un revólver y apuntó al escena- rio. Acá sólo falta el loco con un puñal, pero sin la posibilidad de evacuar a Charly en helicóptero, tal como pasó con los Rolling. Lo único que al final sucederá es la invasión del escenario por parte de una rubia que se abraza a Charly, como si fuera un salvavidas en el medio del océano. —¿Cogerías conmigo? —le pregunta Charly, como para romper el hielo. —¡iiSíííííí!!! —responde, la rubia antes que alguien se la lleve. Llegando al final del show, el vallado cede y una amplia porción del público ocupa el escenario, arremoli- nándose alrededor de Charly, que trata de zafar del abra- zo sin lograrlo. La seguridad viene al rescate, pero la liberación se hace imposible. Sus anteojos vuelan por el aire y Charly los atrapa antes que una fuerte embestida de los custodios del teatro se lo lleve al camarín. —¡Fiú!, estuvo cerca —suspira, desplomándose sobre una silla frente a un ventilador. Al día siguiente, el evento saldría en la tapa de todos los diarios. A Charly no le hace gracia. —Mira lo que es el subdesarrollo —comenta—. Cobain tuvo que matarse; en cambio, yo me tino el pelo y ya está. Nirvana fue el último grupo que impactó en García, que durante los '80 escuchó las distintas bandas que iban surgiendo sin encontrar ningún favorito. Mencionó un par de veces a The Cure, pero no fue muy insistente. Nirvana, en cambio, le hizo explotar la cabeza. "Cuando escuché Nevermind —contó—, jamás pude pasar más allá del tercer tema. Había algo que me impedía seguir, como mucha energía. Oí esas tres canciones miles de veces y me dieron vuelta". Charly está convencido de que Nirvana es el gran grupo de los '90 y con razón. La muerte de Cobain te produjo una profunda impresión, seguida de una gran tristeza. Yo tuve la suerte de entrevistar a Cobain cuando vino a tocar a la Argentina y Charly quiso saber todo acerca de nuestro encuentro. Le parecía un tipo "en serio", que no simulaba nada. Al igual que con Jaco Pastorius, Charly encontró en Cobain alguien que se le parecía, no tanto por su suicidio sino por la honestidad de su música, por el flash de ese sonido furioso, tan en carne viva. "En un determinado momento dejé de escuchar a Nirvana —confesó—, porque si no toda mi nueva músi- ca iba a terminar sonando así". En realidad, García tenía suficiente con su propio conflicto emocional como para andar dándose máquina con uno ajeno, como los acon- tecimientos posteriores habrían de demostrar.
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